Nota inicial: Hola a todos. Ojala estén bien. Sólo para decirles dos cosas. La primera es que este segundo capítulo fue prácticamente reescrito, por tanto contiene muchas escenas extras. La segunda es que voy a participar en un concurso literario, en la categoría cuento (^^u), y debido a ello las actualizaciones de mis fics van a ser interrumpidas por un tiempo. ¿Cuánto? La verdad no sé, podría ser un mes, dos, o hasta tres. Todo depende de cuánto tiempo me tomé escribir los dos cuentos que estoy pensando presentar. En todo caso, les pido comprensión. Escribir es parte de mi vida y no puedo desaprovechar las oportunidades de publicación que se me presentan, más aun si vienen acompañadas de un premio en dinero nada despreciable (xD).


INFORMACIÓN HISTÓRICA

Dorios.- Se distinguían por su idioma, sociedad y tradición histórica. Los relatos tradicionales colocan su lugar de origen en las regiones del norte de Grecia antigua, desde donde algunas circunstancias desconocidas los condujeron hacia el sur, dentro del Peloponeso, a ciertas islas de la parte sur del Mar Egeo, y a la costa sur de Asia Menor. Durante cierto tiempo se consideró su irrupción como una invasión que desestabilizó los estados micénicos (de origen aqueo) destruyendo sus formas culturales, sustituyéndolas por la de los invasores. Esta teoría está hoy día siendo revisada al no encontrarse pruebas de la mencionada invasión y sí pruebas de una cohabitación más prolongada. Su área de dominio histórico los sitúa en el Peloponeso y en época clásica con el desarrollo de la cultura espartana, ejemplo eminente de la sociedad doria.

Fuente: Wikipedia.


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Parte II

En el palacio de Gordión se hallaba el Carro del rey Gordio, atado con corteza de cornejo y bajo la fantástica historia de que quien desatara el nudo se convertiría en el conquistador de toda Asia. Alejandro, al enterarse de ello, fue con los ancianos y les preguntó si era cierto aquello. Los ancianos temerosos de sus vidas y sin saber muy bien qué responder se arriesgaron a decir que sí. Alejandro reflexionó unos instantes y finalmente se encaminó con aire insolente hacia el famoso carro. Al llegar a su lado desenvainó su espada, calculó la distancia y cortó el aire con un tajo limpio, asestando en las sogas que al instante se rompieron.

—¡Eh aquí el conquistador de Asia! —exclamó, victorioso y arrogante—. ¡Eh aquí Alejandro III, su rey!

Los ancianos todavía no cabían en su sorpresa cuando una tormenta de relámpagos y truenos se desató sobre toda Gordión, haciendo que la soberbia de mi rey creciera insólitamente.

—Y eh ahí la aprobación de Zeus —dijo, guardando su espada. Dio media vuelta y desapareció entre los pasillos, dejándonos a todos boquiabiertos.

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Estando en Tarso Alejandro cayó terriblemente enfermo después de bañarse en las aguas heladas del Cidno. Preocupados, mandamos llamar a todos los médicos que nos acompañaban y les exigimos que encontraran una cura. Los hombres, cada uno más sabio que el otro, intercambiaron miradas y con el temor pintado en el rostro se replegaron sobre sí mismos, declarándose incapaces de tamaña misión. Nosotros al principio no lo creímos, pero al darnos cuenta que efectivamente nadie quería cargar con la responsabilidad de atender al rey, no sentimos indignados y a punto estuvimos de pasar a todos por cuchillo. Si no lo hicimos fue porque Filipo, médico oficial de la corte, desestimó los malos augurios y aceptó de buen grado hacerse cargo de la enfermedad. Fue así que en los siguientes días Alejandro estuvo sometido a cuanta medicina existía, sin recuperarse realmente. Filipo, contrariado y ya algo nervioso, decidió probar con una nueva medicina. La tarde en que iba a dársela Alejandro, estando en compañía nuestra, recibió una carta de Parmenión donde era advertido sobre las intenciones de Filipo, diciendo que los persas le habían hecho todo tipo de ofrecimientos a cambio de que lo asesinara.

Alejandro leyó la carta en silencio y la guardó debajo de la almohada sin comentarnos nada. Pasado un momento Filipo entró a la habitación con la medicina servida en una copa. Antes de tomarla mi rey sacó la carta y se la entregó. A partir de allí todo sucedió muy rápido. Alejandro se llevó la copa a los labios y empezó a beber al mismo tiempo que Filipo empezó a leer, mirándolo fijamente.

—¡Señor…!

El grito irrumpió en la habitación y cuando nos volvimos a ver el pobre hombre yacía en el suelo, con las manos en alto y el cuerpo tembloroso. Alejandro pidió calma y en un gesto hermoso extendió su mano hacia él.

—Tranquilo —le sonrió—. Confío en ti.

Filipo besó la mano entre sollozos clamando inocencia y finalmente cayó desmayado ante nuestros ojos atónitos. Las explicaciones estuvieron de más. Alejandro tuvo un par de recaídas, pero días después se levantó y fue a saludar a sus soldados.

—¡Y debiste ver cómo lo aclamaron!

Paré en seco y me adelanté un paso para ponerme delante de Camus. Abrí los brazos y simulé una multitud enardecida.

—¡Gritando, silbando, tirando cosas al aire!

—Puedo hacerme una idea.

—Ya lo creo, pero habrías tenido que estar allí para verlo. Fue simplemente increíble.

—Seguro que sí.

Volvimos a caminar, y al llegar a la fuente de la plazuela tomamos asiento. Él sobre el balaustre de piedra y yo sobre un banco que alguien había dejado olvidado. Guardamos silencio un momento y luego yo le señalé la estrella junto a la luna.

—¿Verdad que es hermosa?

—Bastante.

—Aunque me da la impresión que está muy sola allí. A sus hermanas debe intimidarles la luz de Artemisa.

Camus frunció ligeramente el ceño. Miró de nueva cuenta la estrella solitaria y luego me miró a mí.

—No podemos culparlas —dije—. A veces es difícil lidiar con tanta luz.

—¿Lo dices por Alejandro?

—Sí… Aunque en realidad estaba pensando en mi padre.

Pestañeó un par de veces y a continuación perdió los ojos en el cielo estrellado.

—Es difícil ser hijo único —dijo.

La afirmación me tomó por sorpresa y demoré en asimilar el significado. Cuando lo hice sonreí.

De ser simples conocidos, Camus y yo nos habíamos hecho amigos. Buenos amigos. O al menos eso me gustaba creer. No hace falta decir que nuestras personalidades eran completamente distintas. Él reservado y yo bromista. Se podría decir que al principio eso era algo que le incomodaba, pues nunca tenía la intención de dejarse llevar por sus emociones, pero pasado un tiempo logró superarlo y se amoldó a mi forma de ser. O quizá yo me amoldé a la suya. Como sea, contra todo pronóstico nos hicimos cercanos y adoptamos ciertas conductas, como conversar por las tardes y salir a entrenar muy temprano en las mañanas. Compartir libros y debatir sobre filosofía e historia. Prestarnos cosas y nos darnos noticias. Hacernos bromas, bueno, yo las hacía, y perder el tiempo en largas e improductivas contemplaciones astrales. Pero por encima de todo, interesarnos por la vida del otro y asegurarnos de estar siempre cerca en caso de alguna emergencia, o bueno, yo interesarme y estar cerca. Por eso, cuando Alejandro anunció que el destacamento de jinetes griegos iría a la costa a reforzar las tropas de Parmenión, sentí el piso moverse bajo mis pies. Tragué saliva y me pasé ambas manos por el rostro en un intento de despertar de un mal sueño. Al caer en cuenta que era algo real, pedí disculpas y salí a grandes trancos.

—¿Desde cuándo lo sabes? —fue la pregunta con que saludé a Camus—. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Acaso pensabas irte sin despedirte?

Él, por supuesto, no se inmutó. Metió a un morral un par de papiros y se acomodó las muñequeras de cuero antes de hablar.

—Me enteré anoche. No te lo dije porqué pensé que ya lo sabías. Y pensaba buscarte antes de bajar con mis hombres.

Pestañeé varias veces, para enseguida volver a arremeter.

—¿Pensabas que ya lo sabía? —pregunté—. Por todos los dioses, Camus, ¿por quién me tomas? De haberlo sabido no lo hubiera permitido.

Detuvo en seco el escrutinio de su bagaje y me clavó los ojos.

—¿No lo hubieras permitido?

Al caer en cuenta de mi metida de pata, de las ansias que me consumían y de la interrogación en su expresión, tragué saliva y mascullé una maldición. Lo cierto era que yo no podía ni debía intervenir en aquello. Camus esperó todavía un instante más, pero finalmente desvió la vista hacia la cama, donde su impecable capa esperaba a ser recogida. Extendió el brazo, pero se arrepintió y se encaminó hacia la mesa de la habitación, dándome la espalda.

—¿Puedo pedirte un favor? —preguntó. Tardé en responder y cuando lo hice no reconocí mi voz.

—Sí, claro.

—Escríbeme.

Escríbeme. ¿No les parece una palabra maravillosa? Dije sí con un balbuceo y como en un sueño lo vi hacerse de sus cosas, caminar hacia la puerta y alzar la mano. Le correspondí con el mismo gesto y pasé los siguientes instantes clavado al suelo, mirando el espacio vacío que su gallarda figura había dejado. Respiré profundamente y di media vuelta para también salir. Durante las siguientes dos semanas, a pesar del terrible estado de mi rey, de mi preocupación y creciente responsabilidad, de Clito y todos mis demás amigos, no hubo noche en que no me sentara frente a mi mesa y escribiera hasta entrada la madrugada. Desde lo más cotidiano hasta lo más existencial, desde lo más gracioso hasta lo más intimo. Papiros y papiros de confianza, de amistad y cierta inocencia. Noches de sueño profundo, días de quehaceres y tardes de silencios. Clito andaba ocupado y mis amigos preocupados. A veces me armaba de valor e iba a saludar a mi rey en su lecho de enfermo, tragándome la angustia que me producía escucharlo toser. Le tomaba las manos y sin permiso me las llevaba al cuello para calentarlas. Alejandro sonreía y enredaba sus dedos en mi abundante cabello castaño, maravillándose. "Espartano…", me decía. Yo le correspondía la sonrisa y salía antes de que las lágrimas me ganaran. Me encerraba en mi habitación y esperaba tumbado en mi cama que la noche se tragara todo antes de sentarme a escribir.

Esas cartas hicieron mi vida un poco más soportable esas semanas oscuras. Cuando al fin mi rey se hubo recuperado y recibimos la orden de partir, mi corazón ardió en gozo y casi sin darme cuenta preparé a mi regimiento. En más de una ocasión, estando sobre nuestros caballos, Clito me preguntó por qué tanta alegría y al no saber cómo responderle sólo atiné a sonreír. Al llegar a la costa de Issos Parmenión salió a recibirnos con las manos alzadas al cielo. "Gracias a Atena están aquí". Nos abrazó y besó, y casi nos ordenó a una asamblea de emergencia. En ella nos informó que Darío había amasado un gran ejército en Babilonia, que venía a nuestro encuentro y que era hora de empezar la ofensiva. Escuchamos atentos y después de un alturado debate decidimos adelantarnos. Parmenión se quedaría al mando de un regimiento para proteger la costa y además se encargaría de todos nuestros heridos. Esa misma noche fui a buscar a Camus y después de un gracioso saludo lo invité a caminar. Le puse al tanto de las últimas noticias y le conté lo sucedido con Filipo. De regreso al campamento, al pasar junto a las caballerizas, me comentó que tal vez tendría que quedarse al mando de Parmenión. Me detuve en seco y me volví a verlo.

—¿De qué hablas? —le pregunté.

—Es sólo una idea…

—Olvídalo. Alejandro nos necesita a todos.

Mi respuesta había sido enérgica, pero algo en mi postura delató mi ansiedad. O eso me pareció por la forma en que Camus me miró.

—Si tú lo dices… —murmuró antes de volver a caminar.

—Oye —lo llamé—. Espera.

Se detuvo, pero apenas me miró. Tragué saliva.

—No quise decir… O sea, es cierto que Alejandro nos necesita, pero hay otras cosas por las que deben venir.

—Por ejemplo…

—Eh. Pues ya sabes… Los amigos.

Enarcó una ceja y torció ligeramente los labios.

—¿Los amigos?

—Sí. Ya sabes, para los ánimos y buenos deseos antes de la batalla.

—Ya…

—¡Oh, vamos, lo digo en serio! ¿O acaso nunca has necesitado una buena palabra en la víspera de una gran batalla?

—Pues ahora que lo dices…

—Y nadie mejor que yo para semejante trabajo.

Mostré una enorme y perfecta sonrisa, y le guiñé un ojo, consiguiendo que suavizara su expresión seria. Volvimos a caminar y al llegar frente a su tienda nos despedimos quedando encontrarnos al día siguiente muy temprano para entrenar. Ya me había alejado varios pasos cuando lo oí llamarme.

—¿Estarás ahí? —me preguntó. Enarqué una ceja sin entender y lo vi acercarse lentamente hasta quedar a menos de un brazo de distancia—. La víspera de la batalla, cuando necesite una palabra de aliento, ¿estarás ahí?

Abrí enormes mis ojos y olvidé respirar.

—Por su-supuesto.

Sonrió, me apretó el brazo y se dio vuelta para regresar. Sólo cuando desapareció retomé mi andar. Esa noche me quedé despierto hasta la madrugada, pensando en cada una de sus palabras, en su mirada. En todo él. A pesar de que era consciente de que algo en su personalidad simplemente no cuadraba, no podía evitar sentirme cómodo con su amistad. Agradecido y mil veces complacido.

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Dos días después, macedonios, griegos y tesalios, partimos hacia Siria, dejando a Parmenión la defensa de la costa. Hasta ese momento todos los puertos habían estado bajo nuestro yugo, impidiendo que la flota persa se abasteciera. Pero un temerario estratega persa, Timondas, en nuestra ausencia se adentró en la ciudad y arremetió contra las escuadras de Parmenión, derrotándolas y masacrando en el proceso a nuestros heridos de batallas anteriores. La noticia nos cayó como balde de agua fría y en un primer momento no supimos qué hacer. Sin embargo, al darnos cuenta que ya no contábamos con suministros, decidimos dar media vuelta y regresar a la costa.

Para ese entonces, siguiendo los adelantos militares de Filipo, la caballería se había fortificado formando escuadras de doscientos a trescientos jinetes. Había varias escuadras, pero los jinetes de la principal se llamaban hetairos y eran los amigos más íntimos de Alejandro, la mayoría hijos de nobles macedonios. Yo era uno de ellos, y junto a mis compañeros cabalgaba junto a mi rey, muchas veces protegiéndolo, pero sobre todo guiando a las demás escuadras como arma ofensiva. Así, nuestra más letal formación era simple pero mortal: varias escuadras de caballería en los flancos y una poderosa falange al centro, de modo que la embestida se iniciara cuando los jinetes rodearan a las tropas enemigas, colocándose detrás para obligarles a avanzar hacia el muro impenetrable de sarissas. Una táctica temeraria que a veces hacía que la cohesión se rompiera. Para lidiar con ello Alejandro había formado la Caballería Ligera, escuadrón de nobles aliados que se encargaban de cerrar los vacíos que nosotros dejábamos. Uno de ellos era Camus, que aceptando el llamado de mi rey, había puesto a disposición de Macedonia sus jinetes.

La noche antes de la batalla, haciendo uso de un pequeño descanso, fui a buscar a Camus.

—¿Qué te parece? —le pregunté, sentándome a su lado frente a una fogata—. De todos los que se quedaron con Parmenión sólo un centenar vivió para contarlo.

—Escalofriante.

—¿Escalofriante? Qué va. ¡Vergonzoso!

Giró para verme por encima de su hombro, con la misma expresión seria de siempre, pero con un brillo distinto en los ojos. Un instante, para luego volverse hacia la fogata.

—Supongo que Parmenión no debe sentirse precisamente orgulloso —dijo.

Abrí los labios, pero finalmente no dije nada. En realidad quería decirle que me alegraba que no se hubiera quedado en Issos, que agradecía a los dioses que estuviera sano y salvo, pero mi arrogancia podía más. Ser amigos ya suponía algo complejo, decirnos ese tipo de cosas era innecesario. ¿Para qué? ¿Por qué? La sola compañía mutua debía bastar. O eso quería creer. De todas maneras nunca me había gustado complicarme la vida, ni con hombres ni con mujeres, buscando la salida más sencilla siempre. La más razonable. A fin de cuentas se trataba de mi buen nombre. De todo eso que me había ganado a punta de sacrificios y que no pretendía manchar.

Camus intentó romper el silencio, pero se dio de lleno contra una muralla.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada —sonreí, poniéndome de pie—. Prometí venir y cumplí. Ahora debo regresar con mis hombres.

No le di tiempo para asimilar mis palabras. Rodeé la fogata y le tendí mi mano derecha.

—No te preocupes por lo de mañana —le dije—. No sólo somos más fuertes, también somos más listos.

—Milo…

—Prometo cuidarme si tú prometes cuidarte.

Desde su sitio, sus ojos de curiosas cejas partidas me penetraron.

—Lo prometo —dijo.

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Cuando llegamos a la llanura costera de Issos nos encontramos a las tropas de Darío esperándonos. No sólo estaban formados, también habían acondicionado el campo a su favor, colocando zanjas para impedir el avance de nuestra falange mientras su infantería se extendía por toda la costa detrás del río Pinaro. Además habían escondido varias tropas en las faldas de una montaña cercana para sorprendernos con una emboscada. Lo tenían todo planeado y parecía que no habría poder humano que desasiera su inminente victoria. Sin embargo Alejandro no parecía impresionado. Sabía que estábamos en desventaja, sabía que bien ese podía ser nuestro fin, pero apenas pestañeó cuando los tambores persas retumbaron en el eco del oleaje. Miró con cierto desprecio cómo Timondas reforzaba su caballería y con el mismo desprecio escuchó las noticias de emboscada que nuestros espías trajeron.

Reflexionó unos instantes y dándose vuelta se dirigió a los soldados, recordándoles sus hazañas pasadas, alentándoles, llamándoles a pelear por la libertad. Regresó con su escolta y alzando su espada ordenó el ataque.

La falange con su impresionante firmeza avanzó hacia los persas y la Caballería Ligera se volvió en busca de las huestes de emboscada, haciéndolas huir. Alejandro, seguido por los hetairos, cruzó el río y aprovechando un vado descuidado se lanzó sobre el flanco izquierdo persa. Rompió su cohesión y sembró el caos entre los infantes, haciéndoles huir en tropel hacia el muro impenetrable de sarissas. Al frente de mi regimiento, peleando codo a codo con Licantos, yo resistí el embate bárbaro detrás de mi escudo, protegiéndome de la flechas mientras ordenaba avanzar. Gritos, maldiciones, lamentos. La sangre estallaba y salpicaba. Los cuerpos caían y se amontonaban. La confusión reinaba. Pero yo seguía ordenando avanzar. Cuando estuve convencido de que teníamos todo controlado, giré hacia Licantos y le hice un gesto con la cabeza. Mi amigo, exhausto pero sonriente, asintió de forma cómplice. Llamamos a los hombres detrás de nosotros y les cedimos nuestros puestos. Dejamos caer nuestras sarissas y nos lanzamos fuera de la formación empuñando nuestras espadas. Luchando espalda contra espalda, matamos a todo el los que se nos puso delante, empapándonos de sudor y sangre.

—¡Un tonel de vino blanco si salgo con la nariz intacta!

—¡Una prostituta de cinco dracmas si no lo haces!

—¡Hecho!

La Muerte respiraba sobre nuestras nucas, nos susurraba cosas, nos seguía. Pero apenas la teníamos en cuenta. Habíamos sido criados para momentos como ese y conocíamos perfectamente la coreografía a ejecutar. Sosteniendo nuestro escudo y blandiendo nuestra espada, nos abríamos espacio entre decenas de barbaros, mirando al siguiente antes de terminar con el que teníamos al frente. Sin permitirnos errores ni distracciones. Matando a destajo, consientes que eran ellos o nosotros. A nuestro alrededor sólo había sombras y gritos, neblina y fuego. Caos. Mi brazo derecho sangraba y el izquierdo simplemente parecía muerto. Me volví hacia Licantos y tras cruzar una mirada decidimos regresar. Empujamos a los tres últimos barbaros y retrocedimos hacia la formación de lanzas buscando refugio. Adoloridos y aturdidos, nos deslizamos por el angosto espacio que mi lugarteniente nos hizo y terminamos cayendo al suelo, uno sobre el otro. Nos reímos, y sin previo aviso Licantos se acercó y apretó sus labios contra los míos. Sorprendido, ahogué una exclamación y me quedé quieto. Sus labios se abrieron y movieron, dejando un rastro de saliva y sangre, y sin esperar respuesta se alejaron. Lo miré atónito, pero él sonrió.

—Parece que nuestro rey se está divirtiendo del otro lado. ¿Qué tal si vamos a acompañarlo?

No esperó que le respondiera y pasó sobre mi cuerpo. Antes de seguirlo alcé los ojos hacia los hombres que nos flanqueaban y viendo lo ocupados que estaban me sentí aliviado. Aseguré mi escudo, recogí mi espada y me levanté. Cuidando no estorbar, moviéndome contra corriente, gritando indicaciones, alcancé a Licantos y juntos nos deslizamos fuera de la formación, hasta la retaguardia. Las tropas de apoyo allí formadas, hoplitas y jinetes, nos recibieron con ansiosas preguntas. Al oír que veníamos ganando lanzaron jubilosas exclamaciones. A diferencia de adelante, donde el caos y la muerte reinaban, allí sólo se cernía una agonizante tensión. Llamamos a los palafreneros y ordenamos traer nuestros caballos. Bebimos un poco de agua, montamos y salimos en dirección del ala derecha. Al llegar Filotas nos recibió desesperado, diciendo que los hombres de Parmenión, en conjunto con la caballería tesalia, estaban siendo masacrados. Nos pidió que fuéramos a decírselo a Alejandro y sin esperar respuesta se alejó sobre su caballo. Confundidos, preocupados y por primera vez dubitativos, demoramos en picar a nuestros caballos. Dimos vuelta y regresamos por donde habíamos venido.

Al pasar frente a las tropas de apoyo ordenamos ir con Parmenión y resistir mientras nosotros buscábamos refuerzos. El tiempo que nos tomó llegar hasta el ala izquierda fue el más largo de mi vida. Contrario a lo que sucedía del otro lado, allí las tropas llevaban una impresionante ventaja. La Caballería Pesada había logrado abrir una gran brecha en la formación enemiga y guiados por Alejandro ahora intentaban llegar hasta el Gran Rey. Licantos y yo tratamos de comunicar lo que sucedía, pero entre golpes y espadazos nos fue imposible hablar. Al final tuvimos que unirnos a nuestros compañeros cuando los famosos "Inmortales" nos salieron al paso. La falange había reducido una parte de las tropas enemigas a un catastrófico desorden, pero ahora todo dependía de nosotros. En una demostración de excelencia militar, logramos rodear y reducir a la guardia real persa y le abrimos paso a nuestro rey hacia el carro de Darío. Alejandro, montado en el aguerrido Bucéfalo, subió por encima de los cuerpos amontonados y lanzó su lanza, sin lograr dar en el blanco. Quiso intentarlo por segunda vez, pero Oxartes, el hermanastro de Darío, se interpuso en su camino. Alejandro luchó con él, pero resultó inútil cuando Darío, al verlo todo perdido, emprendió la retirada.

—¡Por todo los dioses, allí se va toda la gloria!

—¡Alejandro, las tropas de Parmenión no aguantan más!

—¡Pero se está escapando…!

—¡Alejandro!

Mi rey lanzó un grito cargado de impotencia y ordenó ir con Parmenión. Arrasando todo lo que se nos puso delante cargamos contra la última resistencia persa, aniquilándola. Las aguas del río Pinaro se tiñeron de rojo y la brumosa tarde se llenó de gritos de muerte. Los sobrevivientes persas intentaron huir tras su rey, sin llegar lejos. Los mercenarios griegos, horrorizados con la idea de ser esclavizados, también intentaron huir subiendo a través de las gargantas montañosas, pero al darse cuenta que era inútil se rindieron. Alejandro persiguió a Darío, impulsado por sus ansias de victoria y gloria, pero al final de la tarde aceptó que no tenía caso y regresó con sus tropas. Se apeó de su caballo y miró asombrado el paisaje sembrado por cúmulos de cuerpos. Entreabrió los labios, pero al no saber qué decir, frunció el ceño. Se volvió hacia nosotros y ordenó llamar a los médicos. Con la última claridad del día alzamos un hospital y trasladamos hasta allí a todos los heridos. Recogimos a nuestros muertos y nos hicimos del botín enemigo. Llegada la noche se encendió las fogatas y se repartió pan y agua de cebada.

Antes de comer, Licantos y yo nos dirigimos río arriba para lavarnos un poco. Nos sentamos sobre una roca al borde de la orilla y nos quitamos las grebas de las piernas. Yo quise quitarme también la coraza, pero al tener el hombro izquierdo resentido por un golpe me fue imposible levantar el brazo. Le pedí ayuda a Licantos, y él, tras burlarse, se arrodilló a mi costado para desatar las correas. Mientras lo hacía me dijo que tendría que ir con el médico para que me revisara. Enarqué una ceja y solté un bufido; los médicos ya tenían bastante trabajo como para que yo les diera más. Licantos detuvo su labor y me miró de forma penetrante.

—Si no lo haces le diré a Clito que te lleve —amenazó. Solté una carcajada.

—Clito debe ser el hombre más ocupado en este momento —dije.

—Quizá, pero se trata de ti, ¿no?

Me giré para verlo por encima de mi hombro y al descubrir una sonrisa melancólica en su rostro tragué saliva con dificultad. Me removí y enderecé, nervioso, y solté un bufido. Licantos ensanchó su sonrisa y sin esperar ninguna explicación retomó su labor. Soltó la última correa y con cuidado quitó la coraza de mi torso. Le agradecí y por los siguientes instantes me concentré en juntar agua en mis manos. Con trabajo, lavé mis piernas y muslos, y enjuagué mi brazo herido. Al terminar me quedé quieto y en silencio escuché el chapoteo que las manos de Licantos producían en el agua. Quise decir algo, pero nada se me ocurrió al recordar el beso que me había dado. Un beso dulce, húmedo. Necesitado. Me volví a verlo y sin querer nuestros ojos se encontraron. Se señaló la nariz y sonrió.

—Intacta —dijo—. Ahora me debes un tonel de vino.

Pestañeé varias veces antes de soltar una carcajada. Terminamos de lavarnos y regresamos con nuestros amigos. Al verme aparecer Clito se me acercó y preguntó cómo estaba. Le dije que bien, pero fui desmentido por un gruñido de dolor que escapó de mi boca al intentar tomar una taza de agua de una bandeja. Clito se cruzó de brazos y esperó una explicación. Al no obtenerla me tomó de la nuca y me llevó junto a una tea para examinarme. Desoyendo mis reclamos palpó todo el largo de mi brazo herido hasta mi hombro, encontrando una fea inflamación. Traté de restarle importancia diciendo que era sólo un golpe, pero con todo fui prácticamente arrastrado hacia la tienda más cercana, donde un médico me examinó. "No parece nada grave, pero para estar seguros llamaremos a Filipo", sentenció. Clito mandó a dos guardias y esperó junto a mi banco que apareciera el ya famoso medico de Alejandro. No pasó mucho cuando eso ocurrió. Cansado, ensangrentado, con los ojos oscurecidos por el horror, Filipo atravesó las cortinas de la tienda. Apenas y prestó atención a nuestras disculpas y fue directo al meollo del asunto.

—¿Te duele aquí? —me preguntó presionando un punto especifico de mi hombro. Negué con el rostro—. ¿Y aquí? —Volví a negar, apenado. Él sonrió—. Vaya, pues no me sorprende con tanto musculo.

—¿Y entonces? —preguntó Clito, impaciente—. ¿Está o no está bien?

Filipo ensanchó su sonrisa.

—¿Me mataras si te digo que no?

—¡Por el arco de Artemisa, Filipo! Este chico necesita sus dos brazos funcionando.

—Como todos…

Mi amigo soltó un bufido y yo me encogí en mi asiento, sintiéndome de pronto muy pequeño. Filipo me examinó un rato más y finalmente se incorporó. Soltó una exhalación y confirmó lo que yo ya sospechaba: mi hombro estaba bien, un poco magullado, pero bien. "Con unos emplastos y un par de días de reposo estará como nuevo". Clito le agradeció la atención y lo acompañó a la salida. De vuelta al campo, ignorando la recomendación de descanso, decidí buscar a Camus y me escabullí entre las tiendas preguntando su paradero. Si me había demorado en hacerlo era porque la idea de que podía estar herido o muerto simplemente me resultaba imposible. Al llegar a su tienda lo llamé un par de veces, pero al no recibir respuesta me aventuré a entrar aprovechando que ningún guardia estaba cerca. Crucé las cortinas y di dos pasos hacia el interior, tanteando la semioscuridad que una tea mal encendida producía. Al dar el tercer paso lo vi. Recostado sobre un cumulo de mantas y cueros, con el rostro ladeado y un brazo rodeando su cabeza. Me detuve en seco, dudoso de continuar, pero él se dio cuenta de mi presencia y se volvió a mirarme.

—Así que estás vivo —dijo.

—Vivo y completo.

Sus labios se curvaron en una perezosa sonrisa. Estiró el cuello y se incorporó. Trató de alcanzar una cantimplora que yacía sobre una butaca y al no conseguirlo, asumo por estar demasiado cansado y adormecido, soltó un suspiro. Entonces yo caminé hasta la cantimplora y se la alcancé. Me lo agradeció invitándome a sentarme. Acepté, y mientras esperaba que calmara su sed, me entretuve pensando en lo raro que era nuestra amistad.

—¿Y ahora qué es tan gracioso? —me preguntó al ver la extraña sonrisa que se había formado en mi rostro.

—Nada… Me alegra verte sano y salvo.

—Lo mismo digo.

Volvió a beber y yo regresé a mis pensamientos. Al rato sentí que me observaban y giré para encontrarme con ese par de ojos azules. Mi corazón dio un vuelco y un imperceptible temblor remeció todo mi cuerpo.

—Estás cubierto de polvo y sangre.

Tanto el tono como la frase lograron sorprenderme. Pestañeé y bajé el rostro para observarme. Efectivamente mi túnica escurría sangre. Hice una mueca de disgusto y me crucé de brazos.

—Tú tampoco te vez muy bien, sabes —solté.

—No lo decía por eso, Milo.

—¿No? —le clavé los ojos—. ¿Entonces por qué si se puede saber?

—A veces eres insoportable.

—E irresistible.

El cambio inesperado de tono desconcertó a Camus. Frunció el ceño, pero no apartó los ojos. Yo sonreí.

—Milo…

—¿Mmm?

Si en ese momento una montaña se hubiera derrumbado sobre la tienda estoy seguro que no me hubiera enterado. Todos mis sentidos estaban tercamente anclados en la expresión adormecida de Camus.

—Creo… Creo… Creo que debes buscarte un nuevo grupo de amigos. El que tienes te miente de la peor forma.

Demoré en asimilar las palabras, pero cuando lo hice me indigné hasta los huesos. Me puse de pie y caminé hacia la salida sin despedirme. Camus me llamó, pero las risas le ganaron y prácticamente se revolcó sobre las mantas de la improvisada cama. Antes de cruzar las cortinas me volví a verlo, era la primera vez que lo oía reír. Y saben qué, nada más importaba.

Durante todo el tiempo que nos acompañamos en este andar sinuoso que es la vida, nunca pude hacerme una idea de sus pensamientos. Creo que tampoco me concernía hacerlo. El sólo tenerlo a mi lado era suficiente y no me importaba el mundo al que escapaba cuando el nuestro no funcionaba. Mi deber era estar para cuando me necesitara y eso fue lo que hice todo el tiempo que estuvimos juntos, claro que no siempre tan callado como le habría gustado. Mi naturaleza era apasionada y aventurera, contraria a la suya que era sobria y reflexiva, y eso hacía que muchas veces nos desencontráramos en los laberintos vivenciales. Yo estallaba en palabras cada vez que descubría algo nuevo en su carácter, él en cambio se sumía en un silencio más profundo. Yo le sonreía y él enarcaba una ceja. Yo le observaba con atención y él fingía estar dormido. Yo le decía la diferencia que hacía en mi vida y él me preguntaba la hora del día.

Hay momentos en que me pregunto si en verdad me amó. La respuesta siempre es la misma: si, y mucho. Camus era un ser especial y amaba también de manera especial. ¿Qué hubo entre nosotros? No sé. Es algo simple pero complicado. Fuimos amigos, hermanos, amantes, compañeros. Yo llegué a vivir por él y él pudo haber muerto por mí. Aunque, por supuesto, eso no evitó que me hiciera una ficha más en sus cálculos. Su rostro empapado de lluvia y lágrimas es la imagen más clara que conservo en mi mente. A veces sueño que lo perdono, una vez más, que lo abrazo y le ruego un instante de su presencia… Pero luego lo obligo a irse y mi sueño se convierte en pesadilla.

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Al día siguiente, después de los funerales de nuestros caídos, mi rey ordenó iniciar el regreso a Issos. Cargando en angarillas a nuestros heridos, arrastrando a los prisioneros, picando a las bestias, nos pusimos en marcha. Al llegar a la ciudad lo primero que hicimos fue poner a buen recaudo el botín obtenido. Lo segundo fue agradecer a los dioses. Y lo tercero disponer de los mercenarios capturados. A diferencia de los de la batalla del Cránico, que se habían mostrado rebeldes, estos últimos se mostraban arrepentidos y conciliadores; llegando incluso a clamar piedad, aunque sin lograr conmover a mi rey. Si había algo que Alejandro realmente despreciaba, esa era la traición, pequeña o grande, indefensa o letal, no había ninguna que dejara sin castigar. Y esta vez no fue la excepción. Hizo encadenar a todos y los entregó a Nearco con la orden de llevarlos hasta Macedonia; a trabajar en las minas de plata. Con aquello solucionado decididos dejar atrás lo peor de nuestra última victoria y para eso celebramos una gran fiesta.

Música, vino, mujeres, mucha comida y el dulce sabor de la gloria en nuestros labios. La fiesta fue como regresar a nuestros días de adolescencia, sintiéndonos livianos a pesar de las copas de vino. El propio Alejandro parecía tener quince años de nuevo, repartía abrazos y brindaba por la ramera más lujuriosa de toda Mesopotamia, la Gran Babilonia, declarándola suya antes de conquistarla. Nada nos fue negado durante tan esplendida celebración. Éramos fuertes, valerosos, bellos, inteligentes y sobre todo libres, libres como nadie nunca más lo seria. ¿Qué más podíamos pedir? Recuerdo que la fiesta llegó a su éxtasis cuando varios soldados arrastraron hasta el centro del salón el carro que Darío había abandonado al huir. El trofeo de nuestra victoria. Digno de una inclinación al estar bañado en oro y tener incrustaciones de piedras preciosas.

En una muestra más de sus excentricidades, mi rey tomó el manto púrpura de su interior y se lo colocó sobre su hombro derecho.

—Pronto será el mismo Darío quien busque piedad en mis hombros —dijo, levantando su copa—. ¡Por Darío, nuestro más grandioso enemigo!

—¡Por Darío!

Bebí distraídamente, perdido entre el ir y venir de los festejantes, hasta que mis ojos se detuvieron en la entrada. Lo que vi me hizo tragar mal el último sorbo y tosí un par de veces antes de volver a buscar con presteza lo que había causado mi atoramiento. Entonces la vi, hermosa y altiva como una ninfa, o quizá como una diosa. Sonriente y hasta despectiva. Caminó hasta mi rey y se inclinó grácilmente.

—Señor.

Alejandro, que había estado discursando, se volvió a verla sorprendido. Un silencio incomodo acompañó su gesto y de no ser por Harpalos, que saltó junto a la bella mujer, seguro que la fiesta hubiera quedado allí.

—Alejandro, ¿recuerdas que te hablé de Annia?

—Eh…

—¡Pues hoy ha decidido inspirarnos con su presencia!

Mi rey sumó desconcierto a su expresión sorprendida. Se volvió hacia Hefestión y de nueva cuenta se fijó en la hermosa mujer.

—Claro —dijo—. Annia… me han hablado mucho de ti.

—Espero que cosas buenas, señor.

Hefestión y yo nunca habíamos sido muy cercanos por obvias razones, pero no era necesario ser muy amigo suyo para darse cuenta de que de todas las mujeres, era a ella a quien no quería ver siendo amante de Alejandro. Me quedé pensativo ante aquello, confundido al recordar que una de las habladurías con respecto a Camus era justamente sobre esa mujer. Según mis amigos era su protegida, su amante.

Mis pensamientos se congelaron cuando al salón entró el propio Camus. Vestido para la ocasión y acompañado por dos diplomáticos griegos. Pasó por mi costado apenas saludándome y se dirigió de frente hacia mi rey. Lo saludó respetuosamente, presentando a sus amigos, y mirando de soslayo a la mujer. Ella no le correspondió la mirada, pero su sonrisa se volvió insegura, seca. Entrelazó las manos sobre su vientre y luchó por mantener erguido su soberbio cuello, o al menos eso me pareció. Durante nuestras pláticas Camus jamás la mencionaba, pero mis amigos aseguraban que había gastado una considerable suma de oro para proporcionarle un viaje lujoso desde Gordión; disponiendo una casa y criadas; financiándole exquisitos vestidos y cubriéndole de joyas. En resumen, manteniéndola como a una reina. ¿Por qué? Sólo Zeus lo sabía. Aunque no era una cortesana, tampoco era una princesa. Algunos decían que procedía de una familia aristocrática arruinada, por su comprobada educación, pero eran incapaces de asegurarlo gracias al hermetismo que la rodeaba. Yo irónicamente sabía menos que todos. El hecho de ser cercano a Camus, contrario a lo que todos debían creer, me hacía sentir respeto por su vida privada.

—Así que aquí estabas.

Una voz familiar me hizo dar vuelta.

—¿No qué íbamos a venir juntos? —me preguntó Licantos.

—Pues… creo que sí. Pero se me olvidó.

—Claro, como todo lo que te digo de acá a un tiempo.

—Jo. ¿Me parece o me estás haciendo una escena?

Quería molestarlo y lo conseguí. Frunció el ceño y se cruzó de brazos. Yo eché a reír.

—Oh, vamos. No te portes como niña.

—¡Vete a la mierda!

Nos echamos a reír y fuimos a servirnos vino hasta una de las mesas. Mientras bebíamos Licantos me comentó que había conocido un par de hermosas jovencitas en el pueblo, que quería ir a saludarlas esa noche y que necesitaba a un amigo. Tratando de hacerlo rabiar un poco más, me hice al desentendido y reí de lo lindo al verlo hacer una pataleta. "Si piensas que voy a rogarte, estas muy equivocado. Hay por ahí otros que gustosos aceptaran acompañarme". "Pues no pierdas tiempo y ve a buscarlos". "Idiota mal agradecido". Reí hasta ya no poder más, y cuando me calmé acepté pensarlo. Un momento después Clito llegó a hacernos compañía y pasamos un rato agradable hablando sobre las hazañas de nuestros hombres. A medianoche Alejandro anunció estar cansado y se despidió de todos antes de retirarse a sus habitaciones. Clito también anunció su retirada y me miró esperando que fuera con él. Al ver que no pensaba moverme, soltó un bufido exasperado. "Si mañana amaneces con el hombro hinchado no vengas a lloriquear a mi puerta", me advirtió. Le di un golpecito en el brazo, asegurándole que estaría bien, y lo empujé hacia la salida. Licantos rió nervioso, preguntándome si no me daba miedo tratar así a un hombre tan poderoso. Sonreí, nadie podía imaginar lo que había entre Clito y yo. Me serví un poco más de vino y sugerí ir a saludar a Hefestión. Licantos estuvo de acuerdo y ambos nos encaminamos hacia el comandante. Al llegar a su lado llamamos su atención con una broma sobre su yegua, diciendo que estaba preñada y que ningún palafrenero se atrevía a decírselo.

—Por Dionisio…

Su mirada alarmada nos hizo estallar en risas y tuvimos que buscar apoyo en un pilar cercano.

—¡Si serán mentirosos…!

Otros se unieron a nuestro jolgorio y debió pasar un buen rato para que pudiéramos controlarnos. Volvimos con el grupo y esta vez sí saludamos como es debido, estrechando la mano de todos los presentes. Entre ellos Camus.

—¿Conoces a Licantos, Camus? —le pregunté.

—Creo que no…

—Pues te lo presento.

Mi amigo extendió su mano y esperó con una sonrisa que Camus decidiera sostenerla. Hubo un extraño silencio y luego Nearco nos puso al corriente de la conversación que tenían antes de nuestra llegada. Se trataba sobre el controversial desenvolvimiento de Parmenión en la batalla. Según Hefestión era sólo un poco de mala suerte, según Nearco era mala intención premeditada. De inmediato me puse serio y examiné los rostros que tenía delante. Sin duda la acusación era muy grave. ¿Qué opinaría Alejandro? "Alejandro de momento no opina nada", dijo Hefestión. En todo caso, ni Parmenión ni Filotas habían asistido a la reunión al estar de duelo por la muerte del hijo mayor del primero. "Es un momento difícil para ambos y les agradecería que se reservaran sus opiniones", nos dijo Hefestión. Todos asintieron, meditabundos, y pasó un buen rato hasta que se nos ocurriera otro tema. O se les ocurriera a mis amigos. Yo estaba demasiado ocupado mirando a Camus. Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Pensando en quién sabe qué cosas, con la mirada clavada en el piso y la copa a medio llenar. Miré alrededor y al no encontrar a Annia me pregunté si estaría pensando en ella. Él pareció darse cuenta de mis cavilaciones y levantó el rostro para enfrentarme. Sus ojos de pupilas azules me atravesaron el cráneo y se incrustaron en mi conciencia. No hay nada que necesites saber de mí, no hay nada que merezcas saber de mí. Sólo eres un simple soldado al servicio de un rey tirano. Eso debió querer decirme, pero por supuesto no lo hizo, aunque si noté un brillo rencoroso en sus fríos ojos. Sonreí con sorna y me volví hacia Licantos.

—¿Todavía está en pie la oferta de las muchachas? —le pregunté.

Lo vi alzar las cejas, sorprendido, y le señalé la salida. Sonrió. Nos despedimos de todos agradeciéndoles la velada y salimos del salón a grandes pasos. No recuerdo muy bien lo que sucedió después, pero a la mañana siguiente recuerdo abrir los ojos con pesadez. Había sido una noche de excesos y la recompensa era que todo mi cuerpo vibraba con cada respiración. A mi lado yacía una hermosa muchacha de piel morena, desnuda y colmada. Su nombre, su procedencia e historia, todo me era desconocido e indiferente. Me puse de pie y me dirigí hacia la única ventana de la habitación. La abrí y me asomé al exterior para hacerme una idea de dónde estaba. Mientras observaba los primeros movimientos de las gentes pensé que aquello debía representar mi absoluta libertad, el hecho de no tener dueño y por tanto de no rendirle cuenta a nadie.

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Sintiéndose ya soberano de Asia Menor, Alejandro hizo correr la voz de su victoria por toda la costa, logrando que los pueblos se rindieran a nuestro paso. Alejandro liberó a sus pobladores, les restituyó sus leyes y les designó nuevos gobernadores, igual como había hecho en Frigia, donde impuso reformas financieras y encargó a un macedonio la resolución de los problemas civiles; o como en Éfeso, donde restituyó la democracia y ofreció sacrificios a los dioses; o Mileto, donde aplastó un movimiento rebelde y ejecutó a generales persas. O más aun, como en Caria, donde se entrevistó con la princesa Ada y adoptó a su pequeño hijo.

El éxito, la fama y riqueza se hicieron parte de nuestra travesía, mareándonos. Sin embargo Alejandro, siempre astuto, no dejó de pensar y llegado el momento nos expuso su intención de conquistar Egipto. Quedamos sorprendidos, pero después de pensar un poco concluimos que era ciertamente una idea lógica siendo que para proteger Grecia necesitábamos controlar toda la costa. Aunque eso significaba también hacernos de ciudades como Arado, Biblos, Sidon y Tiro. "¿Y qué?, nos reprendió Alejandro, si ahora ya todos nos conocen como libertadores". Cráteros mostró entusiasmo y Parmenión, ya recuperado de su pérdida y al parecer en mejores tratos con todos, se unió a la idea. Volvimos a ponernos en marcha y no pasó mucho para que las palabras de mi rey se cumplieran, ya que los gobernantes de las ciudades mencionadas nos recibieron como libertadores y benefactores. Sólo Tiro, ciudad conocida por su intensa religiosidad, nos puso en aprietos cuando no accedió a la petición que Alejandro hizo de entrar a la ciudad para ofrecer sacrificios al dios Melkart. Los tirios se negaron rotundamente diciendo que se encontraban a puertas de un gran festival y que en ese contexto sólo los auténticos soberanos podían ofrecer sacrificios al dios. Alejandro, ofendido en lo más profundo de su orgullo, nos convocó a una reunión y nos convenció de tomar la ciudad por la fuerza.

—Auténticos soberanos. ¡Al demonio con eso! Yo soy Alejandro III, hijo de Filipo y Olimpia, rey de Macedonia, gobernador de Grecia, casi emperador de Asia… ¡O no lo soy!

—¡Lo eres, por los dioses que lo eres!

Temerosos de enfurecerlo más, marchamos hacia la ciudad. Tiro ocupaba dos zonas, una en tierra firme y la otra en el mar, en una isla. La Tiro de tierra firme era la antigua ciudad y la de la isla la nueva. Ésta última era la que nos interesaba. Antes de intentar cualquier asalto decidimos instalarnos en la antigua ciudad y desde allí estudiamos todas las posibilidades de asedio, concluyendo que necesitábamos una flota. El problema era que la nuestra se encontraba muy lejos y además no era tan buena como la de los tirios. Sin poderlo evitar, los generales nos frústranos ante esta perspectiva, pero Alejandro se mantuvo tranquilo y después de una exhaustiva evaluación nos informó que había encontrado una solución.

—Toda la ciudad de tierra firme será destruida y con sus escombros se construirá una escollera.

—¡Qué!

Por un momento creímos que se había vuelto loco, que la marcha lo había agotado hasta lo imposible y deliraba. Pero su resolución y el brillo en sus ojos se encargaron de desmentirnos.

—¡Excelente! —dijo Clito, irónico—. ¡Una cuidad por una isla!

—Te digo, Clito, que en esa isla se encuentran aquellos que se atreven a desafiarme —se exaltó Alejandro—. Gente que se atreve a dudar mi procedencia y poder.

—Y todos estamos de acuerdo en que merecen un castigo, pero si pretendes tomar una isla lo que necesitas es una flota, no una escollera. Puede que la nuestra no esté a la altura de las circunstancias, pero aun cuentas con los barcos atenienses.

—No son suficientes.

—Cierto, pero tienes toda Fenicia para conseguir otros.

—Quizás, pero aunque tuviéramos muchos barcos nos harían falta buenos marineros para conducirlos.

Inmediatamente nos volvimos hacia Nearco, capitán naval, y lo vimos encogerse de hombros.

—¿Qué? —dijo—. Para nadie es un secreto que no somos precisamente una potencia marítima.

—¡Que no se diga más! —intervino Cráteros—. No tenemos buenos marineros, pero tenemos excelentes infantes. Construyamos esa escollera, pongamos a trabajar las torres de asedio y pateemos traseros isleños.

—¡Por Atena, díganme que se trata de una broma! —pidió Clito—. Alejandro, tú sabes que esto es una locura.

—Mi querido Clito, ¿desde cuándo soñar con Heracles es una locura?

—¿Cómo dices?

—Fue la misma noche que decidimos tomar por asalto Tiro. Soñé que Heracles me conducía en su carro por encima de las murallas de la ciudad.

—No puede ser…

—Se lo conté a Aristandro y él lo interpretó diciendo que mi empresa tendría éxito después de realizar un esfuerzo sobrehumano.

Clito se quedó sin palabras ante semejante argumento. Se volvió hacia Hefestión y con mirada casi suplicante le pidió intervenir. Hefestión se removió en su sitio, pero apenas y miró a Alejandro, dando por sentado que todos sus consejos se limitarían a la privacidad de sus pláticas. Su aptitud sosegada logró sorprenderme por enésima vez y terminé por preguntarme qué de especial tenía. Cierto que tenía los ojos verdes más bellos de Grecia, la apostura más gallarda de Macedonia y la voz más templada de Asia. ¿Pero qué más? En un mundo donde la rudeza dominaba, su aptitud amable y pacifica era poco menos que estorbosa. Nadie sabía muy bien cómo tratarlo y la frustración no tardaba en aparecer, aguijoneando hasta al más conciliador. Y es que esa aura apagada, casi muerta, resultaba una burla para un hombre acostumbrado a hablar en voz alta. Incluso Clito parecía incomodo ante ese desenvolvimiento, ante esa falta de comunicación. Cráteros ni qué decir. El propio Parmenión. O Casandro, el arrogante e irónico Casandro, heredero de la regencia de Grecia. Y hasta yo mismo, que poco o nada tenía que decirle. Esa mañana en particular su poca disposición a debatir logró que lo tildara de cobarde y una vez que la reunión terminó, con la noción de la escollera como ganadora, me acerqué hasta su sitio y sin reparar en que Alejandro nos escuchaba le restregué su falta de palabra.

—No sé si te diste cuenta, pero en esta reunión no sólo están reunidos los amigos de Alejandro, están también los generales del ejército de Macedonia. Generales que tienen en sus manos decenas de vidas y que están en la obligación de responder por ellas.

—Milo…

—¿Te pusiste a pensar en todos los hombres que morirán ahogados, quemados o atravesados por flechas durante esa absurda construcción?

—Por supuesto que sí.

No fue Hefestión quien contestó, fue Alejandro. Me volví a verlo y lo encontré de brazos cruzados. Me incorporé para enfrentarlo.

—No sabía que también hablabas por él —dije.

—No lo hago, pero acabas de llamar absurda mi empresa.

—¿Y no lo es?

—Ya hablamos bastante sobre eso.

—¡Mi padre jamás apoyaría semejante idea!

—Quizá, pero resulta que ahora mismo Neathos se encuentra muy lejos para opinar.

Cerré la boca y apreté los labios, impotente. Alejandro ignoró el pedido de calma que le hizo Hefestión y se me acercó hasta quedar a menos de un brazo de distancia.

—Milo, aprecio la preocupación que muestras por tus hombres, más aun, me identifico con ella. Pero me temo que no puedo permitir que trates a Hefestión de insensible. Quizás no lo sepas, pero él conoce tan bien como tú las necesidades de los soldados. No sólo porque son las mismas que tenemos nosotros, también porque en su calidad de comandante comparte sus días con ellos.

—Pues no parece.

—¿El que no podamos ver a los dioses quiere decir que no existen?

—Esas comparaciones están de más.

—Tan de más como tu desconfianza. ¿O acaso ya olvidaste que me juraste fidelidad el día que te ascendí a general?

—¿Qué estas tratando de insinuar? Alejandro, te recuerdo que yo me gané este lugar. A base de sudor y sangre. Sacrificando mi infancia y juventud. Descuidando a mi familia y amigos.

—Milo, Alejandro —nos llamó Hefestión—, esta discusión ya cayó en lo absurdo.

—Pero, Hefestión…

—Alejandro, Milo está en todo su derecho de desconfiar. Tanto de mí como del proyecto. El punto aquí es pedirle una oportunidad para demostrarle que está equivocado.

—¿Perdón?

Mi rey casi se cae de espaldas. Yo me limité a abrir enormes los ojos, admirado.

—¿Y bien, Milo? —me preguntó Hefestión—. ¿Nos das esa oportunidad?

Lo observé conteniendo la respiración y lentamente asentí. Lo vi sonreír.

—No esperaba otra cosa de ti. Gracias.

Fruncí el ceño y me volví hacia Alejandro. Lo descubrí igual de sorprendido.

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La orden de destruir la antigua ciudad que dio Alejandro fue cumplida a cabalidad y nuestros obreros, en su mayoría naturales, al mando del ingeniero Diades de Tesalia, emprendieron la construcción de la escollera con gran ímpetu. Los tirios miraron al principio nuestra empresa con escepticismo y cierta burla, sin embargo al darse cuenta que íbamos en serio desplegaron todo su poderío y los obreros empezaron a caer como moscas bajo la lluvia de flechas. Mi rey recibió con pesar la noticia, pero en ningún momento abandonó su mirada fiera. Por el contrario se vistió con su armadura y enfiló hacia el lugar de la construcción. Examinó el avance, conversó con Diades, y tomó una barreta. "No importa si yo mismo tengo que levantarla, la escollera será una realidad". Diciendo esto bajó con los obreros y empezó a cavar. Horrorizados, sus guardias trataron de convencerlo de regresar a la seguridad de su tienda, pero de nada sirvió. Hefestión lo imitó y para el final del día no había poder humano capaz de sacarlos del barrizal. Yo observé todo el despliegue desde la seguridad de una torre de asedio, mirando el ir y venir de los soldados, oyendo los gritos. Dos días que se me hicieron eternos. Cuando al fin me convencí que no había remedio, que Alejandro no desistiría, le cedí mi lugar a uno de mis lugartenientes y salí en busca de mis oficiales. Les hice formar y les di la orden de bajar con los obreros. Yo mismo marché delante de ellos, haciendo a un lado mis títulos y prejuicios. Bajé hasta el barrizal y empecé a cavar sabiendo que era observado por Alejandro. Horas y horas, hasta que dejé de sentir los brazos y piernas, y fui obligado por Clito a tomar un descanso. Me sacudí el barro de la ropa y me retiré a uno de los muros que servían de refugio a nuestros arqueros. Caí sentado sobre la hierba húmeda y apoyé la cabeza contra la dura piedra. El horizonte estaba oscuro y sobre mi cabeza corría un aire frío. Cerré los ojos e ignorando los gritos dejé que mi respiración se aquietara.

—Vaya, no sabía que aparte de soldado también eras obrero.

Una voz familiar se impuso sobre todo el ruido. La hierba amortiguó los pasos del recién llegado y una sombra me privó de la poca luz del mediodía.

—Soldado, obrero, mendigo… ¿Importa? —pregunté. No quería abrir los ojos. Mucho menos sabiendo que aquel que me observaba tenía la ropa impecable—. Un día estamos comiendo como reyes y al otro estamos bregando con un montón de lodo.

—Lo estoy viendo. Aunque a mí nadie me habló al respecto.

—Por supuesto. ¿Cómo más se explica que estés aquí? Un cultísimo ateniense criado para vivir entre palacios de mármol.

No pude verlo, pero estoy seguro que sonrió. Lo sentí moverse y luego un halito de aire acarició la piel erizada de mi brazo. De nuevo quise abrir los ojos, sólo para asegurarme que estaba sentado a mi lado, pero una presión extraña en mi pecho me impidió liberarme del sopor del cansancio. Me quedé quieto y en silencio disfruté de su compañía, sin estar seguro de merecerla. Él tampoco hizo nada para llamar mi atención y sólo habló para anunciar que una llovizna se acercaba.

—Sera mejor que busques un lugar seco donde extender tu descanso —dijo.

—En realidad estaba pensando dejar que la lluvia se llevara el lodo que cargo.

—Por supuesto, y de paso también te aseguras un buen resfriado.

Sonreí. Abrí los ojos y giré hacia mi hombro derecho. Allí estaba Camus con su expresión intelectual intacta y su exótico cabello negro. Hermoso como una escultura, enigmático como una tabla fenicia. Dulce y agrio… Extraño. Él también se volvió a mirarme y por un instante el mundo se redujo a ese lóbrego rincón. Me mordí el labio inferior y sentí el suelo bambolearse bajo mi cuerpo. Camus lo percibió; enarcó sus particulares cejas y se inclinó hacia mi cuerpo, rozando mi piel al punto de hacerla arder. Posó su mano sobre mi frente y frunció el ceño.

—Qué extraño… habría jurado que tenías fiebre.

Desasió el contacto y regresó a su lugar. Levantó una cantimplora y me la ofreció.

—Infusión tibia para soldados-obreros desfallecientes —dijo, sonriendo. Lo miré sorprendido, preguntándome si hacía todo eso apropósito para sacarme de mis casillas, para enervarme y luego burlarse, y acepté de mala gana la cantimplora. Bebí un par de sorbos y exhalé con fuerza. El silencio volvió y me pregunté si tanto trabajo estaba consiguiendo atrofiar mi razonamiento. De ser así podría solucionarlo descansando un poco, aunque no estaba seguro. Camus no volvió a decir nada y la lluvia terminó sorprendiéndonos a ambos. Quisimos correr hacia las pequeñas cabañas, pero nos fue imposible encontrar el camino y terminamos bajo el casco de un viejo barco volteado. Como dos niños nos arrastramos hasta el rincón más seco y sin poderlo evitar empezamos a reír. Nos miramos fijamente y lentamente nos acercamos hasta sentir la respiración del otro.

—Camus… —dije, nervioso y ronco. Él sonrió. Tragué saliva y me acerqué un poco más—. Camus, yo…

—¡Por los rayos de Zeus, qué maldito chubasco!

De improviso una cabeza asomó al otro extremo del casco, asustándonos.

—¡Cráteros! —grité.

—Hola, Milo —me sonrió, feliz, el general—. ¿También refugiándote de la lluvia? Joder, pero si Camus también está. ¿Les molestaría si los acompañamos?

No me dio tiempo de responderle y de un gritó llamó a una decena de hombres.


Continuara…


Notas finales:

1.- No se sabe con exactitud si Alejandro cortó o desamarró el nudo del carro real de Gordión; lo cierto es que una vez que lo liberó se desató una gran tormenta sobre la ciudad.

2.- La anécdota sobre el médico Filipo al parecer es cierta. Estando muy grave Alejandro los médicos de la corte se negaron a curarlo por miedo a las posibles represiones de los hetairos y sólo Filipo decidió hacerse cargo.

3.- No sólo la destreza militar hizo de Alejandro un emperador querido y respetado, también fueron sus nobles gestos; como el de adoptar al pequeño hijo de la princesa Ada.

4.- Algunos historiadores dicen que Barsine, hija del sátrapa Artabazo II, le dio su primer hijo a Alejandro, Heracles. Sin embargo Mary Renault discrepa este punto diciendo que el Alejandro que fundó una ciudad en honor a su caballo, Alejandría Bucéfala, no habría sido capaz de dejar abandonado a su hijo.

5.- Al contrario de sus rivales,Macedonia no tenía un poderío naval excepcional.

6.- Por último, esta historia está siendo escrita utilizando datos históricos contenidos en libros como Vidas Paralelas de Plutarco, Corazón de Ulises de Javier Reverte, Alejandro Magno, el poder de una época de Ana María Gonzales; además de todos los libros de Mary Renault.


¡Gracias a todos por leer!

Lima 16 de Junio del 2012