Señorito Arthur

En las lejanas tierras italianas, en un pintoresco pueblo del medievo, vivía un joven llamado Arthur, el cual era poseedor de una increíble belleza, ya que sus rubios cabellos destacaban por donde caminara y sus expresivos ojos esmeralda embelesaban a cualquiera que los viera y finalmente, sus prominentes cejas las cuales le daban un toque particular a su rostro perfilado. Todos en aquel pueblo le admiraban no solo por ser hermoso o de familia noble, si no, por su increíble inteligencia. Sin embargo, aquel joven no se sentía feliz al ser admirado por tantas personas, en especial por dos jóvenes los cuales estaban locamente enamorados de él.

Uno de ellos era Alfred, el hijo de un prominente aristócrata allegado al rey. Alfred era un joven quien a pesar de su edad, a veces lograba ser desesperante, no obstante, su porte y altura eran lo que más destacaban.

Y el otro joven era Francis, un joven francés, hijo de un mercader de mucha fama en aquel país. Francis era el clásico joven de deslumbrante belleza varonil y finos gestos, sin embargo, era más conocido por ser mujeriego.

Ambos jóvenes día tras día y noche tras noche, se infiltraban a los terrenos de la familia de Arthur donde demostraban su amor hacia el sin pena alguna. Muchas veces, el joven tuvo que correr a patadas a ese insistente par, no obstante, ellos no desistían de su misión: obtener el amor de Arthur. Cada nuevo día, aun después de haberlos expulsado de sus tierras, se encontraba con ellos, cada uno con un regalo especial para él, de entre los regalos que diariamente recibía, se encontraban cartas de amor, poemas, las mejores ropas, joyas y a veces, muy remotamente, pinturas de Francis en desnudo total, claro esta, cada que recibía aquello, inmediatamente mandaba a quemarlo no sin antes, rociarle agua bendita.

Un día, Arthur harto de la situación que vivía día tras día desde hace algún tiempo y aun indeciso por no saber con quién de los dos jóvenes quedarse, elaboro una prueba que decidiría el futuro de aquellos dos pretendientes. Entre gritos mando a llamar a Peter, su joven lacayo.

-Peter, necesito que hoy cuando regreses de la misa, hables con Francis y posteriormente con Alfred y les digas lo que a continuación te contare- dijo el noble manteniendo su rostro serio.

Posteriormente, llegando la hora para ir a misa y habiendo recibido todos los datos necesarios, Peter partió a la iglesia donde se encontraría con ambos jóvenes. Al terminar la misa, el lacayo espero pacientemente la salida de cada uno. El primero en salir fue Francis. Peter corriendo se acerco a este.

-Señor Francis, mi amo Arthur me ha pedido que le diera un recado- hablo el pequeño interponiéndose –me ha mandado a decir que es hora de que usted demuestre su amor hacia él a través de una sencilla prueba- comento.

Francis quien escucho la palabra "amor" y "prueba" no puso objeción alguna –oh mi hermoso Arthur, si deseas hacerme una prueba para demostrar el profundo amour que día a día te profeso, entonces que así sea- hablo.

Y Peter habiendo escuchado aquello, empezó a contarle exactamente cada una de las palabras dichas por su amo –hace un par de días un pariente nuestro murió, sin embargo, mi padre me ha pedido que vaya al recinto del difunto y me haga pasar por el ya que necesitan el cuerpo para algo mas- comento –pero estoy tan asustado, por favor noble Francis, ayúdeme y mi corazón será eternamente suyo- termino de decir.

El francés sonrió feliz –entonces así será, tan pronto caiga la noche, iré y me hare pasar por el difunto- declaro gallardamente, acto seguido, se retiro.

Peter al ver como el francés había aceptado la prueba dada por su amo, corrió tras la siguiente víctima –joven Alfred, joven Alfred espere- decía intentando alcanzar al mayor –mi amo me envió a darle un recado importante-.

Alfred al escuchar a lo lejos las suplicas del pequeño lacayo, se detuvo y volteo a ver al joven quien le traía el recado.

-Mi amo dice que ya es hora que usted demuestre el amor que le declara noche tras noche- hablo Peter.

Los ojos del mayor brillaron, por fin había llegado la oportunidad que había estado esperando –así que Arthur ha accedido a corresponder a mi amor- hablo –dime que tengo que hacer para que el sea absolutamente mío-.

Y así, Peter empezó a repetir nuevamente al pie de la letra cada palabra dicha por su amo – hace un par de días un pariente nuestro murió, sin embargo, mi padre me ha pedido que vaya al recinto del difunto y lo saque de su tumba para posteriormente enterrarlo en una ubicación nueva- hablo Peter –pero soy tan débil que no soy capaz de hacer eso, por favor Alfred, bríndeme su fuerza y vaya esta noche al cementerio a hacer eso por mí, si lo hace, me entregare a usted en cuerpo y alma- termino de hablar el pequeño un poco sonrojado al haber dicho lo último.

Alfred acepto de inmediato dicha prueba –tan pronto anochezca, partiré al cementerio y cumpliré con lo que pide mi amado Arthur- hablo, acto seguido, salió corriendo dejando solo al pequeño lacayo.

Peter al ver como el plan de su amo empezaba a realizarse, regreso a casa dispuesto a darle las noticias. Al llegar, se encontró con que su amo le esperaba en la puerta.

-¿y bien?- pregunto Arthur ansioso por saber la respuesta de sus víctimas.

-ambos han aceptado mi señor- dijo el pequeño.

Una sonrisa maléfica broto de los labios del noble –perfecto- dijo –Peter, haz que preparen mi capucha, voy a salir esta noche- ordeno. El pequeño al oír las palabras de su amo, se encamino hacia la mansión dispuesto a buscar aquel encargo.

Pronto, la noche se hizo presente y con ello, el plazo para empezar a cumplir el encargo. Arthur quería presenciar con sus propios ojos las escenas que pronto sucederían, así que decidió llegar primero al cementerio. Muy hábilmente se escondió detrás de unos arbustos y espero paciente a que se presentara primero el francés.

Y como si hubiese sido una orden, Francis hizo acto de presencia. El semblante que acompañaba al francés en aquel momento era indescriptible, probablemente por el miedo que tenia al estar solo a mitad de la noche en un cementerio –lo hago por mon amour- se repetía intentando influirse fuerzas y valentía. No obstante, estuvo tentado a abandonar el lugar debido a lo escabroso que era. Con paso débil y tambaleante lentamente se fue adentrando al recinto donde descansaba el cuerpo y llenándose de valor, tomo la masa inerte entre sus brazos llevándola al rincón más apartado de dicho lugar. Habiendo hecho eso, se dispuso a arreglarse para parecer que estaba muerto y se acostó sobre el ataúd.

Mientras tanto, Arthur reía para sus adentros imaginando los gritos y caras de asco que daba el francés. Cuando se tranquilizo, observo que acababa de llegar Alfred, este igual de espantado que el primero.

-vamos Alfred- se decía –tienes que ser un héroe para tu amado Arthur- repetía una y otra vez. Desafortunadamente, el decirse cosas para darse valor no resultaba del todo y aun con más miedo que al comienzo, se quedo mirando la entrada al recinto –solo es enterrar un cuerpo y después de eso, Arthur será todo mío- volvió a insistirse.

Y con dichas palabras, entro al recinto. Dentro, se encontraba el cuerpo del pariente de su amado. Con el miedo que se traía, olvido sus pocos modales y tomo al cuerpo con rudeza. Por su parte, Francis sintió como era levantado por los aires, quiso gritar, sin embargo, tenía que ser valiente y aguantar, si no, no obtendría el corazón del bello Arthur -¡tengo que mantenerme quieto y callado, no importa que me golpeen!- se gritaba mentalmente.

Alfred ya teniendo el cuerpo consigo, empezó a caminar hacia las afueras del cementerio, al área más desolada y abandonada de todas. En el camino, sintió como si el cuerpo exhalara, haciéndolo espantarse y provocándole ganas de desistir, no obstante, el saber que pronto sería el primero en la vida del noble le infundió fuerzas y así, continuo caminando hasta por fin llegar.

Con brusquedad, tiro el cuerpo alado de un árbol y se dispuso a excavar un gran foso. Habiendo terminado el foso, tomo nuevamente al cuerpo y lo aventó. Tomo su pala y empezó a arrojarle tierra encima. Francis quien seguía actuando ser el pariente muerto, empezó a sentir una presión sobre él y algo que parecía ser… ¿tierra?, un mal presentimiento apareció en su cabeza -¡me están enterrando vivo!- se grito mentalmente y valiéndole poco el amor de Arthur, prefirió un millón de veces su vida, así que, dando un gran grito, alerto al otro que se encontraba vivo.

Alfred al escuchar la voz angustiosa proveniente de la fosa, dio un gran salto y salió corriendo de dicho lugar –lo lamento mi amor, prefiero mi seguridad a tu cuerpo y alma- se decía para sus adentros al tiempo que corría con todo lo que sus piernas le daban.

Francis al ver que ya no le echaban mas tierra, entendió que aquella persona había huido espantada y tenía que admitir que el también estaba asustado, así que decidió abandonar el cementerio –pardon mon amour- se disculpo en un susurro mientras soltaba una lagrima.

Mientras tanto, Arthur se revolcaba de la risa, era la mejor idea que había tenido en toda su vida y además había matado dos pájaros de un tiro. Ya no tenía porque corresponderle a ninguno de esos dos jóvenes.

Al día siguiente, Francis y Alfred fueron a hablar con el joven noble. Arthur quien ya los estaba esperando, los recibió.

-oh mon amour, hice lo que me has pedido- hablo primero el francés quien beso como signo de amabilidad la mano del menor.

-yo también hice lo que me pediste- intervino Alfred –tienes que admitir que fui tu héroe- añadió.

Arthur miro seriamente a ambos –ni tu ni tu- dijo señalando a cada uno –a ambos les pedí algo y ninguno lo completo- continuo –así que por lo que a mí respecta, no soy de ninguno de ustedes- finalizo con su mejor risa de villano.

Ambos jóvenes mostraron su cara de decepción y así como llegaron, se marcharon, sin nada más que con el corazón en pedazos. Mientras tanto, Arthur celebraba ya que ahora no sería hostigado por ese par y ya no tendría que escoger a nadie.

Fin.