AU; rated T por palabras "fuertes" (tengo la costumbre de maldecir cada tanto); posible OoC, pero no lo creo tan así, he pensado que Boomer podría ser ese adolescente un poco odioso por las constantes burlas que sufrió por parte de sus hermanos.
BASADO EN: "Fell for You", de Green Day.
SEGUNDA PARTE
Ese –maldito– día sábado, el cielo estaba cubierto de tal forma que daba la impresión de que en cualquier momento se ponía a llover. El viento estaba algo tibio, pero eso no quitaba aquel ambiente frío. Y qué más se podía esperar, estaban en invierno, en pleno invierno.
Aun así, eso no fue impedimento para que sus hermanos lo levantaran de la cama, botándolo de la misma –prácticamente hablando– y diciéndole que ya era hora de que se arreglara para que pudieran irse.
Iban a juntarse todos al medio día en la entrada de ese gran parque de diversiones, tenían planeado estar todo el día afuera… La verdad, solo hasta que diera la hora de cenar.
Sus hermanos estaban más producidos con respecto a su imagen personal. Butch había decidido despejar aquel ojo que siempre lleva tapado, con la total idea de hacer notar su perforación, y usar toda su ropa negra, salvo por la remera, esta era la única diferente, con ese color lima-limón que tanto le gustaba a su novia.
Brick, en tanto, se fue a la segura, con su gorro de lana rojo –porque si se ponía esa gorra con visera, de seguro Blossom le diría que es un estúpido– y amarrando su cabello en una coleta baja. A diferencia de Butch, consideraba que el negro no le venía, a menos que fuera solo en zapatillas o pantalones. Por tanto, se ocupó de colocarse su abrigo marrón, dejando a la vista solo sus jeans y sus zapatillas rojas.
Al momento en que vieron su intención de solo ir con un jean, las zapatillas negras y un jersey azul, lo encerraron en su habitación para que cambiara de outfit.
Boomer no los golpeó solo para evitar dar explicaciones a sus padres. Eso sí que sería más molesto que cualquier cosa en este mundo.
–Son unos estúpidos, ¿lo sabían? –reclamaba Boomer, que sentía que apenas podía moverse dentro de ese abrigo azul que le obligaron colocarse y con los pantalones negros que le había regalado una de sus tías la Navidad del año anterior, los cuales no usaba porque se le dificultaba un poco al caminar, no porque no fueran de su talla, sino porque la tela era demasiado dura.
–Cállate –ordenó Butch, para luego ponerse a correr–. ¡Buttercup!
Su hermano corrió hasta donde estaba su novia, acción que fue imitada por su hermano pelirrojo. Él, sin embargo, siguió caminando sin prisa hasta llegar a la altura de Bubbles, que parecía estar teniendo problemas con el frío, a pesar de estar abrigada.
–Y ya los ves –comentó Boomer cuando la tuvo a su lado–, están de melosos. Vayamos y compremos nuestros boletos de entrada, dejémoslos solos, pasémoslo bien.
Bubbles rio ante su comentario y caminó junto a él hacia la entrada, haciendo oídos sordos a las llamadas de sus respectivos hermanos.
Para su mala suerte, se los encontraron cuando se habían decidido partir por la montaña rusa. Los cuatro chicos llegaron a su lado reclamándoles –todos al mismo tiempo, los rubios no lograban entender nada. Al final, Boomer les dijo que se subirían a la montaña rusa, y los chicos dijeron que también partirían por ahí.
Lo que tenían que aguantar, esos besos y esas palabras cariñosas que compartían sus hermanos, los ponían incómodos, tanto a Bubbles como a Boomer; a la primera porque le provocaba un poco de envidia, al segundo porque le molestaba. Estaban de los primeros y cuando les tocó subirse, Boomer prefirió los primeros asientos, pero Bubbles parecía algo insegura.
–Nos evitaremos verlos besarse –le susurró en el oído, luego se alejó un poco–. Pero si quieres, podemos ubicarnos más atrás.
–¡No! ¡No! –el grito de Bubbles sobre saltó a Boomer y a un par de chicas, que los quedaron mirando–. Aquí está bien.
Se sentaron, Boomer se aseguró de que ella entrara primero. Le aseguró el cinturón a su amiga y luego el suyo. Esperaron a que el encargado de la atracción verificara sus cinturones y bajara la seguridad principal. Boomer miró de reojo a la chica y se dio cuenta de una tímida sonrisa presente en su rostro. Arqueó una ceja y le palpó la rodilla que solamente estaba cubierta por unas pantis de algodón blancas.
–Hey, ¿qué sucede?
–Tengo un poco de miedo…
El tono de voz utilizado por ella iba decayendo, ya en la última sílaba articulada, apenas pudo Boomer oír lo que dijo.
–¿Por qué? No vamos a morir –se encogió de hombros–. Y de hacerlo, lo haremos juntos… Pero no pienses en esas cosas. Eres de aquellas personas que le buscan el lado positivo a todo, ¿no? –Bubbles asintió, dudosa y encogiéndose de hombros–. ¿Hay algo bueno en esta situación?
–Sí –se apresuró a responder–, no tener que ver a mis hermanas con sus novios.
–¿Ves?
La máquina comenzó a avanzar, Boomer tenía un cosquilleo por la emoción que le causaba aquella atracción. A pesar de estar a tres puestos de distancia de Butch y Buttercup, podía escuchar los gritos dramáticos y sobreactuados por parte de su hermano, diciendo que iban a morir.
Cada vez más se acercaban a la punta, vio que Bubbles apretaba con fuerza el arnés de mayor seguridad. Boomer no lo pensó dos veces y le tomó la mano. Bubbles tuvo que aguantarse el grito y lo soltó al momento en que los carros comenzaron a avanzar por los rieles a toda velocidad.
Solo duró cincuenta y dos segundos, Boomer los contó muy bien mientras gritaba y apretaba la mano de su amiga, aunque no tan fuerte para que no le terminara doliendo.
Al momento en que el arnés de mayor seguridad fue retirado por el encargado, fue cuando debieron soltarse. Bubbles estaba con la espalda apoyada en el respaldo, con su mano izquierda sobre su corazón, Boomer, en tanto, se desabrochaba el cinturón para luego hacer lo mismo con ella.
–No fue tan terrible, ¿verdad? –le preguntó.
Ya estaban saliendo, en fila, de la atracción. Boomer se ponía levemente en puntas de pie para ver dónde se encontraban sus hermanos y al ver que estaban algo lejos, sintió un alivio. Miró a Bubbles que jugueteaba con sus manos y parecía no poder más con su sonrisa dibujada en el rostro.
–¿Bubbs?
–¡Ah! –le correspondió la mirada, tropezándose un poco, pero no llegando a caerse–. Es solo que… No, no fue tan terrible.
Le sonrió y, como había bastante gente aglomerada, volvió a tomarle la mano y se abrieron paso para salir de ese mar de personas.
–Por esto mismo es que no fue tan terrible –admitió Bubbles, sonriéndole y sin ocultar aquel color rosado de sus mejillas.
Boomer no le respondió, solo detuvo el paso y lentamente le soltó la mano. Bubbles no tuvo tiempo para ver la expresión seria y algo extraña en el rostro de él, ya que estaba más interesada en buscar alguna otra atracción a la que podrían ir, antes de ser alcanzados por sus hermanos.
Por favor, Bubbles –pensaba Boomer–, solo amigos.
A pesar de sus intentos por alejarse de sus hermanos, no podían evitarlos, ya que ellos los encontraban donde sea que fueran. Pero eso no fue lo peor.
Si creían que pasar en aquella rueda gigante –que puso a Bubbles muy nerviosa por cómo se movían los asientos al casi llegar a la punta–, era tortuoso, ya que sus hermanos les gritaban cosas como abrázala, para que se le quite el miedo, haciendo que uno que otro idiota les siguiera el juego. Boomer estaba conteniéndose de no decir ningún improperio para no incomodar a Bubbles, sin embargo, daba por seguro que golpearía a sus hermanos si se les ocurría comentar algo cuando llegaran a casa.
Lo peor… fue La Casa Embrujada.
Esa maldita Casa Embrujada… que de casa no tenía nada, era un castillo de tres pisos y demasiado grande. Era difícil averiguar por qué se llamaba casa, pero claro, a nadie parecía importarle eso, solo a él, que estaba muy absorto analizando, que ni se dio cuenta de que estaban a punto de hacer ingreso.
Debían entrar en grupos hasta seis, y para su mala fortuna, ellos seis entrarían juntos. Vio que sus hermanos tomaron las manos de sus novias, y por inercia, Bubbles y él se tomaron las manos. La diferencia estaba en que ellos no entrelazaron sus dedos.
Al principio, todo estaba oscuro, pero luego de que sintieran una cortina en su rostro y la atravesaran, encontraron una tenue luz que venía de los bordes bajos de las paredes que indicaban el camino, con ese color amarillo de neón.
Brick y Blossom lideraban el grupo, seguidos por Butch y Buttercup, finalizando con Bubbles y Boomer.
Si bien debía asustarse, no podía, ya que los gritos por parte de Brick lo terminaban matando de la risa, y después perdía la gracia cuando llegaba el susto. Salvo Bubbles, ella si bien se unía a la risa de Boomer, terminaba sobresaltándose igual.
Eso hacía reír aun más a Boomer.
En el primer piso, era un simulador de laboratorio de zombis, en cada habitación se veía a un doctor o una enfermera intentando atraparte. Corría el rumor de que si te atrapaban, no te dejaban salir hasta que el resto de tu grupo terminara la excursión y te sometían a un miedo aun mayor. En el segundo piso, parecían ser pacientes psiquiátricos que te miraban por la ventanilla de la puerta y uno te perseguía hasta que llegabas a las escaleras y se quedaba gritando que odiaba las escaleras.
¿Y esto cómo es que se asemeja a una casa si es un hospital con fachada de castillo?, pensaba Boomer.
Cuando estuvieron en el tercer piso –que se supone era el más aterrador, ya que no había personas como en los otros pisos, sino que todo era producto de un holograma–, sus hermanos ya habían salido corriendo y los dejaron solos.
–¿Quieres que también corramos como esos cobardes? –preguntó Boomer, respirando regularmente, sin ya tanto ajetreo por la risa.
–No, no corramos –Bubbles miró hacia atrás, vista seguida por Boomer–. Quiero ver con qué nos asustarán aquí. Además, es la última atracción antes de que nos vayamos a casa.
Es cierto.
Bubbles apretó fuerte su mano, y cuando se dio cuenta, las luces de neón se estaban apagando. Ambos escucharon el chirrido que hacía una puerta, así como el picaporte. Estaba sintiendo un poco de miedo.
Bueno, sentir adrenalina es la idea de esta atracción, ¿no?
–Creo que debimos haber corrido.
Las palabras dichas por la chica fueron apenas audibles, si no fuera por ese tono en extremo agudo que había emitido. Boomer miró a su alrededor y, claro, daba la impresión de estar siendo atacados por arañas.
No esperaron más y comenzaron a correr. Al final del pasillo, con luces de neón verdes, se escribía SALIDA. Si bien, se supone eran hologramas, las arañas no lo parecían. En un abrir y cerrar de ojos, ante ellos, apareció una niña. Ella sí era un holograma, pero asustó tanto a Bubbles que gritó demasiado fuerte y terminó cayendo de espaldas al suelo.
–¿Podemos jugar? ¿Son mis amigos? –decía la niña mientras se elevaba por los aires.
Boomer se asustó, pero no por la niña, sino porque la caída de Bubbles había sonado muy fuerte. Pasó sus manos por sus pantorrillas y la parte baja de su espalda, tomándola de esa forma y abriéndose paso de ese molesto holograma que no hacía más que dar vueltas a su alrededor repitiendo la misma frase que dijo en un principio.
Tuvo que tener cuidado de no caer, ahora no solo veía por él, sino que también veía por Bubbles.
Abrió la puerta, después de estar forcejeando un par de veces. La cerró tras de sí y se apoyó en la misma. Bubbles tenía su cabeza escondida en el espacio que permitía el cuello y hombro de Boomer.
–¿Dónde te golpeaste?
Escuchó que le hablaba y se alejó estando frente a frente con su rostro. Boomer la miraba a los ojos, pero a ella se le desviaba la mirada a su boca, que estaba considerablemente cerca. Si se acercaba un par de centímetros, de seguro se besarían.
Bubbles esperó un par de segundos, pero Boomer parecía estar preocupado por saber si en verdad se había golpeado muy fuerte.
–Puedes bajarme, Boomer –su tono de voz demostraba cierta inconformidad–. Estoy bien, creo que fue solo el susto.
Boomer hizo caso. Bubbles no sentía molestia al caminar. Sus hermanos los esperaban afuera de la atracción y les preguntaban por qué se habían demorado tanto. Mientras que Boomer les comentaba lo que trataba el último piso, Bubbles miraba el piso, deseando que ya sea hora de irse a casa.
Esa cita no había salido como esperaba.
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–Ella estaba dispuesta a que la besara.
Se dejó caer en el puf rojo de Brick siendo, poco menos, aniquilado con la mirada por su hermano. Brick estaba en su cama leyendo un libro, mientras que Butch se divertía dando vueltas en la silla del escritorio del pelirrojo.
Brick suspiró, se sentó en su cama dejando el libro de lado. Quería comenzar a hablar, pero los grititos que emitía Butch mientras giraba, se lo impedían. Un par de segundos más, y el chico se había detenido y ahora hacía un esfuerzo por mirar a sus hermanos, puesto que se encontraba muy mareado.
–¿Y no lo hiciste? –preguntó, por fin, Brick, sintiendo cierta decepción cuando su hermano negó con la cabeza–. ¿Y por qué no?
–Porque no quiero, Brick. Un beso significa que quiero algo más con ella, y no es así. No quiero adelantarme a nada.
–No te entiendo, Boomer –Butch suspiró antes de seguir hablando–. Dices que sabes que estarán juntos, que es evidente y esas cosas… ¿Entonces por qué aplazas tanto las cosas? O bien, ¿por qué dices esas cosas si a fin de cuentas no estás motivado ni un poquito.
–Por eso mismo. Porque no estoy motivado. Escuchen, Bubbles me agrada, es bonita, amable y todo. Lo sé, me encanta esa parte suya, esa amistad que puede brindarme… Pero el llegar a pensar en algo más allá… tal vez sea un poco precipitado.
Las palabras de Boomer no podían ser más claras… para él. Sus hermanos creían que si no quería tener una relación, mejor que se lo dejara en claro a la chica, así ella también dejaba de hacerse ilusiones con, algún día, ser novia de Boomer. Porque eso quería ella, desde que veía que sus hermanas empezaban a salir con los hermanos de él.
Esa fue la última conversación que tuvieron en el día.
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Boomer estaba en el muelle, su bicicleta estaba a su lado. Le gustaba sentarse ahí, ver la puesta del sol mientras sentía la brisa marina chocarle en su rostro. Era una sensación que no podía disfrutar siempre, porque los deberes lo tenían agobiado, pero cuando se le presentaba la oportunidad, iba.
No contestaba llamadas, no hablaba con nadie… Solamente era él.
Sin embargo, sintió que alguien se había sentado a su lado. Distinguió el olor de aquel perfume y solo pudo ensanchar una sonrisa. Estiró su mano para encontrarse con la de ella y entrelazó los dedos.
–¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil, Boomer?
Se giró hacia Bubbles, que solo miraba el mar, entrecerrando esos ojos azules a causa de los rayos del sol; le gustaba ver cómo el color de sus ojos se asemejaba a ese color del mar cuando el sol se esconde en él. Mas su semblante había cambiado al momento en que le escuchó decir esas palabras.
–¿Por qué no quieres asumir que sientes lo mismo que yo?
Ella lo miró directamente a los ojos, Boomer mordió su labio inferior. No tenía respuesta, o no podía decirla. No importaba demasiado, él no le respondía, las palabras no querían salir de su boca.
Tragó saliva y tomó una gran bocanada de aire. Sus manos se movieron por instinto, logrando tomar a la chica desde la nuca y acercarla a él.
Abrió los ojos de golpe, se sentó en su cama mientras respiraba profundamente. Encendió la luz que se encontraba en su velador y tomó su teléfono para ver la hora. Aún quedaba un par de horas para que los primeros rayos de sol iluminaran la ciudad.
Su mano sobre su pecho, volvió a recostarse, dejó su móvil y apagó la luz. Todo parecía indicar que había sido un sueño… un extraño sueño. No sabía por qué, pero el recordar eso le estaba dando demasiados escalofríos. Daba gracias que era día domingo y que no tenía que ver a Bubbles… ¿Cómo la miraría a la cara después de soñar que la besaba?
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Alguna vez escuchó decir que cuando la vida quería joderte, lo hacía y de la peor manera. Tal vez ahora era el turno de que la vida se lo jodiera a su –puto– gusto.
Llegó cinco minutos tarde a su primera clase. De no ser porque la maestra de francés le tenía un gran respeto –por ser el mejor de la clase–, lo habría dejado fuera de ella. Al ingresar, notó que Blossom lo miraba preguntándose el porqué de su atraso, así como también lo hacía Alex, desde el fondo del salón.
A la salida de esa clase, debía ir con urgencia al baño. Una vez ahí, vio su rostro con mayor detención. A causa del insomnio que le había ocasionado el nerviosismo de que el día lunes llegara, se quedó en vela hasta cerca de las cinco de la mañana jugando con su consola portátil.
Rascó su barbilla, mojó su rostro y trató de quitar el agua con sus propias manos. No podía escapar de ese día, al menos aún no se encontraba con ella. Como no compartían clases, pensó que mejor se encerraba en el baño hasta que el descanso terminara… Pero ¿y en el almuerzo? Podría comer con Alex, a menos que el bastardo esté comiendo con alguna nueva conquista.
Chasqueó la lengua y salió del baño. ¿Por qué tendría que estar tan nervioso? Fue solo un sueño.
Un sueño.
Un sueño.
Un sueño.
–¡Hola, Boomer!
Un sueño.
–Hola, Bubbles.
Un sueño.
Un… Espera.
Se volteó para verla ahí, sonreírle y acercársele con mucha alegría. Boomer parecía inmóvil, pero internamente estaba haciendo de todo para que sus piernas le respondieran y así pudiera salir corriendo de aquella situación.
Ella actuaba completamente normal, aunque estaba seguro de que le tenía un poco de resentimiento por lo ocurrido en el parque de diversiones… Tal vez resentimiento no era la palabra adecuada, pero fue la única que le llegó a la mente.
Bubbles estaba esperando por una respuesta, pero Boomer no sabía a qué pregunta debía responder. Quería volver a escuchar la pregunta, que sabe que la dijo, porque vio los labios de ella moverse…
Labios, labios… Sus labios, mis labios, nuestros labios… ¡Beso!
–¿Y? ¿Te unes?
–Eh…
¿Unirse? ¿A qué? No sabía qué responder, estaba muy nervioso como para decirle que en verdad no tenía idea de lo que estaba hablando.
–Entiendo que no te pueda gustar estar todo el día conmigo…
–¿Qué? –se apresuró a preguntar–. ¿De dónde sacaste esa idea?
–Uh, yo… Es que como no contestas pensé que…
–Solo estaba pensando si había dejado algún deber pendiente para ese día… Pero tuve una confusión, ¿cuándo me dijiste que era y a qué hora?
–En dos semanas, el sábado, al mediodía, termina a eso de las seis…
–Entonces te paso a buscar a tu casa, así estamos más tranquilos y no tendremos que perdernos cuando lleguemos al lugar.
Bubbles sonrió ampliamente y se acercó a él para abrazarlo y darle un beso en la mejilla. Boomer, en tanto, sentía que estaba comenzando a sudar.
La campana sonó y ella tuvo que irse corriendo para no llegar tarde, Boomer no tenía que hacer aquello, puesto que su salón estaba cerca. La miró hasta que la vio desaparecer por las escaleras que conducían al primer piso.
Boomer caminó hasta su salón y se acercó al pupitre de Blossom quien, en un acto de broma, abrazó su paquete de galletas de vainilla y apuntó con su dedo índice al chico.
–Ni sueñes que te daré una.
–No te preocupes, no tengo hambre –Blossom arqueó una ceja–. Solo quiero saber, ¿qué tiene Bubbles en dos semanas más? ¿A qué evento me va a llevar?
–Una exposición de arte –le ofreció una galleta, pero Boomer la rechazó–. Un pintor bastante famoso viene a poner una exposición… Bueno, por lo que sé son tres los artistas, algo así me explicó. Esa exposición retrata la forma en la que la humanidad tiene un enemigo, y es la propia humanidad, pero hay quienes defienden el mundo de su propio enemigo… Es algo muy loco, pero ella está entusiasmada por ver eso.
–¿Sabes cómo se llama? –ella negó–. Entiendo. Gracias, Bloss.
Sin decir nada más, se fue hasta su pupitre y recostó su cabeza en su mochila. Si lograba descansar por lo menos hasta que llegara el maestro de cálculo –quien se tomaba todo el tiempo del mundo para llegar–, podría concentrarse.
–Exposición de arte, eh… Bueno, creo que tengo que hablar con mis hermanos.
La tercera y última parte será publicada el viernes 19 de enero.
Gracias por leer, xx.
