Segunda bala:
Las reglas son para romperse
El camino a la Academia Aihara nunca se había sentido tan incómodo, ni siquiera durante aquellos días de soledad en los cuales Mei había desaparecido. En la radio sonaba una alegre canción pop que Joey tarareaba con cara risueña y Yuzu seguía aferrada a Kumagoro. Sus brazos temblaban de cuándo en cuándo, su mirada estaba fija en la ventana con la esperanza de encontrar a Mei en el camino. Sin embargo, además de la preocupación por encontrar a su novia, había otro asunto que le molestaba.
Desde que escuchó esa palabra, no había dejado de pensar en ella. "Noviastra", vaya término inventado por el pelirrojo; tan perfecto y bochornoso a la vez para nombrar su relación amorosa. ¿Cómo era posible que ese tipo hablara de tal manera? Decir algo tan incómodo con toda la tranquilidad del mundo y sin titubear, además de tratarse de completos desconocidos. Yuzu lo miró y se preguntó cómo pudo conocer al abuelo Aihara. Hasta donde podía apreciar, el pelirrojo permanecía imperturbable y concentrado en la pantalla de su celular. Hizo a un lado a Kumagoro para asomarse sobre el hombro de Sky. Se suponía que existía la posibilidad de ser perseguidos por aquellos criminales, tal vez alguien les cerraría el paso en la próxima intersección y el matón a cargo de su seguridad estaba perdido en su teléfono. Sabía que no era correcto, no debía hacerlo, pero la curiosidad era más poderosa. ¿Qué era tan interesante en esa pantalla?
Muy despacio, Yuzu se acercó al hombro de Sky. Esperaba ver la interfaz de un sistema de seguridad, algún tipo de reporte o cualquier cosa referente a incidente que acababan de vivir. En vez de eso, distinguió algunas viñetas en blanco y negro, trazos finos y ojos enormes. No pudo ocultar su asombro ante tal descubrimiento; era imposible y extraño, aquel pistolero que la rescató y mató sin el menor remordimiento a cinco secuestradores estaba leyendo tranquilamente una manga moe y, no solo eso, Yuzu también era seguidora de esa obra.
—Si quieres te doy el nombre de la aplicación —dijo Sky de golpe, provocando un susto en Yuzu—. Fisgonear en los celulares ajenos es de mala educación.
—¡Lo siento! No quería molestarlo —respondió regresando a su lugar, pero al poco tiempo volvió a acercarse—. No puedo creer que usted también sea lector de La cicatriz secreta de Kyomori.
En ese momento Sky desvió la mira de su teléfono y se dirigió a Yuzu. Se sintió cegado por la radiante sonrisa y abrumado por sus ojos tan brillantes y llenos de energía. Cuando habló con el señor Aihara, este le había advertido que Yuzu era una chica bastante optimista y con una gran habilidad para conectar con la gente. Hacia solo unos minutos, la gyaru estaba en shock por verse en medio de un tiroteo y ahora, con solo distinguir ese manga, le sonreía amplia y alegremente. Demasiada alegría para el gusto de Julian Sky, sobre todo tomando en cuenta la reciente balacera. Se aclaró la garganta y volvió a concentrarse en su teléfono.
—Sí —respondió—. Es una autora joven pero muy hábil. No pensé que leyeras estas cosas.
—Para mí es más sorpréndete que usted lo haga —Yuzu poco a poco se desenvolvía mejor. Estaba superando el shock de manera favorable—. ¿Y lee otros manga lee?
—Cláusula 6 del contrato. No tengo que responder eso.
—Solo quiero romper un poco el hielo —reclamó Yuzu—. Si vamos a estar juntos por un tiempo, deberíamos llevarnos bien, ¿no?
—Cualquier yuri le viene bien —intervino Joey con gesto travieso—. Es su única afición y le da pena admitirlo.
—No me da pena admitirlo, solo quiero ser profesional y cumplir con mi contrato.
—Que solo es un pretexto tuyo para no socializar, ya conozco tus estrategias —agregó Joey con una sonrisa confianzuda—. Vamos, Julian, soy tu único amigo y todo lo que se de ti lo tuve que descubrir.
—Tal vez sea hora de volver a trabajar solo.
Y ambos continuaron con una discusión que se sentía amistosa en vez de furiosa. Cada comentario cargado de sarcasmo por parte del pistolero era respondido por una observación traviesa del conductor. Yuzu solo permaneció callada, escuchando cada palabra que se dirigían, pero después de un rato no pudo evitar reír por lo bajo al verlos interactuar de esa manera, eran como esos dúos de las películas de acción. Esa risa le sentó mejor de lo esperado, era justo lo que necesitaba. Tomó su celular con calma y entró a la galería. Su salvador le había provocado cierta intriga con su actitud desvergonzada, así como lo había hecho Shirapon en su momento o ese misterio de mujer que es Mei. Llegó a la imagen adecuada. Sí pudo lograr que Mei prefiriera hacerle caso a sus sentimientos sobre las exigencias familiares, podría hacerse amiga de aquel matón.
De nuevo se deslizó en el asiento del auto y miró sobre el hombro de Sky. Ya había terminado de leer y ahora buscaba otro manga entre los títulos disponibles en el catálogo de la aplicación. De inmediato puso su celular sobre el de Sky para mostrarle una imagen de su historia preferida, de esa obra escrita y dibujada por una autora de trazos finos y detallados, un manga que le ayudó a comprender sus sentimientos verdaderos hacia Mei.
—Señor Sky, ¿le gusta Las hermanas Momoiro?
La respuesta no llegó de inmediato. Sky se quedó paralizado mirando el teléfono de Yuzu. Parpadeó un par de veces y se giró a verla directamente a los ojos. La mirada de esa chica era tan brillante y entusiasta, llena de una luz intensa que le resultó abrumadora. Contrastaba con sus ojos de color ámbar, apagados y agresivos. Con cuidado hizo a un lado la mano de Yuzu y la hizo regresar a su asiento. Le dirigió una última mirada tan helada y violenta, como la de un lobo a punto de saltar sobre su presa.
—Ya sé lo que intentas hacer, el viejo Aihara me lo dijo —respondió Sky señalando a la rubia—. Me advirtió que eras buena relacionándote con las personas, que tienes facilidad para conectar con cualquiera.
—¿El abuelo dijo eso de mí?
—Entre otros detalles —agregó. Se volteó de nuevo y regresó la mirada a su celular. En silencio seleccionó otro de los títulos disponibles y lo guardó en su lista de favoritos. El automóvil avanzó unos metros hasta detenerse por la luz roja de un semáforo—. Pero sí, me gusta Las hermanas Momoiro —respondió al final. Una chica de preparatoria logró hacerle romper una de sus propias reglas.
La creciente penumbra dotaba de un aire desolador e intimidante a la Academia Aihara. La construcción de moderna arquitectura se alzaba sobre los alrededores con sumo esplendor; los edificios habitacionales cercanos parecían deslucidos comparados con la academia femenil. La entrada estaba a oscuras, apenas iluminada por los postes de luz cercanos a la entrada; la cancha de deportes descansaba de las actividades diarias y en su superficie no se distinguían pisadas o algún desgaste debido al uso continuo. La tierra de las 16 jardineras que recibían a las estudiantes aún estaba húmeda y podían distinguirse brillantes gotas en las hojas de cada planta. Pero sin lugar a dudas, uno de los atractivos del instituto era el puente que conectaba los edificios principales; sus paredes eran de cristal y detrás de este sobresalía una torre que superaba en altura al resto de la edificación.
El automóvil se detuvo frente al enrejado de la academia, mismo que ya estaba cerrado. El grupo bajó del vehículo al instante, primero los dos hombres y al final Yuzu, que lo hizo al confirmarle que era seguro salir. El ambiente callado le daba una mala espina a la rubia; había visto esta situación en televisión y cine, los tipos malos esperaban detrás de las bardas en una cobarde emboscada o uno de sus espías les vigilaba desde el techo del edificio más cercano. De ser así, sacar a Mei de la academia se volvería complicado, pero eso no importaba. Yuzu estaba lista para hacer todo lo posible a fin de salvar a su amada novia y prometida. No negaba el hecho de tener miedo, pero por ella, era capaz de cualquier cosa. Sin embargo, y contrario a lo que pensaba, ella y Sky se quedaron frente a la entrada mientras Joey recorrió el perímetro de la academia. Yuzu esperaba hacer justo lo que su guardián quería evitar: una confrontación. Para ella, la opción más viable era irrumpir en las instalaciones de la escuela, posiblemente ocupada por los maleantes, y correr lo más rápido posible hasta la sala del consejo estudiantil. Pero las cosas se hicieron de una manera más elaborada y precavida; antes de entrar para buscar a Mei, debían comprobar si estaban solos y no corrían peligro alguno. Yuzu debía admitirlo, estaba en manos de un experto, cosa que le hacía sentirse segura.
Centró la mirada en Sky. El hombre permanecía callado frente al automóvil, mirando de extremo a extremo la calle. No había que preocuparse por el tráfico, pues era un corredor exclusivo para transeúntes y, de acercarse algún vehículo de los maleantes, lo notarían de inmediato. Yuzu estaba inquieta, daba pasitos en torno al auto, miraba a todos lados, en espacial hacia los edificios de la academia con la esperanza de encontrar alguna luz encendida. Si sus cálculos no le fallaban, deberían haber dos personas al interior del colegio: Mei y Himeko Momokino, las dos miembros del consejo estudiantil más comprometidas. En ese instante aumentó su preocupación, pues habría otra implicada en el asunto. El enigmático pistolero de pronto se movió, miró a Yuzu con sus templados ojos ambarinos; ella se sobresaltó al notarlo pero él no le dirigió ninguna palabra. Se acercó a la puerta del conductor y entró de nuevo al vehículo, se sentó en el asiento y encendió la radio. Su pretexto fue estar aburrido por tanto silencio. Al cabo de unos minutos, Joey volvió con noticias alentadoras: no había ni un solo auto cerca ni vestigios de los criminales.
—Bien, eso hace todo más fácil —mencionó Sky. Yuzu estaba lista para acatar cualquiera de sus órdenes—. Llámala y dile que salga.
—¡Entendido! —respondió por mero impulso, pero fue tras un segundo que las indicaciones tomaron sentido en su cabeza—. ¿Qué? ¿Quiere que le llame?
—Obviamente. ¿Cómo sabrá que viniste por ella si no le llamas por teléfono?
—Pero Mei no tiene celular —respondió Yuzu con cierta frustración. A pesar de las incontables ocasiones en las que le expuso los grandes beneficios de tener un celular, no había conseguido que su hermanastra se decidiera a utilizar uno, aunque fuese de los más sencillos. Para la heredera de la familia Aihara, respaldada por artículos escritos por profesionales de la educación, el uso de un teléfono celular constituía un obstáculo significativo en la educación de las personas, además, su uso estaba prohibido por las normas del instituto.
—¿Qué clase de adolescente no tiene un celular?
—Mei es muy diferente a las demás —comentó Yuzu con cierto orgullo. Y en verdad tenía como pareja a una chica que salía de lo común. En otras circunstancias, hubiera comenzado un discurso acerca de lo asombrosa que era, pero no era el momento adecuado para hacerlo. Había que sacarla rápido de la academia y ya habían perdido valiosos minutos.
—Tendremos que entrar —sugirió Joey.
—Eso era justo lo que quería evitar. Si nuestros amigos nos encuentran aquí será difícil huir.
—Entonces déjenme ir a buscarla —alzó Yuzu su voz. Era hora de actuar como solía hacerlo, con valentía—. Por favor. Y le explicaré las cosas mientras salimos —los mercenarios se quedaron callados. La seriedad de ambos resultó pesada y en sus ojos era evidente la duda ante la propuesta de la rubia. Luego se miraron entre ellos; Sky con el ceño fruncido y una ceja alzada torció los ojos hacia Yuzu. En respuesta, Joey se encogió de hombros para después llevar sus manos a los bolsillos de su pantalón.
—Tienes veinte minutos para traerla —dijo Sky al final.
Yuzu asintió. En la radio del auto se alcanzaba a escuchar Runner's High de TRI4TH y con esa melodía resonando en su cabeza, la optimista gyaru echó a correr por el patio principal de la academia, directo a la entrada del edificio. Subió los escalones dando saltos y abrió las puertas con un fuerte empujón. No había roto tantas reglas de la academia en tan poco tiempo desde su primer día como alumna. Si Mei estuviera con ella, seguramente ya le habría regañado por su actuación. Sin embargo, no era momento para pensar en los reglamentos escolares, había algo más importante que mantener la imagen de una alumna modelo. Cruzó los casilleros tan rápido que casi resbalaba al girar en el pasillo y se internó en la penumbra. Le costaba creer que aquel sombrío edificio fuera la misma academia a la cual asistía durante las mañanas; estaba acostumbrada a recibir la luz del sol que se infiltraba por los amplios muros cristalinos. Incluso las puestas del sol eran luminosas, con los pasillos y salones bañados en la luz anaranjada que escapa del horizonte. Pero en ese momento, no había nada que hiciera su camino más sencillo; las lámparas estaban apagadas y el silencio solo la ponía más nerviosa. Era tanto que podía escuchar sus pasos y su propia respiración sin ningún problema. Al final, después de un camino eterno, llegó a la sala del consejo estudiantil. Giró la perilla y entró sin sutileza alguna.
—¡Mei! —gritó al abrir la puerta.
Solo el silencio le respondió. La sala del consejo estaba vacía, sin el acostumbrado papeleo que Mei debía atender, ni su mochila. Las sillas estaban acomodadas a la perfección frente a las mesas y un ligero aroma a limpiador se notaba en el aire. Esto le tranquilizó por un momento, si los muebles estaban en su debida posición, era seguro que nadie aparte de Mei y Himeko hubiese estado ahí. Lo preocupante era saber dónde estaban. De nuevo echó a correr por el pasillo, abrumada por el tiempo. Tal vez Himeko ya se había ido desde hacía tiempo y Mei estaría en la oficina del director, otro de los lugares frecuentados por ella al interior de la academia. Siguiente destino, el despacho del abuelo Aihara. Subió los escalones de dos en dos, cada segundo contaba; llegó al piso de los administrativos y sin detenerse un segundo avanzó tan veloz como su cuerpo podía serlo. Su meta estaba al fondo, detrás de una pesada y elegante puerta. Una vez más, abrió con fuerza y entró. La historia se repetía, la oficina estaba vacía y, no solo eso, daba la impresión de no haberse utilizado en varios días. El escritorio del director estaba cubierto por una fina capa de polvo, las cortinas permanecían cerradas y en el aire flotaba esa sensación de encierro. Yuzu bajó la mirada, se apoyó en sus propias rodillas para recuperar el aliento mientras su mente era atormentada por una bomba de preguntas. Si Mei no estaba en la sala del consejo ni en esa oficina, ya no sabía en donde más buscar.
Miró la hora en su celular. Ya habían pasado quince minutos de los veinte y no había encontrado a nadie durante su recorrido. Se había quedado sin ideas. Cerró la puerta y emprendió el camino de regreso mientras pensaba en otro lugar. La sala del consejo y la oficina del director estaban vacías a pesar de ser lo lugares más probables; otra opción era el salón ocupado por la clase de Mei, aunque no veía sentido en buscar en ese lugar. También vinieron a su mente la enfermería y el techo del edificio principal, pues ya una vez la había encontrado ahí mientras dormía. De nuevo revisó la hora y no pudo evitar que un grito se escapara de su garganta al ver la hora. Solo tenía un minuto para encontrarla. Respiró profundo, tratando de calmarse. De todas las opciones que se barajaban en su cabeza, el techo era la más viable. Apretó los puños y estaba por iniciar una nueva carrera cuando un grito estridente, mismo que resonó con un potente eco en el pasillo, le asustó.
—¡Yuzu Aihara! ¿Qué estás haciendo aquí?
—¡Momokino!
Nunca, desde que la conoció, se había sentido tan feliz de ver la cara de Himeko Momokino; su cabello rizado y sus cejas de gran tamaño le brindaron un segundo de esperanza y tranquilidad. Incluso su grito, después del susto, le pareció una dulce melodía en medio del silencio. Sin pensarlo un segundo más, Yuzu se lanzó sobre Himeko que, espantada por tan espontanea reacción, lanzó un gritó y trató de soltarse cuando las manos de la rubia la tomaron por los hombros.
—¡¿Qué te pasa?! —tartamudeó.
—Dime que has visto a Mei, por favor —dijo Yuzu llena de ansiedad. El tiempo se le había terminado pero esperaba contar con algunos minutos de gracia—. ¡Dime que sabes dónde está!
—Está en la biblioteca, me dijo que iría ahí —respondió de inmediato con una mezcla de miedo y preocupación. Yuzu estaba actuando más inquieta que de costumbre—. Ahora tú dime que te pasa.
—Es… es una emergencia. ¡Eso! Es una emergencia familiar —contestó la rubia soltándola—. Tengo que ir por Mei cuanto antes. Disculpa que no pueda explicarte las cosas.
—¿Emergencia? ¿El abuelo de Meimei se encuentra bien?
—Eso creo… ya te contaremos todo —y Yuzu se despidió con un ademan mientras corría por el pasillo, dejando a Himeko con la cabeza llena de dudas.
—¡Oye! ¡No corras por los pasillos! —fue lo único que atinó a decir. Dejó escapar un suspiro de resignación; le había resultado sumamente difícil aceptar que esa gyaru inquieta terminara como la novia de Mei, pero al menos podía estar segura de sus buenas intenciones. Aun aturdida, volvió a caminar por el pasillo rumbo a la sala del consejo; sin embargo, al mirar por la ventana, notó algo que llamó su atención y le hizo romper una norma escolar por segunda vez en la vida.
Yuzu Aihara, a lo largo de su vida académica, había visitado las bibliotecas escolares en contadas ocasiones y en su mayoría no fue por voluntad propia; incluso en la Academia Aihara era algo que le dejaba a Mei o Harumi. Pero esta ocasión era diferente a las actividades impuestas por sus maestros, llegar al refugio de tantos libros era un asunto de vida o muerte. La biblioteca escolar era, además, una de las áreas más alejadas en el instituto. A esas alturas, sus escoltas ya deberían haber entrado y las buscaban a ambas. Ya no importaba, solo quería encontrar a Mei antes que ellos para explicarle la situación, al menos hasta donde ella comprendía. No quería que la primera impresión de Mei fuera una balacera como le ocurrió a ella. Y tal vez fue por pensar en la manera de expresar el motivo que le obligó a buscarla en las instalaciones de la academia acompañada por dos mercenarios contratados por el abuelo, pero el camino a la librería le pareció sumamente corto. Cuando lo notó, ya estaba frente a la entrada de esta. De inmediato cruzó la puerta de cristal y con el corazón palpitando de manera desmadida, llamó a su adorada prometida.
—¡Mei! ¡¿Dónde estás?! —resonó en toda la biblioteca. Se internó unos pasos con la idea de alcanzar mayor volumen en su voz—. ¡Mei!
El silencio era angustioso, cada segundo sin recibir respuesta la oprimía el pecho. Sería ridículo imaginar lo peor, aunque Joey le había asegurado la ausencia de maleantes y Himeko no había notado nada sospechoso en la academia, aun así, temía que fuera demasiado tarde. Se acercó a las mesas de estudio con pasos pequeños y acelerados, mirando entre los pasillos formados por los altos libreros. Si la biblioteca de la academia era grande, el momento le hizo percibirla como una sala inmensa de corredores interminables. Sentía que sus gritos desaparecían en el aire. Entonces vio que sobre una de la mesas estaba la mochila de Mei; impecable, como se esperaba de ella.
—¿Yuzu?
Esa voz, era la única que quería escuchar en ese instante. Yuzu no saltó de alegría, ni siquiera sonrió al ver a Mei aparecer entre los muebles, cargando un par de libros de matemáticas en sus brazos y esa expresión de desconcierto que solía hacer cuando no comprendía las acciones de la rubia. Un nudo en su garganta se amarró con tal fuerza que tragar saliva resultaba doloroso. Sus pasos se volvieron temblorosos y tenía que morderse la lengua para soportar las ganas de llorar. Mei estaba bien, a salvo dentro de los muros de la academia. Se lanzó sobre ella y al abrazarla no pudo evitar sollozar. Tenía miedo de no volver a verla, de verse separadas una vez más pero ahora por sujetos de intensiones desconocidas o incluso peor. Recordó esa bala que pasó cerca de ella, el riesgo al que se expuso por desobedecer la única indicación de Sky. Mei solo se dejó abrazar, atrapada en los brazos de su hermanastra, convertidos en una fuerte prisión humana que le mantenía paralizada. No sabía que decirle o como tranquilizarla, después de todo, desconocía el motivo de aquellas lágrimas.
—Yuzu… —le susurró al oído—. ¿Qué pasa? Deberías estar en casa.
—Lo siento… no quería asustarte pero —alcanzó a balbucear. Tomó aire un par de veces antes de continuar hablando—. No creerás lo que pasó cuando llegué. Es algo difícil de explicar… por eso vine, ¡vine por ti!
—No entiendo nada de lo que dices —habló Mei con esa voz apacible tan propia de ella—. Por favor, siéntate para que puedas explicarlo.
—No, no podemos quedarnos aquí. No hay tiempo —replicó la rubia soltando a Mei de su abrazo. Le quitó los libros y los dejó en la mesa más cercana; en seguida la tomó del brazo y la jaló hacia el pasillo—. Tenemos que irnos pronto.
—Pero esos libros eran para ti… —fue lo único que alcanzó a decir mientras Yuzu tomaba su mochila y continuaron avanzando hasta el pasillo. Por un instante, la rubia estuvo por detenerse, conmovida por el gesto de Mei. Hacia unos días le había comentado tener cierta dificultad con las lecciones de matemáticas, mas no era momento de perderse en sus fantasías amorosas—. Estas actuando más impulsiva que de costumbre. Dime que está pasando —objetó mostrándose implacable, con una voz tan estricta igual a la utilizada para amonestar a las alumnas problemáticas. Yuzu titubeo al oírla, cosa que aprovechó para soltarse de ella.
—No vas a creerlo pero… ¡pero las dos estamos en peligro! —respondió alzando su voz tan fuerte que resonó por todo el edificio. Sus manos no podían estar quietas, movía sus dedos y agitaba los brazos en desesperado gesto—. ¡Alguien quiere secuestrarnos!
—No bromees con eso…
—¡No es broma! Unos hombres fueron a casa para intentar llevarnos pero el vecino extranjero, ya sabes, el que acababa de mudarse, él lo evitó —comentó Yuzu, tratando de sonar lo más claro posible. Sus prisas por salir de la academia se interponían en su intensión por ofrecer una explicación lógica—. Mei, alguien quiere secuestrarnos, mandó a unos tipos para hacerlo y —hizo una pausa. Su novia la miraba con suma seriedad, sus ojos fijos y helados estaban centrados en los propios, buscando alguna pista que le revelara la verdad o falsedad de aquella declaración—, el señor Sky me salvó. Tú abuelo lo contrató para protegernos.
—Mi abuelo… —murmuró Mei—. No es posible. Él no sería capaz de tratar con gente así.
—Pero lo hizo, debes creerme. Incluso firmaron un contrato que el señor Sky me mostró.
—Él me habría dicho algo, me habría advertido si estuviéramos en peligro —dijo Mei, aunque más que dirigirse a Yuzu, parecía hablar consigo misma—. No es posible que alguien quiera dañarnos —se contuvo al hablar.
—Tienes que créeme, el departamento es un desastre y tal vez vienen por nosotras.
Mei se detuvo en la mirada de Yuzu, tan preocupada y temerosa. No daba crédito a tan repentina revelación; encontraba difícil creer que su abuelo ocultaría algo tan importante. Pero ante todo estaba la palabra de Yuzu, aquella chica inquieta y perseverante que siempre había dado todo por ella, aquella capaz de mover a toda la ciudad solo por volver a estar a su lado. No había motivo alguno para mentirle y menos con algo parecido a una película de Hollywood. Sabía que si en todo el mundo había alguien que le hablaría con la verdad, esa sería Yuzu. Estaba decidida a creerle ciegamente, a depositar toda su confianza en la disparatada y resumida historia, cuando una de las pruebas irrefutables se acercó a las Aihara con una serie de pasos firmes y acelerados.
—¡Yuzu! —le llamó una amistosa pero apresurada voz. Joey corría por el pasillo directo a donde ellas estaban paradas—. ¡Yuzu! ¡Aquí estás!
—Joey, ya íbamos para allá —le respondió al distinguir al conductor—. Él es uno de los hombres que contrató tu abuelo. Les dije que me dieran unos minutos para buscarte —tomó del brazo a Mei y ambas avanzaron hacia él; sin embargo, les hizo señas para detenerse—. ¿Pasó algo?
—¡Claro que pasó, por eso vine! —respondió con sumo apuro—. Nos encontraron. No sabemos cómo lo hicieron pero esos tipos están afuera. Julian los está deteniendo mientras salimos de aquí.
—¡¿Qué?! —estalló Yuzu, quedándose pálida.
—Eso mismo. Vamos, vamos, logré entrar al estacionamiento de profesores.
Las Aihara no hicieron más que seguir al hombre, aunque a Mei aquello le aturdía. Estaba corriendo por los pasillos del colegio, junto a una persona ajena a la institución y que apenas había visto por primera vez, jalada del brazo por Yuzu que aun portaba su uniforme. En un contexto muy diferente, aquello sería una violación a las normas escolares. Y pensar en eso era lo único que pudo mantenerle calmada ante la situación, no le importó seguir las indicaciones de un completo desconocido o ir en contra de las normas que ella misma exigía cumplir, ni siquiera el peligro del que Yuzu le acababa de hablar. Solo tenía la palabra de aquella para confiar en ese extranjero, para creer en que alguien les perseguía. Y eso le bastó. Yuzu era su hermanastra, su pareja, una de las personas en las que más podía confiar así como lo hacía en…
—Himeko —dijo, deteniéndose en seco—. Ella sigue aquí.
—Es cierto. ¡Tenemos que ir por ella! —agregó Yuzu con auténtica preocupación.
—¿Quién es esa Himeko? —preguntó el conductor. Por un segundo pensó que se trataba de una tercera Aihara, una chica de la cual su socio no le había informado.
—Es nuestra amiga —se limitó a responder Yuzu antes de tirar del brazo de Mei para avanzar en sentido contrario al que Joey les indicaba.
—Oye, oye, ¡alto ahí! —gritó él siguiéndolas—. Eso no es parte del trato…
—Pero no podemos dejarla aquí —respondió la gyaru acelerando el paso ante las miradas perplejas de sus dos acompañantes: Mei por la determinación y valentía de su amada, Joey porque una chica de preparatoria se negó a obedecerlo en una situación tan delicada.
El camino de vuelta parecía más corto de lo que era aunque la angustia se percibía con la misma intensidad. Curiosamente, quien más nervios demostraba era el simpático Joey Horse. Había acordado con Sky volver inmediatamente por él. Cuando miraron el auto enemigo, el mercenario le ordenó ir al estacionamiento de profesores y sacar a las chicas por ahí mientras él mismo enfrentaba a esos hombres. Después de eso, solo acercarían el automóvil para que Sky subiera y así pudieran huir. Sonaba a un plan fácil de ejecutar y el único riesgo lo corría el pistolero. No contaban con el cambio de planes tan abrupto que Yuzu, sin proponerlo ni conceder replica, efectuaría. Su mayor preocupación no eran los hombres que les perseguían, sino el enojo que esto causaría en su socio.
Bajo la dirección de Yuzu, volvieron sobre sus pasos rumbo a la oficina del director, último lugar donde se vio a Himeko. La luz del sol ya era inexistente al interior del edificio y avanzaban gracias a los débiles destellos que llegaban del alumbrado público; su vision se limitó a lo poco que alcanzaban a distinguir entre las sombras. Y al momento de pasar frente a las ventanas, Mei no pudo evitar mirar por estas. El cielo a medio oscurecer ya mostraba las primeras estrellas sobre la luminosa urbe nipona, aquel halo producido por edificios y pantallas gigantes se distinguía en las alturas como una frontera entre la tierra y la noche. Bajó la mirada para la entrada de la academia y lo vio. Una figura humana de cabello rojizo frente a la escalinata de la entrada principal se enfrentaba a golpes con cinco hombres vestidos de negro. Uno a uno, los agresores se lanzaban en contra del mercenario quien, anticipando sus movimientos, respondía con ataques más potentes. Fue un instante, un solo movimiento en la penumbra que Mei logró ver; uno de aquellos hombres lanzó un puñetazo hacia el pelirrojo, pero este lo esquivó con facilidad y respondió con un golpe zurdo que impactó debajo del ojo enemigo, provocando su inmediata caída. ¿Cuánta fuerza tenía ese puñetazo? Fue lo único que se preguntó al alejarse de la ventana.
Encontrar a Himeko Momokino fue la cosa más sencilla pues, a diferencia de su mejor amiga, ella no era buena escondiéndose. Bastó con llegar a la oficina del director y notar que la luz se escapaba por debajo de la puerta. Joey, desconfiado de esto, desenfundó su pistola y abrió dando una patada para así entrar antes que las Aihara. Yuzu notó como Mei se aferró a su mano con fuerza al ver la pistola. La estancia daba la impresión de estar vacía y el único vestigio de una presencia humana era la luz encendida. El mercenario se adentró unos pasos, alerta a cualquier movimiento sospechoso. Una vez seguro, indicó a sus protegidas que era seguro avanzar. Ellas le hicieron caso y se acercaron a él.
—Himeko —le llamó Mei al no encontrarla con la mirada—. Sal de donde sea que estés —de inmediato, la silla del director se movió y debajo del escritorio se asomaron dos coletas rizadas acompañadas por un par de cejas gruesas. La reacción generalizada fue un suspiro de alivio.
—Meimei —dijo con una voz temblorosa. Abandonó su escondite para correr a los brazos de su mejor amiga, sin importarle que a su lado estuviera Yuzu a quien, disimuladamente, empujó. Mei solo se dejó abrazar en silencio—. Estaba tan asustada cuando vi a esos hombres entrar al jardín —comenzó a lloriquear, callando de inmediato al notar la presencia de Joey—. ¿Quién es él? —le preguntó en un peligroso susurro.
—Mi abuelo lo contrató para protegernos —le respondió de inmediato—. No tenemos tiempo, debemos huir.
Joey salió primero con la pistola en su mano. No había nadie cerca. Cruzaron de nuevo el pasillo tan rápido como pudieron, aunque ahora Yuzu tenía que acarrear a dos chicas: a Mei jalándola del brazo, a Himeko a base de empujones. Y, ya fuera por curiosidad o incredulidad, Mei volvió a mirar por la ventana. Abajo seguía la pelea entre ese extranjero y un grupo de japoneses vestidos de negro. La primera vez que los vio, fue testigo de cómo uno de los maleantes caía al suelo; en esta ocasión, ya había otro hombre inconsciente. ¿A qué clase de persona había contratado su abuelo para protegerlas? Tenía tantas preguntas por hacer, pero esperaría el momento oportuno para hacerlas.
En la Academia Aihara existen varias reglas que no deben romperse por ningún motivo. De hacerlo, las alumnas se verían en problemas. El abanico de consecuencias contemplaba desde una simple llamada de atención a unas cuantas horas en suspensión y, en el peor de los casos, la expulsión. Una de estas reglas prohibía a las estudiantes acceder al estacionamiento de los maestros, sin embargo, cuando tu vida está expuesta a un riesgo desconocido, las reglas dejan de importar. Siempre al frente, Joey Horse verificó la seguridad del perímetro antes de indicar a las chicas que podían seguirle. El estacionamiento estaba vacío y solo un automóvil se distinguía entre las sombras. El conductor se acercó a este y abrió la puerta; con una seña les indicó caminar hasta donde él estaba. Sin hacerle esperar, las tres chicas avanzaron con pasos veloces y entraron al vehículo. La puerta se cerró detrás de Himeko con un silencioso impulso. Sus reacciones eran muy distintas: Yuzu se dejó caer en su asiento y no ocultó su alivio al dejar salir un sonoro suspiro; Mei no decía nada, si bien se mostró sorprendida al encontrar a Kumagoro dentro del automóvil y lo abrazó apenas se sentó, también estaba centrada en sus enigmáticos pensamientos, tal vez sopesando si situación actual; por su parte, la más escandalosa era Himeko, que no paraba de lloriquear mientras apretaba con fuerza sobrehumana el brazo de su mejor amiga.
El automóvil arrancó de inmediato y abandonó el estacionamiento de maestros, recorrió la calle en sentido contrario para alcanzar la entrada del instituto. Solo faltaba que Sky subiera a su vehículo para poder escapar. En un instante llegaron ante la reja de la entrada y los cuatro pasajeros del auto se quedaron asombrados ante la imagen que vieron. El mercenario Julian Sky les esperaba de pie, apoyado sobre el muro de la entrada y con los brazos cruzados. Frente a él, yacían los cuerpos inmóviles de los cinco hombres que le atacaron, todos con marcados golpes en sus rostros e inconscientes. A lo lejos se escuchó la sirena de una patrulla.
—No tardo, ¿eh? —dijo Sky al entrar al automóvil. El motor aceleró de inmediato y abandonaron las instalaciones de la academia con el sonido de las torretas de fondo. Cualquier inconveniente que ocurriera a partir de ese momento, ya sería problema de la policía—. Dijiste que no tardarías y mira lo que pasó. Tuve tiempo para noquear a todos esos tipos malos.
—Es que tuvimos un pequeño imprevisto —respondió Joey con una risa nerviosa. Señaló hacía el asiento trasero. Su socio volvió la mirada al lugar señalado. A la izquierda estaba Yuzu que lo saludó con un pequeño ademan; al centro iba Mei, completamente callada y la mirada clavada en algún punto del parabrisas. Aferrada a ella y sin parar de temblar, estaba Himeko, inquieta y mirando a todos lados.
—¡Wow! —fue lo único que pudo expresar al ver el rostro de Himeko—. Que cejas tan grandes.
—¿Qué dijo? —reclamó ella al escucharlo, pero fue ignorada por todos los presentes.
—¿Quién es la niña ricitos y qué hace aquí?
—Este… bueno… esa es…
—Es una amiga nuestra —contestó Yuzu, arrebatándole la palabra al conductor—. Ella también estaba en la academia.
—Y por eso pensaste que era buena idea traerla.
—¡No podíamos dejarla sola con esos tipos! Quién sabe lo que podrían haberle hecho.
—Quien sabe si la hubiesen encontrado —murmuró Sky—. Y supongo que ella llamó a la policía.
—Sí —balbuceó. La sola presencia del mercenario pelirrojo bastaba para intimidarla—. Cuando los vi bajar del auto me asustó mucho. ¿Hice mal?
—No lo sé. Tal vez sí, tal vez no. Eso lo sabremos en unas horas.
La Academia Aihara había quedado atrás hacia ya varios kilómetros y el singular grupo conformado por tres colegialas y dos mercenarios se internaba al centro de Tokio. Lo único que podía escucharse era la radio que intercalaba entre melodías de moda y anuncios de diferentes productos. Nadie quería tomar la palabra después de lo vivido; Yuzu y Himeko permanecían pendientes a cualquier gesto de Mei, mientras ella se limitaba a refugiarse detrás de Kumagoro, aunque su mirada pasaba de Joey a Sky cada tanto. Los mercenarios fueron los más activos durante los primero minutos de viaje; el pelirrojo no dejaba de burlarse de sus débiles oponentes y el conductor le aplaudía su hazaña.
—Señor Sky —dijo Mei de pronto. El aludido se giró a verla al instante—. Yuzu me dijo que usted tiene un contrato firmado por mi abuelo. ¿Me permitiría verlo?
—Por supuesto señorita —respondió y le entregó el papel membretado por la academia. Estaba algo arrugado, consecuencia de la pelea.
Mei desdobló la hora, no se fijó en ninguna de las clausulas, tampoco en la cantidad monetaria pagada por adelantado. Lo principal era buscar la firma de su abuelo, misma que estaba al final del documento. No había duda alguna, sobre el nombre de Kinryu Aihara estaba la rúbrica de su abuelo, esos trazos tan finos como decididos que acompañaban los documentos más importantes de la academia. Todo era cierto, ese par de mercenarios extranjeros fueron contratados para protegerlas pero, ¿de qué?
Apenas llegaron a los límites de Akihabara, Sky le hizo una seña a su socio. Se estacionaron dentro de un callejón cercano y juntos bajaron del auto. Para las tres chicas aquello fue una señal de alerta; ¿acaso fueron engañadas y esos dos eran los verdaderos maleantes? ¿O les perseguían desde hace tiempo y era momento de otro enfrentamiento? Los mercenarios se acercaron a la cajuela, sacaron una pequeña caja de herramientas y un par de matrículas. La abrieron; Joey se hizo con una navaja y Sky tomó un desarmador. Yuzu y Himeko se asomaron por las ventanas para ver lo que ocurría. El conductor comenzó a levantar la pintura del auto, revelando debajo de esta otra capa de color azul metalizado; Sky, al frente del vehículo cambiaba la matrícula de Tokio por una expedida en la prefectura de Saitama.
—Están… ¿camuflando el auto? —preguntó Yuzu a su dos compañeras.
—Sí, para despistar a esos hombres —contestó Himeko regresando a su asiento. Puso sus manos sobre ambas piernas y arrugó su falda en un arranque de ansiedad. Miró a las hermanastras, apenas iluminadas por el alumbrado público—. ¿Podrían decirme que ocurre? ¿Por qué el director contrató a esos hombres? ¿Por qué las siguen?
—No estoy segura, el señor Sky aún no ha dado los detalles —contestó Yuzu—. Solo ha dicho que el abuelo los contrato para protegernos, pero no sé de qué.
—¿Y realmente pueden confiar en ellos? —cuestionó Himeko. Detrás de ella se vio como Joey tiraba de la capa de pintura falsa—. Son… son unos hombres muy extraños, especialmente el pelirrojo.
—Lo sé, pero me salvó en el departamento. Y tiene un contrato firmado por el abuelo donde dice que va a protegernos de cualquier peligro.
—Entonces no tenemos nada que temer —intervino Mei—. Si mi abuelo los contrató para nuestra protección, son personas en las cuales podemos confiar. Pero quiero saber por qué no me dijo nada acerca de esto.
Repentinamente, la puerta del lado de Himeko se abrió y apareció la cara de Julian Sky, iluminada por un tenue rayo de luz amarillenta. Tal vez era su porte sereno, la pistola en su cintura o el hecho de noquear a cinco hombres en el jardín de la Academia, pero el momento se sintió aterrador para las tres chicas.
—Señoritas —dijo—, les tengo una noticia buena y una mala. La buena es que ya casi llegamos a nuestro refugio. La mala —miró a Himeko directamente. Ella sintió como la sangre se le congelaba al verse reflejada en los ojos ambarinos del mercenario. Sky le dirigió una sonrisa, aunque no podía saber si esta era amistosa o malévola; además, en su mano colgaba un largo trozo de tela negra, mismo que dejó sobre las manos de Himeko—, es que ricitos no puede acompañarnos. Si ella sabe dónde nos esconderemos, los cinco estaremos en peligro.
—¿Qué se supone que debo hacer con esto?
—Vendarte los ojos. Si no sabes dónde estamos, no puedes ser víctima de esos criminales novatos. Por suerte, mi socio te llevará a casa después de dejarnos en nuestro refugio.
—Esto es algo exagerado —dijo con una mirada de gran desconfianza y aferrándose al brazo de Mei—. Les prometo que no diré nada, pero no me ponga esto…
—Hazlo —se escuchó la voz de Mei con toda claridad. Había levantado la cabeza y miraba fijamente a su amiga de la infancia con ese gesto que usaba para reprender a alguna alumna infractora, una expresión dura, estricta y fulminante—. Ya lo dijo Yuzu, podemos confiar en ellos. Y también mi abuelo lo hace.
Tardaron otros minutos en alistar el automóvil. Los restos de pintura falsa terminaron compactados en un contenedor de basura, mezclados con cajas de aparatos electrónicos y envoltorios de comida; las matriculas que quitaron se guardaron en la cajuela del auto junto a las herramientas y, aun a su pesar, Himeko terminó con los ojos vendados pero solo porque Mei le puso el trozo de tela en el rostro.
Akihabara no era ni de cerca la parte más glamorosa de Tokio, pero igual tenía su toque propio y hasta excéntrico. Como todo en la gran urbe nipona, existe un esplendor luminoso provocado por innumerables carteles y luces cegadoras. Los edificios, más que negocios, parecen ser una hilera de gigantescos anuncios. A donde se mirara, había algún producto nuevo en oferta, alguna película de anime en estreno, promociones en cada cafetería a la vista o la venta de un nuevo sencillo de las Idol de moda. Pasaron frente a un inmueble de Sega y dieron vuelta en la primera oportunidad que tuvieron. A pesar de la hora, aun había una muchedumbre caminando de negocio en negocio: los adelantos tecnológicos no se detienen y sus compradores tampoco, la mercancía de los anime más populares es un objeto preciado por los fanáticos y estos pelean por agrandar su colección. Akihabra, más que un barrio, se percibe como una tienda departamental inmensa, llena de aparadores llamativos y sus calles, convertidas en vistosos pasillos, se llenaban de amables sirvientas y montones de otaku que caminaban entre carteles con ofertas o personajes de manga. A donde se mirara, había algún anuncio brillante. Uno en especial llamó la atención de Yuzu; se trataba de una pequeña tienda cuyo letrero apenas se distinguía entre los enormes anuncios, pero pegada a su ventana se distinguía el logotipo de la revista Comic Yuri Hime.
Pasaron de largo la única tienda que llamó la atención de la rubia y su improvisado paseo de extendió por unos cuantos minutos más los cuales, para las Aihara, bien se pudieron evitar. Su conductor daba vueltas sin sentido, pasaba en más de una ocasión frente a los mismos establecimientos. Se adentraron a uno de los callejones entre un par de edificios y lo recorrieron hasta el final. El automóvil se detuvo, Sky bajó de este y abrió la puerta del lado izquierdo.
—Muy bien señoritas Aihara, hemos llegado a nuestro refugio —les dijo mientras hacía señas para que bajaran del vehículo—. No es tan lujoso como su departamento, pero funcionará.
—¿Y qué hay de mí? —preguntó Himeko aun con la venda en sus ojos.
—La llevaré a su casa, señorita Momokino —respondió Joey—. Pero le pido que no se quite la venda hasta que yo le diga.
—Tranquila, ya sabes que puedes confiar en él —le dijo Mei antes de bajar del automóvil.
—Llámanos cuando llegues a casa —agregó Yuzu.
La despedida hubiera sido innecesariamente larga de no ser por la intervención del mercenario pelirrojo. En cuanto Yuzu terminó de hablar, Sky cerró con un portazo y le dio un par de golpes al automóvil. Esa era la señal para que Joey arrancara inmediatamente. El automóvil salió del callejón y volvió a la calle, mezclándose con el resto de los vehículos nocturnos que paseaban por Akihabara. Sky les pidió a sus protegidas seguirlo. Entraron al edificio que estaba a sus espaldas y subieron una larga escalera enroscada a lo largo de siete pisos. Recorrieron un pasillo grisáceo apenas iluminado, con la pintura descuidada y llena de cuarteaduras. Llegaron hasta la última puerta y su escolta la abrió. Ambas quedaron sorprendidas, pues comparado con el estado del pasillo, la habitación parecía estar en otro edificio. Era una sala pequeña cuyas dimensiones debían ser idénticas a las de su habitación, pero los pocos muebles, uno de estos, lleno de libros, estaban ordenados de una manera precisa para aprovechar el espacio. Los muros eran lisos, pintados de un tono marfil. Carecían de adornos colgados, exceptuando el televisor de pantalla plana suspendido a un lado de la puerta. Al extremo derecho de la habitación había una pequeña nevera y a contra esquina de esta, una estufa eléctrica aun cubierta de plástico; al fondo se apreciaban dos puertas más. Lo único que daba la impresión de estar fuera de lugar era el sillón al centro de la sala, justo frente a la puerta.
—Bienvenidas a la madriguera de Akihabara —el fingido entusiasmo de Sky era bastante evidente—. Viviremos aquí por un tiempo indefinido.
To be continued
¡Segundo capitulo y hacen su debut Mei y Himeko!
En una entrevista, la misma Saburouta dijo que Mei es el personaje más difícil de manejar y ¡tiene razón! Creo que lo más complicado aquí fue manejar a la "Chernobyl" nipona. Al final creo que el resultado fue decente. Espero.
Y sin más que decir, porque no se me ocurre nada…
¡Nos leemos luego!
