Musa 8: Luna
Sirius Black odiaba la luna desde que tenía once años.
A esa edad hacía sido consciente pro primera vez de la influencia que podía llegar a tener ese astro en la vida de una persona.
Del daño que podía llegar a provocar en la vida de una persona.
Del llanto, el dolor, el sufrimiento, al mentira, la soledad.
De la vida de misántropo y ermitaño que podía llegar a obligar a alguien a llevar.
Porque Sirius no podía dejar de relacionar, consciente o inconscientemente, el cambio de la luna con las ojeras de Remus, sus cansancio, sus cicatrices. Y ese silencio obstinado y esa aura de fantasía peripatética en que el licántropo intentaba ocultar aquella faceta de su vida.
Sirius era muy joven como par entender que el problema de Remus no era tanto la luna como la sociedad.
A los quince años, el sentimiento se había agravado en cantidad y calidad.
Porque a esa edad, Sirius había visto pro primera vez a Remus transformado en hombre lobo. Y entonces cobraron forma física el cansancio, el silencio, el dolor, el desasosiego, la discriminación. En la mente de Sirius, Remus no se mordía a si mismo, sino que hacía intentos desesperados de vencer a esos fantasmas que lo atacaban, y que en su forma human tenía que soportar estoica y calladamente con una sonrisa temblorosa y deslucida en los labios.
Pero si Sirius había encontrado el núcleo del mal, también había encontrado el antídoto. Para él y para Remus. Porque podían correr juntos por el bosque, revolcarse, morderse y arañarse. Convertidos en animales, podían incluso compartir aquellas cosas a las que no se atrevían cuando eran dos muchachos de quince años que aún no entendían demasiado bien esas extrañas exigencias que habían comenzado a reclamar sus cuerpos cuando estaban juntos.
Porque cuando caía rendido en su cama al amanecer, después de una noche agotadora, Sirius podía alzar un puño en dirección a donde antes había estado la luna y decirle que, al menos por esa vez, le había ganado.
A los treinta y seis años, el sentimiento no se había ido, y continuaba siendo recalcitrante y ardiente, aunque las causas hubieran cambiado.
Sirius detestaba ver a Remus encogido y humillado, convertido en un lobo inofensivo. Había convivido en tan estrecha hermandad con su forma animaga que en cierto modo se había animalizado, y le dolía la degradación de macho alfa a lobo domesticado.
Pero sabía que Remus era una persona pragmática, y que nunca aceptaría volver a las transformaciones anteriores, ni siquiera con él como compañía. Si había aunque fuera un mínimo riesgo de dañar a un inocente, Remus no lo tomaría, aunque eso le implicara no obtener el beneficio del precio altísimo que estaba pagando, no disfrutar de la única catarsis que le ofrecía su tormento eterno.
Pero, por sobre todas las cosas, Sirius detestaba sentirse inútil. Sentir que no había nada que él pudiera hacer al respecto. Porque era superfluo que él permaneciera en vela en su forma humana, acariciando con ternura al lobo amansado, o que se transformara en perro para lamerlo y darle calor. El trance de Remus seguía siendo penoso y triste, mente de hombre encerrada en cuerpo de bestia, atormentado por la humillación de la transformación involuntaria, de la pérdida del libre albedrío. El proceso era lento y terrible, y ocurría en el único lugar al que Sirius no tenía acceso: la mente de Remus. Luego de tres días, Lupin recuperaba su forma humana, pero su alma estaba cada vez más triste y más vieja.
Y Sirius se tapaba la cara con las manos, impotente, y mientras permitía que se le escaparan dos o tres lágrimas, creía poder escuchar a la luna riéndose de él.
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Gracias Merodeadora Blacky. J Es alentador saber que al menos hay alguien que te está leyendo.
Lean, escriban, sueñen, amen, sonrían
Estrella
