Nota: Esta historia constituye una continuación directa de mi anterior fic, "El Cazador de Sombras". Los personajes involucrados (salvo los creados por mí) no me pertenecen, son todos propiedad de Hajime Kanzaka. Hago esto sin fines de lucro, solo para entretener. Sin más, disfruten del fic.
.
Capítulo 1: El protector de Saillune
.
La noche caía sobre el reino de Saillune, cubriendo las calles con su fría oscuridad. Más allá de lo que pudiera imaginarse de una gran metrópolis en las primeras horas de la noche, la capital del reino se encontraba prácticamente desierta. Las casas y los múltiples locales permanecían cerrados y a oscuras, sin que se viera a ninguna persona pululando por las calles y las amplias avenidas del centro del reino de la Magia Blanca.
A pesar de tratarse del país más próspero, pacífico e importante de aquel lado del continente, esa noche el miedo y la preocupación podían olerse en el aire, transformando la ciudad capital en un sombrío y solitario paraje. No obstante, unas cuantas antorchas ubicadas en los puestos de vigilancia y en las murallas iluminaban tenuemente la oscuridad, revelando un gran contingente de soldados del ejército real, los cuales recorrían minuciosamente las calles, en guardia y alerta. Otro numeroso grupo de guerreros se encontraba repartido a lo largo de las extensas murallas que rodeaban todo el reino, dándole su espectacular forma de hexagrama. Desde esa elevada posición, los hombres observaban cuidadosamente las afueras del reino, atentos a cualquier movimiento que rompiera la quietud de los amplios caminos que llevaban hacia las puertas de acceso ubicadas en la muralla.
Todo parecía indicar que Saillune se encontraba bajo un severo toque de queda, algo en extremo inusual para la benévola administración del príncipe Philionel. Las grandes avenidas vacías, la ausencia de civiles en los alrededores, los soldados resguardando las calles y vigilando todos los puntos de acceso al reino reforzaban esta impresión. Algo fuera de lo común tenía al gran Reino de la Magia Blanca sumergido en la preocupación…
En la cara oeste de las murallas, un grupo de cuatro soldados, un tanto apartados del resto, charlaban entre sí en voz baja, reunidos alrededor de un fuego encendido en una gran pira a modo de señalización entre los diferentes puntos del muro. Los cuatro vestían el nuevo uniforme reglamentario del ejército real, compuesto por una larga túnica azul ajustada a la cintura con un grueso cinturón de cuero negro. Sobre la túnica llevaban piezas ligeras de armadura, la cual estaba constituida por un peto, hombreras y protección para los antebrazos y piernas, todo trabajado en brillante plata. Una larga capa negra con el emblema real de Saillune, bordado con hilos de oro en la espalda, completaba el atuendo. Cada uno poseía una gran lanza de combate en sus manos y una espada larga enfundada en el cinturón.
– Las cosas no marchan bien en el oeste – murmuró uno de ellos, el más alto, como si temiera levantar la voz.
– Si…según los rumores, algo muy grave ha ocurrido en Dills y en Ralteague – contestó otro de cabellos y barba castaña.
Los cuatro miraron en dirección al oeste con la preocupación marcada en sus ojos. Sabían que a tan solo a unos cuantos kilómetros de distancia se encontraba la frontera con el reino de Ralteague. El más joven del grupo volvió la vista hacia el fuego, con el rostro contraído en una mueca de ira e impotencia.
– Pero, ¿qué demonios es lo que está sucediendo exactamente? ¡Por todos los dioses! De repente perdemos todo contacto con los países vecinos y estos extraños rumores comienzan a extenderse a lo largo y ancho del continente. Lo que es peor aún, los dos grupos de reconocimiento que enviamos al reino de Ralteague y a la Alianza de los Pueblos Costeros para recuperar el contacto aún no han regresado…Ya deberían haber vuelto con información… – el joven miró hacia atrás, hacia el lejano palacio ubicado en el centro de la capital – Dicen que el príncipe Philionel los ha dado por muertos… Pero ¿cómo puede ser? Ellos... ¡Ellos eran mis amigos!
– No se trata solo de los grupos de reconocimiento – interrumpió en tono tranquilo el mayor y más experimentado de los cuatro. Los otros tres lo miraron con atención – Las caravanas comerciales que marchan desde nuestro reino hacia los países vecinos tampoco han regresado, y lo mismo ha ocurrido con nuestros mensajeros… Al parecer, todo comenzó hace unos meses, en el extremo oeste del continente. Algo ocurrió allí, algo grave, pero no sabemos exactamente qué. Súbitamente, desde Lyzeille hasta aquí, el contacto con los países fue perdiéndose poco a poco, hasta desaparecer. Las caravanas de nuestro reino que se encontraban comerciando en las afueras jamás regresaron. Y, además, están los refugiados…
– ¿Refugiados?
– Si, tal vez no lo sepan, pero hace algunos días unas cuantas personas aparecieron en las puertas del reino. Todas estaban solas, heridas y aterradas – el experimentado soldado cerró los ojos – son personas que llegaron hasta aquí escapando de lo que sea que está sucediendo más allá de estas murallas.
– ¿Pero qué fue lo que dijeron esos refugiados? – exclamó airado el más joven – ¡Ellos deben saber que es lo que está sucediendo!
– Así debería ser, pero, precisamente, ahí se encuentra el problema – contestó el mayor.
– ¿Eh?, ¿A qué te refieres?
– Por lo que se me ha dicho, no se ha podido obtener ninguna información de utilidad de ellos. Se niegan a hablar, y los que lo hacen solo balbucean cosas sin sentido. Están aterrados… Evidentemente estas personas acaban de sufrir un suceso sumamente traumático del que aún no se recuperan. Sin embargo, su miedo, sus heridas, nos dejan entrever algo…
– Si, tienes razón – murmuró el más alto – Son señales de que…algo se encuentra avanzando a través de los distintos países, devorando todo a su paso.
– Y, sea lo que sea, ya ha llegado hasta Ralteague y hasta la Alianza... – susurró el de barbas castañas… – Lo que quiere decir que…
– Saillune es el siguiente… – concluyó con evidente temor el más joven.
Los cuatro guardaron silencio, percatándose de que el chispar de las llamas frente a ellos era el único sonido en la noche. Habían llegado a una oscura conclusión que no podían ignorar.
– ¡Firmes! – exclamó en voz baja pero seria el mayor de los soldados – No importa lo que esté sucediendo más allá de nuestros muros. Nuestro deber es proteger a nuestro reino, honrando la confianza que el Príncipe Philionel ha depositado en nosotros. Frente a la incertidumbre de los hechos, tenemos órdenes de defender día y noche a las personas de la ciudad de cualquier posible peligro, vigilando en todo momento los puntos de acceso al reino. Y eso es lo que haremos, soldados. No se dejen intimidar, ¡somos guerreros de Saillune!
– ¡Sí! – exclamaron al unísono los otros tres – ¡Defender el reino! ¡Hasta la muerte!
– Que así sea… – murmuró el viejo soldado.
Los cuatro asintieron gravemente, intercambiando serias y decididas miradas. No importaba lo que sucediera, ellos cumplirían el juramento de honor que recaía sobre sus espadas. Defenderían la tierra a la que pertenecían sin importar quien fuera el enemigo, luchando por los suyos hasta el último hombre y hasta el último aliento. Sin embargo... ¿Podría alguno haber imaginado el destino que aguardaba por ellos aquella noche?
De pronto, un súbito sonido se elevó por sobre el constante chisporroteo de las llamas; un sonido firme y seco, como si alguien hubiese golpeado las rocas de las murallas, el cual pareció provenir de una sección del muro ubicada a tan solo unos metros del grupo de guerreros. Los cuatro volvieron bruscamente la cabeza hacia el origen de aquel ruido, apretando las lanzas entre sus manos. Durante unos segundos aguadaron, sumamente atentos, en silencio, pero nada sucedió.
Con determinación, el viejo soldado se aproximó hacia el borde del muro, desenfundando la espada del cinturón y dejando la lanza descansar a un costado. Haciendo un rápido movimiento con su mano libre, indicó al más alto que lo acompañara, ordenando a la vez a los otros dos que cubrieran sus espaldas. El guerrero de elevada estatura desenfundó su espada y se acercó rápidamente al viejo soldado, obedeciendo su orden. Los otros dos los siguieron lentamente a unos metros de distancia, caminando hacia atrás, para vigilar así cualquier peligro que pudiera sorprenderlos por la espalda.
El viejo soldado y su compañero llegaron hasta el borde del muro. Se miraron entre si durante un segundo, para luego asentir con la cabeza. Empuñando las espadas con maestría, se asomaron rápidamente por el borde, mirando hacia abajo.
No había nada allí.
La muralla se extendía, enorme, a izquierda y derecha, siendo el lejano suelo, decenas de metros hacia abajo, lo único que alcanzaban a ver. No había nada que pudiera haber ocasionado aquel ruido. Confundidos, los soldados se miraron entre sí, y luego voltearon para avisar a sus compañeros, los cuales seguían de espaldas a ellos vigilando el flanco opuesto, que no había peligro alguno.
Pero no pudieron hacerlo.
Sin siquiera tener la oportunidad de llegar a verlas y defenderse, unas velocísimas dagas salieron disparadas desde las profundidades del abismo bajo el muro, enterrándose en la frente de los dos guerreros. Ahogando un grito, los dos cayeron inertes al suelo en una estela de sangre, muertos antes de tocar la fría y dura roca. Los otros dos se dieron vuelta alarmados, para ver con horror los cuerpos sin vida de sus camaradas. Y esa fue su gran equivocación. Inmediatamente después de haber volteado, ambos pudieron sentir una oscura presencia moviéndose a sus espaldas, acechándolos. Aterrados, giraron lentamente la cabeza, mirando por sobre sus hombros.
Tres altas figuras cubiertas con largas capas y capuchas negras se encontraban de pie a menos de un metro de ellos, empuñando largas y curvas espadas de acero negro. Sin salir de su pavor, notaron como otras cuantas siluetas encapuchadas se asomaban veloz y ágilmente desde el borde del muro, saltando y cayendo de pie frente a ellos. Llevaban afiladas dagas negras en sus manos, las mismas que habían abatido a sus compañeros. Los rostros se encontraban totalmente ocultos bajo la sombra de las capuchas, dejando ver solamente el malévolo brillo de los ojos. Estaban rodeados.
Las tres figuras a sus espaldas alzaron lentamente las espadas, sin decir una palabra, y luego las dejaron caer hacia abajo con violencia.
Otros dos gritos ahogados hicieron eco en la noche de Saillune
.
El palacio real se alzaba, imponente, en el centro de la capital del reino. Se trataba de una enorme edificación de muros blancos con numerosos pisos y altas torres de exquisito diseño, siendo el hogar y lugar de trabajo del príncipe Philionel y de su hija, la joven princesa Ameria Wil Tesla Saillune.
Todo el palacio se encontraba rodeado por un extenso y hermoso jardín, el cual, a su vez, estaba cercado por un alto y regio muro con arcos dorados en cada unas de sus paredes. Este muro poseía una entrada principal, formada por una inmensa puerta doble de madera y plata. Atravesando dicha puerta se accedía a la sección frontal del jardín, la cual se encontraba surcada en línea recta, justo en su centro, por un hermoso camino de baldosas de mármol. El camino, de unos cien metros de largo, concluía en unos pequeños escalones que llevaban directo a las elegantes puertas de acceso al palacio.
El muro que rodeaba la residencia real se encontraba protegido, a toda hora, por la Guardia Personal del príncipe Philionel, guerreros elegidos de entre lo mejor de la propia elite del ejército. No obstante, los cuerpos de estos valientes soldados yacían en el suelo, cubiertos de sangre, asesinados por sorpresa sin haber tenido siquiera la oportunidad de defenderse.
Las puertas del muro que daban acceso al jardín habían sido abiertas fácilmente, y el grupo de misteriosos asesinos avanzaba en absoluto silencio a través del largo camino de mármol que llevaba hacia el palacio. Eran diez en total, y todos estaban cubiertos hasta los pies por largas capas totalmente negras, confundiéndose con las sombras de la noche. Las capuchas sobre sus cabezas impedían ver los enigmáticos rostros, y las largas espadas de acero oscuro goteaban la sangre de los soldados de Saillune que habían sido asesinados a traición en el trayecto desde las murallas hasta el palacio.
Nadie sabía que estaban allí.
Su camino hacia las habitaciones de la princesa Ameria y del príncipe Philionel se encontraba libre.
Había sido demasiado fácil.
Llevarían a cabo la misión que se les había encomendado y, entonces, Saillune, el país más importante y poderoso de aquel lado de la ex-Barrera Mazoku, caería.
Sucumbiría al igual que Dills, Ralteague y la Alianza de los Pueblos Costeros. Caería como en ese mismo momento, a muchos kilómetros de distancia, el propio ducado de Kalmart caía. De ese modo, el camino hacia Zephiria, Elmekia y el mismo Desierto de la Destrucción, quedaría libre, al igual que el resto del mundo.
Si, cumplirían la misión que se les había encargado.
Los diez extraños asesinos detuvieron su avance a mitad del jardín, observando inexpresivamente hacia el frente. Parecía que, después de todo, no habían conseguido pasar absolutamente desapercibidos. Un muchacho había aparecido de repente, saltando desde uno de los tejados del palacio e interponiéndose entre ellos y las puertas de acceso a la morada real. El joven se cruzó de brazos y los observó tranquilamente, quedándose absolutamente quieto, como si esperara a que ellos se decidieran finalmente a avanzar. Los asesinos tampoco se movieron, escrutando minuciosamente a aquel arrogante jovenzuelo.
Era alto y de complexión atlética, con un rostro pálido y serio. Los ojos eran de un azul profundo, y reflejaban una clara y segura expresión de superioridad. Los cabellos, oscuros y desordenados, se levantaban ligeramente hacia los lados en cada costado de la cabeza, con un largo y lacio mechón cayéndole sobre el ojo derecho. Iba vestido en forma similar a los soldados del ejército real, con una túnica color azul oscuro larga hasta los muslos, ajustada a la cintura con un grueso cinturón de cuero negro con hebilla de plata. La túnica se abrochaba a un costado del torso con tres grandes botones plateados y se abría ligeramente hacia los lados por debajo del cinturón, mostrando unos pantalones a medida de color negro y unas lustrosas botas cortas del mismo color. Una larga y elegante capa negra caía tras sus espaldas, ajustada al frente por un broche de plata con el emblema real de Saillune, el cual también se encontraba, bordado en oro, en la cara externa de la capa. A diferencia de los oficiales del ejército, no llevaba ninguna pieza de armadura sobre su uniforme. Solo una larga espada descansaba en su funda, colgada a un costado del cinturón, junto con unas cuantas dagas ocultas en la parte posterior del mismo.
El joven cerró los ojos durante unos instantes, sin descruzar sus brazos, como si pensara cuidadosamente en algo. Las diez figuras avanzaron unos pasos en forma pausada hacia él, pero en seguida se detuvieron. La expresión del muchacho se había vuelto mortalmente seria. Había vuelto a abrir los ojos y los observaba con una mirada cargada de ira malamente contenida.
– Han cometido unos cuantos errores esta noche, pobres asesinos – dijo con voz fría y clara, aún observándolos con aquella cortante mirada – En primer lugar, deben ser demasiado intrépidos, o demasiado estúpidos, para en verdad pensar que podrían llegar a los aposentos reales sin ningún inconveniente.
El muchacho descruzó los brazos y comenzó a acercarse a ellos lentamente, llevando su mano hacia la larga empuñadura de la espada. Los diez asesinos tensaron inmediatamente sus cuerpos, levantando levemente el filo de sus armas. El joven ni se inmutó ante esto, y continuó hablando tranquilamente.
– Luego tuvieron el descaro y el deshonor de asesinar por la espalda a valientes soldados leales a Saillune, hombres que, en el cumplimiento del deber, ya no podrán retornar con sus esposas el día de mañana…
El muchacho se detuvo a solo unos metros de las diez figuras, y, en forma pausada, desenfundó totalmente su espada, revelando una larga y magnífica hoja recta de acero, forjada con la maestría del mejor de los herreros. El emblema real de Saillune se encontraba labrado en el inicio de la hoja, justo por encima de la guarda de la empuñadura, la cual era larga y de color negro. El pomo de la misma estaba constituido por una brillante gema roja, perfectamente esférica. La guarda era de oro macizo y se extendía hacia ambos lados con una pronunciada curvatura, como las alas de un halcón.
Con un veloz movimiento, el joven apuntó a sus oyentes con aquella magnífica espada. Los diez hombres permanecieron expectantes y en el más absoluto silencio, sin decir una palabra. El muchacho los atravesó con la mirada, furibundo.
– Y por último…tienen la osadía de intentar llegar hasta las habitaciones de Ameria... ¡Ese fue el peor de sus errores esta noche! – exclamó, arrojándose sobre los enigmáticos asesinos a una increíble velocidad.
Los aceros chocaron poderosamente, rompiendo el silencio que el toque de queda imponía sobre el reino de Saillune. Los encapuchados intentaron rodear al joven, pero este se movió ágilmente entre ellos, sin detenerse un segundo, bloqueando con su espada los golpes que provenían de todas direcciones. Agachándose, evitó justo a tiempo un corte horizontal que iba directo hacia su cuello, y con un veloz movimiento de cadera, al ras del suelo, barrió perfectamente de una patada las piernas de su atacante, enviándolo de bruces contra las baldosas de mármol. Sin desaprovechar la oportunidad, el muchacho hundió el filo de su espada en el pecho del encapuchado, el cual se revolvió en el suelo, sin soltar un solo alarido. Inmediatamente se vio obligado a desenterrar la hoja del cuerpo del caído, cruzándola con ambas manos por detrás de su espalda, para detener con el acero la estocada que le llegó por la retaguardia. Incorporándose ágilmente de un salto, el joven atacó a su nuevo rival con veloces mandobles y estocadas, haciéndolo retroceder. Aquellos tipos eran muy buenos, pero eran pocas las personas que ahora podrían hacerle frente a él en un combate cuerpo a cuerpo. Rápidamente rompió la defensa de su oponente, y de un certero golpe horizontal lo hirió mortalmente en el pecho, arrojándolo de espaldas al suelo.
Los otros asesinos no le permitieron hacer más movimientos y se arrojaron sobre él todos a la vez, dispuestos a acabarlo. El joven giró rápidamente al ras del suelo, poniéndose fuera del alcance de sus rivales, para inmediatamente después arrojar, en un movimiento veloz como un rayo, una de las dagas ocultas en su cinturón. Ésta se incrustó ferozmente en la frente de uno de los asesinos, el cual cayó silenciosamente al suelo tras un estallido carmesí.
El guerrero de Saillune se incorporó y observó fieramente a sus enemigos, pero en seguida frunció el ceño, desconcertado. Solo había seis de ellos. ¿Dónde estaba el séptimo? Un sonido apenas perceptible a sus espaldas lo sacó de sus cavilaciones. ¡Estaba detrás de él! El muchacho apenas pudo darse vuelta para retener el ataque del asesino, el cual logró alcanzarlo en su costado izquierdo, haciéndolo un profundo corte. Furioso, el joven cayó hacia atrás, pero antes arrojó un veloz mandoble ascendente hacia el rostro de su atacante, el cual logró hacerse a un lado, siendo rozado por la espada.
El muchacho evitó caer al piso apoyando su mano libre en el mismo, para luego impulsarse acrobáticamente hacia atrás de un salto, colocando distancia entre él y los siete asesinos restantes. Poniéndose de inmediato en guardia, observó con atención a sus oponentes, los cuales se posicionaron amenazadoramente frente a él con sus espadas listas para reanudar el combate. Entonces algo llamó su atención. Aquel que lo había logrado herir tenía la cabeza al descubierto, pues al rozarlo con su hoja había conseguido desplazar la capucha hacia atrás.
El rostro de aquel sujeto era el de un hombre de unos treinta años, común y corriente, pero se encontraba mortalmente pálido, casi como un cadáver. Además, había algo perturbador en su expresión… Todas sus facciones estaban totalmente desfiguradas por el odio y la furia. Miraba al muchacho con unos ojos cargados de la más profunda ira y resentimiento. Pero había algo más... Los ojos brillaban extrañamente en la noche con un fuerte resplandor rojizo, dándole un aspecto aterrador.
Lentamente, los demás deslizaron hacia atrás sus capuchas, revelando los mismos rostros brutales, deformados por el odio, con ojos rojos y malvados como el peor de los demonios.
Ahora se daba cuenta. Así que a aquello se debía la extraña energía que sentía provenir de esos sujetos. No eran hombres normales…algo los estaba corrompiendo en lo más profundo de sus almas. De improviso, sin permitirle más tiempo para reflexionar, los siete corrieron hacia él con las espadas en alto, a una velocidad mayor a la que habían demostrado hasta entonces.
El joven miró de reojo durante un segundo el profundo corte en su abdomen, el cual teñía de rojo su perfecta túnica azul. No era tiempo de seguir jugando. Debía acabar de una vez con todos ellos. Sin perder un segundo más, enterró la espada en el suelo, bajando la vista y colocando los brazos y las manos al costado del cuerpo, concentrándose al máximo. Los siete asesinos ya estaban prácticamente sobre él, listos para hacerlo pedazos con sus mortales espadas de acero negro. Pero jamás tuvieron una verdadera oportunidad.
– ¡Varluwin's sentence! – exclamó el joven, mientras levantaba rápidamente su antebrazo derecho, con los dedos extendidos hacia arriba.
Una poderosa corriente de aire se formó ante él, avanzando en todas direcciones con tal fuerza que las baldosas de mármol del camino hacia el palacio saltaron en pedazos, abriendo profundos surcos en la hierba y la tierra del jardín. La furiosa ráfaga de vientos huracanados arrastró violentamente a sus siete atacantes, los cuales no pudieron hacer nada por defenderse. El aire poseía un poder y una presión descomunales, cortando como una espada todo lo que se cruzaba en su trayecto. Los asesinos fueron atravesados por el viento, siendo atrozmente heridos por cientos de profundos cortes en todo el cuerpo. El poder del conjuro los hizo volar a lo largo de todo el jardín, hasta finalmente incrustarlos en forma brutal contra el muro que lo rodeaba.
El joven bajó lentamente el brazo, observando con atención los efectos del hechizo. Profundas zanjas se abrían en la tierra frente a él, y las baldosas se encontraban totalmente resquebrajadas, regadas por todo el jardín. Muchos metros por delante de él, los asesinos permanecían incrustados en el muro, inertes. Algunos cayeron hacia el suelo, ya sin volver a levantarse. El muchacho se miró las manos durante unos segundos.
– Vaya…el viejo tenía razón. Hay que tener cuidado al usar en la práctica esta clase de conjuros...
Con calma, se acercó hacia al muro, donde yacían sus derrotados oponentes. Sin ningún miramiento, se agachó y levantó de los pelos a uno de ellos.
– Habla ya mismo y tal vez muestre algo de misericordia hacia ti... ¿Quién los envió?
El hombre, con el rostro bañado en sangre, lo miró con unos ojos cargados de odio, los cuales aún brillaban en aquel extraño resplandor. No obstante, de pronto esbozó una malvada sonrisa, y luego miró hacia un costado, riendo entre dientes. Esto no agradó en absoluto al joven guerrero.
– Te he hecho una pregunta – susurró en tono sombrío – Más te vale que contestes; te va la vida en ello.
El hombre soltó una carcajada y luego, velozmente, llevó una mano hacia su cintura, sacando una daga de metal oscuro de entre sus rasgadas ropas negras. El muchacho dio un salto hacia atrás, sorprendido. Pero lo que sucedió a continuación lo dejó sin habla. Aquel hombre enterró brutalmente la daga en su propio cuello, sin soltar el más mínimo alarido. Atónito observó como los otros que aún continuaban con vida imitaban su acción. Sin dudarlo un segundo, los asesinos sacaron las dagas ocultas entre sus ropas, quitándose la vida con sus propias manos. Lentamente, tras la muerte, el resplandor rojizo abandonó sus malévolos ojos.
El joven se quedó de pie, inmóvil, mirando atentamente a aquellos sujetos. Se habían matado con sus propias manos, todos ellos. Sus facciones, sus ojos, su gran habilidad y aquella extraña energía que sentía provenir de ellos… Ahora creía entender que era lo que estaba sucediendo…
– ¡Señor Zelgadiss!
Unos gritos cercanos lo trajeron de vuelta a la realidad, arrancándolo de sus pensamientos. Un gran grupo de soldados se aproximó hacia él, observando atónitos la escena. "Ya era tiempo de que llegaran", reflexionó con algo de insatisfacción el joven hechicero.
– ¡Señor Zelgadiss! ¿Se encuentra bien? ¡Todos los hombres de la entrada fueron asesinados! – exclamó atropelladamente el soldado que dirigía el grupo – Escuchamos los ruidos del combate a lo lejos y acudimos enseguida. Disculpe nuestro retraso, no nos encontrábamos cerca del palacio…
Zelgadiss alzó una mano, indicándole que se calmara.
– ¿Pero qué ha sucedido aquí? – preguntaron atónitos varios de los soldados, mientras observaban el estado en el cual se encontraba el jardín real y los cuerpos inertes regados sobre la hierba y contra el muro.
– Lo que sea que esté atacando los países del oeste, pensó que sería más sencillo hacer caer al reino de Saillune si antes acababa con el príncipe Philionel y con su heredera – contestó en tono calmado Zelgadiss, mientras cubría disimuladamente la herida en su costado con su capa negra.
Los soldados frente a él adoptaron una expresión de horror en sus rostros.
– ¿Con el príncipe Philionel…y la señorita Ameria?
Zelgadiss asintió distraídamente con la cabeza, mirando de reojo los cuerpos sin vida de aquellos extraños asesinos.
– ¿Cómo lo sabe señor Zelgadiss? ¿Alguno de estos canallas habló?
Zelgadiss avanzó lentamente entre el grupo de soldados, rumbo al palacio, mientras los hombres se hacían a un lado respetuosamente.
– ¿Señor Zelgadiss? – insistió el líder del grupo.
El joven hechicero se encogió de hombros, sin dejar de caminar hacia las puertas de entrada a los aposentos reales.
– Es lo que yo intuyo. Ninguno de ellos quiso hablar. Se rebanaron el cuello ellos mismos antes de hacerlo – contestó calmadamente.
Los hombres dieron un respingo, asombrados, mirando con temor los cuerpos envueltos en capas negras que yacían, inmóviles, sobre el suelo.
.
Zelgadiss caminó lentamente a través de la enorme sala principal de la planta baja del palacio. Se trataba de una inmensa habitación cubierta en su centro por una larga alfombra roja, la cual llevaba, en línea recta, desde la entrada hasta las hermosas escaleras doradas en el extremo opuesto de la estancia. Las escaleras daban paso a un nivel superior que rodeaba todo el salón principal, como un extenso balcón, siendo sostenido por espléndidas columnas de piedra blanca, las cuales se extendían a izquierda y derecha de la habitación en la que Zelgadiss acababa de ingresar. Numerosas puertas trabajadas en la mejor de las maderas podían verse en las paredes detrás de las columnas, dando acceso a muchas habitaciones, y lo mismo podía apreciarse en el nivel superior. El suelo de mármol pulido relucía como un espejo, reflejando su imagen y las múltiples lámparas de cristal ubicadas en las paredes. Un inmenso candelabro de oro puro, con cientos de velas encendidas, colgaba silencioso en el centro del alto techo.
Zelgadiss se sentó en un magnífico sillón recubierto en terciopelo rojo, adoptando una postura que reflejaba su preocupación, con el cuerpo inclinado hacia adelante, los codos apoyados en los muslos y las manos entrecruzadas, dejando descansar su frente sobre ellas. Observó de reojo la inmensa estancia. No había nadie allí a esas horas. Supuso que Ameria se encontraba en sus aposentos en esos momentos, preparándose para salir. Sentía deseos de hablar con ella, pero antes…
Antes necesitaba reflexionar cuidadosamente sobre lo sucedido.
¿Quiénes demonios eran esos sujetos? Hacía varios meses ya que la tensión se respiraba en Saillune a todo momento, debido a las pocas y oscuras noticias que llegaban desde los países vecinos, con los cuales habían terminado por perder todo contacto. Los grupos de exploración y reconocimiento que él mismo había organizado y enviado en busca de información hacía más de un mes nunca regresaron, y lo mismo sucedía con las caravanas de comerciantes que habían partido antes de que todo comenzara. Y luego habían llegado los refugiados… Eran unas pocas personas, no más de cinco, heridas y aterrorizadas, las cuales, aparentemente, provenían de Ralteague y de la Alianza de los Pueblos Costeros. Apenas habían podido sacar algo de información de ellas. Murmuraban asustados que la oscuridad se había extendido sobre sus pueblos, devorándolo todo. Sin embargo, las heridas en sus cuerpos habían sido, sin duda alguna, provocadas por espadas. Y había sido demasiado tarde para tratarlas adecuadamente. Cuatro habían muerto a los pocos días, y el restante continuaba igual de traumatizado que al comienzo, sin apenas hablar.
Estos confusos hechos habían llevado al príncipe Philionel a declarar un toque de queda generalizado, hasta saber que era lo que estaba sucediendo más allá de las murallas. La gente tenía estrictamente prohibido abandonar el reino, y todos los civiles debían retirarse a sus hogares al caer la noche. La fuerte presencia militar escrutaba la ciudad y los puntos de acceso a toda hora, pero…no había sido suficiente.
Zelgadiss suspiró, apoyándose contra el respaldo del sillón y levantando la vista hacia el techo. Finalmente esa amenaza invisible se había materializado. Todo parecía indicar que Ralteague y la Alianza de los Pueblos Costeros ya no oponían resistencia a esta oscura amenaza, pues alguien había enviado a un grupo de asesinos a Saillune, el reino vecino, para acabar con la vida de Ameria y su padre. Era obvio, no tenía la menor duda de que ese había sido el objetivo de aquellos malditos, ya que se habían dirigido directamente al palacio real sin llamar la atención de nadie.
Salvo la de él…
Aún así, habían perdido muchos hombres esa noche, buenos soldados, soldados a su mando… Guerreros que él mismo había entrenado con esmero, hombres que lo respetaban porque confiaban en él. Y les había fallado…
Tratando de contener la ira creciendo en su interior, Zelgadiss pensó durante unos segundos en sus atacantes. La habilidad de esos asesinos era extraordinaria, no solo por sus destrezas durante el combate, sino porque habían logrado infiltrarse con una facilidad escalofriante en un reino sumamente vigilado, desde las murallas hasta el distante centro de la ciudad, sin ser detectados en ningún momento. Zelgadiss sintió un escalofrío recorrerle la espalda al recordar los rostros que se escondían bajo las capuchas. Él no era un sacerdote, no poseía la desarrollada percepción mágica que si tenían Ameria y, mucho menos, Ainur. Aún así, había tenido un mal presentimiento de esos sujetos desde el principio. No eran simples humanos. Esa energía que sentía provenir de ellos, el odio que los devoraba por dentro… Era como haberse enfrentado a un grupo de bestias salvajes, o, para ser más precisos, a una panda de demonios enfurecidos. Sí, eso era lo que había sentido. No había luchado contra hombres corrientes esa noche, sino contra hombres corrompidos por una oscura energía. ¿Acaso habían hecho un pacto con algún violento mazoku? Eso era algo que no podía ser ignorado.
Zelgadiss cerró los ojos durante unos segundos, reflexionando sobre lo sucedido en los meses anteriores. Él había querido marchar junto a las patrullas de reconocimiento desde el principio; aquellos grupos de soldados que jamás regresaron... Sin embargo, Philionel le había pedido que se quedara en la ciudad. En realidad, más que pedírselo se lo había ordenado, y él sabía bien por qué. El príncipe lo quería cerca de Ameria en esos difíciles momentos. Agradeció a los dioses la orden de Philionel. De haber partido junto a los grupos de reconocimiento, nadie habría podido evitar que aquellos malditos asesinos llegaran hasta las habitaciones de Ameria… Zelgadiss sonrió. Philionel era muy consciente de que nadie jamás podría protegerla como él lo hacía. Y tenía razón. Ensanchó aún más su sonrisa al recordar los días posteriores a su retorno triunfante a Saillune junto con Ameria, luego de la aventura vivida en el Templo Blanco, aventura que le había permitido recuperar su cuerpo humano y, a su vez, obtener algo mucho, mucho, más importante…
Zelgadiss frunció el ceño. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? ¿Cerca de dos años? Si, hacía casi dos años que vivía en Saillune, casi dos años desde que se incorporara como un miembro de la Guardia Real, donde no tardó en destacar por sobre los demás. Philionel le encomendaba las más difíciles misiones de inteligencia militar, demostrando la enorme confianza que le tenía, y él nunca lo había defraudado. De esa manera había ascendido rápidamente, pasando a ser un miembro de alto rango dentro de la propia Guardia Personal del príncipe. De esa forma, se vio obligado a permanecer mucho más tiempo dentro del reino, llevando a cabo su trabajo principalmente en el propio palacio. A pesar de que el príncipe también le había encomendado, como parte fundamental de su tarea, el entrenamiento de los soldados novatos e incluso de los hechiceros que formaban parte del ejército, Zelgadiss sabía muy bien que, en la práctica, su principal labor era proteger a la princesa.
Si, por eso era que Philionel lo quería siempre en el palacio, para que cuidara de Ameria, y él, por supuesto, jamás había presentado objeciones al respecto.
Eso era lo que él quería. Lo que siempre había querido. Dentro del palacio real, estaba siempre al tanto de lo que hacía Ameria, y la había acompañado en todos y cada uno de los numerosos viajes diplomáticos que ella había realizado desde que ambos regresaran juntos desde el Templo Blanco. Como siempre había hecho, como a sí mismo se había prometido, Zelgadiss la protegía. Y siempre lo haría. Con su propia vida de ser necesario… No obstante, era consciente de lo que la nobleza y los miembros de la corte real murmuraban a sus espaldas. Sabía muy bien que, incluso entre las personas de la ciudad, se rumoreaba que él, Zelgadiss, era el amante de la princesa…
Eran rumores que no se alejaban demasiado de la verdad, debía reconocer. En realidad, ellos jamás habían formalizado su relación frente a los demás, lo cual se debía fundamentalmente a dos razones. En primer lugar, ambos habían pensado que sería lo más conveniente teniendo en cuenta los múltiples problemas que giraban en torno a la sucesión del trono. Existían muchos familiares de Ameria y de Philionel que codiciaban la corona, lo cual se había evidenciado más de una vez en el pasado. Ambos creían que lo mejor sería hacer pública la relación que llevaban cuando la cuestión de la sucesión se hubiera aclarado del todo.
La segunda razón era mucho más personal, y respondía al bajo perfil que Zelgadiss siempre había mantenido. Él era un simple hechicero, con una nula posición social, y se imaginaba muy bien las habladurías que se desatarían entre las familias de la nobleza que querían comprometer a sus hijos varones con Ameria. Incluso, pensaba, serían capaces de intentar quitarlo de en medio. Esa situación era algo que detestaba profundamente, pero no por eso dejaba de ser menos cierta.
De ese modo, el único que estaba al tanto de lo que en realidad había entre Zelgadiss y Ameria era el príncipe Philionel. Él estaba de acuerdo con la relación, pues respetaba los deseos de su hija y a la vez veía en Zelgadiss a todo un hombre de honor que no dudaría en dar la vida por ella. Era por eso, porque respetaba la decisión que ambos habían tomado de permanecer, al menos de momento, en el anonimato, que Zelgadiss no había sido nombrado directamente como el guardaespaldas personal de Ameria, ya que eso habría levantado aún más sospechas entre la gente.
Por otro lado, la jugada de Philionel de hacerlo un miembro de la Guardia Real primero y de su Guardia Personal después, ascendiendo siempre por sus propios méritos, le permitiría a Zelgadiss consolidar una fuerte posición dentro de la milicia. Esto era importante, pues con una sólida posición en el ejército, y siendo a la vez hombre de confianza de Philionel, el anuncio de su relación con Ameria en el futuro despertaría muchas menos objeciones.
Pero ahora ese futuro se veía amenazado.
Esa noche alguien había ordenado la muerte de la persona más importante para él en todo el mundo.
Zelgadiss se incorporó y se dirigió hacia las elegantes escaleras que conducían hacia el nivel superior. De reojo observó la herida en su costado izquierdo. Ya había sanado prácticamente, gracias al conjuro de Magia Blanca que Ameria le había enseñado y que luego él había perfeccionado. Esbozando una pequeña sonrisa al recordar aquellos días, Zelgadiss avanzó silenciosamente a través del inmenso palacio, dirigiéndose hacia los pisos superiores.
.
Cerrando la puerta a sus espaldas, Zelgadiss ingresó en una pequeña habitación. Se trataba, en realidad, de una especie de balcón ubicado en el piso más alto de una de las torres del palacio real. Era una habitación rectangular, con el suelo cubierto por relucientes baldosas y con una pequeña y elegante mesa de madera en su centro, con unas cuantas sillas a su alrededor. Plantas con hermosas flores crecían en bellas macetas ubicadas a ambos costados de la habitación, perfumando levemente el aire con su suave aroma. En el extremo opuesto a la entrada, el suelo y el techo terminaban unidos por dos grandes columnas a izquierda y derecha, sin pared alguna, de manera que podía observarse la ciudad que se extendía por debajo en todo su esplendor.
Zelgadiss se apoyó en la sólida baranda con balaustres que unía horizontalmente las dos grandes columnas y observó distraídamente la ciudad. Las únicas luces que podían observarse eran las provenientes de las antorchas y piras ubicadas en las atalayas y puestos de vigilancia. Sin embargo podía notar como las calles hervían en actividad militar, sin duda reforzada por los sucesos que acababan de ocurrir. Ahora él era parte de aquel reino, al cual debía proteger cumpliendo con su deber como miembro de la Guardia Personal del príncipe y, en consecuencia, del ejército. Sin embargo… en el fondo él sabía que no era por Saillune por quién luchaba, sino por algo mucho más importante.
Zelgadiss sonrió levemente al oír unos suaves pasos aproximarse. Ya era capaz de reconocer esas pisadas desde mucho antes de retornar definitivamente a Saillune. La puerta se abrió silenciosamente a sus espaldas y una hermosa chica entró a la habitación. Era una joven de unos veintidós o veintitrés años, de cabellos cortos y negros y de grandes ojos azules. El rostro, hermosamente delineado, era de expresión serena y amable, con una cálida mirada. Iba ataviada con un largo vestido de un celeste claro, de escote rectangular y largas y ajustadas mangas. Sonriendo, la joven se acercó a Zelgadiss y lo abrazó. Zelgadiss respondió tranquilamente el abrazo, tomándose unos segundos para sentir el perfume de la chica contra su cuerpo.
– Pensé que ya no vendrías – murmuró el joven hechicero.
Ameria sonrió dulcemente.
– ¿Cómo podría no hacerlo?
Ambos se separaron lentamente, apoyándose en el borde de la baranda. Durante unos segundos contemplaron la ciudad en silencio, sin decir una palabra. Zelgadiss la observó con una preocupación que no se sentía capaz de ocultar.
– Ya sabes lo que ocurrió esta noche, ¿verdad?
Ameria bajó levemente la cabeza.
– Si, lo sé… Finalmente hemos sido atacados.
– Varios hombres murieron hoy… Muchos de ellos eran miembros de la Guardia Personal. Soldados a mi mando…
Ameria volteó la cabeza rápidamente hacia Zelgadiss, mirándolo con preocupación.
– Lo que hiciste esta noche por Saillune es digno de recibir los honores de un rey, por favor Zel, no te culpes por lo ocurrido…
Zelgadiss se alejó de la baranda y comenzó a caminar alrededor de la pequeña habitación.
– ¿Pudiste sentirlo Ameria? Esos sujetos no eran asesinos comunes y corrientes.
– Si, pude sentirlo… – contestó la chica – Pero aun así, no sé qué pensar. Era una energía muy extraña, muy fría, jamás había sentido nada igual…
– ¿Crees que…se trate de algún mazoku, o de alguna maldición de Magia Negra?
Ameria bajó la cabeza.
– No lo sé… no lo sé…
Zelgadiss se dejó caer en una de las sillas, apoyando el codo en la mesa y la mano contra su frente.
– De cualquier manera pude con ellos. Yo solo. Acabé con todos. Pero aún así no fui lo suficientemente hábil como para percatarme antes de su presencia… – Ameria se acercó hacia él con gesto preocupado – Si los hubiese detenido en el muro del palacio esta noche…mis hombres no habrían muerto.
Ameria se agachó y lo tomó de una mano.
– Zel, por favor, no podías saber que esta noche seríamos atacados. Fuiste capaz de detener tú solo a diez terribles asesinos. Al hacerlo evitaste que más personas murieran. Lo que has hecho por el reino de Saillune hoy es digno de la más alta condecoración…
Zelgadiss se puso nuevamente en pie, soltando una leve carcajada. Ameria lo observó confundida. A paso lento, el joven hechicero volvió a apoyarse en la baranda, de espaldas a Ameria.
– Supongo que te habrás imaginado ya que pretendían hacer esos asesinos, hacia donde se dirigían… ¿verdad? Lo que hice hoy, todo lo que he hecho desde que llegué aquí… no fue por Saillune – Zelgadiss la observó un segundo por encima del hombro – Fue por ti.
Ameria lo miró con los ojos muy abiertos. Él seguía de espaldas a ella, hablándole en el más tranquilo de los tonos.
– Se que como un miembro de la Guardia Personal de tu padre, y en consecuencia un soldado del ejército, mi lealtad debe estar con el reino, y en parte es así – Zelgadiss se dio vuelta y la miró directo a los ojos – Pero mi lealtad, mi verdadera lealtad – dijo llevándose la mano al corazón – es solo para ti, Ameria.
Los dos permanecieron en silencio durante unos instantes. Ameria se quedó absolutamente quieta, mirándolo a los ojos. Zelgadiss se dio vuelta nuevamente y contempló la ciudad.
– Todo esto – dijo señalando con la mano la enorme ciudad que se extendía ante ellos – no significaría nada para mí si tú no estuvieras. No puedo imaginarme a este reino sin ti…Tú eres Saillune para mí, y a ti te soy fiel. Por ti lucho – bajó la vista, cerrando los ojos – Hasta la muerte…
Zelgadiss sintió los suaves brazos de Ameria abrazándolo por la espalda, sintió como deslizaba lentamente los brazos alrededor de su cuerpo, apoyando el hermoso rostro contra su espalda y entrelazando ambas manos a la altura de su pecho. Zelgadiss sonrió y levantó una de sus manos, acariciando los suaves dedos de Ameria.
– Lo sé Zelgadiss, lo sé muy bien – susurró dulcemente la chica en su oído – En verdad, eres el Protector de Saillune
Fin del capítulo 1.
.
.
Hola! Bueno, finalmente he aquí los primeros pasos de esta segunda historia =) Antes que nada quisiera, agradecer a todas aquellas personas que leyeron El Cazador de Sombras y me alentaron a hacer realidad este segundo proyecto; ¡en verdad muchas gracias! Se lo debo a ustedes :D
Espero que la introducción y este primer capítulo haya cumplido y resultado de su agrado. Trataré de actualizar en forma semanal, o, más tardar cada diez días. Por eso, si les ha gustado el comienzo por favor no duden en comentar! Me interesa mucho poder conocer las diferentes opiniones y expectativas ;D Cualquier tipo de crítica será bienvenida. Oh, y nuevamente les recomiendo que ingresen a la página Eterno Poder de Slayers; en la sección Información/Universo encontrarán un muy detallado mapa que les ayudará a entender mucho mejor los próximos capítulos.
Sin más por el momento, me despido y los dejo con el glosario. Saludos cordiales!
.
Glosario de términos:
.
De momento solo hay un término a aclarar, el cual fue mencionado durante el combate entre Zel y los asesinos.
Varluwin's Sentence: antes que nada, aclararé que este es un hechizo que he creado yo mismo a efectos del fic, por lo cual no debe ser tomado como parte del canon original de la saga.
Se trata de un poderoso conjuro de Magia Arcana que invoca el poder de Varluwin, el Rey Dragón de Aire (una de las cuatro ramificaciones de Ceiphied, el Dios supremo del bien en el mundo donde transcurre Slayers) Genera una letal corriente de viento mágico, el cual corta todo a su paso. También genera daños importantes en el espíritu del oponente, siendo eficaz contra mazokus y demás seres espirituales. Para establecer una comparación, podría ser considerado de un nivel un poco por encima de aquellos hechizos de Magia Negra que invocan el poder de los sub-lords mazoku (como por ejemplo, el Dynast Breath, que invoca el poder de Dynast Grausherra, o el Dolph Strash, que hace lo propio con Deep Sea Dolphin)
