¡Hola queridos lectores! Pues he regresado con una nueva historia, la verdad es que cuando leo algo y me gusta, siempre termino imagino a Edward y Bella, no sé cual sea la razón de esta locura. Pero me encanta. Me divierte adaptarla y cambiar algunas cosillas por ahí, es por eso que aviso desde ya, que esta historia no es mía, yo solo me atribuyo a mezclar el universo Twilight con esta historia. Al final de esta, les diré el nombre del autor y el nombre de esta hermosa novela. (Sé que será de su agrado porque a mí me encantó) Así que sin más, iniciamos.
Capitulo 1
Bella se puso cada vez más nerviosa según se acercaba a su destino. Había salido de San Francisco hacia casi medio día, después de pasarse un día entero limpiando el frigorífico y haciendo y deshaciendo la maleta. ¿Cómo decidir qué ropa meter cuando no sabía si se marchaba por 2 semanas, 2 meses o 2 años? En los momentos más optimistas, se decía que pasaría en Forks todo el verano; en los pesimistas, que no aguantaría hasta junio, le echarían antes y tendría que regresar a San Francisco con la cabeza gacha.
Le aterraba la idea del fracaso.
A la altura de Port Ángeles, miró por el retrovisor. Entre las nubes, vio los últimos trazos de cielo azul. Por delante de ella se extendía una enorme nube gris oscura, casi negra.
Media hora más tarde las gotas comenzaron a caer. Nada de esa ligera lluvia a la que estaba acostumbrada, no. Aquello era una tormenta en toda regla.
Los limpias barrían el parabrisas todo lo deprisa que podían, aunque no lo suficiente para desalojar el aguacero que inundaba el cristal. Agarró el volante de su volvo en color plata y clavó los ojos en el asfalto.
La primera curva no dio paso a las casas tal y como esperaba. La segunda, tampoco. ¿Había o no pueblo? A lo lejos, al final de la recta, por detrás de la cortina de agua, le pareció distinguir los primeros tejados, menos mal, suspiró. Ahora solo tenía que llegar, esperar a que aminorara la lluvia y…
Un charco enorme en medio de la carretera y los neumáticos patinaron. En una milésima de segundo se llamó insensata por no haberlos cambiado la última vez que llevó el coche al taller. También se acordó de su antiguo jefe y del día en que había rechazado su subida de sueldo. Él era el único responsable de que fuera a matarse en aquel pueblo sin haberlo visto siquiera.
Pisó el freno hasta el fondo a pesar de saber que no debía hacerlo. El coche continuó recto, el problema era que ir recto no significaba seguir por el carril correcto.
Fue consciente de un bulto oscuro justo delante de ella y dio un volantazo que la llevó de vuelta a su carril. El sonido de un golpe le indicó que, fuera lo que fuese lo que había visto, no lo había esquivado, aunque el impacto no había sido muy fuerte. Al menos, no del todo. Redujo la marcha e intentó no pisar el freno; metió la tercera, segunda… las ruedas volvieron a obedecerla. Se arrimó al estrecho arcén, puso las luces de avería y paró.
Abrió la puerta. El agua entró en el coche. En un momento, el interior de la puerta se había calado y el costado de sus pantalones vaqueros, también.
Salió corriendo con las llaves en la mano después de dar un portazo. Un poco atrás de donde se había detenido, un ciclista, vestido de negro y con todos sus aditamentos anti-accidentes, levantaba una bicicleta del suelo. El hombre parecía estar bien, pero juzgar por la tormenta no podía ver mucho más allá.
-¿Le ha sucedido algo?
Él se dio la vuelta. Tenía los ojos verdes más bonitos que ella había visto antes, pero junto con toda esa belleza que enmarcaba aquel par de ojos, toda la furia del mundo acumulada en ellos.
-¡¿A usted qué le parece?!
A Isabella le amedrentó la ira con la que le contestaba. ¿Qué qué le parecía? Que no. La bicicleta estaba intacta y él también. Empapado, pero entero.
-¿Puedo ayudarle?
-¿Tiene algo con lo que enderezar una rueda torcida?- le espetó él con mal humor.
Bella quitaba cabellos pegados a su rostro, miró a donde señalaba. La rueda trasera no tenía mala pinta, tenía el mismo aspecto que una nueva.
-Ni un solo destornillador. –confesó. No tenía ni idea de cómo cambiar una rueda, ni siquiera una bombilla, y le parecía absurdo llevar herramientas en el coche. Cuando le pasaba algo, llamaba al taller. -¿Cree que hace falta avisar a la campaña de seguros? – Él, por toda contestación, se inclinó sobre la bicicleta y se puso a hurgar en el juego de piñones, platos o como se llamaran todos aquellos engranajes. - ¿Doy parte entonces? – repitió ella que se estaba poniendo de mal humor. El comportamiento obtuso de aquel hombre la obligaba a seguir debajo de la lluvia. Estaba completamente mojada.
-Guárdese el seguro para cuando se lleve a un peatón por delante en el pueblo. – gruñó él.
Isabella se quedó muda y él aprovechó para subirse a la bicicleta y alejarse.
-¡Loca! – le pareció oír.
-¡Imbécil! – Le insultó ella.
Antes de correr hacia el coche, pudo ver que él giraba la cabeza y la miraba. Tuvo la certeza de que la había oído.
Cuando arrancaba el coche de nuevo y entraba en el pueblo de Forks, solo podía pensar en que su nueva vida no podía haber empezado de peor manera.
Gracias por leerla, si les ha gustado háganmelo saber. De ante mano les doy las gracias por tomar su maravilloso tiempo de venir y leer.
Buen día cariños.
PennyWitch
