¡Gracias por sus comentarios! Espero que disfruten de este cap. :) Lamento haber subido algo tan corto la vez anterior; por eso éste lo subí más pronto de lo planeado y lo hice más largo!
Capítulo 1
Habían sucedido tantas cosas en tan poco tiempo que Bilbo apenas podía creerlo. Hacía unos días le relató toda la historia de su encuentro con Smaug a Gandalf. Sin embargo, a pesar de que era algo increíble y extraño lo que le había pasado, la reacción del mago resultó mucho más alarmante. Era cierto que la naturaleza de un mago era extravagante y misteriosa, rara vez le contaban sus verdaderas intenciones a alguien, pero esa vez Gandalf lo había sorprendido. En primer lugar, aseguró que debía ir inmediatamente a Rivendel a pedir consejo pero, a pesar de estar desesperado por marcharse, se había quedado unos días con él. Al parecer (sin consultarle primero, por cierto) se había quedado de ver con un enano importante, un príncipe. Y ahí venía lo que resultaba más extraño; después de que Thorin Oakenshield había llegado a su casa, el mago le había dicho algo al oído y se había disculpado por tener que marcharse tan rápido. Lo raro había sido que había dejado a Thorin con Bilbo, argumentando que pronto regresaría para marcharse (juntos) a un viaje largo.
Claro, Bilbo sabía que Gandalf sólo se refería a él y al enano cuando había dicho eso, pero algo en la mirada que le lanzó lo había inquietado. Por supuesto, el jamás emprendería un viaje que significara algún riesgo para él. Con haber visto a un dragón era suficiente.
El problema que tenía en aquellos precisos momentos era Thorin, por supuesto, el enano tampoco había parecido muy complacido cuando Gandalf le pidió que lo esperara ahí. Sin embargo, Thorin debía odiar bastante Rivendel porque había dejado de discutir con el mago cuando éste le dijo que si no quería quedarse podía acompañarlo hasta allá. Entonces Thorin tuvo que cerrar la boca.
Sin embargo, en ningún momento ellos le pidieron su opinión a Bilbo, a pesar de que era su casa en la que Thorin iba a pasar las noches mientras el mago regresara.
Bilbo cerró los ojos, sintiendo que un estremecimiento lo recorría. No podía creer que él había estado tan cerca de un dragón y siguiera ileso; todavía podía recordar perfectamente aquel día…
Bilbo apenas salía de su casa, por lo que era verdaderamente extraordinario verlo no sólo fuera de ella, sino de toda la Comarca. Pero a veces lo hacía, sobre todo para traerle algo a su pequeño sobrino Frodo. Tal vez era esa pequeña vena Took que todavía le provocaba hacer cosas que jamás hubiera imaginado.
Era una mañana fría, por lo que se había puesto el abrigo más largo y grueso que tenía. En un principio había considerado la posibilidad de escribir un poco, desde hacía tiempo que quería comenzar a plasmar alguna historia, pero descubrió que no tenía nada interesante qué contar. Su madre siempre le había dicho que los mejores relatos eran aquellos que ocurrían realmente, sin embargo, él no creía que alguno de sus pormenores en la Comarca fueran tan entretenidos como para tener el honor de ser plasmados en papel. Así que decidió que tal vez, encontrando un lugar tranquilo en el bosque, podría ayudar un poco a su imaginación. Su madre probablemente estaría decepcionada, ya que ella decía siempre que las ideas se alimentaban de las aventuras, así que no le agradaría ver a su hijo intentando escribir una historia sin siquiera haber participado en ninguna.
A pesar de que su propósito era buscar inspiración, ningún lugar le parecía adecuado para quedarse, al parecer sus pies no le iban a permitir detenerse pronto. Disfrutó del aroma de los pinos, así como de la brisa fresca que le llegaba al rostro. Todo parecía tranquilo y quieto como siempre. Habría algunas personas que considerarían aquello como aburrido, no los hobbits, por supuesto, ya que ellos amaban los días serenos.
Sin embargo, había algo en el corazón de Bilbo que, a veces, lo hacía desear más.
De pronto, sus ojos se encontraron con el camino que salía del bosque, el camino que nunca había pisado, el camino que guiaba hacia lugares desconocidos. Por supuesto Bilbo jamás se aventuraría a visitar otros lugares, pero aquel día se sentía diferente, por lo que decidió tomar esa ruta y recorrerla, sólo unos cuantos metros… y después regresaría a su casa.
Los árboles estaban cada vez más alejados unos de otros, arriba, el cielo era claro, las nubes estaban tranquilas y todo parecía tan solitario. Demasiado callado, a decir verdad.
Entonces, el clima pareció cambiar tan repentinamente que tomó desprevenido a Bilbo. El viento se volvió salvaje e iracundo, como si una terrible tormenta se avecinara. Por supuesto, eso era todo lo que se le podía ocurrir a un pequeño hobbit como él. Los hobbits no estaban acostumbrados a las calamidades, vivían tan apartados del mundo que desconocían todos los males que habitaban en él. Era una raza ermitaña, que vivía los sucesos a través de libros y mapas, por lo que ninguno de ellos podría saber que, en aquellos momentos, después de tantos años en los que Smaug permaneció oculto, había decidido salir de Erebor y buscar oro. Las leyendas eran claras respecto a ellos: lo único que un dragón podía amar eran los tesoros. Pero esa clase de amor era extremadamente posesivo y una vez que un dragón veía algo que lo fascinara jamás se detenía hasta obtenerlo. Por ello Smaug había salido de la montaña, quería más oro del que le esperaba en Erebor; durante meses había buscado en toda la Tierra Media y había asaltado aldeas, reinos enteros y comunidades, dejando terribles destrozos. Sin embargo, en aquella ocasión tal vez había errado el camino, pues había llegado al lugar más apartado e insignificante, al lugar donde nunca se esperarían encontrar joyas luminosas o monedas que destellaran con brillo dorado.
Tal vez el pequeño Bilbo habría tenido mejores oportunidades de esconderse si no hubiera sido porque inclinó su rostro hacia arriba. Hasta ese momento, su corazón latía tranquilo, pues él pensaba firmemente que era una tormenta lo que se avecinaba, no un terrible y enorme dragón. Así que uno de sus primeros errores fue ése: voltear hacia arriba y ver la gran figura roja como el fuego agitar sus enormes alas.
Bilbo, aterrado y demasiado sorprendido como para reaccionar correctamente, tropezó y cayó de espaldas hasta el suelo. El rugido de Smaug fue aún peor para el hobbit, pues lo aturdió a tal grado que ni siquiera podía pensar en que lo mejor era ponerse de pie y correr tanto como pudiera. Después de todo, era un hobbit, y está en su naturaleza mágica el tener una capacidad extraordinaria para pasar desapercibidos.
Sin embargo, su oportunidad pasó, ya que el dragón comenzó a bajar rápidamente, junto donde se encontraba el pequeño hobbit. Su pesado cuerpo cayó, provocando que la tierra se sacudiera, los árboles se agitaron y ramas, piedras y polvo volaron a sus costados. Tiró varios pinos con sus movimientos bruscos y, después de un rato de girar su largo cuello, observó a su alrededor.
Afortunadamente, Bilbo no fue aplastado por aquella terrible bestia, sin embargo, estaba peligrosamente cerca del dragón. Su corazón latía aceleradamente, rogándole porque se moviera, finalmente y con la respiración irregular, el hobbit logró mover sus manos y hacerse para atrás. Pero todavía no lograba que su cuerpo le respondiera correctamente y no logró levantarse. Además, no quería perder de vista al dragón, el cual, por fortuna, todavía no notaba que había otro ser cerca de él.
Cuando Bilbo había comenzado a mover las piernas y había comenzado a incorporarse, el dragón inclinó la cabeza hacia abajo y lo vio. En un principio creyó que se trataba de un pequeño animal del bosque y consideró comérselo, pero algo lo hizo doblar su cuello y agachar la cabeza.
Una de las palmas de Bilbo resbalaron en la tierra, provocando que la espalda del hobbit hiciera contacto con el suelo, de nuevo. Las fauces del dragón quedaron a unos centímetros de su cuerpo, los ojos grandes y dorados lo observaban fijamente.
Bilbo trataba de no temblar, de no moverse, ni siquiera quería respirar muy fuerte para evitar que cualquier movimiento brusco molestara al dragón.
—¿Qué eres tú? —Tronó la profunda y estridente voz de Smaug— Jamás había olfateado algo como tú.
Bilbo tragó saliva, haciendo un gran esfuerzo por no desmayarse.
—S-soy un hobbit —soltó con voz trémula.
Desde donde se encontraba, Bilbo podía apreciar perfectamente la piel del dragón, estaba cubierta de brillantes escamas que en la luz podrían ser doradas, naranjas o rojas. Sin embargo, lo que le preocupaba más eran los colmillos del dragón.
—¿Un hobbit? —Smaug no parecía contento con la respuesta, quizás porque no le decía nada, ya que jamás había escuchado de ellos. Agitó su cola con brusquedad y otro árbol cayó. —Ese no es tu nombre ¿o sí?
Bilbo decidió que era mejor mantener al dragón conversando, así no podría pensar en comérselo o simplemente aplastarlo con alguna de sus patas.
—Me llamo Bilbo.
—De acuerdo, hobbit, si me entregas todo el oro de tu gente tal vez les perdone la vida.
Bilbo abrió los ojos, asustado. No sabía qué hacer, ninguno de sus vecinos o familiares poseía joyas u oro, algunas monedas tal vez, pero no lo suficiente como para calmar la codicia de un dragón. Si se enfadaba por no encontrar nada, probablemente destrozaría toda la Comarca. Y ahí estaba Frodo, él era lo único por lo que Bilbo arriesgaría su vida.
Así que decidió tratar de alejar al dragón de la Comarca. Y, ya que sabía, por lo menos de la información que tenía en sus libros, que los dragones eran bastante testarudos en lo que se proponían, hacerle entender que nunca podría encontrar tesoro alguno ahí.
—Perderás tu tiempo —soltó Bilbo con una voz más firme de lo que se esperaba—, un dragón tan temible y majestuoso como tú merece un verdadero tesoro. Aquí no podrás encontrar ni siquiera una gema pequeña o una moneda brillante. Las grandes fortunas son propias de razas guerreras y valientes, nosotros los hobbits apenas salimos de nuestras casas, jamás hemos peleado o conquistado reinos, nuestro único tesoro es la comida.
Mientras hablaba, Bilbo había logrado incorporarse hasta quedar completamente sentado y consiguió, además, alejarse un poco de las fauces del dragón. El aliento de su respiración era muy pesado y caliente, por lo que comenzaba a hacer sentir incómodo al hobbit.
—¡Mientes! —Una de las patas delanteras del dragón golpeó el suelo con fuerza.
Bilbo sintió que el pánico se apoderaba de él, se sentía incluso mareado, si no se calmaba, se desmayaría pronto.
—¡No! ¡No! ¡Lo juro! —Exclamó, desesperado— ¿Por qué me atrevería a mentirle a una criatura como tú? Sé que eres mucho más inteligente que yo y más fuerte, por lo que sería una estupidez de mi parte atreverme a causar tu ira.
Al parecer, los halagos que le hacía el hobbit le agradaban bastante al dragón, su repentino enojo se desvaneció. Y en sus ojos ahora sólo quedaba una gran curiosidad. Parecía bastante desconcertado por aquel ser tan pequeño.
—¡Mírame! —Soltó Bilbo— ¿En verdad crees que alguien como yo sería capaz de salir y buscar oro y joyas? ¿Qué alguien como yo tomaría una espada y reclamaría el oro de alguien más? ¿O qué podría ganarme un tesoro mediante hazañas en batalla?
Un extraño sonido brotó de las fauces del dragón, por un terrible instante, Bilbo consideró que se trataba de un rugido, sin embargo, era diferente, parecía como si se estuviera riendo.
—¡Tienes razón! —Soltó el dragón— Eres demasiado pequeño, frágil y suave.
Bilbo suspiró, aunque la poca tranquilidad que había invadido su cuerpo se esfumó cuando el dragón hizo un movimiento brusco y acercó su cabeza. El hobbit, instintivamente, puso las manos frente así para defenderse (aunque, por supuesto, no serviría de nada) y sus palmas hicieron contacto con la piel fría y dura del dragón.
Le pareció que el dragón se estremecía, aunque eso lo había imaginado, seguramente, porque no creía que sus diminutas manos pudieran causarle sensación alguna a la piel invulnerable de un dragón.
—Aún así estoy aburrido y ya que no hay oro que pueda consolarme, destrozar algo sería de bastante ayuda para mejorar mi humor.
—Por favor —suplicó Bilbo, aunque sabía que era inútil rogarle a un dragón—, ellos no te han hecho nada…
—¿Qué me darías si yo prometiera dejar a tu pueblo tranquilo, si prometo jamás regresar?
También sabía que era ridículo confiar en la palabra de un dragón, pero, pensándolo bien, él no estaba en posición de negarse a nada.
—No creo que yo pueda tener algo que te interese, pero si no dañas a ningún hobbit yo…
—Quedarías en deuda conmigo.
—Sí.
—Harías todo lo que yo te pidiera.
—Sí.
—De acuerdo, hobbit…
De pronto, Smaug se hizo hacia atrás, como si el contacto de las manos de Bilbo lo hubieran quemado. Parpadeó varias veces, confundido.
—¿Qué me hiciste? —gruñó.
—¡Nada, lo juro! —exclamó el hobbit, aterrado.
Smaug comenzó a sacudir la cabeza, como si estuviera mareado, su cola azotó el suelo y, en segundos, sus escamas comenzaron a resplandecer como si fueran una llama incandescente. Y, no sólo eso, tal vez era que Bilbo estaba soñando o imaginándolo, pero el dragón se hacía cada vez más pequeño… hasta parecía que su figura cambiaba.
Bilbo consiguió ponerse de pie, pero ya que sus ojos no podían dejar de ver la transformación, volvió a tropezar. Sintió un ardor en la palma de la mano, probablemente se había herido al caer. Se arrastró con los codos, tratando de hacer mayor la distancia entre el dragón y él… y, entonces, se dio cuenta que ya no había ningún dragón.
De pie, ante él, había un… bueno en realidad no podía decir qué era ya que tenía el aspecto de un hombre y, aunque era bastante más alto que él, no podría considerársele como alguien de la Gente Grande, tampoco era un enano, de eso estaba seguro, porque no tenía barba y no tenía los pies de un hobbit…
Su rostro era un poco afilado con pómulos perfectamente marcados y unos ojos verdes, profundos. Su cabello era negro, corto y rizado, además era ancho de espalda y en sus brazos y pecho se alcanzaba a ver sus músculos y… estaba completamente desnudo.
De pronto, Bilbo se ruborizó tanto que decidió girar su cabeza en otra dirección.
Todavía no podía creer que él antes había sido un dragón. ¿Qué había pasado?
Se levantó, esperando que él siguiera distraído observando las palmas de sus manos, por alguna razón parecía tan desconcertado como el hobbit por su transformación.
Bilbo trató de escabullirse, pero no lo hizo a tiempo, porque él notó sus movimientos y se acercó.
—¿Qué eres? —Se oyó preguntar Bilbo, sin planearlo.
—Sigo siendo Smaug, el dragón, pero también soy un cambiante —respondió él.
—¿Cambiante? —Soltó Bilbo.
—Eso significa que mi piel puede tomar la forma de un dragón y la de… esto —respondió. No parecía muy contento con aquella apariencia—. Sin embargo, siempre lo he podido hacer cuando yo lo deseo y, en esta ocasión, mi transformación fue involuntaria. No sé por qué, pero creo que tú tuviste algo que ver en ello.
Bilbo retrocedió, negando con la cabeza. Su espalda chocó contra algo duro y se dio cuenta que era el tronco de un árbol.
Smaug, en su forma humanizada, dio dos pasos hacia el hobbit. Inclinó su cuerpo hacia el de Bilbo y, tranquilamente, apoyó sus manos en el tronco, a cada lado del rostro del hobbit. Bilbo comenzó a sentirse incómodo, sobre todo porque era demasiado consciente de la desnudez de Smaug.
—¿Sabes? Nunca me ha gustado este cuerpo, es demasiado débil y vulnerable —dijo él observando al hobbit. Su voz había perdido volumen, pero seguía siendo tan profunda como cuando era un dragón—. Así que decidí dejar de transformarme y quedarme con el cuerpo del dragón. Han pasado docenas de años desde que no tomo esta apariencia… quizás por eso cambié, quizás no es tu culpa, pequeño hobbit.
Bilbo quería alejarse de Smaug, pero si daba un paso su nariz rozaría con la de él y no quería tocarlo, en verdad no quería. La cercanía de aquellos ojos verdes ya era demasiado para él.
—Supongo que este cuerpo debe tener algunos beneficios… —sonrió Smaug— Es momento que comiences a pagar tu deuda, hobbit.
—¿Qué quieres?
—Comer. Aliméntame. —Exigió. Parecía como si sus ojos se hubieran oscurecido un poco— La transformación siempre me da mucha hambre.
—Pero no tengo comida aquí —soltó Bilbo, de pronto nervioso porque una de las manos de Smaug se dirigía a su rostro. Recordar la piel del dragón hizo que se sorprendiera cuando los dedos de aquella forma humanizada tocaron su mejilla. Ahora, la piel de Smaug era tan suave y cálida como la suya.
Bilbo se ruborizó.
—Eres tan pequeño —dijo Smaug, sonriendo— y tan, tan frágil que cualquier cosa podría matarte.
Al hobbit no le gustó el camino que tomaba la conversación, trató de decir algo, pero se quedó sin palabras cuando Smaug enterró la cara en su cuello.
—Sería tan sencillo terminar con tu vida; si yo te mordiera exactamente aquí —Smaug acercó los labios a su piel, en el punto exacto donde se encontraba su pulso— morirías desangrado en poco tiempo.
—¡Tengo comida en mi casa! —Exclamó Bilbo— ¡Puedes comerte todo lo que hay ahí, pero no me comas a mí!
Smaug se rió; Bilbo sintió su aliento recorrerle la piel.
—No te voy a comer, pequeño hobbit —dijo él—, aunque tu aroma es realmente delicioso…
La lengua de Smaug acarició lentamente el cuello de Bilbo.
—… y tu sabor es aún mejor. Pero aceptaré tu oferta; aliméntame y me iré.
Por fin, Smaug retrocedió y Bilbo pudo poner una distancia segura entre los dos. Sin embargo, ahora que estaba libre, no creía que era muy buena idea llevarlo a la Comarca, aún cuando tenía apariencia de hombre.
Smaug pareció detectar su indecisión porque dijo: —¿Quieres que me arrepienta de dejarlos vivir?
—Te llevaré a mi casa.
Primero, sin embargo, se quitó su abrigo y se lo dio a Smaug. Él arqueó una ceja.
—¿Te incomoda mi desnudez, hobbit? —Cuestionó, divertido— Eso no parecía importante cuando yo era un dragón.
—No puedes entrar a la Comarca aquí —respondió Bilbo, frunciendo el ceño. Smaug, con una sonrisa, cubrió su cuerpo con el abrigo.
Caminaron bastante tiempo, uno delante del otro (ya que Bilbo no quería acercarse mucho a Smaug), hasta que el hobbit sintió que algo cálido resbalaba por la palma de su mano. Se detuvo, sin darse cuenta que Smaug lo observaba con curiosidad. Observó su mano y notó una herida larga pero poco profunda, de la que brotaba sangre espesa y brillante. Era la herida que se había hecho al caer al suelo... Suspiró, pensando que faltaba poco para llegar a casa y que ahí podría limpiársela y vendarla.
Estaba a punto de seguir, cuando sintió que los dedos de Smaug se cerraban en torno a su muñeca.
—Permíteme, sé qué hacer con esto.
Antes de que Bilbo pudiera protestar, Smaug puso la mano del hobbit frente a su rostro y comenzó a pasar la lengua una y otra vez por su herida.
Bilbo sintió su cara calentarse nuevamente. Trató de quitarse pero el agarre de Smaug era muy fuerte, así que tuvo que observar y sentir cómo la lengua de él, lentamente, absorbía la sangre que hubiera escurrido por su piel durante todo el camino. Finalmente, la herida quedó limpia y había dejado de sangrar.
Smaug le sonrió y se pasó la lengua por los labios. Finalmente, lo soltó.
—Mucho mejor —dijo.
Bilbo decidió que lo mejor era ignorarlo, así que lo hizo (o por lo menos lo intentó) hasta que llegaron a la Comarca. Cuando estuvieron ahí, sin embargo, Bilbo tuvo que lidiar con la curiosidad de muchos hobbits que lo vieron llegar del bosque y acompañado de alguien a quien no habían visto jamás. Se puso nervioso al pensar que toda aquella atención pudiera molestar de tal manera a Smaug que terminara por transformarse de nuevo y destruir todo. Así que se acercó a él y lo tomó de la mano para conducirlo entre todo el alboroto. Y es que, a pesar de que los hobbits son seres tranquilos y, en ocasiones, indiferentes a los extranjeros; les molesta cuando algo irrumpe en su perfecta quietud. Así que no era de extrañarse que los hobbits observaran fijamente a Bilbo y a su acompañante o que lo interrogaran sobre la ventisca que cimbró todo el lugar o el extraño ruido que había llegado del bosque.
—Creo que fue un rugido —le había dicho uno de ellos a Bilbo.
—Tonterías, yo vengo de ahí y te puedo asegurar que no había nada extraño —respondió él—, fue sólo el viento.
Otros hasta se atrevieron a preguntar por su acompañante, a lo que Bilbo les contestaba que se trataba de un amigo.
Sólo pudo respirar un poco más cuando llegaron a su casa y él pudo cerrar la puerta tras de sí.
—¿Dónde está la comida? —Cuestionó Smaug, quitándose el abrigo.
—Póntelo de nuevo —se escuchó decir Bilbo, sintiendo que volvía a ruborizarse.
—¿Por qué? —Sonrió Smaug— Creí que era para cruzar todo este lugar. Aquí nadie puede verme, además así me siento más cómodo.
—¡Yo puedo verte! —Exclamó Bilbo, provocando que Smaug se riera— Por favor, póntelo.
Por lo menos, al final, él le hizo caso. Después lo condujo a su comedor y le sirvió todo lo que pidió: una docena de pan, una barra entera de queso, carne, leche, jugo… Bilbo pensó que aquello no terminaría nunca y que su alacena quedaría vacía, hasta que, al fin, después de comerse una tarta de manzana, él dijo que estaba satisfecho.
Smaug se levantó de la mesa y se dirigió hacia él, una de sus manos se extendió hacia su rostro, pero Bilbo fue más rápido y lo esquivó.
—Dijiste que te irías.
Al parecer decir eso había estado mal, porque Smaug frunció el ceño.
—¿Y si quiero quedarme un poco más?
Se acercaba la noche y Bilbo no iba a permitir que un dragón (aunque tuviera apariencia de hombre) durmiera en su casa.
—¿No necesitas volver a vigilar tu oro?
Los ojos de Smaug brillaron con codicia, al parecer Bilbo había dado en el blanco. Sin embargo, por un extraño momento, le pareció que dudaba, aunque bien pudo ser sólo su imaginación.
—Sí, tienes razón.
Smaug le pidió que lo condujera de nuevo al bosque, al lugar dónde se habían encontrado. Y justo al momento de llegar, cuando Bilbo creyó que todos sus problemas se esfumarían pronto, se escucharon los cascos de un caballo.
—¿Qué es eso? —Cuestionó Bilbo.
Smaug se colocó delante del hobbit.
—Eso es un maldito mago.
Pero Bilbo conocía perfectamente a ese mago, era amigo suyo: Gandalf el gris. Y justo en el instante en el que el caballo se detuvo, la piel de Smaug volvió a cambiar. Creció a una altura impresionante, ante la mirada atónita del mago y la consternación de Bilbo. El caballo parecía querer salir huyendo, pero Gandalf logró controlarlo.
—¡Bilbo, cuidado! —Gritó el mago, al reconocer al hobbit. Trató de llegar a él con su caballo, pero cuando estaba cerca de él, la enorme cabeza del dragón se interpuso entre ellos y le gruñó ferozmente al mago.
Bilbo lo adivinó todo antes de que sucediera: Gandalf levantaba su cayado y Smaug mostraba los dientes como si estuviera a punto de lanzar una llamarada de fuego.
—¡Smaug, espera! ¡Lo prometiste, dijiste que no lastimarías a nadie! Gandalf, por favor, detente…
—No lastimaré a ningún hobbit, pero él no es un hobbit —gruñó Smaug.
Bilbo estaba desesperado, sabía que, aunque Gandalf era un mago poderoso, jamás tendría oportunidad en un enfrentamiento contra un dragón tan grande como Smaug.
Tenía que hacer algo. Pero no se le ocurría nada más que insistirle al dragón. Dando muestra de más valor del que tenía, tocó el hocico del dragón, el cual todavía estaba cerca de él. Los ojos del dragón lo observaron fijamente.
—Por favor, Gandalf es mi amigo.
Smaug parecía muy molesto, pero justo cuando Bilbo creía que todo terminaría mal, el dragón dijo: —Tienes suerte, mago.
El dragón despegó, sin más. Gandalf estaba dividido entre tantas emociones en aquel momento, que no pudo hacer nada. Y Bilbo se sintió más tranquilo, ya que si el mago atacaba, estaba seguro que el dragón regresaría a matarlo.
—¿Estás bien, Bilbo? —El mago había bajado del caballo y ahora estaba inclinado completamente hacia el hobbit, observándolo con preocupación.
Bilbo asintió.
—Creo que me debes algunas explicaciones de lo que pasó aquí, Bilbo.
El hobbit suspiró, sabiendo que no tenía otra opción que contarle toda la historia. Pero no lo hizo hasta que llegaron a su casa y, por supuesto, que omitió algunas cosas del relato. Sin embargo, le había contado lo esencial.
—¿Mediano?
La voz profunda de Thorin lo regresó a la realidad. El enano, como siempre, le dirigía una mirada ceñuda.
—¿Estás bien?
Bilbo asintió. Thorin gruñó y se sentó en una silla, con los brazos cruzados; ya que había vuelto a ignorarlo, el hobbit pudo verlo detenidamente. Debía admitir que nunca había conocido a alguien tan… no sabría cómo decirlo, alguien que estuviera tan acostumbrado a dar órdenes como él. Era bastante alto para ser un enano y tenía un impresionante cabello largo, oscuro (con algunas canas que, extrañamente, no lo hacían ver viejo), además tenía unos fascinantes ojos azules que Bilbo se había encontrado observando más de una vez. Le gustaba su barba oscura, no era tan larga como la de otros enanos, pero, en ocasiones, a Bilbo le daban ganas de tocarla.
Escuchó gruñir otra vez a Thorin y Bilbo no pudo evitar reírse. Desde que Gandalf le había pedido que lo esperara ahí, el príncipe no había parado de quejarse y estar moviéndose de un lado a otro. Si es que existía alguna criatura en la Tierra Media que odiara más la pacífica vida de un hobbit, ése sería Thorin Oakenshield. Sin embargo, después de unos días de conocer a Thorin, ahora su malhumor le resultaba bastante divertido a Bilbo. Por supuesto, él nunca permitía que Thorin notara lo mucho que disfrutaba verlo quejarse.
De pronto, se escucharon unos ruidos extraños que provenían del jardín y después, unos golpes en la puerta. Thorin se levantó rápidamente, alerta. Bilbo sonrió y sin pensarlo tomó a Thorin por el brazo.
—No hay ningún peligro allá afuera, Thorin —dijo.
Thorin lo observó unos momentos y después a los dedos que lo aferraban con firmeza. Arqueó una de sus oscuras cejas hacia él. Bilbo, al darse cuenta, se ruborizó y lo soltó inmediatamente.
—Sólo son niños, bueno, en realidad, sólo uno —añadió, abriendo la puerta.
Entonces, una pequeña y adorable figura entró a su casa. El pequeño Frodo extendió los brazos hacia él.
—¡Tío Bilbo!
Bilbo sacudió el cabello del niño y lo levantó en brazos.
—¿Dónde está tu madre?
—Está en el mercado comprando manzanas y cómo se tardaba tanto yo decidí venir a visitarte.
Frodo sonrió y rodeó el cuello del hobbit con sus pequeños brazos. Bilbo sintió que su corazón se sacudía con ternura. Definitivamente, lo que más amaba de la Comarca era a Frodo.
—Pero supongo que le dijiste a tu madre a donde ibas, ¿verdad?
Frodo asintió.
—¿Quién es él, tío Bilbo? ¿Es tu amigo?
Bilbo no se había dado cuenta qué tan cerca estaba Thorin en esos momentos hasta que giró su cabeza y vio a Frodo tomar uno de los mechones del cabello del príncipe. El hobbit, creyendo que eso haría enfadar a Thorin, trató de pensar en una forma en que Frodo lo soltara.
—Frodo no debes…
Sin embargo, sucedió algo que lo sorprendió bastante; Thorin no sólo no parecía molesto, sino que le regaló una amplia sonrisa sincera a Frodo. Era la primera vez, desde que lo había conocido, que lo veía sonreír. Fue extraño, en realidad, ya que todos los rasgos en el rostro de Thorin se suavizaron y lo hicieron verse más atractivo.
De pronto, Bilbo experimentó una punzada en su corazón; le parecía verdaderamente injusto que después de su hospitalidad y de todas las comidas que le había preparado él jamás se hubiera hecho merecedor de una sonrisa así y, en cambio, Frodo llegaba y conseguía una sonrisa sin hacer nada…
—¡Hola, me llamo Frodo! —Saludó el pequeño hobbit, todavía en los brazos de Bilbo.
—Thorin Oakenshield a tu servicio —respondió él, sonriendo aún.
Los dedos de Frodo soltaron el cabello de Thorin, por fin. El niño parecía fascinado.
—¿Oakenshield? ¿Por qué te dicen así?
—Porque utilicé un roble como escudo en la batalla de enanos y orcos, en Moria.
Bilbo cada vez estaba más asombrado; Thorin lucía tranquilo, respondía a cada pregunta de Frodo con paciencia y amabilidad, como si estuviera habituado a los niños.
—¿Has matado a muchos orcos?
—Sí.
Frodo abrió los ojos, como platos. Siendo un hobbit, había crecido en un mundo en que las batallas, espadas y sangre eran sólo parte de alguna historia en algún libro de aventuras.
—Creo que es momento que regreses con tu madre —dijo Bilbo.
Frodo no parecía muy convencido, pero finalmente asintió.
—¡Adiós, Thorin Oakenshield! —Exclamó sonriendo.
Thorin le sacudió el cabello.
—Adiós, Frodo.
Cuando el niño salió corriendo alegremente de la casa y Bilbo pudo cerrar la puerta, se giró hacia Thorin.
—Me recuerda a Fili y a Kili, cuando eran niños —comentó Thorin, todavía sonriendo.
Por supuesto, el hobbit no tenía idea de quiénes eran ellos y el enano debió adivinarlo por la expresión que se dibujó en su rostro.
—Los hijos de mi hermana.
En los ojos azules de Thorin brillaban sus recuerdos; Bilbo podía adivinar tan sólo por su expresión lo mucho que él amaba a sus sobrinos.
—¿Qué? —Espetó él, al notar que lo miraba fijamente.
Bilbo se ruborizó.
—Es que yo pensé…
—¿Qué no tenía sentimientos? —Se rió Thorin. Al parecer la visita de Frodo parecía haberlo relajado un poco— Sí los tengo, hobbit.
—¡No! ¡No quise decir…!
Pero Thorin lo ignoró y volvió a sentarse, esta vez cerca de la ventana. Bilbo lo siguió.
—Fue hace tanto tiempo que ahora me parece increíble pensar que ellos alguna vez estuvieron de ese tamaño, tan pequeños —dijo Thorin, como si estuviera hablando consigo mismo. Y aunque tal vez era así, Bilbo lo escuchaba con atención.
Thorin se giró y le sonrió. Bilbo no pudo evitar corresponderle, así como tampoco pudo evitar que su corazón diera una sacudida.
Unos golpes en la puerta rompieron el momento y la expresión de Thorin se volvió seria, de nuevo.
—¡Gandalf! —exclamó el hobbit cuando abrió la puerta.
El mago entró apresuradamente y con agitación, sin saludar se dirigió hacia Bilbo.
—Vendrás con nosotros.
Por supuesto, debía haber escuchado mal, porque Gandalf jamás pretendería que él… sabía perfectamente que Bilbo difícilmente salía de su casa y que nunca aceptaría una invitación a una aventura que implicara cualquier clase de riesgo. Además, ninguno de los dos se había molestado en explicarle nada…
No, definitivamente no iría. Aunque, una pequeña parte de él tenía curiosidad.
