Seré breve: Hola, lamento mucho actualizar hasta ahora pero les juro (o creo yo) que valió la pena(?).
Haru trataba de pensar una vez más la razón por la que dejó a Makoto convencerlo de ir a ese lugar: a base de "¡No pasará nada, Haru-chan!" o "Yo te voy a cuidar" entre otras palabras y empujones. Poco recuerda de cómo Rin lo sacó a rastras del antro y lo empujó dentro del taxi; escuchó su risa un par de veces por unas incoherencias que él mismo había dicho en ese estado. Cuando volvió a abrir los ojos Rin estaba tratando de sacarlo del ascensor del hotel.
—Haru, ¿cómo fue que…? Agh, Haru, despierta ya —se quejaba Rin mientras trataba de mantenerlo en pie.
Haru, apoyándose en el hombro de Rin y en la pared, hizo un esfuerzo casi imposible por mantenerse de pie.
—Bien, entonces, ¿cuál es su habitación? —preguntó Rin mirándolo mientras se detenían frente al pasillo lleno de cuartos. Haru guardó silencio un instante.
—Trescientos…
—¡¿Qué?! ¡Pero Haru, eso es en el siguiente piso! —Haru, aún con la cabeza inclinada rió un poco para después recobrar el semblante serio de siempre y señalar una puerta del corredor—. No bromees más, Haru. Dame la tarjeta.
Haru en silencio movió de un lado a otro la cabeza.
—¿No qué? … Oh no, no, no. ¡¿No la tienes contigo?! —preguntó el chico de cabello magenta jaloneando al azabache. Haru rió un poco otra vez y cubrió ligeramente su cara con una mano, después, la metió en el bolsillo de su pantalón y le extendió la tarjeta— Eres un maldito, Haruka.
Mientras Rin le arrebataba la llave, Haru lo observó sorprendido pues hace mucho no oía su nombre completo de los labios de Rin, de esa voz ronca que hacía que su nombre sonara especial.
—Ya, entra.
Ri abrió la puerta de la moderna habitación: blanca con dos camas, cada una con su mesita de noche y unas pequeñas lámparas; un gran ventanal con vista hacia la calle. Todo estaba tan ordenado que seguro era obra de Makoto. Se le hizo fácil sentar a Haru en la cama más cercana a la puerta hasta que vio que éste estaba un poco pálido y que empezaría a dar arcadas sobre la alfombra en cualquier momento.
—N-no no Haru, ¡espera!
Rin lo ayudó a incorporarse y lo llevó rápidamente al baño donde lo primero que hizo fue acercar a Haru al lavabo. Pero del pelinegro no salió más que una ligera exhalación con olor a alcohol.
—Bueno… al menos no eres de los que vomita —susurró Rin tratando de no hacerse oír. De pronto Haru cabeceó y dio un golpe seco contra el espejo: se estaba durmiendo de pie. Rin blasfemó al mismo tiempo que trataba de levantarlo. Todo eso, desde el punto de vista de Haru, era una completa ridiculez. Se sentía muy expuesto y tonto, ¿por qué Rin se tomaba tantas molestias? Seguro después en cualquier pelea sacaría a la luz los favores que le había hecho.
—Ya… vete—balbució Haru al mismo tiempo que lo empujaba con un brazo.
Una mano rápida y casi invisible lo sujetó de pronto por el cuello de la playera y tiró de ella. Haru vio ante sus ojos cómo lentamente Rin caía hacia el fondo de la bañera, y él también. Con el vano esfuerzo por sujetarse de algo estable (pues obviamente la cortina de baño y las llaves de agua no lo fueron) los dos cayeron en seco, hasta que la cascada de agua fría se vertió sobre la espalda de Haru.
Al salir Haru de su pequeño "éxtasis místico" (patrocinado por el trago del bar, la otra mitad por el agua)vio la cortina que subía como una enredadera desde sus piernas y aterrizaba en la cabeza de Rin, cubriéndolo por completo. Estaba seco, pero al parecer se había lastimado.
Retiró con cuidado la cortina para no tirarle encima el agua que se había acumulado y de la misma forma se zafó de entre sus piernas.
—¿Oye, Rin, te… pasó algo? —preguntó un poco temeroso al ver una mueca de dolor en su rostro.
—Creo que… mi brazo —alcanzó a decir Rin.
—Debió ser cuando se sujetó de las llaves para que no cayéramos —pensó Haru angustiado. Todos aquellos síntomas regalo del alcohol se habían esfumado y ahora sus sentidos le permitían concentrarse en su amigo— Dame tu mano.
Ahora los papeles se habían invertido; Haru ayudó a Rin a salir de la bañera y lo llevó a la habitación, para luego sentarlo en la cama que se encontraba cerca de la ventana.
—¿Te duele mucho? ¿Puedes moverlo? Espérame aquí, iré a buscar algo.
Rin veía cómo Haru se movía presuroso por la habitación buscando entre los cajones, el armario, sus pertenencias e incluso en las de Makoto.
—Haru, estoy bien, puedo moverlo así que quizá-
—¡No!
Rin se quedó quieto y en silencio, imitando a Haru. Éste último, en la otra esquina del cuarto, temblaba ligeramente mientras sustraía de una maleta un frasco pequeño.
—No… —susurró, y en el mismo silencio que antes, cruzó la habitación y se colocó delante de Rin, otro silencioso espectador—. ¡No me perdonaría si algo te pasa y no vuelves a nadar, Rin!
Su amigo lo miró sorprendido desde la orilla de la cama porque claro, ni Haru esperaba decir eso.
—Rin, yo… —Haru soltó un suspiro y miró hacia el piso—. Cuando te fuiste a Australia me sentí… Makoto tampoco podía asimilarlo. Él siempre estuvo ahí para apoyarme, incluso todas las veces en que quise dejar la natación —Rin hizo una mueca como si fuera a decir algo, pero Haru lo miró, obligándolo a callarse—. Extrañaba tantas cosas como para concentrarme en una sola. Empezaba a sentirme perdido, desilusionado, traicionado… —la mirada de Haru se tornó dura, sin embargo Rin en ningún momento dejó de mirarlo—.No estaba dispuesto a perdonarte si volvías. Todas las veces… Todo ese tiempo que no nos vimos, siempre iba al árbol de cerezos con la tonta idea de que te encontraría ahí algún día —dijo casi susurrando—. Makoto me hizo darme cuenta de que estaba mal, me ayudó bastante…
Rin sentía la boca seca, no sabía qué decir.
—¿Siempre fue Makoto… verdad Haru? —preguntó el pelirrojo con los rojos tristes, al igual que la sonrisa en media luna que adornaba su cara.
—Sin Makoto jamás habría encontrado el camino de regreso, ese camino en el que me perdí buscándote. Y de no ser por Makoto no me habría dado cuenta de lo mucho que me importabas Rin, porque eras más que una motivación para nadar; eras ese algo que a la natación le imprimía una fuerza y un deseo que yo no pude volver a sentir de la misma forma luego de que te fueras. Por más que trataba de no regresar sobre mis pasos, el miedo de seguir adelante sin ti pero con tu fantasma era insuperable. Todo era una circular monotonía que no me llevaba a ningún lado y me preguntaba cómo es que mis rodillas podían aguantar tanto cada día y cuándo volverías, porque yo Rin…
Haru se detuvo de golpe y exhaló. Percibió sus últimas palabras como un susurro ahogado por algo que pronto se transformaría en llanto. Rin observaba desde la cama cómo temblaban sus manos, sus piernas, sus labios. Un suave y agudo jadeo escapó de la garganta de Haru, que a pesar de ser invisible, explotó en los oídos de Rin. Éste, se levantó de la cama con cuidado y en silencio quedando de frente al pelinegro, quien trataba de mantener en su boca como un secreto, todo eso que llevaba dentro.
—Haru —empezó Rin, hablando con una voz tan suave que rompía cualquier contraste con su gruesa voz—. ¿Tú me quieres?
Haru escuchó sorprendido sus palabras y flaqueó un poco, desviando la mirada hacia otro lado.
—Haru —la voz de Rin volvía a tomar ese tono grave y serio habitual al mismo tiempo que le sujetaba el rostro con ambas manos y lo dirigía en su dirección—. Mírame Haru, deja de huir. Mírame y responde.
Como un cristal roto por un martillo, cuando las manos de Rin tuvieron contacto con la piel de Haru las lágrimas empezaron a caer, una tras otra. Haru dejó escapar un sollozo otra vez y cerrando los ojos con fuerza, trató de retroceder.
—¡Haru!
El grito de Rin impactó en él de pies a cabeza; era como una descarga eléctrica, una presión, algo punzante que te hará daño, una sensación demasiado fuerte para algo que no era concreto. Así era la voz de Rin.
—¡Sí!
Las manos de Rin perdieron poco a poco la fuerza con la que le sujetaban la cara, su mandíbula, que hasta entonces había permanecido tensa, se aflojó dejando ver sus peligrosos dientes y un suspiro agitó su contorneado pecho. Haru, alterado, buscaba en un punto ciego del piso algo que le dijera qué estaba pasando. Sentía cómo la presión de los dos desaparecía, pero aun así no entendía qué sucedía.
De pronto, una risa ligera llamó la atención de Haru, quien rehuyó de todos los pensamientos que lo alejaban de ese momento. Sorpresivamente la frente de Rin fue a reclinarse contra la suya y pudo ver de cerca en las mejillas de su amigo un rubor familiar, ese que desde niño había tenido en el rostro cuando algo le parecía romántico; esa característica sonrisa que equivalía a victoria cuando ganaba una carrera. Todo lo que le gustaba en el mundo (además del agua) se encontraba en ese alargado y delgado rostro, tan cerca de él…
—Siempre has sido tú, Rin —dijo más serio y seguro que nunca en la vida. Y sin esperar algo que no necesitaba oír, posó sus labios sobre los del capitán de Samezuka.
No sé qué decir, excepto que fue muy intenso para mí escribir el final; había tantas cosas que quería decir pero creo que no hubo forma mejor de hacerlo que de ese modo. Aunque yo estoy satisfecha con el resultado espero me den su apreciación en los comentarios ^^. Saludos.
