Papá

Capítulo 1: Un Deseo

Mittens los observaba desde la ventana de la cocina. Bolt adoptaba una posición juguetona y la cachorra respondía de igual modo. Correteaban por el jardín trasero; Bolt iba a la delantera y la cachorra a la zaga, tratando de morderle las patas traseras con juguetona fiereza. Bolt se detenía, daba media vuelta y era su turno de perseguirla. Al principio la atrapaba sin dificultad, pero pronto aprendió a controlar su velocidad. La cachorra daba un giro inesperado y le saltaba encima.

Tenía tanta energía que Mittens no podía creer que apenas la noche anterior había estado al filo de la muerte. Veía los ojos de la cachorrita destellar de alegría, y su cuerpo infantil moverse con agilidad. Mittens se preguntó cómo había llegado a parar en aquella bolsa de basura, y no pudo evitar una repentina sensación de desaprobación hacia las personas. Ella misma había sido abandonada y, por mucho tiempo, pensó que las personas no eran de fiar. Había personas muy malas en el mundo, desde luego, pero no eran todas.

—Por favor, mamá.

La voz de Penny la alcanzó desde el interior de la cocina. Estaba sentada a la mesa, desayunando con su madre, aunque para entonces sus platos de comida ya se habrían enfriado. Ya llevaban un buen rato con el tema.

—La llevaré a que la vacunen, compraré su collar y la sacaré a pasear.

Su madre la miró, dubitativa.

—No lo sé, cariño. ¿No crees que ya tenemos demasiadas mascotas?

—Podré manejarlo. Tengo tiempo de sobra después de la escuela.

—Podría estar perdida…

— ¿Tú crees? ¿Quién perdería a una cachorrita tan bonita?

—No lo sé. Pero no sabemos de dónde ha salido, ni cómo ha llegado hasta aquí.

—Pues Bolt se lleva de maravilla con ella.

Ambas se pusieron de pie y salieron un momento al jardín. Mittens las siguió Al ver a ambos perros jugar tan alegremente, la reticencia de la madre de Penny fue perdiendo terreno.

—¿Lo ves, mamá? A Bolt le encanta. Se llevarán muy bien.

—Supongo que tienes razón… A Bolt le vendría bien alguien con quien jugar, y ninguno de los vecinos tiene perros.

Penny sonrió de oreja a oreja.

—¡¿Entonces puede quedarse?!

—Hay que tomarle unas fotos y pegar afiches. Tal vez a alguna niña se le perdió y la esté extrañando —sin embargo, al notar la desilusión de su hija, agregó—: pero no podemos simplemente abandonarla. Puede quedarse… al menos por ahora.

Como si de un sí definitivo se tratase, Penny abrazó a su madre, le dio un beso en la mejilla y luego se puso de rodillas para llamar a Bolt. Él fue sin demora y la cachorrita fue tras él.

—¿Escuchaste, Bolt? Se va a quedar con nosotros. Ella… Oh, es cierto, debemos ponerle un nombre.

—Aún no te apegues mucho, cariño. Si es la cachorra de alguien más, te dará más pena dejarla ir.

—Está bien, está bien —Penny aceptó, sin perder la sonrisa. Miró a la cachorra y le dijo—: lo lamento, pequeñita; serás la cachorrita sin nombre, por ahora.

Trató de acercar su mano hacia ella, pero la cachorra inmediatamente retrocedió hasta esconderse tras Bolt.

—Pobrecita, ¿Me tienes miedo?

Penny trató de acercar la mano un poco más, esta vez lentamente, pero la cachorra se aferró aún más a Bolt, alzando una patita inocentemente, como si así pudiera defenderse.

—Debe temerle a los desconocidos. —dijo la madre de Penny.

Penny se puso en pie.

—Sí, pero no importa. Ya irá ganando confianza. Se parece a ti, Mittens.

La aludida respondió con un maullido.

—Bueno, ahora ve a terminar tu desayuno, jovencita. Se te hará tarde para la escuela.

—¡Sí, mamá!

Efectivamente, el tiempo había pasado con rapidez. Penny terminó su desayuno a enormes bocanadas; subió al baño de su alcoba a cepillarse los dientes y bajó corriendo las escaleras con la mochila asida a su hombro. Para entonces, el autobús escolar ya estaba esperándola al frente de su casa.

Antes de salir, Bolt le dirigió un ladrido amigable y Penny se detuvo un instante a acariciarle las orejas.

—¿Quién es un buen chico? ¿Quién es un buen chico?

Bolt le lanzó otro ladrido cariñoso.

—Penny, se irá el autobús —le recordó su madre.

—¡Tienes razón! Adiós, mamá —se inclinó a darle un beso en la mejilla—. Adiós Bolt, adiós Mittens, adiós Rhino. Y adiós, cachorrita. Bolt, espero que cuides bien a tu nueva hermanita. —Miró a la cachorrita, que observaba la escena detrás de Bolt, pero a una prudencial distancia de los demás.

A la madre de Penny no le dio tiempo de replicar antes que su hija cruzara el umbral de la entrada y cerrara la puerta. Escuchó el sonido de la puerta del autobús cerrarse, y lo vio alejarse por los suburbios.

Sola con las mascotas, se hizo a la idea de que ahora eran cuatro. Miró a la pequeña.

—¿De dónde habrás salido? —Miró a Bolt y a Mittens— ¿Acaso ustedes saben algo?

Perro y gata se miraron, pero sabían que ella no esperaba una respuesta. La madre de Penny soltó un suspiro y se dirigió otra vez a la cachorra:

—En fin, espero que te sientas cómoda, al menos mientras estés aquí.

Mittens observó a la cachorra, pero ella no parecía entender una palabra de lo que la madre de Penny le decía. Su mirada paseaba entre Bolt y la humana, como buscando asegurarse constantemente de que estaba protegida ante esa alta y extraña criatura.


La madre de Penny salió al trabajo poco después. Bolt quedó "a cargo", como a ella le gustaba decirle. Apenas se fue, la cachorrita pareció más relajada. Inmediatamente se puso a jugar con la cola de Bolt.

—¡Hey! Con la cola no —Bolt trató girarse para encararla, pero apenas se giraba y la cachorra ya estaba detrás suyo otra vez, siempre dándole pequeños mordiscos a la cola.

—¡Oye, tú! Deja a Bolt en paz.

Rhino fue hacia la cachorra para liberar a su héroe, pero estando a apenas medio metro, la cachorra notó su presencia y dejó de jugar inmediatamente para ocultarse tras Bolt.

—No te preocupes, Rhino —lo tranquilizó Bolt—. Realmente no me molesta… mucho.

—Está bien, Bolt, pero recuerda que siempre te cubriré las espaldas —y, dicho esto, fue hacia su amado sofá a encender la televisión.

—Mittens, iré al jardín a jugar un poco más con ella. ¿No quieres venir?

—¿A correr un día perfecto para echarme a tomar una siesta bajo el sol? ¡Desde luego!

—¡Genial! Vamos.

—Era sarcasmo.

—Ah… Claro, ya lo sabía.

Evidentemente no lo sabía.

Bolt y la cachorra volvieron al jardín, donde pasaron el resto de la mañana. Mittens regresó a su puesto en el alféizar de la ventana de la cocina, desde donde entraban unos cálidos rayos de sol. Se puso cómoda y dejó que la somnolencia la sobrecogiera. No era un mal día para una siesta. Quizá dos.

Mientras el sueño le iba ganando, Mittens observaba a la pareja ir de aquí para allá. Se nota que son de la misma especie, pensó. Como no habían otros perros que vivieran cerca, era la primera vez que Bolt tenía todo el tiempo del mundo para jugar con alguien con las mismas energías (o incluso más) que él. Mittens pensó que él también parecía un cachorro. Ambos tenían la lengua fuera y agitaban la cola desenfadadamente.

Los ojos turquesa de la cachorra brillaban a la luz del sol. Por alguna razón, a Mittens le recordaba mucho a su antigua dueña. Turquesa, turquesa…

Claro, ella tenía varias joyas así. Era su color favorito.

El sol de verano le cubría el cuerpo de pereza. Sus ojos se fueron cerrando. Se preguntó lo mismo que la madre de Penny: ¿de dónde había salido aquella cachorra? ¿Cómo fue a parar a una bolsa de basura, perdida en un recóndito callejón sin salida? A su pesar, Mittens evocó el miedo que ella sintió su primer día como gata callejera. Apartó el recuerdo con un ademán de cola. No era algo que le gustara recordar; sin embargo, aquella cachorra…

Mittens se dio cuenta que sentía empatía por ella. Las circunstancias la habían traído allí, y, al menos en parte, sentía que era su responsabilidad, incluso si la cachorra apenas pareciera reparar en ella. Se sintió como Bolt, por un momento. Pensó con sarcasmo: Si mi yo callejero me viera, teniendo pensamientos tan nobles…

De todas formas, era cierto que entendía el miedo que debió haber pasado la cachorra al quedar abandonada. Ojalá no pases eso de nuevo se dijo, aunque no sabía si se dirigía a la cachorra o a sí misma.


Temblaba.

Temblaba con violencia.

No era el frío. Era la muerte. Se acercaba.

La cachorra abrió los ojos y se puso de pie de un salto. Seguía en el jardín. Al otro lado de la ventana, vio a aquella gata blanca y negra durmiendo. Miró a su alrededor. El césped se mecía a merced del viento, que susurraba y susurraba a través de la brisa y jugueteaba con su pelaje. Una nube cubría el sol y todo estaba cubierto bajo una tenue sombra.

Le dio un escalofrío. Se sintió observada. La cerca de madera se alzaba como un muro inexpugnable. El corazón le latía deprisa.

Era media tarde. Faltaba poco para que Penny volviera de la escuela, pero la cachorra no sabía nada de eso. Solo esperaba que esas extrañas criaturas no volvieran. Sabía que le harían daño.

Pero papá dormía a su lado. La cachorrita se acurrucó y se aferró a su figura. Se sintió más segura cerca de él. Aquel era un mundo desconocido, pero no se sentía sola. Ya no.

Su deseo se había cumplido.

Cerró los ojos y se dejó llevar por un sueño apacible. El cielo se despejó. El panorama se llenó de luz, y cayó dormida.