Vocaloid no es de mi propiedad.
Miku is thirsty, really thirsty xD
El sabor a café acaramelado sin duda la ayudo a despertar, aunque fuera un poco. Abrió su ojo izquierdo, observando su reflejo en el espejo. Las estilistas estaban ocupadas con su largo cabello, en el fondo notó a Meiko, leyendo una revista y al resto de su equipo en sus propios mundos. Alejó su café y lo dejó sobre el tocador, cerca de la plancha para el cabello y la secadora. Abrió el otro ojo y parpadeó con lentitud, se vio con detenimiento en el espejo; ojeras marcadas y labios secos. Quería lamerse los labios, pero no lo hizo.
Suspiró frustrada, ya habían pasado dos semanas desde el terrible incidente donde gritó su vida intima. Dos semanas en las cuales no podía lamerse los labios en paz. Dos semanas enteras desde que trato lo mejor en olvidarse de Fukase y su estúpida sonrisa. ¿Quién diría que Fukase ya iba para tres en años en la industria y ella ni enterada? Abrió los ojos, solo para ver su desgastado rostro. Tenía veintidós, por el amor de dios, se veía mucho más vieja.
Las cosas iban bien, si lo pensaba detenidamente, iban perfectamente de no ser porque se ya no podía lamerse los labios en paz. Esa impura y contaminada imagen regresaba a su cabeza una y otra vez. Estas exagerando, dijo Meiko. Ella no exageraba, aquel video era impuro, todo dentro de ese video estaba contaminado, incluso el sofá donde había estaba sentado el susodicho de su desgracia actual.
Suspiró una vez más cuando la obligaron a recargar la cabeza en el respaldo de la silla, cerró los ojos y sintió la sustancia pegajosa y fría de la base. Esponjas suaves comenzaron a acariciar su piel, esparciendo la sustancia. Pues si lo pensaba, las cosas no estaban mal. Nadie había mencionado su grito indecoroso, absolutamente nadie, y eso la alegraba de verdad. Solo imaginar los encabezados diciendo que Hatsune estaba frustrada, estupideces. El delineador líquido tocó su parpado, estaba frio.
Estaban en el set de grabación. No había tenido tiempo para filmar adecuadamente debido a promociones y entrevistas. Había varias preguntas de sus fans en su sitio web, preguntando por el dichoso vídeo. Pues si grababa el vídeo no podía ir a juntas de fans, así que debían decidirse, porque ella no se podía partir en dos. Tomó su café de nuevo y lo llevó a su boca, degustando el caramelo y calmándose.
Era la una de la mañana y solo faltaban las últimas escenas. Deseaba acabar para limpiarse la cara y dormir por lo menos tres horas seguidas. Se levantó cuando estuvo lista. Caminó fuera del improvisado camerino y fue con el director, escuchaba los tacones de Meiko detrás suyo. El director de su nuevo vídeo era extranjero, lo cual le ayudaba ya que tenía que practicar su inglés. Conversaron un poco sobre la idea general, revisó el libreto y procedió a ir a su posición.
Su canción contaba con un estilo electrónico, así que el baile era un punto importante, lo cual causo noches enteras ensayando la coreografía. Sus dos vestuarios estaban compuestos de látex y eso la asfixiaba. Sentía como si no vistiera nada, pero por suerte ahora lo único que quedaba era la actuación. Tomó asiento en el sofá de cuero de color negro y un chirrido sonó cuando se dejó caer en el. Esperó pacientemente en lo que las cámaras se preparaban y observó a su alrededor. Localizó a sus bailarines que platicaban entre si, quien como ellos que tenían con quien compartir su desgracia y alegría.
El director la llamó y ella giró a verlo. No tenía tiempo para quejarse sobre su desgracia, tenía un vídeo que no se grabaría solo. Ya después ahogaría sus penas en chocolate que le pasaran de contrabando. Cruzó sus piernas con elegancia, la izquierda sobre la derecha, descansó su codo derecho sobre su rodilla y recargó su mentón en la palma de su mano; una sonrisa se formó en sus impecables y carnosos labios rojizos.
La grabación terminó hasta las tres de la mañana, estaba exhausta y comenzaba a ponerse de mal humor. Agradeció a todos por su participación con una sonrisa cansada y una reverencia corta, se despidió del director con un apretón de manos y de haber podido se habría ido, pero no. Meiko se quedo conversando con el equipo de producción, Miku suspiró y estiró sus brazos, su manager tardaría un poco y ella sentía que se sofocaba. Con señas logró comunicarle a Meiko que saldría y esta asintió.
No es como si andar con un traje de látex por los pasillos la emocionara, pero tampoco le molestaba, había tan poca gente caminando por ahí que era como si no hubiera nadie más. Pasaba las pequeñas monedas de su mano izquierda a la derecha, tarareaba el coro de su propia canción y sonrió al divisar la máquina expendedora. Por suerte existía ese mágico lugar en la empresa donde estaba lleno de máquinas expendedoras; dulces, bebidas, incluso pan. Observó cada una, pensando que escoger.
Se detuvo frente a una expendedora de líquidos, tenía la garganta seca, al igual que los labios y eso la estresaba de más. Una vez localizó la bebida que quería, tomó la primera moneda y la ingresó en la ranura, tomó la segunda e hizo lo mismo, tomó la tercera y su manicura le jugó una mala pasa; la pequeña moneda salió de sus dedos y en un intento de atraparla esta salió volando y rodó bajo la máquina contigua.
–Mierda–. No estaba bien que una idol maldijera, pero estaba cansada y estaba sola, tenía derecho.
Se inclinó frente a la máquina expendedora y pegó la mejilla al suelo frio y sucio, observó un destellante objeto al fondo. Metió el brazo derecho, estirándolo lo mejor que pudo, pero no alcanzó, frunció el ceño. Se acomodó diferente y pegó la mejilla a la máquina, estiró los dedos y con la punta de las uñas sintió el metal; ya podía saborear su jugo de uva. Se estiró más, haciendo gala de su poca flexibilidad. Sintió el metal con la punta del dedo y realizó presión; la moneda se deslizó por el suelo y quedó fuera de su alcance.
–¡Mierda! –. Gritó, ya sin contenerse, maldita moneda.
Una risa llegó a sus oídos y abrió los ojos, que había cerrado para obtener mayor concentración, frente suyo estaba alguien. Decir que se puso nerviosa fue poco, estaba de rodillas en el suelo en un ajustado taje de látex, levantó la mirada para ver a su inesperado, e indeseado, espectador.
Botas desgastadas, pantalones de mezclilla rasgados y una camiseta blanca demasiado grande para quien la portaba. Miku sintió la sangre subir a su rostro, sus manos comenzaron a sudar y de haber podido habría maldecido de nueva cuenta. Al parecer el destino no pudo encontrar mejor momento para humillarla de nueva cuenta. Tenía que decir algo, algo coherente, algo que explicara su situación y no la dejara como estúpida.
–Mi moneda cayó…–. Eso no fue muy listo, pero al menos dijo algo.
Fukase la miró en silencio, antes de ponerse de rodillas frente a ella. El cabello rojizo y ondulado se movió con ligereza, su piel era mucho más pálida de lo que parecía de lejos y en los medios, y sus ojos tenía un color mucho más penetrante. Sin mirarla, Fukase se inclinó, buscando la moneda. Miku se abofeteó internamente al ver como Fukase levantó la cadera, regresó los ojos al rostro del chico lo más rápido que pudo.
–Está demasiado lejos–. Su voz no era tan aguda como pensó en un principio. –Quizás pueda sacarla–.
Sin esperar nada más metió el brazo izquierdo, intentando buscar el bendito objeto. Sus ojos la habían dejado de ver y ahora miraba al suelo. Miku no esperó encontrarse con Fukase y menos en las circunstancias actuales, sus ojos habían decidido rebelarse y moverse por su cuenta, escaneando al chico frente suyo. A pesar de que la camiseta era de talla mayor, las mangas cortas no cubrían hasta el codo, la tela del brazo izquierdo se había movido debido a la máquina y se había descubierto hasta casi el hombro.
Miku contuvo la respiración cuando la rosada lengua que tanto la atormentaba se posó entre los labios secos del chico, causando que los labios se humedecieran, el ceño fruncido y ojos cerrados. No había un rosa tan marcado en los labios como se mostraba en el vídeo, pero el grosor compensaba el color. Miku tragó con dificultades y si antes tenía la boca seca ahora tenía un desierto instalado ahí. Un gemido de frustración salió de esa boca, grutal y grave, causando un escalofrió en Miku. Fukase se sentó y suspiró molesto.
–Déjame más espacio, creo que puedo alcanzarla–. Dijo sin mirarla.
Miku se levantó y se alejó, Fukase se estiró, mirando debajo de la máquina, volvió a meter la mano. La cantante se mordió el labio inferior, frunció el ceño y maldijo su suerte. Fukase estaba de rodillas frente suyo, con una mano debajo de la máquina, claro que sí, pero el resto no. Su pecho pegado al suelo y la cadera levantada, el rubor se extendió hasta las orejas de Miku. La mezclilla del pantalón se ajustaba a las piernas de Fukase, especialmente los muslos, Miku se preguntó cómo no se rompían las costuras de la prenda.
Contra su voluntad, porque Miku estaba segura que algo estaba dentro de ella obligándola a ver todo, sus ojos siguieron los pantalones, subiendo hasta que su respiración se enganchó. La imagen de un durazno maduro llegó a su mente, redondo y grande. Miku se llevó las manos a las mejillas, sintiéndolas calientes, sus manos estaban llenas de sudor y temblorosas. Tragó con dificultad, ¿pues qué hacía Fukase para tener una retaguardia así? Parpadeó sorprendida, cerró su boca para intentar calmar la sed que sentía.
La camiseta blanca cubría la espalda por completo, pero ante los ojos de una diva ya bastante confundida y acalorada no se le escapó el detalle de que la camiseta colgaba. Se inclinó hacia la izquierda, ya sin pudor y sin preguntarse qué estaba haciendo, si Fukase escondía cosas con ese pantalón, seguramente escondía más con la camiseta. La pulcra tela tocaba en el suelo, Miku estiró el cuello lo más que pudo; sus pies estaban clavados en el suelo.
Una porción pequeña de piel pálida captó su atención, era poco, casi nada. Se movió un paso, ¿quién iba a notar un paso? Ciertamente no Fukase que estaba dando lo mejor de sí para sacar la moneda. Ese paso, que tampoco fue tan pequeño como pensó Miku pero ya no tenía intensiones de pensar en sus acciones, fue ciertamente mejor. Alcanzaba a ver el estomago de Fukase, la tersa piel se extendía, Miku se preguntó si había abdominales trabajados ahí y si la piel era tan fría como parecía, ella se sentía como un volcán en ese momento.
–¡Já! –. La voz de Fukase resonó en el pequeño cuarto.
Miku saltó en su lugar, se llevó las manos al pecho y parpadeó con miedo; ¿Qué acababa de hacer? Se llevó las manos al cabello con horror puro. Había estado actuando como una autentica depravada sexual, había escudriñado el cuerpo de un colega, porque es su colega, ni a "amigos" llegan, mientras este amablemente le ayudaba a salir de un apuro. Aunque pensándolo bien no había escudriñado realmente, vamos que solo vio lo que estaba frente suyo, no es como si haya imaginado el tamaño de lo que Fukase guardaba en los pantalones.
Sacudió la cabeza desesperada, sacando esa extranjera y fastidiosa voz de ella, aún con respiración irregular y sonrojada observó como Fukase se levantaba y sacudía su ropa. Con una sonrisa se acercó a la diva, Miku esperaba que su maquillaje ocultara el rubor en su rostro. El pelirrojo levantó su mano izquierda, mostrando la culpable de las desgracias de Miku. La chica extendía su mano y se la entregó, colocando el frió metal en la sudorosa palma.
Miku observó la moneda. –Gracias…–. Susurró.
Él negó con la cabeza restándole importancia al asunto, aún en su posición realizó una corta reverencia, cuando se levantó una sonrisa estaba en su rostro. Miku se sintió como la peor persona del mundo al estar comiéndose con la mirada a un chico con una sonrisa tan alegre, con ese gesto Miku le perdonó hasta la humillación del otro día; puede que él no supiera que había sido su culpa, pero internamente Miku ya lo había perdonado.
–Fukase–.
Miku parpadeó confusa, para después componerse, erguirse y realizar una reverencia un tanto forzada por su culpa de su traje. Puede que supiera su nombre, pero nunca habían hablado frente a frente, por suerte Miku nunca lo llamó por su nombre, de hacerlo seguramente se habría visto extraño. Se levantó y sonrió lo mejor que pudo.
–Miku–. Respondió y Fukase rió.
–Lo sé–.
Él se giró y caminó a una de las máquinas, donde habían golosinas que personalmente a Miku le encantaban pero su nutriólogo le prohibía, del bolsillo delantero del pantalón sacó unas cuantas monedas que introdujo en la ranura de la máquina, tecleó el número de su producto. Los ojos de la chica se dirigieron a la puerta de cristal y observó como el producto era movido por los resortes y caía, Fukase se inclinó para recogerlos; En serio, Fukase debía parar de inclinarse tanto.
Antes de que él se girara, Miku caminó a la máquina donde había introducido las otras dos monedas, presionó el pequeño botón blanco y le regresaron el resto de su dinero. Lo tomó e introdujo cada moneda con extremo cuidado, cuando estuvieron dentro, presionó el número y observó su bebida ser empujada por los resortes y caer. Se inclinó y lo sacó. Se irguió y se giró, encontrando a Fukase comer las golosinas y mirándole, Miku desvió la mirada y abrió su jugó; tenía la garganta tan seca que estaba segura que podía toser arena.
–¿No es incomodo? –. Levantó el rostro ante la pregunta, Fukase tenía las cejas arqueadas.
–¿Incomodo? –. Repitió.
Fukase asintió con la cabeza. –El traje, ¿es de látex, no? Se ve bastante incomodo–.
Miku bajó la mirada y observó su cuerpo, aún portaba ese traje de una sola pieza; latéx negro con líneas de color amarillo y turquesa, el traje dejaba al descubierto sus brazos pero era de cuello alto. También dejaba ligeramente descubierta su espalda y ahora mismo tenía un par de coletas. El color subió de nuevo a su rostro, había estado de rodillas con el pecho en el suelo y el trasero al aire usando un traje de látex que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Fukase la había visto, la había visto desde arriba y quien sabe desde que otro ángulo.
–Algo…–. Se forzó a decir, aún viendo el brillante material, escuchaba el bombeó de su propia sangre.
Ahora con eso en mente no podía evitar sentirse desnuda frente al otro, con discreción se llevó el brazo izquierdo al pecho e intentó cruzar las piernas, sostenía con fuerza la lata de aluminio con la mano derecha. Levantó nerviosa la mirada, queriéndose asegurar que la mirada que sentía eran imaginaciones suyas, pero no, ahí seguía Fukase observándola en silencio mientras comía. Sin dejar de verla pasó la lengua por sus labios, desasiéndose de la posible azúcar, Miku apretó los dientes.
–Estas grabando un vídeo, ¿cierto? –. Miku asintió, Fukase sonrió de nuevo. –¿Cuándo saldrá? –.
Sinceramente, Miku no tenía ni idea y aunque supiera no le diría, de solo imaginarse a Fukase viéndola bailar en ese entallado traje la ponía de los nervios y sentía como su estomago se retorcía. Levantó la mirada, observando al chico, que había bajado la mirada para rebuscar en la bolsa de plástico. La diva se mordió el labio al observar las clavículas del chico, también alcanzaba a ver una parte de los hombros. Envidiaba a Fukase y su maldita piel blanca como la leche.
–Ni yo lo sé, pero podría avisarte cuando salga–.
–¡Me parece bien! –.
Miku levantó la mirada por completo sorprendida, Fukase metió la mano a su bolsillo izquierdo y sacó su teléfono, acortó la distancia entre ambos y con una sonrisa se lo entregó a Miku. La chica se maldijo al no haber medido sus palabras, ella no quería avisarle de cuando saldría su nuevo vídeo, no quería que la viera de nuevo en el odioso traje. Resignada comenzó a teclear su número, pero no sin antes ver lo agrietada que estaba la pantalla; parecía telaraña, ¿cuántas caídas había experimentado el pobre aparato?
Cuando finalizó de escribirlo observó el espacio para el nombre. Se lo entregó a Fukase. –No pareces del tipo de personas que les guste mi música–.
El chico tomó el teléfono. –No juzgues un libro por su portada–. Se limitó a contestar.
Lo observó teclear un nombre que no alcanzó a leer y guardar el aparato. Fukase regresó a verla, Miku podía llegar a acostumbrarse a esa sonrisa, era agradable y tierna, era como si Fukase se viera como un chico adorable en lugar del demonio de todos sus pesares. Miku respondió con una sonrisa pequeña y tímida.
–Como no creo que guardes tu teléfono en algún lugar de ese traje, te mandare un mensaje después–.
Miku quiso gemir ante la mención de su ropa, pero lo soportó y asintió. Sin más que decir, Fukase se despidió de ella, alegando que tenía que ir con su manager antes de que este le llamara, Miku decidió comerse la pregunta de qué iba a grabar. Cuando Fukase caminaba por el pasillo, y Miku volvía a darle una hojeada, el chico giró causando que Miku desviara la mirada y se llevara la lata a los labios de nuevo.
–Por cierto, me gusta ese traje–. La escaneó de pies a cabeza. –Te queda bien–.
La sangre volvió a subir al rostro de Miku, si seguía así le daría una embolia. Fukase le miró en silencio unos momentos más, causando que Miku se abrazara a sí misma en un intento de cubrirse. Fukase sonrió y se giró, desapareciendo por el pasillo. Miku apretó con fuerza la lata, abollándola y salpicando un poco del líquido en su mano. Estaba confundida, molesta, sorprendida y muerta de calor. Maldito sea Fukase. Cuando regresó Meiko le preguntó que la había demorado, todo lo que su manager necesitaba saber era sobre la moneda.
Es que no debería hacer esto, pero no lo puedo evitar D;
Gracias por los reviews, favoritos y follows :) Son muy lindos.
