DISCLAIMER: Todo lo reconocible le pertenece a J.K. Rowling. El resto es producto de mi imaginación.

Aviso: Este drabble hace parte del conjunto que estoy escribiendo para el «Fictober 2018» como reto personal.

Palabra del día: Destello.


Día dos.


El sabor de los labios de Granger es mejor de lo que esperaba. No sé con exactitud cuánto llevaba deseando besarla, pero sé que cuando por fin lo conseguí, sentí como si hubiera ganado la copa del torneo de los Tres Magos, a pesar de que la comparación sigue siendo burda porque darle un beso fue una de las mejores cosas que pude haber hecho en mi vida y definitivamente no es algo que pueda equiparar con nada.

Y no es como que haya tenido demasiados logros de los cuáles sentirme orgulloso durante mi existencia y de la gloria de la que hice alarde durante años por portar mi apellido no queda absolutamente nada, pero, aunque me lo han quitado casi todo, aunque ahora mismo puedo contar mi fortuna con los dedos de una sola mano, conservar el sabor de los labios de Granger en los míos, aun con toda la mierda que me rodea, es algo que no me podrán arrancar ni con todas las torturas del mundo.

De vez en cuando, cuando estoy más hundido en la oscuridad, me permito recordar con la mayor nitidez posible los besos de Granger, esos que me fueron negados durante mucho tiempo por mi propia necedad, y, aunque a veces el fango en el que me encuentro ahora mismo parece lograr enterrarme en él hasta asfixiarme, un destello de luz aparece cuando su rostro llena mi mente y es cuando recuerdo que todo lo que vivo ahora mismo es la consecuencia de algo que debía suceder si quería hacer lo que nunca pensé que podría lograr: amar.

Pero no deja de ser difícil. No soy un héroe. Sigo siendo el mismo cobarde.

Abro los ojos y me encuentro con la realidad que me circunda desde hace semanas: las cuatro paredes de la mazmorra, el aroma a moho y humedad de los rincones y el hedor de la sangre de las heridas abiertas desde mi última tortura que todavía supuran y no sé cómo consigo que mis fosas nasales se inunden con el olor a flores y chocolate que percibí tantas veces en Granger y que, de alguna manera me mantiene cuerdo dentro de tanta porquería.

El amor es incierto y, sobre todo, extraño.

Siempre pensé que amar era sinónimo de debilidad, que quien amaba le daba a la otra persona la posibilidad de destruirlo y ahora, cuando estoy casi a puertas de la muerte por amor, me doy cuenta de que es todo lo contrario porque de no haberme permitido sentir lo que ahora siento, aquello que con celo atesoro en mi mancillado corazón cubierto de piel y huesos, hubiera estado muerto en vida y eso habría sido peor.

De repente, el sonido de pesados pasos, seguidos de una voz profunda y hosca que conozco bien hacen que salga de la fantasía en la que me he sumido de repente, devolviéndome al presente casi de manera dolorosa.

—Levántate, perro traidor —dice al tiempo que ríe de manera burlona—. Tienes una visita.