Totalmente Despreciable
Capítulo 2
El pequeño apartamento de Hermione se componía de dos diminutos cuartos y una cocina en una esquina mugrienta y húmeda. La habitación era sobria, solitaria y gris, pero era su hogar. Edna y Delia la esperaban despiertas todas las noches cuando volvía a casa. Hermione preparaba entonces la cena y esperaría hasta que las dos ancianas conciliaran inevitablemente el sueño, para apagar con un hechizo las lámparas que había encantado, y que suponían la única luz disponible para ellas.
En general, Hermione acostumbraba a leer antes de dormirse gracias a Neville, que solía prestarle libros y enciclopedias de la Biblioteca de Hogwarts. Los pisos donde obligaban a vivir a los nacidos de Muggles se caracterizaban por ser demasiado ruidosos por las noches, puesto que la mayoría de magos buscando pelea solían acabar irremediablemente allí. Las finas paredes también dejaban escuchar a los demás vecinos, tanto las conversaciones como sus privacidades.
Las restricciones en su varita causaban que sus conjuros fueran débiles, por lo que conjurar un buen fuego que calentase el apartamento era casi imposible de conseguir. No obstante, se podía comprar leña a buen precio, por lo que el trabajo de Hermione mantenía a las tres mujeres lo suficientemente calientes para pasar las más amargas y frías noches de invierno.
Había acabado cuidando de las dos señoras al darse de cuenta de que no tenían otra alternativa. Ellas eran demasiado ancianas y débiles para poder trabajar, y no poseían otros medios de apoyo o supervivencia. No había nadie más que pudiera cuidar de ellas.
Edna había estado casada con un mago mestizo que había fallecido hacía ya siete años, pero no había tenido hijos que pudieran hacerse cargo de ella.
Delia estaba solera y había trabajado toda su vida en el Departamento de Aplicación de Leyes Mágicas. Con la nueva orden mágica, la pensión que le había sido prometida durante tanto tiempo, jamás se materializó.
El trabajo y la presencia de dos mujeres mayores como única compañía, convertían su existencia en una muy solitaria. Sus padres seguían en Australia, ignorando que alguna vez tuvieron una hija.
Algunas veces se preguntaba que había ocurrido con su casa en el mundo Muggle; A lo mejor había sido construida de nuevo después de haber sido quemada durante la guerra. Habían pasado ya algunos años desde la última vez que pudo pisar suelo Muggle. Y ansiaba observar todos los cambios que se habían producido en su ausencia. Con el tiempo había pasado a convertirse en un paraíso, donde tenías toda la libertad de hacer lo que te viniera en gana. No resultaba una sorpresa que algunos hijos de Muggles pusieran su vida en peligro para huir al exterior y volver a pisar su mundo.
Volver a ver a Draco había despertado muchos de sus recuerdos. No hacía mucho que había terminado sus estudios en Hogwarts, pero estaba tan aislada en su vida, que desconocía todo lo que pasaba a su alrededor. Y ya tampoco leía el Profeta, por lo que las noticias importantes que sucedían en el exterior las conocía de oídas gracias a los clientes en la panadería.
Se enteró de cuando él contrajo matrimonio con Greengrass, pero aparte de eso, no sabía relativamente nada de él. Verle de nuevo había abierto vejas heridas en ella. Y algunas nuevas. Para ella, desde el día que entro en Hogwarts a los once, él sería siempre el modelo perfecto que representaba la sociedad mágica: cruel e injusto.
Draco había estado siempre tan seguro de tener razón, de hecho, gritaba a los cuatro vientos que Hermione fracasaría en su vida, cosa que finalmente se cumplió.
En su joven existencia, Hermione nunca había podido concebir la idea de que la gente pudiera tratar a otras personas de esta forma tan poco ética, era un concepto muy extraño para ella, por lo que siempre se había convencido que aquellos pensamientos racistas no se harían realidad. Que el bien triunfaría. Y no se había equivocado tanto en su vida.
Esos pensamientos la mantuvieron despierta toda la noche. Simplemente no conseguía quedarse dormida. Había dejado de llorar por toda esta injusticia después de un rato. Se dio cuenta que hasta que su mente no cediese a esas reflexiones, no podría cerrar los ojos.
Estuvo cansada al día siguiente, pero la tarde pasó sin ningún incidente. La noche siguiente durmió profundamente como un bebe. Lo mismo que las dos noches siguientes a esa.
Una semana más tarde, sin embargo, fue recibida por la misma cabellera rubia sentada en la terraza.
-Ah Granger.- bromeó cuando ella salió al exterior para tomar nota a su pedido. Su corazón soltó un respingo cuando sus ojos se clavaron en él al divisarle en la panadería. Había considerado ignorarle, pero se lo pensó dos veces. No merecía la pena poner su trabajo en peligro por un hombre como él.
-¿En que le puedo servir, señor?- preguntó Hermione con cortesía.
-Oh, no lo sé.- dudó él esbozando una sonrisa malvada- Tal vez podrías limpiar mis zapatos, Granger.
-Eso no es precisamente lo que hacemos aquí, señor. Servimos productos horneados. Quizás podrías preguntar calle abajo por Gambol & Japes, solía haber un limpiador de zapatos por allí cerca.- después de señalar la dirección, regresó al interior.
Draco no se marchó. Esperó un pequeño rato y después la llamó de vuelta con un movimiento de su dedo.
-No recuerdo haberte dado permiso para irte.- indicó en un tono claramente arrogante.
-Oh, perdone, me pareció que se había equivocado usted de establecimiento.- exclamó ella con una sonrisa especialmente reservada a clientes dificultosos.
-No seas insolente.- habló.
-¡Señor!- expuso Hermione con falsa conmoción- Jamás pretendería ser insolente con un nuestros preciados clientes. En nuestro humilde establecimiento apreciamos a todos y cada uno de nuestros comensales.
-Estoy muy seguro que este no es tu establecimiento, Sangresucia. Tan sólo sirves comida aquí, como un elfo doméstico haría. Eso es para lo que habéis nacido.- masculló Malfoy con gozado regocijo.
Hermione tuvo que morderse la lengua para evitar soltar algún comentario vengativo.
-Entonces, ¿En qué le puedo servir?- repitió con calma.
El la observó durante un minuto completo, o así lo sintió ella. Hermione no le había mirado a los ojos a lo largo de todo el encuentro, había mantenido la cabeza baja, pero podía sentir perfectamente su fuerte mirada en ella, y con ello, la sensación de ser quemada viva.
-Pero, si ninguno de nuestros productos le atrae, usted está más que invitado a simplemente sentarse aquí.- continuó Hermione con una brillante sonrisa.
-Ándate con cuidado, Granger.- advirtió Malfoy mientras se levantaba. Se alejó sin apenas mirar atrás, y sólo entonces, Hermione suspiró con alivio.
Supo que le había provocado. Pero los viejos hábitos eran difíciles de matar, y más cuando su instinto natural despertaba. Aunque eso sólo sucedía cuando él estaba cerca. Hermione sabía que no había dicho nada que pudiera ser clasificado como irresponsable, pero había estado cerca del límite.
Dejó volar la implícita amenaza. Con un poco de esperanza tendría suerte y no le volvería a ver más. Si el Destino le concedía algo después de toda esta atrocidad, sería justamente eso.
Pero de nuevo, la suerte la abandonaba. Malfoy estuvo de vuelta unos días mas tarde.
-¿En que le puedo servir?- preguntó Hermione, con una sonrisa ya muy ensayada, mientras le saludaba. No podía comprender el motivo de su vuelta. El café no era precisamente la clase de establecimientos que los ricos Sangrepura frecuentaban.
-Un café.- contestó sin mirarla.
Hermione volvió a entrar en la panadería y fue a preparar el café en la cocina. Una vez hecho lo llevó a la terraza y lo posó en la mesita delante del rubio.
-¿Es todo?- preguntó secamente. La mano de Malfoy la indicó con un ligero movimiento que se marchara.
Alrededor de unos 10 minutos otro movimiento de mano de parte del rubio la hizo volver donde él se sentaba.
-¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?- curioseó Malfoy.
-Alrededor de dos años.- respondió. No quería contestar a la pregunta pero no vio ninguna vía de escape.
-Ven a tomar una copa conmigo esta noche.- dijo. Sonaba como una orden. Hermione estaba sorprendida que Draco Malfoy quisiera tomar algo con ella. Los Sangrepura solamente salían con Sangresucias por una única razón, y no precisamente para conversar sobre el tiempo.
Simplemente no se lo había esperado de él. Draco Malfoy, el chico que siempre había estado convencido de que necesitaba una ducha cuando la Gryffindor se le acercaba demasiado.
-Lo siento.- excusó con un sonrojo en el rostro- no estoy autorizada a fraternizar con los clientes.
-Oh, venga ya.- masculló él.- Haré que valga la pena. Deberías de estar halagada de que considere malgastar mi tiempo contigo.
Hermione estaba humillada. Sabía exactamente lo que el hombre tenía en mente. Sin duda no había sido el primero en preguntar. Normalmente sonreiría y aseguraría que estaba saliendo con alguien, lo cual no era cierto pero la mayoría de los hombres solían aceptarlo. Algunos insistían, pero ella continuaría ofreciendo su sonrisa forzada de camarera. Con Malfoy, quería reírse en su cara y ordenarlo que se largara de allí.
Pero el riesgo sería muy alto.
-Lo siento, estoy saliendo con alguien.- soltó Hermione con una voz aterciopelada, todavía con la mirada en el suelo.
-Hmph.- se burló el-¿Quién querría involucrarse contigo?
-Te sorprendería.- contestó simplemente. Muchos magos Sangrepura mayores de 40 años lo habían intentado. Muchos convivían en matrimonios concertados establecidos para beneficio social y financiero, pero parecían carecer de contacto físico con sus esposas, o eso pensaba Hermione. De otra manera, serían todos unos bastardos infieles con sus parejas.
-Bueno, si no hay nada que pueda hacer por usted.- comentó animada mientras empezaba a alejarse.
-Todavía no te he dado permiso para que te vayas.- musitó Malfoy secamente.
Hermione rodó los ojos al escucharle hablar, pero cambió ese gesto por una brillante sonrisa cuando se giró para encararle.
-Mírame a los ojos.- ordenó él. Ella cumplió, mirándole profundamente a los ojos grises que tantas veces había enfrentado en Hogwarts.- Siempre consigo lo que quiero.
-Y yo estaría complacida de poder proporcionarle cualquier cosa que esta cafetería produzca.- respondió ella con sorna.
Hermione atisbó una pequeña mueca divertida en su rostro. Definitivamente el profesionalismo podía tratar con todo. En cierto modo estaba orgullosa de si misma, por no perder nunca los nervios ni la máscara de cortesía. Si alguien podía reducirla a un saco de cólera y rabia, ese sería Malfoy, pero había sobrevivido a este lío con bastante éxito.
¿En que estaba pensando Malfoy? ¿En que perdería los nervios y le gritaría, otorgándole así el placer de verla peor de lo que y estaba? Pues se había equivocado rotundamente. Ella era la reina del debate. Si quisiera podría convencer a cualquiera con argumentos sólidos de que los Aliens habían gobernado la tierra.
-Todavía no he terminado contigo.- explicó un Malfoy muy serio, antes de salir de la panadería.
Hermione le vio marchar. Su túnica oscura se ondulaba detrás de él a medida que caminaba con pasos largos y seguros. Se fijó en que su cabello estaba un poco más largo de lo acostumbrado en el colegio.
Sonaba como una amenaza. Le había amenazado de igual manera la última vez que se habían visto. Te amenaza, te seducía, y te volvía a amenazar.
Hermione sólo pudo sacudir la cabeza y recoger la taza de café que él había dejado atrás.
Bueno chico, ¿Qué os ha parecido? Cuando Draco quiere algo, lo consigue. ¿Ocurrirá esta vez lo mísmo? No sé, no sé.
Para cualquier cosa, sugerencias, opiniones, quejas, críticas, dejadme un Review.
Os quiere, Hypatiia.
