Los personajes de esta serie no son de mi propiedad.
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– 2 –
La envidia del codicioso
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Abrí los ojos para dar con la base de la cama que estaba sobre la mía. Me sentía descansada, como si realmente ya hubiera estado despierta, hasta que aquel extraño calor invadió mi cuerpo y me hizo ser consciente de que seguía debajo de las cobijas. Recuerdo que cuando iba a la preparatoria solía despertarme de golpe y lo primero que veía era el techo. No eran pesadillas, ni mal sueño o insomnio, sólo una repentina energía mental que me aturdía el cuerpo.
No recuerdo exactamente por qué teníamos una litera, lo curioso era que el colchón de abajo era matrimonial y el de arriba individual. Sin embargo, sí que recuerdo por qué la habíamos desmontado. Mi marido siempre despertaba para darse un golpe en la base de la otra cama. Se justificaba como despistado, pero yo sabía que era, hasta cierto punto, torpe con la modorra encima.
Tampoco recuerdo cómo fue que me quedé dormida, lo último que viene a mi mente es a mi padre y a Natsuki hablando amenamente mientras volvían a montar la litera. Y después a ellos dos en la sala disfrutando de unas copas. Era raro ver a mi padre tomar, más aún con una chica que probablemente tenía mi edad.
Me levanté para descubrirme sola en la habitación, la cama de arriba estaba intacta, como si ella nunca hubiera llegado a dormir; sin embargo, sus cosas estaban arrumbadas en una esquina. Me vestí y fui directamente a la cocina, donde encontré a mi padre tarareando alguna canción, dándome la espalda, moviendo las caderas sutilmente. Al girar su cuerpo, me vio y su sonrisa se ensanchó.
– Shizuru, cariño –se acercó a mí y me depositó un beso en la mejilla–. Estuvimos esperándote para desayunar, pero tardaste demasiado.
– ¿Qué hora es? –pregunté extrañada, buscando a consciencia a la peliazul.
– Falta poco para que sea medio día –se acercó a la cocina para calentar de nuevo el desayuno.
– ¡¿Medio día?! –me senté, dispuesta a almorzar.
– Sí –lo escuché reír–. Desayunamos hace unas horas, Natsuki tiene un apetito voraz.
– ¿Se fue? –me acercó un plato a la mesa.
– No –se sentó enfrente de mí–. Sobre eso, se quedará unos días, me ayudará con algunas cosas.
– ¿Ah, sí? –di el primer bocado al simple plato que consistía en huevos revueltos con más ingredientes. Mis papilas gustativas experimentaron una sensación en demasía agradable–. Esto está delicioso.
– ¿Verdad? –su sonrisa me decía que se sentía pleno–. No sé qué tantas cosas le puso Natsuki, pero le quedó bien.
Miré el plato, luego la comida y después mis palillos. Seguí comiendo.
– Seguramente hará feliz a su esposo –comenté en voz baja–, cuando se case.
Y de nuevo estaba esa risa de mi padre, una de aquellas que, por ser sincera, parece que cuesta sacar. Últimamente todos mis desaciertos le causaban gracia.
– No, Shiz, ella no es así.
– ¿Así cómo?
Estaba a casi nada de contestarme, sentía que sería un dato importante, algo que me dijera una certeza y no toda la ambigüedad que se acumulaba alrededor de su nombre; pero lo que hizo fue levantarse. El ruido de otras pisadas me hizo girar para verla en el umbral de la puerta exprimiéndose el borde de su playera. Parecía que la lluvia le hubiera agarrado a medias, mojándole únicamente el torso.
Mi padre se acercó a ella y pude escuchar su conversación, mientras seguía sola en el comedor degustando mi desayuno.
– ¿Qué sucedió?
– Una de las mujeres –una pausa, que supuse utilizó para recordar algún dato–, Midori, me dijo que el agua de su regadera estaba saliendo sucia. Quitamos el cabezal y vimos que estaba lleno de tierra y que parte de la tubería estaba oxidada– empezó a reírse, mi padre pareció contagiarse–. Fue un error mío no cortar el flujo del agua antes de revisar.
– ¡Diantres!
– Ya sé, ya sé –un suspiró, otro bocado aturdiéndome las papilas y los sentidos–. Ahora debo ir a cambiarme.
– ¿Has terminado las revisiones?
– Sí –¿Qué revisiones? ¿A qué se referían?–. Algunas casas están en perfectas condiciones, supongo que son las que recientemente construiste –y ella le hablaba de tú a mi padre–. Las otras tienen pequeñas fallas, cosa de plomería y unas pocas de electricidad. Tengo una lista de accesorios que debo comprar.
– ¿Youko te habló de su carro?
– También. Sé qué debo reparar –ahora mi plato estaba vacío y apresuré el vaso con jugo de naranja a mis labios–. Y sobre eso… –me levanté para dejar los trastes sucios en el lavabo, la voz de Natsuki bajó hasta ser casi un susurro perfectamente audible a mis siempre buenos oídos–, necesito el carro, ¿puedo?
– ¡Claro! –Volteé justo en el momento en que mi padre regresaba con las llaves y se las ponía en sus manos–. Ni preguntar necesitas, pero primero ve a cambiarte que te puedes resfriar.
– En seguida –ella se adentró a la casa y, al verme, su tranquilo semblante se quebró. Me observó, luego bajó la mirada, después volvió sus ojos a los míos y me sonrió nerviosa–. Buenas.
– Hola, Nat-su-ki –le sonreí sutilmente.
Claro, había que agradecerle por el desayuno más deliciosamente simple que hubiera probado. Y, según mi esposo, una sonrisa mía es el mejor regalo que cualquiera pueda recibir.
La vi tensarse y salir apresurada a la habitación. La seguí con la mirada, viéndola recorrer el pasillo, hasta cerrar la puerta de la recámara con fuerza. Sentí placer ante ese desplante, quizá un poco de malicia por haberlo provocado. Me acerqué a mi padre y le miré con reproche.
– Le estás dando el auto como si fuera tuyo.
– Aún viven conmigo, Shizuru. No puedes reprocharme lo que decida hacer o no en mi casa –una sonrisa victoriosa asomó de su rostro ante mi silencio.
Sí, siempre que se trataba de recordarme lo inútil que era mi esposo en casa, ahí estaba mi padre. No podía contradecirlo, yo sabía que él no era de esa clase de hombres de los que en sus días libres se ponen a revisar los desperfectos del hogar. Él se quedaba en cama a ver la televisión, en calzoncillos y con los calcetines aún puestos. No era una imagen muy erótica que digamos, pero era cariñoso y me procuraba.
Vimos salir a Natsuki con una nueva playera, era holgada y sin detalles, salvo el cuello en uve. Me dedicó una mirada significativa, después pasó de largo para ir directamente con mi padre y decirle que se retiraba. Él asintió y desapareció en la cocina.
Y de nueva cuenta me encontraba sola con el tiempo que había dormido de más como una especie de lastre que me impedía buscar en qué ocuparme. Así que decidí ir a mi habitación a acomodar la cama y quizá leer un poco antes de darme una ducha. Era una especie de ritual que realizaba todas las mañanas. Mi esposo se levantaba a las 5 de la mañana y, mientras él se vestía y se preparaba para salir a trabajar, yo me dedicaba a hacerle el desayuno y guardarle en un recipiente su respectivo almuerzo. Mi incapacidad para conciliar el sueño me obligaba a ocuparme en algo hasta que mi padre se despertara y así poder desayunar con él. Siempre me ha gustado la lectura, por lo que ese tiempo sobrante lo utilizaba para leer.
Sin embargo, esta vez, entrar a mi cuarto significó algo totalmente diferente. Era tarde y había una litera, una mochila enorme y un aroma que se instalaba espeso, denso, y se pegaba a mi cuerpo cual sustancia viscosa. Sentarme en la cama era incómodo y ni loca me subiría a la de arriba únicamente para leer. Acomodarme en el borde que sobraba de mi cama ante la otra fue la solución que encontré.
Tomé El diario de un seductor de Søren Kierkegaard, era un libro que hacía poco había comenzado a leer y me había servido para entender la vida estética, casi hedonista, de mi primer novio, Reito. Leí un párrafo, lo volví a leer y lo releí. No lo retenía. Nunca me había costado poder concentrarme en aquella actividad. Cerré el libro al igual que mis ojos, respiré profundo y ahí estaba la razón, ese maldito olor.
Dejé mi libro en la cama, abrí los ojos y me paré con renovada energía. Fui a la ventana que daba directamente al patio trasero de mi casa y la abrí con la intención de ventilar mi cuarto. Vi la playera de Natsuki colgada en el tendedero, ondeándose a voluntad del viento, jugando con él y conmigo, con mi mente. Una tenue melodía me llegó a los oídos, viajaba por los pasillos desde la sala. Me asomé por la puerta para observar a mi padre a lo lejos, cantando y bailando una canción de The Beatles en compañía de una escoba.
Regresé al interior de mi habitación y vi la mochila que me saludaba tímida en un rincón. Me acerqué a ella y vi en el deslizador de uno de los cierres un llavero con una figura plateada de un lobo con un pequeño zafiro sirviendo de ojo. Justo ahí había un pequeño espacio abierto, donde podía verse una especie de hoja, quizá un documento.
Volteé a la puerta, nadie a la vista, podía aún escuchar la voz de mi padre venir desde la cocina. Natsuki se tardaría en regresar, ¿no? Compraría cosas para arreglar un auto, tuberías y alguna que otra cosa relacionada con el cableado. Debía tardar. No. Tenía que demorar. Eso significaba que podía echar un vistazo y así jugar demasiado bien mi papel de mujer casada, aburrida con la vida y dispuesta a cualquier nueva aventura que fuera una caricia a sus fútiles emociones.
Rodeé la mochila, la miré desde distintos ángulos. Era voluminosa y amorfa. ¿Qué tantas cosas podría llevar? ¿Acaso pura ropa? ¿Calzado? ¿Herramientas? Volví a ver el lobo plateado, me agaché suavemente y con un dedo abrí un poco más el cierre, muy sutilmente, hasta ver que el papel se trataba de una foto.
– Sigues siendo demasiado curiosa, Shizuru –volteé de inmediato ante aquella voz.
La vi de pie, recargada en una de las jambas, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.
– Había una araña en tu mochila –dije lo primero que se me ocurrió–. Y la maté.
– ¿Ah, sí? –Alzó una ceja– Gracias, qué valiente… ¿Puedo ver el cuerpo?
– No… –desvié la mirada, me levanté y me acomodé el vestido.
– ¿Quieres saber lo que hay en mi mochila? –dio unos cuantos pasos en mi dirección.
– No –intenté salir, pero ella se me puso enfrente.
– Yo sé que sí –me tomó por los hombros y me sentó en la cama. La vi acercarse a su mochila y abrir la pequeña bolsa en la que vi la foto– Te enseñaré a mi bebé.
– ¿Tienes hijos?
– Bueno… –se rió nerviosamente–, casi.
Estaba sentada y la vi acercarse a mí. Se puso de cuclillas y posó sus brazos en mis piernas mientras me extendía la foto. La tomé y vi en ella la imagen de un husky siberiano, era un perro hermoso y parecía que sonreía. Tal y como ella lo hacía ante mí, con su cabeza entre sus brazos, en mi regazo.
– También llevo ropa y botas para trabajar ahí –señaló la mochila y se puso de pie–. Y un arma.
– ¡¿Qué?!
– Es broma –soltó una risa estruendosa que, estoy segura, mi padre alcanzó a escuchar.
Le regresé la foto y ella volvió a guardarla en la mochila. Con una sonrisa se despidió de mí y volvió al exterior. El volumen de la música disminuyó y los escuché hablar. Natsuki estaría ausente toda la tarde para poder adelantar sus tareas y tener sus últimos días disponibles. Sentí una extraña opresión en el pecho y me sentí pequeña.
Me sentí niña.
Y sonreí.
…
…
Acostumbrarse a la presencia de Saeko y Natsuki no fue tarea fácil, no para ella que estaba habituada a rondar por su casa con total libertad, pues todo aquello era suyo. El cuarto era suyo, la cama suya, la cocina suya, la sala suya, el baño suyo, el piso suyo, el techo suyo, el padre suyo. La totalidad de ese espacio le pertenecía.
Entonces regresaba de la escuela a casa y le abrumaba ver a la niña peliazul ocupando uno de sus sillones para ver su televisión. O con las rodillas sobre su suelo, con un cuaderno para colorear en su pequeña mesa de centro. O sentada en una de sus sillas del comedor hablando de cosas imposibles con su padre. ¿Había algo peor? Sí, claro que lo había: pasar por el pasillo y observar, con una mirada extraviada y nostálgica, la que antiguamente era su habitación.
Lo más indignante era saber que ahora dormía con su padre, tantos meses peleando una habitación, para que llegara una desconocida y le quitara el trono que tanto trabajo le costó poseer. Había hecho que su padre desocupara una recámara y le comprara una cama que, según su progenitor, había sido una elección estratégica la litera para poder acomodar algunas de las cajas que ya no cabían en la pequeña casa sin más habitaciones que las de ellos dos. Y no sólo eso. No le bastaba a su cruel destino hacerla dormir, con toda la vergüenza, en la misma cama que su padre, sino que ahora lo hacía rodeada de cajas. Y eran tantas que temía que algún día se le fueran encima y la sepultaran sin que nadie se enterara.
Así que sí. Tenía razones de sobra para mirar mal a esa ridícula niña peliazul, que se la pasaba coloreando cosas en aquellos libros que su madre le compraba. Sí, se permitía a veces ignorarla y no corresponderle la sonrisa o no contestarle cuando ella la llamaba. Era lo justo, ¿no?
La tranquilidad le sobrevenía en la escuela, donde ella no estaba, donde sus amigas no sabían su desgracia, donde aún podía pavonearse de ser bonita, de comportarse y de ser agradable. Sin embargo, aquello no lo podía evitar para siempre. Y las vacaciones se encargaron de ello. Era cosa de levantarse y ver que ambas desayunaban lo mismo, mientras su padre y la señora Saeko platicaban de números y nombres extraños. Era cuestión de levantarse y dejar sus trastes en el lavadero, para ir a la habitación, sacar un pequeño libro e irse a la sala a leer. Después ella aparecía, con sus ridículas coletas, su molesta sonrisa, y se posaba en la mesa de centro, con su estúpido cuaderno de estúpidos dibujos para empezar a colorear estúpidamente.
Y a Shizuru le comía los nervios ver todos los errores, los fallos y los espacios en blanco que dejaba al colorear. Y le molestaba saberse atenta a su némesis y no a su nutritiva lectura.
Era inaceptable.
– ¿Por qué dibujas perros azules? –Masculló molesta, cerrando su libro y levantándose para quedar de frente a la peliazul y ver como la pequeña alzaba el rostro y le miraba con esos ojos esmeraldas desde abajo–. Los perros azules no existen.
– Me gusta el azul –contestó con seguridad, como si aquello fuera la regla, la norma que le librara del castigo.
– Pues no lo hagas–y a ella le enervaba la sangre ver esa seguridad plagada de inocencia–. Los perros no son azules.
– Pero me gusta el azul.
– Eso no importaba –se cruzó de brazos.
– Claro que importa, mamá me dijo que puedo dibujar lo que quiera.
– Ya –pensaba en una respuesta plausible, un argumento que derribara las palabras de un adulto, de una figura como lo es la madre–. Seguramente los coloreas de azul porque se están ahogando, porque no pueden respirar y los quieres matar.
– Eso es mentira… –su voz disminuyó y se oía dubitativa.
– Eres mala.
– No…
– ¡Entonces deja de pintar los perros azules!
Y la niña amante del azul se soltó a llorar.
No era la primera vez que Shizuru la hacía llorar, ni tampoco sería la última. Y ella no lo sabía, pero todo ese llanto lo pagaría incluso más caro.
Su primera condena se presentó un trágico lunes, inicio de su segundo año en la primaria, cuando su padre con aquella dulce voz que poseía, se dirigió a ella para declararle su castigo: "Natsuki irá contigo a la primaria, aunque ella entrará a primero, pero deberás cuidarla". Sí, también él la había traicionado y lo sabía porque sonreía gustoso de ver que pagaría por el llanto que a veces le provocaba cuando estaba tranquila y empezaba a discutirle, o cuando le jalaba las coletas sin razón alguna, o cuando le decía que su peinado era feo, o que su ropa era de niño.
Por lo tanto, tuvo que llevarla dentro de la escuela tomada de la mano, porque Saeko y su padre, cuales cómplices, estaban afuera observándolas. Y una vez dentro, se soltó de ella y la miró con severidad.
– No me hables aquí, ¿entendiste? –sentenció ante la pequeña peliazul confundida.
Escuchó que alguien gritaba su nombre a lo lejos y pudo distinguir perfectamente aquella escandalosa voz, pertenecía a su amiga Haruka Suzushiro. Fue hacía ella, dejando sola a Natsuki, rodeada de un montón de niños que no conocía y sin saber exactamente a dónde ir o qué hacer. Después se enteró que fue llevada a clases por un directivo y que recibió un dulce de compensación ante su valentía de acercarse a un adulto. Y eso le molestó. Ella también recibía halagos, ella también era premiada, pero por un esfuerzo verdadero no por pedir ayuda y tener guía.
Sus primeros días en segundo año fueron así, llevar a Natsuki y soltarla una vez dentro de la escuela. Por suerte, ella ya sabía a donde debía dirigirse, pero siempre intentaba retenerla, contarle algo, platicarle sobre sus días. Pero Shizuru no necesitaba saber eso, estaba al tanto de todo, de que se desenvolvía con soltura en su salón, de que era buena en artística y en educación física, de que le costó aprender a leer, pero que las matemáticas se le hicieron sencillas. Ella sabía de sus amiguitos que se había hecho, pues los veía divertirse y hablar de cosas demasiado infantiles para ella.
En casa pasaba algo similar, se veía obligada a ayudarle a hacer sus tareas y resolver sus dudas. Empero, la promesa de que recuperaría su cuarto se le antojaba demasiado. Sólo necesitaba que aquella inquilina, una de tantas, se fuera para regresar con su esposo, así Saeko y Natsuki dejarían de cohabitar con su padre y ella. Por eso lo hacía con cautela, a consciencia, con la suficiente paciencia para no enfadarse con la peliazul.
Ese fue su primer error.
A partir de eso Natsuki empezó a decirles a sus amigos que Shizuru le ayudaba muy amablemente con los deberes y tuvo que explicar que no era que fuera a visitarla a su casa, sino que vivían juntas. Además, tuvo motivos para asegurar que empezaban a forjar una amistad. Eso le trajo alabanzas a la peliazul y un poco más de renombre; pero para ella, para la pequeña castaña, significó otro caudal de burlas con respecto a su padre, el mil mujeres.
Claro, ella era conocida en la escuela, por los alumnos y por los maestros, era respetada y querida; pero su padre tenía una imagen un tanto dudosa ante la gente que recela de las buenas intenciones de otro, sobre todo si con ello no se pide algo a cambio. Lo que pocos sabían era que realmente su progenitor cobraba renta a esas mujeres, aunque fuera una fruslería, pero lo hacía.
El fatídico día llegó cuando Natsuki decidió atravesar la línea imaginaria que Shizuru había dibujado entre ellas, una de la que no era consciente que existía y mucho menos que traspasarla sería el verdadero motivo de su alejamiento. No fue siquiera la intrusión en su mundo imaginario, ni el compartimiento de sus propiedades, o las agresiones sin sentido; tomarle la mano para ir a la escuela o la ayuda recibida; ni siquiera las continuas veces en que ella le rechazó una invitación a dibujar por el simple hecho de que ella no sabía hacerlo como era debido.
A los ojos de Natsuki, todo aquello eran pequeños tropiezos necesarios para que después, casi terminando el primer año, Shizuru le hablara con mayor soltura. Quizá para decirle que no era tan desagradable tomarle la mano, o que dejarle el cabello suelto y no volver a hacerle coletas fue la mejor decisión que Saeko, como se refería a su madre, pudo haber tomado. Todo para que un día, tan simple como sus pensamientos, la castaña pudiera sonreírle y reírse de un comentario bobo suyo.
Feliz ante su día soleado, no vio que el viento había posado las nubes encima de Shizuru. Y se le habían acumulado tantas, que el trueno cayó en el suelo, dibujando una grieta que le impidió seguir avanzando en su dirección.
– ¡NO SOY TU AMIGA!
Eso le había gritado enfrente de sus dos amigos, delante de la chica rubia y escandalosa que era su amiga, la de la castaña. Lo había sentenciado para todos los presentes, enrojecida, con los ojos cristalinos y los puños cerrados ante la impotencia de no poder detener las burlas sobre si eran hermanastras. La observó salir corriendo al sanitario y vio que la amiga de Shizuru, después de mirarla sin saber qué decirle, fue detrás de ella.
Natsuki únicamente quedó de pie, exactamente igual que su primer día de clases: sin saber qué hacer y a dónde ir. La única diferencia era que sus otros dos amigos, Yuuichi y Mai –esta vez no la directora–, la abrazaron y le limpiaron las lágrimas que daban aviso de un insondable sufrimiento.
…
…
Podía verla desde la ventana de la sala, con mis manos en el alfeizar, rozando con mis dedos las macetas que lo adornaban. Se movía de un lado a otro, iba a una casa y salía de ella ligeramente sucia y entraba a otra para salir con una nueva mancha de victoria. Las mujeres le sonreían, extraviadas en sus ojos, deleitadas por la sonrisa que ella les dedicaba y les entraba la urgencia de buscar algo que compartir con ella: galletas, comida, agua, dinero. Algún recuerdo que quedara perenne en su memoria.
¿Qué era lo que me abstraía de ella? ¿El cabello azul, largo, sedoso y cuidado a pesar de los duros trabajos? ¿Su caminar portentoso, gallardo, altanero? ¿La sonrisa fácil, suelta, atractiva? ¿Sus ademanes? ¿Su holgada y bien disimulada feminidad?
¿Y si quería ser como ella?
Inaceptable.
Sentí la cercanía de mi padre, por su calor, por su aroma. Pasó su brazo por mis hombros y me abrazó con suavidad. Miró hacia donde yo y escuché un carraspeo que debió ser una suave risa.
– Me recuerdas a la pequeña Shizuru de 6 años.
– ¿Por? –cuestioné sin quitar mis ojos de los movimientos que ella realizaba.
– Te la pasabas siguiendo a Natsuki, parecía que la asechabas –me soltó para poder rascarse su incipiente barriga–. Recuerdo que cuando la veías en la sala dibujando, echabas a correr al cuarto para buscar un libro, no importaba que ya lo hubieras leído, y te sentabas cerca de ella a fingir que leías, con toda la intención de que ella dejara sus dibujos para que te preguntara qué hacías.
Intenté crear una imagen de mí a los 6 años acosando a una niña, no lo logré.
– ¿Éramos amigas?
– No lo creo –volvió a reírse–. Tú para ella eras como un sol que primero brillaba para iluminarle el camino y después le quemaba. Para ti, ella era un obstáculo a superar. Te la pasabas buscando la forma de pasar por encima de ella.
– No suena a algo que haría.
– Has crecido. Eso pasa, Shiz –sentí sus labios en mi cabeza–. Ahora anda, ve a decirle que la comida está lista.
– ¿Yo?
– ¡Claro! –extendió los brazos indignado–. Pensarás que estoy loco y me ordeno a mí mismo.
A veces yo lo hacía.
No.
Siempre lo hacía.
Salí de la casa para ir al último lugar al que ella se dirigió. Iba caminando lentamente, como no queriendo llegar. Sin embargo, lo hice. Y vi parte de sus piernas ocultas en el pantalón de mezclilla y sus botas de trabajo, pues era lo único que no se tragaba el enorme carro en el que se encontraba metida.
Con la espalda en la tierra, podía escuchar que tarareaba una canción; pude reconocerla porque era de los grupos que escuchaba mi padre cuando quería hacer homenaje a mi madre. Y en vez de oír la dulce voz de Morrissey en The Smiths, la áspera de ella entonaba una de las estrofas de Please, Please, Please Let Me Get What I Want.
– So for once in my life, let me get what I want. Lord knows, it would be the first time ~
– ¡Natsuki! –esa era la voz de Youko, una de las vecinas que tenía una pequeña criatura de unos cuantos meses.
Al verme en el exterior, su jovial alegría se desvaneció. Podría asegurar que, de encontrarse sola conmigo, hubiera tirado la bandeja con todo y vaso.
– Shizuru-san.
– ¿Shizuru? –esa fue la peliazul.
– Buenas tardes –saludé a la mujer con una sutil reverencia.
Vi salir a Natsuki de su escondite con manchas de grasa en la playera y una en la mejilla. Me sonrió desde el suelo y volteó a ver a la mujer. Se incorporó para quedar a nuestra altura.
– Natsuki, la limonada que te prometí –le comentó inhibida por mi presencia.
Ella le extendió la bandeja con la fría bebida. Vimos a Natsuki agarrar el vaso para tomárselo como si de agua se tratara, estirando el cuello, levantando el rostro hacia el cielo, dejando que algunas gotas surcaran por su cuello hasta sus clavículas. Regresó el recipiente con un sonoro golpe en la bandeja y se pasó la mano por la boca para limpiarse el líquido sobrante. Eso sólo provocó que su mancha se extendiera por toda su boca, haciéndola parecer una barba mal pintada.
– Ahora regreso, voy por una toalla –de esa manera huyó Youko para reírse con soltura dentro de su casa.
Yo únicamente sonreía victoriosa. Quizá un poco burlona, pero sólo un poco.
– Mi padre me ha mandado a decirte que la comida está lista.
– Ya –se pasó una mano por el cuello, otra macha se sumó a su sucio cuerpo–. Lo que pasa es que debo dejar guapo a este muñeco –le dio palmaditas al auto–. Además…
– Yo la invité a comer, Shizuru-san, en recompensa al arduo trabajo –y la vecina volvió a hacer aparición–. Lamento robarte a tu amiga. También dile a Kazuya que me disculpe.
– Está bien, disculpe las molestias –hice una reverencia a la mujer. Di media vuelta y antes de retirarme, ladeé el rostro para aclarar un asunto–. Por cierto, ella no es mi amiga.
Lo último que escuché fueron los susurros de las dos y después las risas.
Regresé a casa para comer únicamente con mi padre, así como estábamos acostumbrados. Platicamos de algunos pormenores, me preguntó si tenía noticias sobre mi esposo –claramente no–, y me cuestionó sobre mi salud emocional, de vez en cuando lo hacía. Reímos, recordamos algunas cosas y después me fui a la habitación mientras él se quedaba en la sala viendo un partido de fútbol. Yo detestaba los deportes, de haber sido una película, probablemente hubiéramos hecho unas palomitas y estuviéramos los dos juntos viéndola.
Pero no. Estaba en mi habitación, de nuevo con aquella mochila y su lobo como únicos acompañantes. Pasado el morbo de saber que contenía la maleta, me dispuse a leer, consiguiéndolo en esta ocasión. Me encontraba tan concentrada en el modo en que el personaje principal maquinaba sus planes sobre la destrucción del espíritu de una mujer y la neutralización de su feminidad, que la irrupción de Natsuki me asustó.
– Para haberte asustado de esa manera, seguro estabas leyendo cochinadas –fue directamente a donde se encontraba su mochila, sin siquiera mirarme, pero sí riéndose de mí–. Sigue leyendo, no me prestes atención. A menos que verme te estimule más.
– ¿Te dicen la sinvergüenza?
– A veces, pero por razones divertidas… –volvió a reírse.
No dije nada. Me quedé viendo como sacaba ropa de su mochila, luego una toalla. Salió, supuse que se bañaría. En ese tiempo, en el que ella se bañaba y se cambiaba, aproveché para cenar y no tener que compartir el momento con Natsuki y mi padre hablando de un sinfín de cosas que yo no conocía, que no entendía. Me despedí de mi padre y regresé a la habitación.
Me acomodé dispuesta a otra noche de turbulencia y a un pesado sueño, pero esta vez quería tener razones. Con una sola lámpara encendida cerca del mueble de mi cama, volví a mi entretenida lectura, donde me vi reflejada en aquella joven cautivada por los conocimientos de un hombre que no la reconoce como una mujer, sino como una niña a la que debe enseñarle como caminar por los senderos de la vida.
Con la oscuridad casi inundando mi habitación, ella volvió a entrar después de algún tiempo que compartió con mi padre, otra vez bebiendo. Lo supe por el ligero aroma etílico que desprendía su cuerpo. Y con la vista en mi libro, pero con todos los demás sentidos atentos, expectantes a sus movimientos, pude escuchar como empezaba a desvestirse. Olí su torso recién descubierto ante la penumbra y la incapacidad de mi lámpara para alumbrar más allá de mi rededor. Y sentí el calor que emanaba su cuerpo, reacción del alcohol consumido, en mis brazos descubiertos.
Y la vi. Vi su platinada espalda y la negrura de su cabello tapando el reverso de su sostén. Ella buscaba algo en su mochila, sacó otra playera holgada y volvió el torso, encarándome.
– Te hacía leyendo.
Me sonrojé y rogué a cualquier deidad que impidiera ella lo notara.
– ¿Te gusta lo que ves?
– Tienes buen gusto para la lencería –agregué con decoro, pretendiendo seguir con mi lectura.
– ¿Te sorprende?
Cerré mi libro, lo dejé en el pequeño mueble y la miré.
– A decir verdad, un poco.
– ¿Por? –se vistió la playera y se acercó a la litera dispuesta a subir, pero no sin antes recibir mi respuesta.
– Es… –me descubrí obnubilada–, es como esos regalos que están envueltos de manera fea, pero que al romper el papel, encuentras algo maravilloso, incluso lindo.
Ella se me quedó mirando, alzó una ceja y negó con la cabeza. La vi descalzarse y subir a su cama. Su pantalón salió volando desde arriba para caer encima de su mochila.
– Sigues siendo cruel conmigo –comentó, la cama rechinó, anunciando que estaba acomodándose para dormir.
– Yo me refería a tu vestimenta.
– Es lo que hay, Shizuru. Lo tomas o lo dejas –suspiró–. Siempre lo has dejado.
Ella se asomó por el borde de la cama, unos mechones de su cabello cayeron lo bastante cerca de mí. Alcé la mano para tocarlo y, en efecto, era sedoso como lo imaginé.
– Tú y yo… –continué con un poco de miedo–. ¿Qué éramos?
No quise voltear, estaba segura que me miraba con desconcierto.
– Creo que tu mente es muy imaginativa –su tono de voz me hizo voltear a verla. Pero ella ya se había recostado–. Yo viví aquí con mi madre cuando apenas tenía 5 años. Me hiciste llorar muchas veces.
– Natsuki… –su nombre en mis labios me gustaba.
– Poco importa –la escuché reír– ¿Sabes por qué?
Permanecí en silencio, esperando la respuesta. Y ella me interpretó y continuó:
– Porque sé que sufriste más que yo después de que me fui –volvió a suspirar–. Porque ese día saliste corriendo, llorando, para gritarme que lo sentías... Buenas noches, Shizuru.
No fueron sus palabras ni el dolor que me oprimía el pecho. Fue el insomnio que no me dejó dormir.
Qué ironía.
…
…
N/A: ¡Buenas a todos!
La segunda entrega. De verdad me gustaría resolver las dudas que tienen, pero siento que cualquier información de más podría develar cosas que en su tiempo serán importantes en la historia. No quiero arruinarles la sorpresa jajajaja
Muchísimas gracias, de todo corazón, a todos aquellos que comentaron. Se han ganado un lugar en mi corazoncito.
Y si has llegado hasta aquí, muchas gracias por tomarte el tiempo para leer. Y si está en ti comentar algo, harías feliz a esta humilde escritora :3
De mi parte eso es todo. Cuídense.
¡Nos vemos en la siguiente entrega!
