Siento no haber actualizado antes, pero mi mente estaba más vaga de lo normal, así que me he tomado unas pequeñas vacaciones en esto de escribir. Pero todo se termina, mis vacaciones también, por lo que aquí me tenéis con otro capítulo. Espero que lo disfrutéis.
Saludos
Rose reía a carcajadas mientras corría hacia la casa. Agitaba una mano, alegre, mientras no cesaba de gritar:
-¡Tía Flora, Fauna, Primavera!
Atravesó el pequeño claro a la carrera. Cruzó el puente y siguió el camino hecho de cantos hasta llegar a la puerta doble. La encontró abierta, lo cual no era nada raro. De día, la puerta nunca se cerraba del todo. Feliz, Rose entró.
Se detuvo en seco una vez se percató de la escena que tenía delante. Los muebles estaban tirados en el suelo, completamente destrozados. El suelo de madera estaba lleno de trozos de cerámica rota. Lo baúles estaban abiertos y su contenido se desparramaba por doquier. En toda la casa reinaba el más absoluto de los silencios y los muebles estaban cubiertos de una fina capa de polvo y suciedad, como si la casa no hubiera estado habitada jamás.
Aquello no era para nada lo que Rose recordaba. "¿Qué ha pasado aquí?", se preguntó. ¿Qué le había pasado a la casa? ¿Dónde estaban sus tías?
-Tía Flora…-susurró con un deje de miedo- ¿Tía Fauna? ¿Primavera?
No recibió respuesta alguna, por lo que el terror y la angustia de Rose creció sobremanera. A lo mejor se estaba volviendo loca. ¿Había vivido ella allí alguna vez, es aquella casa destartalada? Todos esos recuerdos de la casa, de sus tías, ¿eran o no verdad? Su vida, toda su vida, ¿la había vivido de verdad?
-Tía Flora, Tía Fauna, Tía Primavera…-susurró otra vez, en un tono cada vez más bajo- Contestadme, por favor…
Sin darse cuenta, había empezado a llorar. Dos surcos de lágrimas resbalaban por sus mejillas para juntarse a la altura del mentón, y finalmente caer gota a gota al suelo. Desesperada, Rose se sentó en el suelo y se hizo un ovillo. Aquello no era verdad, ¡no podía ser verdad! Ella era Rose, una chica campesina que vivía con sus tías en aquella cabaña. Esa tal Aurora, quienquiera que fuera, no era ella, ni tampoco esos dos eran sus padres. Ella no quería una vida de princesa, quería volver a su casa, que todo fuera tal y como era antes. Lo que había pasado el día de su cumpleaños era un sueño, nada más que un sueño, algo que no podía ser verdad.
Sentada como estaba, echa un ovillo y de espaldas a la puerta, la joven no se percató de que alguien entraba. Sólo se dio cuenta cuando ese alguien le puso cariñosamente la mano en el hombro.
-¿Qué…Qué ha pasado aquí? ¿Qué ha pasado? –sollozaba la joven una y otra vez.
-Aurora…-empezó a decir la otra persona.
Rose reconoció al instante esa voz. Se trataba de la mujer, la misma mujer a la que tenía que llamar "madre". Estaba ahí, detrás de ella, recordándole que su vida había desaparecido, que tendría que volver con ella a ese asqueroso castillo, con sus normas de etiqueta y con toda su fanfarria. Y no solo eso, sino que también se dirigía a ella por el estúpido nombre de Aurora, un nombre que no significaba absolutamente nada para ella. Ella no era esa tal Aurora, eso estaba claro. Harta de todo, Rose se levantó de un salto, se giró y le plantó cara a la mujer, apartando su mano con todo el desprecio que pudo.
-¡No vuelvas a llamarme así! –gritó.
Estaba furiosa, furiosa y desconsolada. No le importaba que la mujer la viera llorar, ni tampoco le importaban las posibles represalias. Estaba harta de todo y quería expresarlo de la manera más vistosa posible.
-¡No vuelvas a llamarme así! –Repitió, casi como una amenaza- ¡Mi nombre es Rose, Rose y sólo Rose! ¡Tengo mi propia vida; soy una campesina y vivo aquí, no en vuestro asqueroso castillo!
Rose siguió zahiriéndola, disfrutando con cada palabra que pudiera ofenderla, sonriendo para sí cada vez que la mujer ensombrecía su rostro debido a la pena. Cuando hubo terminado, la joven le sostuvo la mirada, desafiante, sin importarle nada lo que le pudiera pasar. Entre jadeos, tragó saliva.
-Yo…-empezó la mujer con los ojos húmedos, como si fuera a llorar de un momento a otro.
Rose no quería escuchar. Le dolía la cabeza y jadeaba. Lo único que quería era que aquella mujer la dejara en paz. Se llevó una mano a la frente. Estaba ardiendo. Además, la imagen de la ahora sollozante mujer se difuminaba una y otra vez. Rose se sentía cada vez peor.
-Yo os…os…-intentó decir Rose-…Yo os odio…
Y, sin más, la joven cayó al suelo, desmayada.
Rose despertó de un profundo sueño. Le costó horrores el simple gesto de abrir los ojos. Cuando por fin lo consiguió, descubrió apesadumbrada que volvía a estar en aquella cama, en aquel cuarto y en aquel castillo. Intentó moverse, pero sentía que su cuerpo le pesaba mucho, demasiado para mover siquiera un dedo. Además, todo el cuerpo le ardía y, de haber podido, se habría deshecho de todas aquellas inútiles mantas, pues lo único que hacían era provocarle más calor.
Solo notaba algo de frío en el brazo derecho. Con mucho esfuerzo, Rose giró la cabeza y descubrió que su brazo estaba a la vista, inerte sobre las sábanas. Sentado en la cama, un hombre muy bien vestido sostenía un afilado cuchillo y una palangana. Colocó esta última sobre las sábanas y dio una seca orden. Casi al instante, un paje cogió el inerte brazo y lo sostuvo sobre el recipiente, sujetándolo con suavidad pero a la vez con firmeza. El otro hombre se le acercó y lo palpó. Entonces hizo un corte bastante serio en el antebrazo.
Rose emitió un pequeño gemido mientras observaba como la sangre salía y caía sobre la palangana. Quiso rebelarse, gritar, pero estaba demasiado débil como para hacer nada. El hombre dejó que la sangre manara durante un rato que a Rose se le hizo eterno. Después detuvo hábilmente la hemorragia y vendó el brazo herido. Limpió cuidadosamente el cuchillo y ordenó al paje retirar la palangana. Acto seguido, se dispuso a marchar.
La joven lo observaba sin decir nada, con el brazo dolorido y el cuerpo ardiendo.
-¿Qué…Qué me habéis hecho? –gimió entrecerrando los ojos.
El hombre, ya en el umbral de la puerta, se giró y le dedicó una respetuosa mirada.
-Os he sangrado, alteza –dijo- para eliminar los malos humores.
Acto seguido, el hombre abandonó la habitación, seguido del paje. Cerraron a cal y canto, dejando a Rose completamente sola, mas luego entró aquella pareja a los que Rose debía llamar "padres". Los dos se sentaron al borde del lecho, mirándola completamente afligidos. Rose estaba cansada, terriblemente cansada, así que instantáneamente cerró los ojos y se rindió al sueño.
La siguiente vez que despertó apenas distinguía nada de la habitación, solo podía ver sombras y escuchar voces que, aunque distantes, resonaban perfectamente en su cabeza. Había dos sombras a su lado y dos voces distintas; un hombre y una mujer.
-Se está complicando demasiado –decía el hombre.
-No he esperado dieciséis años para que una estúpida enfermedad se la lleve –respondía la mujer. Parecía estar llorando.
Y, de repente, Rose oyó tres voces femeninas, tres voces conocidas. Por primera vez en lo que le parecieron años, Rose se sintió mejor.
-No os preocupéis, Majestades –decía una.
-Es fuerte, seguro que lo supera –añadía otra.
-Sí, seguro.
Rose sonrió. Alzó los brazos tanto como pudo, intentando llamar la atención de aquellas tres voces.
-Tía Flora…-suplicó.
Tres sombras se le acercaron a toda prisa, y entonces Rose distinguió a sus tías, sus queridas tías, sentadas en la cama, muy cerca de ella. Estaba segura de que eran sus tías, pero estaban cambiadas. Ya no vestían sus humildes trajes, sino que lucían unos costosos vestidos. Además, cada una llevaba un sombrero puntiagudo sujeto a la cabeza con una cinta. Estaban cambiadas, sí, pero seguían siendo sus tías.
-No te preocupes, pequeña, pronto estarás bien –dijo Tía Fauna con su habitual tono maternal.
Rose quería responderlas con todas sus fuerzas, pero no pudo. Cerró los ojos, pero no se durmió. Las tres mujeres, creyéndola dormida, se volvieron hacia la pareja.
-Tenemos que irnos, mis señores –dijo Tía Flora- Por favor, avisadnos si ocurre algo.
"No", quiso gritar la joven, "No os vayáis ¡Por favor, Tía Flora, no me dejéis aquí!".
Sin embargo, la chica no pudo decir nada. De repente, dejó de oír las voces de sus tías, y entonces quiso llorar. Quería llorar de rabia, de amargura, pero no podía. Las lágrimas se negaban a salir. Entonces escuchó otra vez hablar al matrimonio. La mujer sí que lloraba. Intentaba contenerse, pero apenas lo conseguía, y su llanto se escuchaba, aunque muy levemente.
-Si hubieras oído lo que me dijo…-decía- Fue horrible…
El hombre intentaba tranquilizarla.
-Vamos, mujer. Seguro que lo que dijo fue debido a la fiebre, nada más. Estaría delirando…
-¡Y yo te digo que no estaba delirando! –Le cortó la mujer- ¡Nos odia, Stefan, nos odia!
No se pudo contener más y estalló en sollozos. Rose, de repente, sintió pena por ella. Era evidente que ambos se preocupaban por ella, que la querían, y ella se había comportado como una imbécil. Los había depreciado, los había vilipendiado, y todo sin querer ver que se preocupaban por ella. Lo quisiera Rose o no, ellos la consideraban su hija.
No lo pudo evitar y cayó dormida. Sus sueños giraron en torno a sus recuerdos: allí estaba ella, con cuatro años, al pie de un árbol. Se había caído y tenía una pequeña herida en la rodilla, una raspadura que sus tías le estaban curando. Después tenía diez años y caminaba por el bosque, cantando y corriendo; rodando por la hierba bajo la atenta mirada de las ardillas. Luego era el día de su decimosexto cumpleaños. Ella bailaba con un apuesto joven que la había cautivado por completo. Paseaban por el bosque cogidos de la mano; en silencio, demasiado cohibidos para hablar. Más tarde había vuelto otra vez a la infancia. Tenía unos seis o siete años, y estaba de pie en el sendero que llevaba a su casa, plantada ante una mujer de ojos tristes que hacía ademán de abrazarla con todas sus fuerzas.
"Ah, yo te conozco", decía la niña Rose a la mujer, "Te he visto antes".
La desconocida quiso contestar, pero su silueta empezó a difuminarse nada más abrir la boca. A los pocos segundos, había desaparecido completamente. Entonces Rose abrió los ojos.
Seguía postrada en aquella enorme cama, con el matrimonio sentado en ella, a su lado. La miraban preocupados. Habían intentado despertarla, seguramente porque Rose estaría gritando en sueños. Rose parpadeó con fuerza, recordando el sueño. ¿Cómo había podido olvidar aquel momento? ¿Cómo había sido tan estúpida de olvidarlo? Recordaba aquellos ojos tristes, aquella mirada de amor y cariño. Hacía poco, unos días nada más, había reconocido otra vez esa mirada en los ojos de una mujer, y se había lanzado a abrazarla, pues ella sabía que esa dama era su madre. Sin embargo, lo había olvidado por completo. Añoraba tanto su hogar que ni siquiera se había parado a pensar en lo feliz que se había sentido al abrazar a su madre después de tantos años.
La mujer la miraba con los ojos húmedos de los que partían dos surcos salados ahora secos. Había estado llorando. Rose se giró hacia ella.
-No llores –murmuró- Tú y yo nos conocimos hace mucho, en el bosque, ¿verdad?
La otra abrió mucho los ojos, sorprendida, mientras el hombre miraba a ambas sin entender las palabras de Rose.
-En…Entonces, ¿lo recuerdas? –Balbuceó la mujer- ¡Pero si no eras más que una cría!
Rose se llevó una mano a la cabeza, que le martilleaba como si dentro tuviera a un enano con un tambor. Le ardía todo el cuerpo y estaba terriblemente agotada. Quería dormir.
-Sí, lo recuerdo. Gracias por el abrazo –respondió.
Acto seguido cerró los ojos y se durmió. No soñó absolutamente nada, solo sentía que estaba en un espacio vacío donde misteriosamente iba flotando hacia alguna parte.
