Los pecados de un alquimista. Capitulo 2: Despedidas y reencuentros.
By Neko-chan Elric

Al día siguiente Alphonse se despertó con los primeros rayos de sol y se quedó mirando a su hermano mayor como dormía a su lado. Se puso los pantalones y se quedó pensando en lo que habían hecho anoche. Al pasar un rato, Edward se despertó con hambre, se arregló y ambos hermanos bajaron a desayunar. Mientras desayunaban Alphonse le preguntó a su hermano:

-Al final Heidrich no llegó anoche... – Parecía preocupado.

-Sí... Tal vez se encontrase mal y decidió irse a casa. Suele hacer ese tipo de cosas para que no me preocupe.

Siguieron cenando y al cabo de unas horas decidieron volver a casa. Ninguno de los dos comentó lo de la noche anterior. Era como si aquello se estuviera convirtiendo en algo habitual y normal entre ellos. Al llegar a casa se dieron cuenta de que estaba vacía. No había ninguna nota del alemán ni nada por el estilo.

"¿Dónde se habrá metido...?" – Pensó Edward.

-A lo mejor tiene trabajo. – Dijo Alphonse por lo bajo como si pudiera leer la mente de su hermano.

-Tal vez pueda ser eso.

Pasaron las horas y la mañana se iba haciendo tarde. Llegó la hora de comer pero el alemán no aparecía por ninguna parte. Eso le empezaba a mosquear al mayor de los Elric. Cogió su chaqueta y se fue a por él, aunque no sabía muy bien donde encontrarle. Empezó a buscarle por el parque, el centro, los alrededores, etc... Pero este no aparecía. Edward estaba bastante preocupado y empezaba a desesperarse. Entonces optó por ir al sitio donde dijo su amiga que iría; El médico.

Entró en al hospital y preguntó en recepción. Una hermosa mujer le atendió amablemente y le dijo que esperase. Se levantó de la silla y se fue. Edward esperó impacientemente en una silla que había y al cabo de unos minutos volvió la mujer junto con un hombre de una bata blanca.

-¿Es usted familiar de Alphonse Heidrich? – Le preguntó.

-No...

-Lo siento pero solo familiares del paciente pueden verle.

-¡Espere! – Alzó el tono de voz.

-Shhh, por favor, esto es un hospital. – Le dijo el médico.

-L-lo siento... – Edward se disculpó y continuó – Soy un amigo del paciente. ¿Por lo menos puede decirme qué le pasa? Ayer dijo que iba a venir aquí pero nunca regresó y...

-No tiene familiares, ¿verdad? – Le preguntó seriamente el médico.

-Exacto... por eso yo...

-Entiendo. – El médico se quedó pensando.

El hombre se enseñó y acompañó a Edward hasta donde se encontraba su amigo. Abrió la puerta despacio y el alquimista contempló aquello.

-E-es... horrible... Alphonse... – Murmuró con un miedo terrible en el cuerpo.
Edward vio como Heidrich estaba en la cama, lleno de tubos y maquinarías por todos lados. Era realmente traumante para él. No había palabras para describir lo que sentía y veía. Se le veía tan vacío a Heidrich. Entonces el médico empezó a explicarle al alquimista qué le había pasado pero este parecía que hacía oídos sordos y se sumió en un manto de oscuridad y preocupación.

El médico dejo a Edward con Heidrich solos en la habitación. Este se le acercó y le cogió de la mano.

-Esta totalmente helado... – Dijo como si fuera a llorar.

Entonces numerables imágenes se le venían a Edward de cuando le conoció por primera vez. Él sabía que no podía pensar "de esa manera" aún, pero sabiendo todo lo que había pasado y el problema que tenía su amigo no sabía como reaccionar.

-Si pudiese utilizar la alquimia en este mundo... – Bajó la cabeza mientras le apretaba más la mano a su amigo.

-Ed... ward... – Se escuchó.

Edward reaccionó:

-¡Alphonse!

-Has venido… - Le costó decir - ¿Por qué tienes que verme en este estado? – Le sonrió como siempre hacía el alemán.

-¡Idiota! – Fue lo único que pudo decirle. – Yo ya sabía lo de tu estado pero no quisiste mi ayuda... ¿Por qué? – Empezaba a caer una lágrima sobre su triste rostro. Entonces Heidrich, con un esfuerzo tremendo, le acercó la mano a su cara para acariciarle y se quitó la mascarilla que llevaba y le dijo suavemente:

-Porque te quiero...

-Nii-san... – Se escucho decir por atrás. Edward se giró.

-¿Al? – Su hermano pequeño le había seguido y consiguió tener acceso al cuarto de Heidrich.

-¿Qué haces aquí? – Le preguntó mientras miraba como su hermano le cogía de la mano y lo escuchaba todo.

-Es horrible... – Dijo el pequeño. Edward se apartó de la cama.

-¡Es-esto n-no es...! – Antes de que el chico de acero terminará su frase Alphonse se acercó llorando a Heidrich y se arrodilló al suelo.

-Lo siento... – Era incapaz de mirar al enfermo a la cara.

-Al...

-No tienes por qué lamentarlo, Al – No paraba de sonreírle a la gente. Siempre se mostraba cariñoso con todo el mundo.

Entró el médico y les dijo a los dos hermanos que tenían que dejar la sala libre.

En el pasillo, sentados en un banco, Alphonse le preguntó:

-Heidrich... Se va a morir tarde o temprano, ¿no?

Edward no contestó.

-Entiendo... – Alphonse aún estaba medio llorando. Edward le puso la mano sobre su cabeza y le dijo:

-Yo no puedo hacer nada y tú tampoco... Solo él, con su fuerza de voluntad, y los médicos pueden hacer algo. ¿Recuerdas lo que nos decía el maestro? La muerte es inevitable y no podemos hacer nada para eso. No podemos detener el flujo de la vida...

-...Y no se puede resucitar a nadie de la muerte... – Continuó el pequeño.

-La culpa no es tuya, Al.

Ambos hermanos se abrazaron.

Volvieron a casa. Sin decir nada. Tristes, vacíos... Cenaron, se desvistieron y se fueron a la cama pronto. Esperando a que esa pesadilla desapareciera. Ni si quiera se dijeron las buenas noches. Esa semana volvieron al hospital varios días a visitar a su amigo. Esta vez no tenía la mascarilla y no estaba tan débil como el día anterior. Ambos hermanos se sentían culpable, Alphonse más que Edward, pero no querían que Heidrich les vieran así por lo que intentaron actuar con normalidad.

-Voy a por unas bebidas. – Dijo Alphonse.

-Vale. Tráele algo a Alphonse por si quiere.

Al salir el menor de los Elric, Edward se calmó y se sentó al lado del alemán.

-¿Qué te preocupa, Ed? Conozca ya esa mirada.

-No es nada... es solo que a Al lo encuentro más revoltoso.

¿Qué quieres decir?

-Apenas me habla, no me hace caso y pasa la mayoría del tiempo encerrado en la habitación. Es como si estuviera enfadado consigo mismo.

-Se le pasará, ya lo verás. –Dijo risueño.

-¿Por qué estas siempre tan calmado a pesar de lo que te pasa? Después de lo que me dijiste tú...

-Edward... Después de lo que te dije empecé a pensar... Y ya lo he asumido. A veces la verdad duele, pero no puedo hacer nada para cambiarlo.

-¿Le temes a la muerte?

-¿Eh?
-¿Qué si le temes a la muerte?

-Ed...

Alphonse interrumpió:
-Aquí traigo las bebidas. Tomad. – Le dio uno a los tres, todos del mismo sabor.

Entonces volvió el médico de Heidrich.

-Perdonad, ¿interrumpo algo?

-Ah, doctor... Nada, pase, por favor. – Contestó Heidrich.

-Tengo noticias sobre su estado. – Mientras decía esto miraba a los dos hermanos como si quisiera que no lo oyesen.

-Por favor, doctor, deje que se queden.

-Muy bien... – Tomó su tiempo y siguió – Debo decirle que esta semana la lleva bastante mejor que otras veces y que con suerte puede que vuelvas a casa esta misma noche.

-¡Eso es genial! – Dio saltos de alegría Alphonse.

-Pero tendrías que volver más a menudo para tenerte controlado.

-No hay problema, doctor. – Le dijo el alemán contento.

Justo cuando el médico salió de la habitación Edward le siguió para hablar con él y le preguntó:

-¿Cuánto le queda? – El médico no respondió. Se puso enfrente de él con una mirada penetrante y le volvió a preguntar - ¿Cuánto tiempo le queda, doctor?

El médico pasó de él y le dijo:

-Solo estate pendiente de que sea las mejores semanas de su vida, muchacho.

Edward se quedó paralizado en el pasillo pensando durante unos minutos. En cambió en la habitación, que estaban solos los dos Alphonse, se respirada un aire algo incomodo.

-Oye, Heidrich... – Empezó a decirle para romper el hielo con vergüenza. - ¿Cuáles son tus deseos?

-¿A qué viene eso?

-Por favor, contesta.

Entonces Heidrich lo comprendió y le dijo señaló con la mano para que se acercase. Este le hizo caso y le susurró al oído.

-Ah... – Alphonse se apartó de él – ¡No puedo hacer eso!

Heidrich le sonrió.

-Lo sé, Al...

Alphonse se quedó pensando mirándole

"Nii-san..."

Llegado la noche, el médico le doy el alta al enfermo y los tres se marcharon a casa.

-Me alegro de volver a casa. – Dijo contento el alemán.

-Todos lo estamos. – Respondió Ed. Alphonse no dijo ni una sola palabra desde que salió del hospital.

Los tres cenaron y Alphonse parecía no tener hambre.

-¿Por qué no comes, Al? – Le dijo Ed.

-Estoy lleno.

-Pero si apenas has comido.- Alphonse no contestó, seguía con la mirada baja. – Bueno, con vuestro permiso... – Ed se levantó de la silla – Me voy a la cama que tengo sueño. Han pasado muchas cosas hoy... Mañana haremos alguna excursión o algo, ¿de acuerdo? Así lo celebramos ya que todos estaremos menos cansados.

-Claro. – Dijo Heidrich y se despidió.

Heidrich miraba como Edward subía las escaleras y se quedo mirando a Alphonse, que seguía sin levantar la miraba.

-¿En serio no tienes hambre? – Le dijo inocentemente el enfermo.

-Puedes comerte mi plato si así lo deseas. – Era incapaz de mirarle a los ojos.

-No es precisamente eso lo que quiero comerme. – Le sonrió con malicia.

-Entonces ve...

-¿Eh?

-Que si es eso lo que quieres ve... No te lo voy a impedir.

Heidrich se levantó de la silla le dio un beso en la frente y subió las escaleras.

Entonces a Alphonse se le vino a la mente lo que le susurró al oído Heidrich en el hospital.

"Si quieres complacerme estos últimos días de mi vida... Entonces dame a tu hermano solo para mí."

Con tan solo pensarlo Alphonse se enfadó con él mismo:

-Nii-san... Lo siento... – Se apretó las manos.

En medio de la oscura habitación, Edward no paraba de dar vueltas a lo que le dijo el médico. Sintió como alguien se metía en su cama y bajo las mantas le empezaba a besar.

-No, Al... Hoy no, déjame. – Se quejó el muchacho pero esté no le hizo caso. - ¡Ya vale, Al! – Se levantó de la cama. - ¡Estas insoportable últimamente!

Entonces "su hermano" se dirigió a Edward y al ver que aquella sombra era mucho más alta que Alphonse se empezó a asustar.

-¿Al?

La misteriosa sombra cogió al alquimista de los brazos, los puso detrás y empezó a besarle el cuello. Edward solo gemía.

-De...jame... – Empezaba a excitarse.

Alphonse desde el otro lado de la puerta oía como su hermano intentaba "escapar" de la misteriosa sombra, pero no hizo nada y les encerró en la habitación. Edward pudo soltarse de él y se dirigió a la puerta a oscuras. Se chocó con una silla pero siguió y no pudo abrirla.

-¡Al, ayudame! – Gritó pero su hermano no hizo nada.

Y entonces bruscamente la sombra le tiró en la cama. Le dio a beber un líquido que era ni más ni menos que un afrodisíaco muy potente sacado de dios sabe dónde y se lo hizo tomar.

-¿Qué es esto? Esta dulce...

-Solo bebe y calla... – Murmuró.

"Esa voz..." – Edward reaccionó - ¡Suéltame Alphonse! – Heidrich no le hizo caso y se atrevió a pegarle tan fuerte que lo dejo medio atontado. Aprovechó el alemán para atarle a la cama mientras intentaba desnudarle lentamente. Heidrich no se fiaba mucho del efecto de la bebida e hizo bebérsela de nuevo entera. Pero antes él se la metió en la boca y se la hizo beber al alquimista de su propia boca.

Edward se dio cuenta de aquello. Le estaban obligando hacer algo que no quería en ese momento y su hermano no hacía nada para detenerle. En efecto, esa noche Heidrich estaba violando a su amigo y mientras él solo gemía, lloraba, gritaba pidiendo ayuda y sentía demasiado placer su hermano estaba al otro lado de la puerta escuchando todo, sentado con la cabeza baja y llorando.

-¿Por qué me haces esto, Alphonse?

-¿Acaso no lo entiendes? Yo nunca podré tenerte para mí.

-¿Pero por qué de esta manera? ¡Alphonse, para! ¡Te lo suplico, me haces daño!

-Lo siento, Edward, pero... Aguanta unas horas más... Una vez esté tu cuerpo marcado podré descansar en paz. – Edward gritó:

-¡¡¡¡¡Aaaaaaal!!!!

Pasó medía hora y la habitación seguía a oscuras. Edward no podía ver lo que le hacía pero sí lo sentía. Ya no se quejaba pero si gemía y lloraba. Estaba como paralizado mientras Heidrich andaba haciéndole todo tipo de perversas cosas. Los ojos de Edward parecían vacíos y solo pensaba en por qué su hermano no le ayudaba.

"Nii-san... por favor, perdóname..."

Alphonse no sabía qué hacer y reunió el valor necesario para levantarse e intentar detener a Heidrich. No aguantaba más. Pero, antes de que pudiera abrir la puerta escuchó unas palabras que le dolieron en el alma.

-Aunque sea por última vez, por favor, dime lo que quiero oir.

-¿Si lo digo me dejarás ir? – Miró de reojo a su violador.

-No. Solo si me dices lo que quiero oír y me pides más, puede que me detenga.

-¿Es está la forma que tienes de despedirte?

-¿Quién dijo que fuera una despedida, Ed?

Entonces el silencio se adueñó de la situación durante unos minutos.

-Sabes que como tú no hay nadie, Heidrich. Sabes que por mucho que me aleje de ti, por mucho que finja o este lejos de ti sabes que yo siempre te querré. Sabes que aunque diga que quiero que lo dejes en verdad deseo que sigas eternamente. Te quiero, Alphonse Heidrich.

Heidrich sonrió complacido y Alphonse corrió escaleras abajo, cogió su gabardina y salió de la casa. Heidrich siguió un poco más. Edward no se quejó, le dejó continuar haciendo su trabajo. Su último deseo.

Eran las seis de la mañana cuando Heidrich se despertó abrazado a su amigo. Estuvo unos minutos mirando como dormía y se levantó y vistió. No se había arrepentido de nada de lo que había hecho la noche anterior. Buscó al hermano de Edward para hablar con él y no lo encontró por ningún lado. No sabía adónde podría haber ido. Pensaba que quizás había salido por lo que recogió todas sus cosas, le dejó una carta encima de la mesa y se fue de la casa sin formular palabra alguna.

Edward se despertó sobre las diez de la mañana atontado. Le dolía la cabeza y veía doble.

"Probablemente fue de la manera tan brusca que me hizo beber aquella cosa" – Pensó.

El joven Elric recordaba con imagen borrosa todo lo ocurrido la noche anterior. Vio que la ventana estaba abierta de par en par y que el sol brillaba con más luz que nunca aquel día. Se quedó pensando, desnudo en la cama, el por qué del comportamiento de su hermano y se envolvió entre las sábanas. A la media hora se vistió y bajó abajo. No había nadie. La casa estaba completamente vacía. Edward buscaba a alguno de los dos Alphonse pero no daba con ninguno. ¿Dónde podrían estar? ¿Podría ser que Heiderich estuviera de nuevo en el hospital?.

Elric cogió su gabardina y salió de la casa. Aquellas paredes estaban selladas. Aquélla casa guardaba el secreto de los Elric y el pecado del alemán que ahora estaba vacía pero daba mucho de que hablar.

"Mi hermano me odia. Seguro que está muy enfadado conmigo. No me va a dirigir palabra alguna. Hice mal en dejarle con Heidrich pero lo hecho, hecho está. Me siento fatal pero no puedo volver a mirar a mi nii-san a los ojos nunca más."

Alphonse se sentía culpable (una vez más) por lo ocurrido la otra noche y no hacia más que darle vueltas al asunto. El hermanito del alquimista mostraba un aspecto horrible: con apreciables ojeras, despeinado y la ropa toda sucia. Al marcharse de ahí llorando la noche anterior parecía ser que no volvió a la casa. Se había quedado toda la noche como un vagabundo en la calle, durmiendo en el suelo de una iglesia. No tenía intenciones de volver a ver a su hermano y pensó que fue un error volver a verle en aquella situación.

"Debería de haberme quedado en Amestris" – Mientras pensaba esto intentaba conseguir un billete de tren a algún lugar donde lo llevaría lejos de ahí. Un lugar donde ni Edward ni Heidrich lo encontraran.

Edward buscó al alemán en el trabajo y los sitios donde podría estar hasta llegar por fin al hospital. Peguntó por el enfermo pero nadie le decía nada.

-Le hemos dado de alta, señor.

-Sí, eso ya lo sé. Solo quiero preguntar si tenía alguna cita con el médico hoy. – Edward empezaba a ponerse nervioso.

-No, lo siento, pero por aquí no ha pasado.

-Vale, gracias de todas maneras. – Bajó la cabeza. – "Si no está en el hospital, ni en el trabajo, ¿dónde demonios se habrá metido?" – Pensaba.

Estuvo toda el día buscando a Heidrich hasta que se dio por vencido y volvió a casa. Pero seguía vacía. Ninguno de los Alphonse había dejado marcas en la casa y eso empezó a preocuparle. Edward esperó y esperó y esperó. Durante casi seis horas sentado en una silla de la cocina esperando a que alguno de los dos apareciera por la puerta pero ninguno lo hizo.

-¡Ya estoy más que harto! – Gritó el joven alquimista. – Me tienen aquí esperando todo el santo día y ninguno regresa... ¿Pero qué demonios está ocurriendo aquí? – Entonces Edward se reveló – No será que...

Al fin se dio cuenta de lo que parecía aquello. Se habían ido de casa. Eso le puso de los nervios al hermano mayor y no sabía qué hacer. Salió desesperado de la casa, una vez más, y gritaba por la calle el nombre de ambos. Preguntó a todo los conocidos de la cuidad pero no daba con una respuesta clara.

-Disculpe, señor. –Le vino un niño pequeño de aspecto rico y educado. – Yo he visto a uno de los chicos que usted a estado describiendo.

-¿En serio? ¿Dónde?

-Vi a uno de los chicos... el de la gabardina roja que decías. La última vez que le vi fue en la estación de tren.

Edward no dudó ni un segundo y se fue corriendo a por Alphonse.

Alphonse estaba sentado en uno de los bancos de la estación esperando a que llegara el próximo tren para desaparecer de las vidas de Edward y Heidrich. El muchacho tenía una mirada perdida y miraba al suelo. Estaba muy pálido y, probablemente, con hambre. Entonces una joven con ropas oscuras y el pelo largo y recogido se le acercó y le dirigió unas palabras con una dulce voz:

-Hola. – Alphonse no levantó la mirada. – ¿Podría sentarme aquí?.

-Sí. – Dijo sin ganas.

-¿A qué tren estás esperando?

-No lo sé.

-¿Eh?

-A cualquiera que me lleve lejos de aquí.

-Perdóneme por preguntar, pero, ¿está usted bien? Le encuentro un poco palidillo.

Alphonse no contestó.

-No es nada.

-Esto... – La chica, preocupada, se quedó mirando. – Podría ofrecerte comida o cualquier otra cosa que necesites.

-No se moleste. Estoy bien.

-Si necesitas hablar de cualquier cosa... – Hizo otra pausa. – Me llamo Anne. Seamos amigos, ¿vale?

-Muy bien, Anne. Veo que no puedo estar solo esperando el tren... Soy Alphonse Elric, pero todos me llaman Al.

-Encantada, Al. – La chica sonrió. - ¿Por qué estás con los ánimos por los suelos?

-Bueno... Es que... digamos que he dejado que le hagan algo malo a mi hermano mayor.

-¿Tienes un hermano mayor?

-Sí.

-Claro, si uno está en este mundo, era de esperar que el otro chaval también. – Murmuró por lo bajo.

-¿Perdón?

-No, nada. – Volvió a sonreír. – ¿Qué ha pasado? ¿Puedo saberlo?

-Bueno... digamos que es un tema "familiar". No me gustaría contarlo.

-Entiendo. Perdona por ser tan entrometida.

Un hombre se acercó a los dos jóvenes. Era un hombre de mediana edad e iba vestido con un traje.

-Disculpad, pero el último tren ya no va a pasar por aquí. Hubo un accidente en el pueblo vecino. Lo siento mucho. Vamos a cerrar la estación por hoy.

Ambos recogieron sus cosas y salieron de la estación.

-Me imagino que no tienes adonde ir. Si quieres puedo darte un lugar donde dormir en vez de ir a una posada. Por lo menos te saldrá gratis.

-Muchas gracias por tu ofrecimiento, Anne.

La chica volvió a sonreír. Estuvieron caminando hasta llegar a la primera esquina donde había un callejón sin salida.

-Al final me quedé con las ganas de saber que problema "familiar" habéis tenido.

-¿Eh? – Alphonse empezó a notar un clima extraño en el ambiente.

-Vamos, Alphonse, a mi me lo puedes contar. ¿Qué tal está el canijo de acero?

-Tú... ¿cómo sabes...? – Alphonse empezó a temblar. - ¡¿Quién eres?!

-Aún no te das cuenta, ¿no? – Se puso una mano en la cintura. – Sigues siendo tan inocente como siempre, joven Elric. Aunque no entiendo muy bien cómo has llegado aquí, al otro lado de la puerta.

Entonces, Alphonse reaccionó:

-¿En... Envy?

-¡Por fin! ¿Acaso no me reconocías? – Envy echó a reír. – Se me da bien hacer de chica, ¿no crees? – Le miró con malicia. Se quitó la oscura y larga ropa oscura que llevaba hasta estar más ligero, como él solía ir vestido siempre y se dejó la larga melena al aire.

-¡¿Qué haces aquí?! ¿¿Cómo has llegado al otro lado?!

-¿Y tú? No entiendo cómo has podido llegar aquí. ¿No crees que este mundo es un asco? Vosotros no podéis utilizar la alquimia, pero yo tampoco puedo transformarme. –Eso le dio tanta rabia al homúnculo que le dio una patada a un cubo de basura que había por ahí.

-¿Qué has venido hacer aquí, Envy?

-Eso es algo bastante obvio. Al final me quedé con las ganas, pero creo que al final con el menor de los hermanos me bastará... – Volvió a sonreír con malicia y se acercó a Alphonse.

Envy le cogió del brazo y le llevó a un rincón del callejón.

-¡¿Qué haces?! ¡Suéltame! – Le gritó Alphonse.

-Pórtate bien, niño y déjame tu cuerpo hasta que encuentre al enano de tu hermano. – Envy le tiró al suelo y bruscamente intentaba quitarle la ropa. Alphonse no paraba de intentar salir de entre sus brazos. - ¿Al final vamos a tener que hacer las cosas por las malas?

-¡Suéltame! ¡Suéltame! – Envy le hizo daño. - ¡Eeeeeeeeeeeeed!

-¡Cállate ya! – Envy alzó la mano para pegarle cuando de pronto se escuchó una voz:

-¡No te atrevas a pegar a mi hermano, bastardo!

Edward apareció de entre la nada.

-¡Nii-san! – Lloró.

-Vaya, vaya, vaya, el canijo de acero por fin está aquí.

-¿Qué haces aquí, Envy? ¡Quita tus sucias manos de Al!

-Menuda forma de pedir las cosas.

Envy empujó a Alphonse a un lado y le pegó al alquimista. Este se levantó y le dio una patada al homúnculo. Ambos empezaron a pelear en el callejón. Alphonse solo miraba paralizado.

-Contesta a mis preguntas, Envy.

-Mantengo mi opinión, enano. Así no se piden las cosas.

-¡Qué no me llames enano!

-Siempre igual – Envy se rió.

-¿A qué has venido?

-¿Yo? No sé, ¿a qué quieres que venga?. – El homúnculo se mofaba de Edward.

-Maldito seas. – Dijo entre dientes.

Envy le dio unas cuantas patadas a Edward que lo hizo caer al suelo. Por lo que Envy se le acercó, se arrodillo y le besó en los labios.

-¡Deja a mi hermano! – Gritó Al lleno de ira.

-Sigues sabiendo a chocolate, canijo. – Le susurró Envy al oído de Edward. – Como la última vez.

-Envy... – Edward reaccionó y le dio un puñetazo en el estomago – ¡Ahora no es el momento!

-Argh... – Eso le dolió al homúnculo. – Muy bien, amor. Ya nos veremos. – Mientras se iba pasó por al lado de Alphonse y le acarició la cabeza. Luego, echó a correr.

-¡Al! – Aún le dolía algunas costillas de las palizas que le había dado Envy. - ¿Dónde te habías metido?

-Ed, yo... lo siento, lo siento mucho. – Alphonse estaba sin camiseta y los pantalones desabrochados con la gabardina por encima de él. Los brazos de su hermano le rodeaban mientras lloraba.

-No te preocupes, Al... ya estoy aquí. Todo pasó. – Le abrazó fuertemente.

-¿No estás enfadado conmigo por lo de Heiderich?

Edward se quedó pensando.

-Él también ha desaparecido, pero ahora no puedo preocuparme por eso. Tú eres más importante.

¿Qué vamos hacer, nii-san?

-Aceptar lo que ha pasado y esperar. Ahora tenemos otro problema: Envy está aquí y seguro que no nos trae regalitos de navidad precisamente.

La realidad era algo confusa. Heiderich había desaparecido sin dejar rastro y le quedaba poco tiempo de vida. Envy, de alguna manera, estaba en este mundo y probablemente no tramaría nada bueno. Y los Elric en aquella callejuela sin salida sentados, en el suelo, abrazados el uno al otro perdonando por todo lo que había pasado. Iban a ser unos años difíciles y lo único en lo que pensaban ambos hermano era el temor que tenían de volver a perderse el uno y el otro.

To be continue...