Tan largo como un día de sequía. Así pasó el camino a la casa de los Woods para Regina. ''No resoples, no suspires…'' se repetía a sí misma, mirando de reojo a la marquesa.

-Tía… -La miraba, reprimiendo una suave mueca.

Cora le respondía con la mirada, alzando la barbilla, prestándole atención.

-¿Y si no les gusto?

-¡No digas sandeces! –Replicaba.- ¿Por qué no les ibas a gustar? Una muchacha joven y bonita, educada, recatada y atenta, de buena casta… Lo tienes todo a tu favor. Ahora, Regina…muéstrate segura, la cabeza bien alta –Su criado abría la puerta del carruaje.- Y deja que yo hable.

Dejaba una caricia en el mentón de la muchacha, sonriendo para animarla.

Respecto a Robin, él no estaba nervioso, más bien aburrido de las citas que su padre le concertaba. Él no quería casarse por obligación, y menos con otra estirada muchacha, rancia e insípida que estaba acostumbrado a conocer. Ya tenía a Marian, su corazón ya estaba ocupado desde hacía mucho. ¿Qué había de malo con que tuviese una menor posición social? Tampoco era una campesina, ni una aldeana… Era la hija de n importante comerciante del reino.

-Ella no deja de ser una marquesa. –El joven increpaba sobre sus invitadas.- Es un rango más bajo que nuestra familia.

-Robin, modera esas formas –Le callaba su padre, podía verlas bajar del carruaje.- Vayamos a recibirlas, te va a gustar la muchacha.

-Sí, como todas, sorprendentemente sumidas en la elocuencia –Ironizaba, bajando los escalones a desgana.

Regina tomaba valor y bajaba del carruaje, abriendo el parasol, al igual que su tía había hecho. Esta saludaba al conde en una educada reverencia, respondida por él.

-El placer es nuestro de teneros aquí. –Dirigía una segunda mirada a la sobrina de Cora.- Un placer conocerla, Regina.

Sonreía, tímida, tardando unos segundos en responder, bloqueada, temerosa y tan encerrada como ella misma.

El joven conde no terminó de bajar el último escalón del asombro en el que se hallaba. ¿Qué ángel se había vuelto en carne de mujer y había ido a parar a la puerta de su hogar? Un chasqueo de dedos de su propio padre lo hace reaccionar, haciéndole pisar el suelo, de la forma más literal posible.

Cora tomaba la mano de su sobrina, incitándola a que se acercase.

-Encantado de teneros como visita –No apartaba la mirada de Regina, pero, es cuando esta levanta la propia, se produce la explosión.

Sus ojos, su rostro y su cuerpo tomaban un brillo especial, un impulso que la invitaba a tomar aire para no morir en aquella parada que realizaba su corazón. ''Robin…'' pensaba su corazón, mandando una sensación de rubor a su estómago, revolviéndola en el mejor de los sentidos.

Sonreía en cuanto él lo hace, radiante, hermosa, presa de aquel silencio que invadía a los cuatro. El conde y la marquesa se miraban y sonreía, en una mezcla de incomodidad y sorpresa a la reacción de los jóvenes.

-Bueno. –Interrumpía el conde, provocando una risa expirada en su hijo, que bajaba la mirada.- Será mejor que accedamos a la sala.

Regina prensaba los labios, con la mirada en su vestido, otra vez. Cerraba el parasol, tomando con levedad sus ropajes para subir los escalones. Sentía la mirada curiosa de su tía.

Una mirada de Cora decía más que mil palabras y… se la veía contenta, incluso parecía que daba su aprobación para que continuase con ese comportamiento.


En la sala, el té temblaba en manos de Regina, amenazando con desbordarse de la taza. Cora y el duque les dejaron solos al acceder al despacho, tenían temas que tratar

Mirabas tímidas, tembleques y sonrisas estúpidas.

-Me llamo Robin –Rompía el silencio.

-Lo sé. Yo soy Regina –Templaba y alzaba su voz, mostrándose segura.

-Que nombre más hermoso, le sienta de maravillsa. –Fruncía los labios, bajando la mirada, ¿Por qué decía esas estupideces? No, debía serenarse.

Regina le observaba frotarse las manos, mover nerviosamente una pierna y observarla con detalle. No sabía qué hacer, no tenía ni idea de lo que se debía hablar en esos, además, Robin parecía incómodo.

-¿C-Cómo que no la conocí antes? Es decir, a la marquesa la conocemos desde hace años, ¿Por qué no la acompañaba a las reuniones?

-No, no…-Le paraba en su discurso, aunque era algo que no debía hacer, a los hombres no se les debía interrumpir mientras hablaban. La pausa es ahora realizada por ella, bajando avergonzadamente la mirada.

-No has hecho nada malo. –Sonreía dulce.- No me importa, puedes hablar cuando desees.

-Sólo llevo meses viviendo en este condado, junto a mi tía, la marquesa de Cunninham. –Aclaraba.


El despacho del conde, este ocupaba su silla, la marquesa a su frente.

-El matrimonio se celebrará el día previsto

Cora asentía

-¿Lo sabe ya su sobrina?

-No –Respondía, con un ápice de arrepentimiento.

-Robin no pondrá objeción, no le queda más que aceptar.


Una fructífera charla, sonrisas y tensión evaporada, en ello consistió la tarde de aquellos que compartían iniciales. La joven marquesa conoció los previos, las estancias principales e incluso a los perros del hijo del conde.

-Si nos casamos, viviremos en una casa victoriana, al centro de Londres.

Regina se tensaba. ''¿Si nos casamos? No, mi tía no me permitirá casarme aún, o sí…'' pondría el grito en el cielo si fuese posible.

-Pero… Yo no me quiero casar. –Confesaba Robin.- No obligado, ni a la fuerza. No sin la dueña de mi corazón.

-¿Y es propiedad de…? –Robin la interrumpía en un asentimiento.

-Mi padre se empeña en absurdas citas con muchachas estúp…-La miraba, cerrando la boca.- No digo que seas estúpida, sólo…

La joven enmudecía, ¿dónde se había quedado toda aquella química?, ¿ella, a caso, no era lo suficientemente buena para él?

-Yo tampoco me quiero casar contigo –Reprendía orgullosa.

Robin se sonreía.

-Eso es perfecto.

-ideal. –Las fosas de su nariz se abrían, y su mandíbula se sentía tensa.

-No quisiera una esposa mentirosa, por lo que… sí, perfecto.

-¿En qué os apoyáis para acusarme de injurias?

-En que sí que deseáis casaos conmigo. O más bien, no os importaría…

Regina pretendía contradecir, pero Robin continuaba su discurso.

-Soy un buen partido. Buen físico, destreza, agilidad, nobleza… Matrícula en mi formación universitaria, y además, tengo atractivo. Cualquier mujer de alta nobleza estaría encantada de casarse conmigo. –Fanfarroneaba, probando la paciencia de la hermosa muchacha.

-Y prepotente, y consentido…-Asentía en un murmuro.- No, yo no…

Se acabó enfadando, caminando con brusquedad hacia la casa, tensando los puños, mientras Robin soportaba una controlada risa…. ¡Cuán adorable e infantil comportamiento! Que divertido era mofarse de ella.

Cora la detenía, tomándola por los brazos, impulsándola a que volviese con su futuro esposo.

-Querido hijo, has elegido esposa –le confirmaba, con una amplia sonrisa, dando una palmada en su espalda.

-Regina, vas a casarte. –Cora la miraba, esperando que no reprendiera, no allí ante sus anfitriones.

La mirada de los muchachos coinciden.

-No. ¡Me has vendido! –Gritaba Robin, no se trataba de Regina, se trataba de su propio orgullo.- No pienso hacerlo.

Los ojos de Regina se empañaban, se sentía impotente entre todo eso. No se sentía preparada, Robin estaba en completo desacuerdo.

-Tía…

-Calla, Regina –Le murmuraba, seria, observando discutir al conde con su primogénito.

Le señalaba a Regina, serio.

-No la hagas sufrir, Robin Tu comportamiento es una vergüenza hacia ellas, una falta de respeto.

Robin se acercaba para aclararlo.

-No me…-Bajaba la mirada.- No os sintáis mal, m'lady… -Miraba a Regina.- No se trata de usted, sólo me niego a seguir las órdenes de mi padre, no quiero un matrimonio vacío, yo…

Regina tomaba el atrevimiento de tomar la palabra, callándole.

-No se disculpe, es absurdo. Puede ser cualquier motivo. Lo que preocupa es que está siendo desleal a su condado. ¿Acaso no piensa en qué manos podría quedar tras la falta de su padre, si destituye?

El conde queda asombrado ante el razonamiento de la muchacha. Una mujer así necesitaba para su hijo. Justa, autoritaria, que supiese manejar las situaciones que se presentasen de forma tan lógica.

Cora se inflaba de orgullo, reprimiento la sonrisa de felicidad que le provocaba el comportamiento de su sobrina. Que lista y precavida, que bien había aprendido aquellas lecciones. Que moral y fuerza poseía. La premiaría después, regalándole lo que pidiese por su boca.