II


Sabía que estaba siendo muy injusta, que su pareja estaba en todo su derecho de sentirse enfadado. Temblando, caminó hasta el amplio armario y, rescatando la diminuta cajita que descansaba tras una sombrerera, se sentó en el suelo del dormitorio. Nunca se había considerado cobarde, pero esa vez el miedo y las dudas simplemente la tenían paralizada. No había pensado en que aquello pudiese ocurrirle, no a ella, era así de sencillo. Siempre se había jactado de ser meticulosa, de tener bajo control los aspectos más importantes de su vida. Era una actitud tonta y llena de orgullo mal entendido, lo sabía, pero desde que la guerra acabó había planeado tan meticulosamente lo que quería hacer que lo único inesperado había sido él, Draco.

Jamás hubiese esperado que fuese a enamorarse así de alguien a quien durante años había despreciado con tanta virulencia. Draco representaba todo aquello por lo que había arriesgado la vida, clasista y lleno de prejuicios, fue un adolescente insoportable, alguien que se creía superior por derecho de nacimiento. Trabajar con él fue un desafío, como montar en una montaña rusa, seguía siendo un presuntuoso, pero con el paso de los meses le demostró que era un hombre con una fuerza interior que le había servido para recomponerse a pesar de que tras la guerra no lo había tenido nada fácil. Inteligente, divertido, si apreciabas aquel humor negro que no parecía querer ni poder evitar usar, guapo hasta la extenuación, había descubierto que la fascinaba incluso antes de que Ron la abandonase. Si era sincera, enamorarse de él había sido tan sencillo que le producía vértigo pensarlo. Era como llevar cinco años inmersa en un sueño, lleno noches interminables, de días de estresante trabajo que disfrutaba como nunca, cinco años llenos de viajes, sorpresas, de amistad, confianza, buen sexo, llenos de Draco. Sabía que no era capaz de pensar en una vida sin él y eso la aterraba profundamente, ya una vez le había dado a otra persona ese poder para acabar desechada como un trasto inservible.

Seis semanas, ocho como mucho, le había dicho el ginecólogo al que, presa del pánico, había ido dos días atrás. El tiempo exacto desde aquella vez, la única en que olvidaron conjurar ese hechizo. Recordaba la noche con meridiana claridad porque había sido su aniversario. Draco, con aquella galantería que le caracterizaba, había preparado una estancia en el mejor hotel de Berlín, donde ambos participaban en un acuerdo con el Gobierno Mágico Alemán. Había sido una velada increíble, la ciudad a sus pies mientras hacían el amor, ahítos de champán, presos de esa burbuja en la que se sentía vivir cuando le tenía cerca.

Se pasó las manos por el pelo. Se sentía ligeramente descompuesta, más por los nervios que por lo otro. Gimió, cerrando los ojos, avergonzada de su cobardía, era incapaz de pensar en ello, de nombrarlo, de imaginar su reacción, odiaba la angustia que la atenazaba ante la idea de tener que decírselo. Retazos de la última conversación con Draco la atormentaban, habían discutido y habían acabado por echarse en cara cosas ya pasadas, sabía que estaba desconcertado y sabía que no debería culparle... que no debería temerle. Pese a su ácido carácter, su ironía, y todo ese aire de gran señor que ostentaba como una segunda piel, le conocía bien, presumía que mejor que nadie en el mundo ahora que sus padres no vivían, y tenía la certeza de que era un buen hombre. Diablos, era honorable, culto, inteligente, emprendedor, por no hablar de esas íntimas cualidades que no podría ni quería compartir con nadie, como lo maravilloso que era como amante, delicado, ardiente, lleno de imaginación .. fiel. Nadie le había ofrecido lo que el Slytherin le había puesto en bandeja de plata durante todos aquellos años; era un continuo desafío intelectual y una fuente de deleite sensual.

Habían estado de acuerdo siempre, en lo básico eran tan parecidos... a veces le parecía imposible haber encontrado en el niñato elitista de Hogwarts al mejor amigo, al hombre de su vida. Pero lo era, sabía que, frente a lo que compartía con Draco, lo de Ron fue un pasatiempo, algo insustancial, un mero sueño lleno de cursilería, era consciente de que se había enamorado de la idea de tener a alguien a su lado, de que, en realidad, con el pelirrojo jamás hubiese podido ser ni la centésima parte de feliz que era al lado del Slytherin.

¿Y si le perdía...? Sollozó. Odiaba sentirse así, aletargada, sobrepasada por su propio cuerpo. Hastiada de todo, enfadada, triste y preocupada. No era justo, ellos... Merlín, ni siquiera había pensado en la posibilidad, jamás...


San Mungo era un hervidero de reporteros cuando llegaron por flú hasta la entrada del área de maternidad. No por nada, el nacimiento del tercer vástago del Salvador del Mundo Mágico aún seguía siendo una jugosa noticia a la que hincarle el diente. Cogidos de la mano, esperaron a que la puerta se despejase lo bastante como para que les permitiesen entrar en el pasillo que conducía a la habitación privada de los Potter.

Lily era una pequeña criatura rolliza, de cabellos rojizos y ojazos grises. Tranquila y sosegada, pasó de unos brazos a otros sin rechistar, en apariencia satisfecha por la cercanía de sus padres.

—Es preciosa, Ginny —exclamó Hermione, apartando la mantilla para mostrársela a Draco, que sonrió con amabilidad mientras alababa a la criatura—. ¿Quieres sostenerla?

Al principio había resultado extraño presentar a Draco como su pareja, pero Harry y el resto habían acabado por aceptarlo. Sin embargo, ver a su novio, desgarbado y un poco torpe, sujetando el minúsculo bulto como si no supiese que hacer con las manos, la hizo sentir algo extraño dentro, entre anhelante y dulce.

—Te queda bien, Malfoy, ¿no habéis pensado en hacernos tíos? —preguntó el moreno, sus ojos verdes llenos de diversión.

Draco chasqueó la lengua y negó, las mejillas un poco enrojecidas.

—Dudo mucho que eso pase, Potter, la verdad es que no me veo como padre...

En aquella ocasión el tema acabó con la llegada de Arthur y Molly, por lo que se despidieron deseando a los felices padres disfrutar de aquel momento de intimidad en familia. Nunca más habían vuelto a tocar aquel asunto, de hecho, ella no había estado jamás interesada, no demasiado al menos, no lo suficiente como para plantearse ni discutir la idea de forma seria.


Recogió el test casero y los documentos del ginecólogo y los guardó en su bolso, la caja quedó abandonada en el suelo. Descalza, regresó al saloncito del piso que compartían en la parte muggle de Londres. Observó una de las pocas fotos que tenían a la vista: eran ellos dos en Nueva York, frente a la Estatua de la Libertad, estaba hechizada para parecer estática, pero si le retiraba el conjuro la pareja se reía, saludando a la cámara antes de fundirse en un beso.

Se duchó y, con el estómago revuelto, volvió de nuevo al sofá. El brocado de seda color crema había sido un regalo de Draco. La mayoría de las piezas más lujosas que ahora poblaban la estancia eran sugerencias del Slytherin. A veces se había burlado de sus gustos elitistas, pero con el tiempo había llegado a apreciarlos. Era imposible no hacerlo; Merlín, cuando quería podía ser tan encantador...


—Draco, esto cuesta una fortuna —se quejó al ver el precio de la enorme cama con dosel que su novio se había empeñado en comprar para celebrar que se iban a vivir juntos de forma oficial. El operario terminó de aplicar los encantamientos y, sin decir nada, se desapareció. Una cosa era vivir en un vecindario muggle, pero no aprovechar la comodidad de una de aquellos lechos era una locura. El razonamiento de su novio la desquiciaba pero tampoco le apetecía empezar aquella etapa con una discusión tan tonta.

—Anda, ven un segundo —pidió, imperturbable a sus protestas, una sonrisa traviesa iluminándole el rostro.

—No —negó, aún enfadada porque, como siempre, actuaba primero y se explicaba después—. A veces no sé cómo te soporto.

—Ah... qué mal ha sonado eso. —Con gesto falsamente contrariado, la arrastró hasta rodearla con sus muslos. Alto, delgado, de miembros equilibrados y elegantes, a veces sentía que le detestaba sólo por el hecho de ser tan guapo. Porque Draco era hermoso y lo sabía y, a diferencia de otros, era capaz de asumir el hecho con una pasmosa naturalidad que sólo le hacía parecer aún más atractivo. Y aquel hombre era suyo, a menudo la idea le parecía tan increíble: ella una vulgar rata de biblioteca, en la misma cama que aquella gloriosa criatura. Posó las palmas en el pecho tonificado, mirándole con desconfianza, no quería dejarse vencer, no todavía. A pesar de ser la imagen de la inocencia, aquellos ojos grises prometían incontables perversidades que la hacían suspirar de anhelo.

—Draco... —murmuró al sentir la boca húmeda deslizándose lentamente por su cuello—. No debiste... tendrías que haberme... consultado...

—Qué bien hueles... —El lento ronroneo contra su garganta la estremeció. Las manos de su amante la recorrieron, se quejó al notar esos dedos largos y elegantes liberándola de la camiseta, desnudándola con pericia, cada beso más ardiente, más demandante que el anterior, robándole la cordura con rapidez. Apenas fue capaz de articular una queja testimonial antes de caer rendida entre las delicadas sábanas, estrechándole con fuerza, buscando todo el contacto posible con el cuerpo ágil que le dominaba con su peso, manteniéndola presa, ansiosa, jadeó ante la lánguida intromisión de esa lengua, que resbaló creando senderos húmedos por su pecho. Hundió las yemas en el cabello sedoso que cosquilleaba contra su garganta, guiándole hasta sus pezones, erizados de anticipación—. Te adoro...

—Draco —jadeó, tirando del cinturón, luchando con el cierre de los pantalones, ansiando disfrutar del calor de la piel del mago a placer. Alzó las caderas, buscando más contacto, más fricción, más de aquel goce que hacía que le faltase el aire, que le temblasen las manos, ansiando sentir su carne, su virilidad, dejarse arrastrar por el torbellino de sensualidad como si fuese la primera vez. Rodó las palmas por los planos ondulantes de la espalda del Slytherin, maravillada de la fuerza oculta de esos músculos elásticos, mientras hundía los talones en las nalgas redondas.

—Granger... —gruñó con la voz ronca por la pasión, mordiéndole el cuello antes de volver a devorar su boca—, me tienes loco...

No podía responderle, cada una de sus embestidas era como rozar el cielo con las manos. Gimoteó, abriéndose aún más. La sangre parecía hervirle en las venas, mientras se perdía en aquellos ojos grises, insondables, que la desgarraban y la arrastraban siempre más allá.

—Draco... —sollozó, cada una de sus terminaciones nerviosas vibraba, latía, dolía, pidiendo consuelo. Palpitó en torno a esa dureza que la colmaba, inundándola en tibias oleadas. Le contempló durante unos instantes, ya preso del clímax; el rostro sonrosado, los cabellos húmedos de sudor, la expresión satisfecha, plena. Alzó la pelvis, deseosa, jadeando de necesidad, boqueando por el placer que cada una de sus erráticas acometidas le provocaba. Notó el orgasmo crearse y explotar, un lento fuego que la estremeció de pies a cabeza, que la hizo rodearle con los brazos, con los muslos, anhelando tenerle dentro de sí cuanto pudiera.

Respirando con esfuerzo, se apartó del cuerpo ahora desnudo de Draco, que la abrazó con una sonrisa satisfecha. Las mejillas sonrosadas del joven mago rivalizaban con el rubor que la cubría también.

—Cariño... está usada, ahora sería imperdonablemente deshonesto devolverla —comentó, las pestañas doradas velando el resplandor divertido de sus iris cristalinos—. ¿No te parece?


Le extrañaba, oh Merlín, llevaba semanas comportándose como una niña tonta, alejándole, enfadada por todo, convirtiendo la situación en algo lamentable. Imperdonable, estaba siendo infantil, odiosa, todo lo que en realidad detestaba en una persona. Miró por la ventana, afuera caía una helada aguanieve; consultó el reloj con nostalgia, a esas horas casi siempre salían a tomar una copa al pub más cercano, o preparaban una cena sencilla en casa. Draco era bastante bueno en la cocina y, para sorpresa de Hermione, le había demostrado que se manejaba con bastante pericia entre los pucheros. Se puso una bata ligera y se tumbó en la cama, la misma donde habían hecho el amor en infinidad de ocasiones, donde a menudo pasaban las mañanas de los domingos, tomando café, leyendo los periódicos tanto mágicos como muggles y haciendo el vago. La misma cama donde se había sentido deseada y plena como nunca jamás esperó, porque no había habido nadie que la contemplase como Draco lo hacía.

Tenía que ser sincera. Quizás... igual que ella, pasada la sorpresa, Draco llegaría a sentir la esperanza que la inundaba cuando se permitía pensar en aquello.