Percy y yo estábamos acostumbrados a tener experiencias raras de vez en cuando, pero solían terminar pronto. Aquella alucinación veinticuatro horas al día, siete días a la semana, era más de lo que podía soportar. Y que mi hermano también la tuviera no ayudaba para nada.
Durante el resto del curso, el colegio entero pareció dispuesto a jugárnosla. Los estudiantes se comportaban como si estuvieran convencidos de que la señora Kerr —una rubia alegre que no habíamos visto en nuestras vidas hasta que subió al autobús al final de aquella excursión— era nuestra profesora de introducción al álgebra desde Navidad. De vez en cuando sacábamos a colación a la señora Dodds, buscando pillarlos en falso, pero se quedaban mirándonos como si fuéramos unos psicópatas.
Hasta el punto de que casi acabamos creyéndolos: la señora Dodds nunca había existido.
Casi.
Grover no podía engañarnos. Cuando le mencionábamos el nombre Dodds, vacilaba una fracción de segundo antes de asegurar que no existía. Pero sabíamos que mentía. Algo estaba pasando. Algo había ocurrido en el museo. No tenía demasiado tiempo para pensar en ello durante el día, pero por la noche las terribles visiones de la señora Dodds con garras y alas coriáceas me despertaban entre sudores fríos.
El clima seguía enloquecido, cosa que no mejoraba mi ánimo. Una noche, una tormenta reventó las ventanas de mi habitación. Unos días más tarde, el mayor tornado que se recuerda en el valle del Hudson pasó a sólo ochenta kilómetros de la academia Yancy. Uno de los sucesos de actualidad que estudiamos en la clase de sociales fue el inusual número de aviones caídos en el Atlántico aquel año.
Percy y yo empezamos a sentirnos malhumorados e irritables la mayor parte del tiempo. Nuestras notas bajaron drásticamente, nos peleamos más con Nancy Bobofit y sus amigas, y acabábamos castigados en la mayoría de las clases.
Al final, cuando el profesor de inglés, el señor Nicoll, le preguntó a Percy por millonésima vez cómo podía ser tan perezoso que ni siquiera estudiaba para los exámenes de deletrear, saltó. Le llamó viejo ebrio, significara lo que significara, sonaba bien.
A la semana siguiente el director envió una carta a nuestra madre, dándole así rango oficial: el próximo año no seríamos invitados a volver a matricularnos en la academia Yancy. La razón por la que yo también estaba incluida en el lote fue un misterio para mí, pero, tristemente, no una sorpresa.
«Mejor —me dije—. Mejor».
No es como si quisiera estar en Yancy sin Percy. Quería estar con él y mi madre en nuestro pequeño apartamento del Upper East Side, aunque tuviera que ir al colegio público y soportar a nuestro detestable padrastro y sus estúpidas partidas de póquer.
No obstante, había cosas de Yancy que echaría de menos. La vista de los bosques desde la ventana de mi dormitorio, el río Hudson en la distancia, el aroma a pinos. Echaría de menos a Grover, que había sido un buen amigo, aunque fuera un poco raro; Percy y yo nos preocupábamos por cómo sobreviviría el año siguiente sin nosotros.
También echaría de menos la clase de latín: las locas competiciones del señor Brunner y su fe en que podíamos hacerlo bien.
Se acercaba la semana de exámenes, y sólo estudié para su asignatura. No había olvidado lo que Brunner me había dicho sobre que aquella asignatura era para mí y para Percy una cuestión de vida o muerte. No sabía muy bien por qué, pero el caso es que empezamos a creerlo.
Aún así, la tarde antes de nuestro examen final, ni siquiera había intentado estudiar. Ahí me di cuenta de que tenía un problema grave. Yo no era una estudiante modelo, pero al menos hacía lo posible para sacar, como mínimo, un aprobado raspado.
Recordé la seria expresión de Brunner, su mirada de mil años.
«Sólo voy a aceptar lo mejor de vosotros, Percy y Lily Jackson.»
Necesitaba hablar con el señor Brunner. Por lo menos tendría ocasión de disculparme por el muy deficiente que iba a sacar en su examen. No quería abandonar la academia Yancy y que él pensara que no lo había intentado.
Bajé y caminé por uno de los pasillos desiertos.
—¿Qué haces aquí? —me sobresaltó una voz.
Vale, no tan desiertos.
Era Percy, con su pijama holgado y su libro de mitología en la mano. Sonreí levemente. Él tampoco quería decepcionar a su profesor favorito.
—Voy a ver al señor Brunner —respondí—. ¿Y tú?
—Igual —se encogió de hombros—. ¿Vamos?
Asentí y abandonamos juntos el tétrico pasillo hacia los despachos de los profesores. La mayoría se encontraban vacíos y a oscuras, pero la puerta del señor Brunner estaba entreabierta y la luz se derramaba por el pasillo.
Estaba a tres pasos de la puerta cuando oí voces dentro. Brunner formuló una pregunta y la inconfundible voz de Grover respondió:
—... preocupado por Percy y Lily, señor.
Nos quedamos inmóviles. No acostumbramos escuchar detrás de las puertas, pero a ver quién es capaz de no hacerlo cuando oyes a tu mejor amigo hablar de ti con un adulto. Es como si te pidieran a gritos que espiases.
Nos acercamos más, centímetro a centímetro.
—... solo este verano —decía Grover—. Quiero decir, ¡hay una Benévola en la escuela! Ahora que lo sabemos seguro, y ellos lo saben también...
—¿Benévola? —repetí, susurrando. ¿Qué carajo significaba eso?
—Si les presionamos tan sólo empeoraremos las cosas —respondió Brunner—. Necesitamos que los chicos maduren más.
Difícil.
—Pero puede que no tengan tiempo. La fecha límite del solsticio de verano...
—Tendremos que resolverlo sin Percy y Lily. Déjalos que disfruten de su ignorancia mientras puedan.
—Señor, ellos la vieron...
—Fue producto de su imaginación —insistió Brunner—. La niebla sobre los estudiantes y el personal será suficiente para convencerles.
—Señor, yo... no puedo volver a fracasar en mis obligaciones —Grover parecía emocionado—. Usted sabe lo que significaría.
—No has fallado, Grover —repuso Brunner con amabilidad—. Yo tendría que haberme dado cuenta de qué era. Ahora preocupémonos sólo por mantener a Percy y a Lily con vida hasta el próximo otoño...
Un ruido resonante se oyó de repente. El profesor se interrumpió de golpe y se quedó callado. Miré hacia mi derecha para ver a Percy, con una expresión culpable, y su libro de mitología en el suelo. Prácticamente le maté con la mirada.
¡Idiota!
Antes de que me pudiera dar cuenta, mi hermano había recogido su libro, agarrado mi mano y haciéndonos retroceder a los dos por el pasillo. Una sombra cruzó el cristal iluminado de la puerta del despacho, la sombra de algo mucho más alto que Brunner en su silla de ruedas, con algo en la mano que se parecía sospechosamente a un arco.
Percy abrió la puerta contigua y nos escabullimos dentro. Al cabo de unos segundos oí un suave clop, clop, clop, como de cascos amortiguados, seguidos de un sonido de animal olisqueando, justo delante de la puerta.
¿Habían un caballo y un perro dentro de la academia o qué?
Una silueta grande y oscura se detuvo un momento delante del cristal, y prosiguió. Una gota de sudor me resbaló por el cuello. En algún punto del pasillo el señor Brunner empezó a hablar de nuevo.
—Nada —murmuró—. Mis nervios no son los que eran desde el solsticio de invierno.
Fruncí el ceño. ¿Por qué mencionaban tanto los solsticios?
—Los míos tampoco... —repuso Grover—. Pero habría jurado...
—Vuelve al dormitorio —le dijo Brunner—. Mañana tienes un largo día de exámenes.
—No me lo recuerde.
Las luces se apagaron en el despacho. Esperamos en la oscuridad lo que pareció una eternidad. Al final, salimos de nuevo al pasillo y volvimos a nuestros dormitorios.
—¿A dónde fuiste? —Me sobresalté al oír la voz adormilada de Emma. Casi me había olvidado de que estaba allí.
Ella era mi compañera de habitación desde el principio de curso. Siempre estaba pendiente de cualquier cotilleo que ocurriera en la academia. Razón por la cual no había llegado a caerme del todo bien.
Me puse rápidamente mi pijama antes de responderle.
—A hablar con Brunner, pero no estaba en su despacho.
—¿Estás bien? —me preguntó. Sus ojos marrones se entrecerraron, no estaba segura de si era por la sospecha o por el sueño—. Tienes mala cara.
Asentí, apresurándome para meterme entre las sábanas.
—Sólo estoy... cansada.
Emma me miró un segundo, intrigada, pero supongo que el sueño pudo más que su curiosidad, porque se encogió de hombros enseguida y se dio la vuelta en su cama, sacudiendo su pelo rubio.
Me volví para ocultar mi expresión y me acosté en mi cama. No comprendía qué había escuchado allí abajo. Quería creer que me lo había imaginado todo, pero yo tenía varias cosas claras.
La primera: Grover y el señor Brunner estaban hablando de mí y de Percy a nuestras espaldas.
La segunda: pensaban que corríamos algún tipo de peligro.
La tercera: algo gordo había ocurrido en el solsticio de invierno.
Y la cuarta: algo aún más gordo iba a ocurrir en el solsticio de verano, en apenas unas semanas.
La tarde siguiente estuve esperando a que Percy saliera de su examen de tres horas de latín o, como yo lo llamaba, cruel tortura. Lo hizo, pero con una expresión de enfado y rabia que me desconcertó. Percy me explicó como Brunner le había llamado cuando había entregado su examen. Temí que hubiese descubierto que los habíamos oído hablar la noche anterior, pero no era eso. Brunner se había dedicado a decirle, delante de la clase, cómo éste no era el lugar para ellos y que era cuestión de tiempo que acabaran expulsados. Después de repetirles durante todo el año que creía en ellos, ahora salía con que estaban destinados a la patada. Quizás no hubiera sido con esas palabras, pero era lo que Percy había sentido. Y ni yo misma pude evitar sentirme traicionada.
El último día del trimestre hicimos la maleta. Los otros chicos bromeaban, hablaban de sus planes de vacaciones. Uno de ellos iba a hacer excursionismo en Suiza. Otro, de crucero por el Caribe durante un mes. Eran delincuentes juveniles, como nosotros, pero delincuentes juveniles ricos. Sus padres eran ejecutivos, o embajadores, o famosos. Percy y yo éramos unos don nadies, surgidos de una familia de don nadies, los cuales no se podían permitir excursionismos en países extranjeros ni cruceros en mares exóticos.
Nos preguntaron qué pensaban hacer nosotros aquel verano, y Percy les respondió que volvían a la ciudad. Se abstuvo de mencionar que durante las vacaciones necesitaríamos conseguir algún trabajo paseando perros o vendiendo suscripciones de revistas, y pasar el tiempo libre preocupándonos por si encontraríamos escuela en otoño.
—Ah —dijo uno—. Eso mola. —Y volvió a lo suyo, sin darnos una segunda mirada.
La única persona de la que temíamos despedirnos era Grover, pero luego no tuvimos que preocuparnos al parecer: había reservado un billete a Manhattan en el mismo autobús Greyhound que nosotros, así que allí íbamos, otra vez camino de la ciudad. No pude evitar preguntarme si lo había hecho aposta.
Grover no paró de escudriñar el pasillo todo el trayecto, observando al resto de los pasajeros. Reparé entonces en que siempre se comportaba de manera nerviosa e inquieta cuando abandonábamos Yancy, como si temiese que ocurriera algo malo. Antes suponía que le preocupaba que se metieran con él, pero en aquel autobús no iba nadie que pudiera meterse con él.
Al final no pude aguantarme y le dije:
—¿Buscas Benévolas?
Ni Percy ni yo pudimos evitar reír ante el sobresalto exagerado de Grover.
—¿Qué... qué quieres decir?
Le tembló un párpado cuando le contamos que habíamos escuchado su charla no-tan-secreta con Brunner.
—¿Qué oísteis? —preguntó.
—Oh... no mucho —dijo Percy—. ¿Qué es la fecha límite del solsticio de verano?
—Mirad, chicos... —se estremeció—. Sólo estaba preocupado por vosotros. Ya sabéis, por eso de que alucináis con profesoras de matemáticas diabólicas...
—Grover...
—Le dije al señor Brunner que a lo mejor teníais demasiado estrés o algo así, porque no existe ninguna señora Dodds, y...
—Grov —suspiré—, como mentiroso no te ganarías la vida.
Se le pusieron las orejas coloradas. Sacó dos tarjetas mugrientas del bolsillo de su camisa.
—Mira, tomad esto, ¿de acuerdo? Por si me necesitáis este verano.
La tarjeta tenía una tipografía mortal para mis ojos disléxicos, pero al final conseguí entender algo parecido a:
Grover Underwood
Guardián Colina Mestiza
Long Island, Nueva York
(800) 009 0009
Ladeé la cabeza confusa. Seguramente parecía un perro desorientado.
—¿Qué es Colina Mes...?
—¡No lo digas en voz alta! —musitó—. Es mi... dirección de verano.
Menuda decepción. Grover tenía residencia de verano. Nunca me había parado a pensar que su familia podía ser tan rica como las demás de Yancy.
—Vale —contestó Percy, alicaído. Debía de pensar lo mismo que yo—. Ya sabes, suena como... a invitación a visitar tu mansión.
Asintió.
—O por si me necesitáis.
—¿Por qué íbamos a necesitarte? —le preguntó con demasiada rudeza.
—¡Percy! —le reprendí.
Grover tragó saliva.
—Mirad, chicos, la verdad es que yo... bien, digamos que tengo que protegeros.
—¿Perdón? —me atraganté, atónita.
Habíamos pasado todo el año peleándonos, manteniendo a los abusones alejados de él. Había perdido el sueño preocupándome por qué sería de él cuando no estuviéramos. Y allí estaba el muy caradura, comportándose como si fuese nuestro protector.
—Grover —dijo Percy—, ¿de qué tienes que protegernos exactamente?
Se produjo un súbito y chirriante frenazo y empezó a salir un humo negro y acre del salpicadero. El conductor maldijo a gritos y a duras penas logró detener el Greyhound en el arcén. Bajó presuroso y se puso a aporrear y toquetear el motor, pero al cabo de unos minutos anunció que teníamos que bajar. Nos hallábamos en mitad de una carretera normal y corriente: un lugar en el que nadie se fijaría de no sufrir una avería. En nuestro lado de la carretera sólo había arces y los desechos arrojados por los coches.
En el otro lado, cruzando los cuatro carriles de asfalto resplandeciente por el calor de la tarde, un puesto de frutas de los de antes. La mercancía tenía una pinta fenomenal: cajas de cerezas rojas como la sangre, y manzanas, nueces y albaricoques, jarras de sidra y una bañera con patas de garra llena de hielo. No había clientes, sólo tres ancianas sentadas en mecedoras a la sombra de un arce, tejiendo el par de calcetines más grande que he visto nunca. Me refiero a que tenían el tamaño de jerséis, pero eran claramente calcetines. La de la derecha tejía uno; la de la izquierda, otro. La del medio sostenía una enorme cesta de lana azul eléctrico.
Me volví hacia Grover para comentárselo y vi que había palidecido. Tenía un tic en la nariz.
—¿Grover? Oye...
—Dime que no os están mirando. No os están mirando, ¿verdad?
—Pues sí —dijo Percy—. Raro, ¿eh? ¿Crees que me irán bien los calcetines?
—No tiene gracia, Percy. Ninguna gracia.
—No, no la tiene —coincidí, molesta—. Están siendo bastante groseras. ¡Ni están pestañeando! —Alcé la voz y les grité—: ¡Oigan, señoras, es de mala educación quedarse mirando a alguien fijamente!
—¡Lily, por favor, cállate! —me suplicó Grover. Me miraba con los ojos muy abiertos, desquiciado. Parecía a punto de sufrir un infarto.
La anciana del medio sacó unas tijeras enormes, de plata y oro y los filos largos, como una podadora. Grover contuvo el aliento.
—Subamos al autobús —nos dijo—. Vamos.
—¿Qué? —se quejó Percy—. Ahí dentro hace mil grados.
—¡Vamos!
Abrió la puerta, pero Percy y yo nos quedamos atrás. Al otro lado de la carretera, las ancianas seguían mirándonos. Seguía sin estar segura de a cuál de nosotros dos miraban. La del medio cortó el hilo, y juro que oí el chasquido de las tijeras pese a los cuatro carriles de tráfico. Sus dos amigas hicieron una bola con los calcetines azul eléctrico, y me dejaron con la duda de para quién serían: si para un Bigfoot o para Godzilla.
En la trasera del autobús, el conductor arrancó un trozo de metal humeante del compartimiento del motor. Luego le dio al arranque. El vehículo se estremeció y, por fin, el motor resucitó con un rugido. Los pasajeros vitorearon.
—¡Maldita sea! —exclamó el conductor, y golpeó el autobús con su gorra—. ¡Todo el mundo arriba!
En cuanto nos pusimos en marcha empecé a sentirme febril, como si hubiera contraído la gripe. Grover no tenía mejor aspecto: temblaba y le castañeteaban los dientes.
—Grover —lo llamó Percy.
—¿Sí?
—¿Qué es lo que no nos has contado?
Se secó la frente con la manga de la camisa.
—Chicos, ¿qué has visto en el puesto de frutas?
—¿Te refieres a las ancianas? —preguntó Percy—. ¿Qué les pasa? No son como la señora Dodds, ¿verdad?
Su expresión era difícil de interpretar, pero me dio la sensación de que las mujeres del puesto de frutas eran algo mucho, mucho peor que la señora Dodds.
—Decidme sólo lo que visteis —insistió.
—La de en medio sacó unas tijeras y cortó el hilo —respondí, encogiéndome de hombros. ¿Por qué le importaba tanto lo que hubieran hecho aquellas viejas mironas?
Cerró los ojos e hizo un gesto con los dedos que habría podido ser una señal de la cruz, pero no lo era. Era otra cosa, algo como... más antiguo.
—¿La habéis visto cortar el hilo?
—Sí. —Mi hermano asintió—. ¿Por qué?
—Ojalá esto no estuviese ocurriendo —murmuró Grover, y empezó a mordisquearse el pulgar—. No quiero que sea como la última vez.
—¿Qué última vez? —pregunté.
—Siempre en sexto. Nunca pasan de sexto.
—Grover —repuso, pareciendo un poco asustado—, ¿de qué diablos estás hablando?
—Dejadme que os acompañe hasta vuestra casa. Prometedlo.
Era una petición rara, pero lo prometimos.
—¿Es como una superstición o algo así?
No obtuve respuesta.
—Grover, el hilo que la anciana cortó... ¿significa que alguien va a morir?
Su mirada estaba cargada de aflicción, como si ya estuviera eligiendo las flores para nuestros ataúdes. Quizá debería decirle que mis favoritas eran los tulipanes morados.
