Capítulo 2
PVM
Pensé que el lunes nunca iba a llegar, tan impaciente como estaba por que terminara el fin de semana – casi como cada domingo de mi vida, solo que esta vez por razones completamente distintas: si normalmente estaba muerto de aburrimiento durante mis sábados y domingos, con no mucho más que hacer que perseguir alocados y estrambóticos misterios en las noticias, o visitar a los Pistoleros Solitarios para perseguir misterios aún más alocados y estrambóticos que los míos, ahora mismo Scully era el único misterio en el que estaba interesado. No había tenido noticias suyas desde que me marchara de su casa el sábado por la tarde, después de aquella desastrosa conversación que no había ido para nada como había esperado, incluso habiendo esperado que fuera mal de todas formas. Había pensado llamarla el domingo e incluso había cogido mi teléfono y marcado los dígitos de su número, pero siempre había colgado antes de que sonara. Realmente no sabía qué decirla. ¿Lo siento? Sí, ella ya sabía de sobra que lo sentía. ¿Cómo estás? Ella está bien, por supuesto, ¿qué pregunta más estúpida es esa? ¿Tienes algún plan para la tarde del domingo? "Puede que vaya a poner flores nuevas en la tumba de Emily, ¿quieres venir conmigo?" o, mejor aún, "Voy a ir a la Iglesia a rezar un poco por esa otra vida de Emily en algún lugar del cielo, ese lugar espiritual en el que tú no crees. ¿Te apetece unirte?". También podría haberla llamado y animarla a que saliese conmigo y los Pistoleros a tomar una cerveza y charlar sobre teorías y conspiraciones disparatadas y sin fundamento, pero dudaba de que ese fuera su plan ideal para hacer el duelo. Últimamente habíamos pasado más tiempo juntos durante los fines de semana, aunque creo que no es necesario añadir que siempre con algún pretexto profesional, tan cobardes como éramos para confesar que simplemente queríamos disfrutar de nuestra compañía, tal y como hacen las personas normales. Pero, claro está, nosotros éramos todo menos normales. En cualquier caso, no me parecía el momento más idóneo para llamarla e invitarla a que viniera conmigo a buscar instalaciones ocultas del gobierno que estaba convencido de que escondían tecnología alienígena y bla, bla, bla (podéis imaginaros el resto si me conocéis un poquito). No, no era hora de ser un completo cretino, podía esperar hasta el lunes para eso, cuando los dos no hablásemos de lo que había ocurrido el sábado, y yo tampoco la preguntaría que tal estaba y así ella no me respondería que estaba bien, y entonces no compartiríamos el resumen de nuestro fin de semana y nos pondríamos directamente a trabajar en el siguiente caso que fuera de mi interés. Esto es lo que se conoce como comunicación, ¿verdad que sí? Si ya sabía yo que no necesitábamos aquel seminario sobre trabajo en equipo…
Así que, después de todo, volvía a ser lunes otra vez, y ahí estaba yo, sentado en mi oficina, aún solo – el primero en llegar, como casi todas las mañanas -, con el informe de un nuevo caso abierto sobre la mesa pero sin prestar ninguna atención. No podía dejar de mirar el reloj, ansioso por que Scully llegara y hablara. Bueno… no tanto hablar. Mejor, solo hablar, sin cursiva. Hablar, en minúsculas. Necesitaba verla, comprobar que estaba bien. Bueno… no bien bien. Quizás solo bien, como a ella le gustaba repetir. De una manera u otra, solo quería que llegase para que pudiéramos no hablar y yo pudiera comprobar que ella no estaba bien bien, pero que sí estaba bien, como siempre, y pudiéramos pretender que todo estaba bien también y nada había pasado y nadie había muerto recientemente, y así añadir esto a la lista de secretos que ambos cargábamos a nuestras espaldas. Necesitaba esta insana e insensata dinámica entre nosotros para seguir adelante, para darle sentido a mi trabajo, y a mi día a día, y a mi vida. Porque por más que esta relación fuera extraña, e inusual, y quizás incluso defectuosa, seguía siendo la mejor relación que había tenido en toda mi vida. Qué narices, era lo mejor que había tenido en mi vida, a secas. Y lo más gracioso es que ni siquiera era una relación en el sentido estricto de la palabra, pero sabía con seguridad que ninguna de las escasas, superficiales e insatisfechas relaciones que había tenido en mi vida habían sido ni la mitad de gratificantes que esta, incluso sin el sexo y sin las caricias. Y eso era decir mucho, considerando mi "género" favorito de películas… (ya sabéis a lo que me refiero).
Mis pensamientos fueron abruptamente interrumpidos por el sonido del teléfono. Lo cogí con la vista aún fija en el reloj, por un momento preocupado de que algo le hubiese ocurrido a Scully. Me sentí aliviado cuando oí la sobria voz de mi jefe al otro lado de la línea.
"Agente Mulder, ¿está la Agente Scully con usted?"
Buenos días a ti también, mi querido Director Adjunto.
"No, señor. Aún no ha llegado, pero estará aquí en cualquier momento". Contesté, sorprendido de que mi jefe comprobara que llegáramos puntuales al trabajo, algo que nunca antes había parecido importarle.
"Bien, esperaba poder hablar con usted a solas. Quería discutir el nuevo caso al que habéis sido asignados. ¿Ha tenido tiempo de echarle un vistazo al informe?"
Bajé mi mirada a la carpeta con el informe que había estado abriendo y cerrando los últimos quince minutos, nunca fijándome realmente en una sola página del mismo. Digamos que sí, que le había echado un vistazo, claro… Uno y unos cuantos, aunque ninguno de ellos de utilidad alguna.
"Estaba… estaba comenzando con ello ahora mismo. ¿Algo importante que deba saber?"
"De hecho, sí. Estoy preocupado por la Agente Scully. Me temo que este no es el mejor caso para ella ahora mismo…, no después de lo que acaba de pasarle".
Skinner estaba informado acerca de la existencia y el caso de Emily, algo que había hecho yo mismo cuando tuve que pedirle unos días libres, inicialmente para testificar a favor de Scully en la adopción de Emily y, después, para cuidar de ella – si eso es siquiera posible – y ayudarla con todos los procedimientos necesarios para el funeral. El hecho de pedirle días libres era algo a lo que Skinner no estaba habituado, menos aún dos veces en una misma semana, así que tuve que terminar por ser honesto con él y contarle lo que realmente estaba ocurriendo, primeramente porque necesitaba los días, pero también porque estaba preocupado por Scully y quería que Skinner intentara convencerla para que se cogiera un tiempo para ella, algo que había tenido los mismos efectos vanos que mis propios intentos. Desde aquel momento, tanto Skinner como yo nos manteníamos alertas con la salud mental de Scully y dudábamos que regresar al trabajo fuera lo que más necesitaba ella en estos momentos.
Abrí la carpeta del informe del caso tan pronto como oí mencionar el nombre de Scully, esta vez prestando verdadera atención. No tuve que leer mucho: un montón de imágenes de niños muertos hablaron por ellas mismas. Sentí como mi desayuno se revolvía en mi estómago y subía peligrosamente hasta la garganta con la terrible visión de aquellas imágenes: niños de unos 9 o 10 años quemados, con la piel (si es que se la podía seguir llamando así) carbonizada, sus caras y sus extremidades irreconocibles, trozos de carne humana achicharrados en los lugares donde la piel debería haber estado.
"¿Qué narices… que es esto, señor?". Tuve que controlar mis emociones para que no influyesen en mis modales tras el impacto de aquellas brutales fotografías. Estaba acostumbrado a ver cadáveres todo el tiempo en muchas y variadas formas, pero las imágenes de niños muertos siempre eran difíciles de procesar, eran duras y antinaturales, y recordaban que la vida era muy corta, que algunas vidas no llegaban a tener la oportunidad de disfrutar, de amar, de errar, de vivir. No había signo alguno de vida en aquellas fotos: la muerte era todo lo que relucía.
"Lo sé, las imágenes son impactantes. Cuatro muertes en diez días, cuatro estados diferentes – Texas, Colorado, Georgia y Illinois – y sin pista alguna de qué está detrás de estas muertes." Después de haberme informado, bajó la voz, con la inseguridad colándose en su voz como cada vez que hablaba de una manera más íntima: "Este va a ser un caso difícil, especialmente para la Agente Scully".
"¿Hay alguna forma de que podamos deshacernos del caso? Quiero decir, ¿qué le hace tan especial para que haya sido asignado a nosotros?" No había leído el informe aún, pero en una primera lectura simplemente parecía un desafortunado caso de epidemia. Bueno, no simplemente, no me malinterpretéis, pero no encontraba rastro de lo paranormal en ningún lado.
"Las autoridades tampoco vieron nada raro al principio aparte, claro está, de las terribles condiciones de los cuerpos. Ni siquiera eran casos relacionados, pero todos tenían algo en común: segundos antes de que los niños murieran, pronunciaron un nombre. Resultó que el nombre que cada uno pronunció coincidía con el de la siguiente víctima. La conexión entre los casos no se estableció hasta que la policía local compartió la información entre estados, impactados como estaban con las muertes. Fue así como se dieron cuenta del extraño fenómeno del nombre. El primer niño pronunció un nombre antes de morir que resultó ser el de la siguiente víctima, y lo mismo sucedió con las siguientes."
"¿Qué quieres decir que pronunció el nombre de la siguiente victima? ¿Con nombre y apellido?" Este caso comenzaba a tener suficientes elementos de intriga como para trabajar en él y, en circunstancias normales, me faltaría tiempo para hacer todas las preguntas que me empezaba a formarme, mientras improbables e infundadas teorías se irían formando en mi acelerada mente. Pero estas no eran circunstancias normales, y todo lo que podía pensar ahora mismo era cómo esas horribles fotografías del caso iban a afectar a mi compañera.
"No, solo los nombres: Peter, Jenny, David. Es por ello por lo que la policía no prestó demasiada atención a ese detalle. En los cuatro casos los niños murieron en la escuela, durante una clase, con el resto de alumnos y los profesores de testigo. La policía pensó, en un primer momento, que los niños estaban intentando pedir ayuda a alguno de sus compañeros de clase."
"¿Y cómo murieron? Las fotos tienen muy mala pinta". No pude evitar la pregunta, a pesar de que ya me esperaba la macabra respuesta.
"Murieron quemados, de repente, sin razón alguna. No se encontró ningún artefacto o material explosivo entre sus pertenencias en ninguno de los cuatro casos. Estaban sentados en sus pupitres cuando empezaron a arder, para el horror del resto de compañeros que no paraban de gritar mientras los profesores intentaban apagar las llamas, aunque ninguno de ellos llegó a tiempo de salvarles. Imagínese el trauma que tienen los alumnos de estas cuatro escuelas. Cuando descubrieron que los cuatro niños habían muerto de la misma manera, la alarma social se extendió como la pólvora entre los cuatro estados. Y ha sido entonces cuando el FBI se ha atribuido el caso."
"Sí, me lo puedo imaginar". Estaba siendo honesto con mi respuesta, pero mi preocupación no estaba tan relacionada con la reacción social como con la posible reacción de Scully. "¿Y se ha sacado algo en claro de las autopsias?"
"No, las cuatro fueron declaradas inconclusas, aunque están de acuerdo en la causa: combustión espontánea. De lo que no tienen idea es del origen."
Vale, creo que ya sabéis cuánto me gustan esas dos palabras. Combustión espontánea. Eso era como un hueso para un perro, como la harina para los panaderos, como Scully para Frohike. Y, sin embargo, un escepticismo desconocido nacido inexplicablemente dentro de mí estaba determinado a no ver lo paranormal, la parte "X" en este expediente.
"De acuerdo, es una extraña forma de morir, eso es verdad, pero no es nada que no se haya documentado ya en la ciencia. ¿Y qué hay de cierto en esta historia de los nombres? ¿Se supone que tenemos que ver una relación basada en qué, el testimonio de un puñado de niños de 10 años completamente aterrados? Sí, la verdad es que suena muy fiable a mi juicio". No sabía de dónde venía toda esa susceptibilidad, pero no podía evitar sacarla.
"No solo los compañeros le oyeron pronunciar un nombre, también los profesores aseguran haberlo oído en los cuatro casos. Creo que eso le da un poco más de fiabilidad, Agente Mulder."
"Si usted lo dice…", añadí, con la ironía inconscientemente manchando mis palabras. Si Skinner estaba ofendido por la agresividad de mi voz, decidió dejarlo pasar. Incluso aunque apreciaba ese gesto por su parte, no consiguió que cambiara mi rechazo hacia el caso ni un poquito. "¿Y qué hay del FBI? ¿Han conseguido hacer alguna conexión entre los cuatro niños?"
"No, ninguna. No tienen nada en común: diferentes estados, diferentes escuelas, diferentes amigos, diferentes familias. Nada que los relacione a primera vista."
"¿Algún campamento de verano al que hayan podido asistir juntos? ¿Algún viaje, quizás?"
"Están trabajando en ello, pero no han encontrado nada aún. Aunque parece un proceso laborioso, muchos campamentos de verano y asociaciones juveniles no llevan un registro escrito de sus estudiantes, y muchos otros los tiran cuando pasan un par de años".
"Pues parece que tienen trabajo que hacer, sí." De nuevo, mi amiga la ironía colándose entre mis palabras.
"Agente Mulder, usted tiene trabajo que hacer. El FBI se ha quedado sin ideas y están abiertos a nuevas "formas" de investigar, y aquí es donde usted y la Agente Scully intervienen."
Tuve que morderme la lengua para no responder lo que realmente pensaba, y de nuevo hice caso de mi amigo Confucio: guardé silencio y oí a Skinner suspirar al otro lado del teléfono.
"Han oído hablar de su reputación en este tipo de casos y quieren intentar todas las posibilidades para resolver el caso antes de que mueran más niños".
"Si mueren más niños, querrá decir." Estaba siendo un verdadero grano en el culo y por un momento sentí lástima por Skinner, sabiendo lo cansado que podía llegar a ser tener a alguien al lado que corregía y puntualizaba cada cosa que salía de tu boca.
Creedme, creo que tengo un poco de experiencia en eso.
"Agente Mulder, estas son órdenes directas de los superiores. Una de las víctimas, la última, es el hijo del Jefe de la Policía de Chicago. Le ha pedido al FBI que trabajen juntos con la policía para averiguar qué o quién es responsable de estas atroces muertes. Le aseguro que he intentado todo lo que he podido para quitarles este caso de encima, pero han dicho expresamente que quieren al Equipo de los Expedientes X trabajando en el caso".
Así que ahora querían el consejo de Don Siniestro, ¿eh? Justo la única vez en que no me sentía con ganas de darlo. Me tuve que reír ante la ironía del asunto.
"No somos un equipo, señor. Solo somos dos agentes siniestros trabajando en el sótano de la sede del FBI. Somos el hazmerreír del departamento. No veo en qué podemos ayudar."
"Déjese de tonterías, Agente Mulder." Ya me estaba preguntando cuánto tardaría Skinner en perder su inmensa paciencia. "Sé cuánto le interesan este tipo de casos. Es la Agente Scully la que te preocupa, igual que a mí, así que puede dejar de actuar como un cretino".
Me alegré de estar sentado; sino, con seguridad me habría caído al suelo después de oír a mi calmado y comedido jefe usar la palabra "cretino".
"Lo siento, señor, pero creo que este es el peor caso que la Agente Scully podría investigar después de la muerte de Emily. ¿Está seguro de que no hay nada que podamos hacer para rechazarlo? ¿No puede poner a trabajar a otros agentes?" Sabía que mis intentos eran en vano, pero tenía que intentarlo de todas maneras.
"Siento decirle que no, Agente Mulder. Nadie más tiene su nivel de experiencia en esta área".
Así que ahora éramos un equipo y un área. Me preguntaba qué más cosas nos habían denominado sin tener ni idea de ello.
"Señor, realmente creo que este caso puede ser dañino para Scully." Omití la palabra "Agente" a propósito, intentando transmitirle que mi preocupación traspasaba lo profesional.
"Soy consciente de ello, Mulder". Me respondió con la misma omisión, un detalle que interpreté como un interés personal tanto en mi compañera como en mí. "Pero mis manos están atadas. Es por ello por lo que quería hablar con usted antes de que llegase la Agente Scully. Quiero pensar que podemos intentar convencerla para retirarse de este caso. Estoy seguro de que usted solo puede ocuparse del caso. Después de todo, es su conocimiento y su actitud la que necesitan."
Ciertos recuerdos del sábado cruzaron momentáneamente por mi cabeza, recordándome lo tensa que era mi situación con Scully en ese momento.
"Siento decirle que va a ser imposible, señor. Ya intenté hablar con ella la semana pasada y convencerla de que cogiera unos días libres, pero rechazó mi sugerencia."
"Sí, lo sé. También rechazó esa misma sugerencia por mi parte, y algo me dice que también rechazará esta, así que creo que tendré que plantearlo más como una orden y menos como un consejo, si entiende lo que quiero decir."
"Ajá." Sonreí ante su ocurrencia. "Sí, lo entiendo perfectamente, señor."
"Bien. ¿Puede decirla que pase por mi oficina cuando llegue?"
"Lo haré, señor. Pero… por favor, no sea muy duro con ella."
"Descuide, Agente Mulder. Es por su propio bien." Skinner habló con seguridad y determinación, y yo sentí que podía confiar en él, una sensación que comenzaba a sentir cada vez más a menudo.
"Lo sé. Se lo diré en cuanto llegue." Y justo antes de que los dos colgásemos, añadí: "Y… ¿señor? Gracias por hacer esto."
"No hay que darlas, Agente Mulder".
PVS
Me sentía tan vacía.
En realidad, vacía ni siquiera comenzaba a explicar cómo me sentía en aquellos momentos. Me sentía seca, inútil, insuficiente.
Me sentía estéril. Era estéril.
Cuando me comunicaron la noticia, no recuerdo que fuera tan duro. Había sido doloroso, por supuesto. Uno de mis sueños arrancado de mis entrañas sin preaviso, literal y no tan literalmente. Pero el alivio que sentí después de recuperarme de mi cáncer me había provisto de una forma de ver las cosas completamente distinta, me había hecho sentir tan agradecida solo por ser capaz de seguir respirando, de seguir viviendo, que oír tan malas noticias en vez de hundirme, me hizo más fuerte, me hizo creer que no era más que otro obstáculo en el camino, nunca tan alto y tan severo como el cáncer de origen desconocido al que acababa de enfrentarme y plantar cara pocos meses antes. Pensaba que si había sido capaz de recuperarme de aquello, estaba dispuesta a aceptar lo que fuera que Dios tuviera planeado para mí.
… O eso había pensado.
Porque no había previsto esto, no había previsto que fuera a vivir algo tan difícil tan poco tiempo después, ni siquiera medio año después de mi recuperación. La verdad es que no esperaba que algo así sucediese. Esperaba casos peligrosos, más causas perdidas por las que mi compañero hubiese decidido pelear, tal vez alguna que otra desagradable sorpresa cortesía de nuestro querido Fumador. Pero no estaba esperando esto. No la estaba esperando a ella.
Y, de repente, Emily entró en mi vida, tan inesperada como brevemente, de la misma manera en que salió de ella. Apareció y todas mis defensas se derrumbaron, toda mi resignación desapareció y una esperanza ancha e ilimitada empezó a crecer muy dentro de mí, una esperanza de que las cosas podrían ser diferentes, de que mis plegarias habían sido escuchadas, de que quizás la vida me estaba compensando por todo el dolor y el sufrimiento, por tanta pérdida como había tenido; que quizás, solo quizás, me merecía esto, que si la vida daba una de cal y otra de arena, era el momento de lo segundo. Así que había caminado esperanzada por la arena, solo para descubrir pocos días después que mis expectativas, mis deseos, eran inútiles. Todo había ocurrido tan rápido que ni siquiera había tenido tiempo para estar con ella, para conocerla mejor, para demostrarla cuánto la quería. Porque la verdad es que había comenzado a quererla desde el primer momento en que supe que era mi hija, la había querido tanto en tan poco tiempo, sin dudar si quiera un segundo antes de pedir su adopción, consciente como era de que mi vida iba a cambiar por completo. Pero no llegué a tener la oportunidad de ponerlo a prueba porque se fue mucho antes de que pudiera ganar esa batalla. Cada día enfermaba un poco más, cada día estaba un poco menos viva. Emily no estaba destinada a suceder, al igual que tampoco lo estaba mi maternidad. Y me había agarrado a un clavo ardiendo, tal y como había hecho Mulder con mi cáncer, solo que, esta vez, no había funcionado. Nada había funcionado para ella y había tenido que verla morir enfrente de mis ojos, impotente y horrorizada, suplicando a Dios que por favor no me hiciera pasar por aquello en ese momento, que por favor, por favor, no me hiciera pasar por aquello nunca jamás.
Pero, esta vez, mis plegarias no fueron escuchadas.
Y, ahora, ella ya no estaba. Estaba una semana y ya no lo estaba la siguiente. Era algo inaceptable, algo que no me entraba en la cabeza. No podía asimilarlo, no podía procesar tanto dolor en tan corto espacio de tiempo.
Porque lo había tenido y lo había perdido, me habían enseñado el caramelo y me lo habían quitado antes de poder disfrutarlo, antes de poder darle sentido a esta tragedia. Ella se había marchado antes de que pudiera crear nuevos recuerdos para combatir la batalla. Y ese sentimiento era sobrecogedor, el ser consciente de los abrazos que nunca le daría, de los helados que nunca compartiríamos, los deberes que nunca le ayudaría a hacer, los recuerdos que nunca crearíamos. No había sido suficiente, no era suficiente con el corto tiempo que habíamos compartido, nunca sería suficiente. Y lo peor de todo es que era algo que ya no volvería a ocurrirme: ahora era estéril. Era estéril y lo sentía continuamente, constantemente. No podía quitarme a Emily de la cabeza y ella era el vivo y constante recordatorio de mi infertilidad, una nota mental 7 días a la semana, 24 horas al día. Me recordaba que era un hecho, un hecho científico, definitivo, uno sin vuelta atrás. Y, de repente, el dolor ya no parecía tan manejable, la noticia de mi esterilidad ya no parecía tan fácil de digerir.
Porque algo se había roto dentro de mí.
Había perdido mi fuerza. Ya no había lucha dentro de mí, no había sueño, ni maternidad, no había nada. Estaba vacía en todos los sentidos. No me quedaba más energía que gastar y no sabía cuánto tiempo podría soportarlo, cuánto tiempo pasaría hasta que fallara, hasta que me desmayara.
No sabía cuándo me rompería en pedazos, pero estaba segura del cómo.
El cómo estaba sentado en su escritorio cuando entré en la oficina el lunes por la mañana. En cuanto me vio, Mulder inmediatamente cerró la carpeta que tenía abierta encima de la mesa y me miró con las huellas del miedo escondidas muy adentro de sus ojos.
Aquellos ojos.
Podía ahogarme en aquellos tristes ojos del color de la avellana, aquellos ojos que se asomaban directamente a mi alma. Era su arma para desarmarme, para arrastrarme hasta él. Era de la manera en que me decía todo sin palabras, una poderosa atracción contra la que tenía que luchar muy fuertemente para intentar mantenerme centrada cuando me explicaba su interpretación de un nuevo caso, una mirada que tenía que evitar tantas veces si quería ser capaz de mantenerme concentrada en mi contraataque científico.
Y, recientemente, los ojos que me miraban inquisitoriamente, cuestionándome más que nunca, tratando de desnudar mi mente y mis pensamientos. Tenía tanto miedo de esos ojos, tal miedo de no poder seguir engañándole; asustada de que llegaría el momento en el que no sería capaz de seguir diciendo que estaba bien, en el que acabaría perdiéndome en mí misma.
"Hola", me dijo, cruzando sus brazos por encima de la mesa, intentado esconder la carpeta debajo de ellos.
"Hola", le contesté, intentando evitar sus ojos y mirando directamente a la mesa. "¿Caso nuevo?"
"Eh… Sí, caso nuevo." Dudó por un instante y, cuando volvió a hablar, su voz sonó insegura. "Pero, primero, tienes que ir a ver a Skinner. Acaba de llamar y ha dicho que quería hablar contigo en cuanto llegases."
"¿Solo conmigo?" Elevé mis cejas en señal de incredulidad, como hago cada vez que Mulder comparte alguna de sus irracionales teorías conmigo.
"Sí, solo tú." Esperaba que fuera a añadir algo más, pero no fue el caso.
"De acuerdo, entonces. Volveré en un momento." Añadí esto mientras me dirigía a la puerta, sin ser consciente aún de que regresar para empezar con el nuevo caso era justamente lo que Mulder y Skinner estaban intentando evitar.
PVM
Mi compañera estaba en negación.
Había estudiado el proceso del duelo muchas veces a lo largo de mis estudios en Psicología, y estaba muy familiarizado yo mismo con las etapas. Me había llevado mucho tiempo superar esa primera fase del duelo después de la desaparición de mi hermana. Había sufrido la reacción inicial de la pérdida, incrédulo hacia el hecho de que hubiera desaparecido. Era muy consciente de aquellos primeros momentos, terribles y confusos, la desconfianza tu única arma de defensa, tan incapaz de procesar una verdad tan dolorosa, tanto que tu cuerpo, tu mente, usa la negación como mecanismo de defensa para enfrentarte en esos primeros momentos de dolor. Había permanecido en esa primera etapa un largo tiempo y sabía cuán desgastador podía ser si extendías esta respuesta temporal en el tiempo.
Es por eso por lo que también sabía, sin duda alguna, que Scully estaba estancada en esta primera etapa de su duelo. Y aquello era algo que me preocupaba, no únicamente porque era la primera de cinco difíciles y largas etapas, sino por su tendencia a negar su sufrimiento y a demostrar siempre que estaba bien. No quería que mi compañera se quedara atrapada en esa fase indefinidamente. Era más fácil pretender que el dolor no estaba ahí, era más fácil engañar a los demás y a uno mismo. Yo también había estado ahí.
Qué narices, a veces incluso me preguntaba si aún seguía ahí.
A veces me pregunto si realmente he superado esa primera fase, si aún sigo negando su pérdida y me escondo detrás de hombrecillos verdes; si mi eterna búsqueda de la razón es solo un mecanismo para evitar confrontar su desaparición. Porque quiero creer, sí, pero ¿realmente sé en qué?
Para mi compañera la pérdida era aún mayor, la pérdida era impensable. Conocer a tu hija pocos días antes de que muriese y pocos meses después de haber descubierto que no puedes tener hijos. Tragedia sobre tragedia. No podía ponerme en su situación incluso aunque lo intentara, incluso si no fuese el miserable egocéntrico que soy; pero sí que podía sentir su dolor, podía apreciar el sufrimiento en sus ojos, en su silencio, en las lágrimas que no se permitía llorar. Incluso podía sentirlo en la manera en que me aseguraba que estaba bien, cada vez con más esfuerzo y menos convicción que la última. Y quería ayudarla, quería ayudarla tanto, quería estar ahí para ella en lo que fuese que necesitase de mí, si es que acaso había algo que pudiera ofrecerle ahora mismo. Pero me sentía impotente porque ella no me dejaba ayudarla, no dejaba que nadie la ayudase, que le hiciéramos el proceso un poco menos doloroso, o al menos, que alguien le ayudase a no hacer ese doloroso proceso completamente sola. Pero ella rechazaba toda ayuda, viniese de donde viniese.
Y estaba a punto de constatar aquello de nuevo…
"Así que tenemos nuevo caso. Háblame un poco de él". Scully habló y caminó hasta la mesa con determinación, sentándose enfrente de mí con sus ojos fríos como témpanos y sus sentimientos bien encerrados dentro sí misma.
"¿Has hablado con Skinner?" Le pregunté, aunque ya me temía la respuesta.
"Sí, lo he hecho, Mulder. Y le he dicho lo mismo que te dije a ti el sábado."
Dudé en cómo continuar, pues tenía miedo de precipitar las cosas nuevamente si insistía y terminar tan desastrosamente como dos días atrás, pero tenía aún más miedo de que las fotos del nuevo caso la destrozaran por dentro.
"Scully…" No añadí nada más, suplicando con mis labios pero, sobre todo, con mis ojos.
"Mulder, ya hemos discutido esto. Necesito trabajar".
No vayas ahí de nuevo, Scully, estuve a punto de replicar. Pero me mordí la lengua y simplemente la miré desesperanzado, una mesa y un millón de secretos situados entre nosotros.
"En fin, de acuerdo". Rompí la mirada y comencé a informarla sobre el caso, pero el tono de voz típicamente apasionado que usaba cuando teníamos un caso nuevo no me acompañaba esta vez. "Cuatro muertes, edades entre 9 y 10, cuatro estados diferentes. Todos murieron en clase en las mismas circunstancias: convulsión espontánea."
Esperaba que Scully pusiera los ojos en blanco y añadiera algún comentario irónico, pero permaneció en su silla inamovible, con una mirada totalmente indescifrable.
"La policía no pudo encontrar el origen del fuego en ninguno de los cuatro casos". Continué con el caso un poco más. "La conexión entre los cuatro niños es, en mi opinión, un poco débil, pero se cree que cada niño pronunció el nombre de la siguiente víctima antes de morir."
"Déjame verlo." Scully señaló la carpeta del caso. Por un segundo me paralicé, incapaz de mover mis manos ni mis labios. Pero mi compañera no tenía humor para negativas. "¿Puedo ver el informe, por favor?"
"Scully", conseguí encontrar mi voz otra vez. "No sé si Skinner te ha advertido de…"
"Sí, ya lo sé, Mulder. Skinner ya me ha dicho todo lo que necesitaba saber, gracias." Añadió estas palabras sin temblar lo más mínimo, su mano extendida en dirección a la carpeta.
Suspiré, y después le entregué el informe.
Por favor, no te rompas en pedazos. Por favor, no.
Abrió la carpeta y comenzó a pasar las páginas hasta que encontró las fotografías. Y entonces se quedó mirándolas en silencio, su cara una máscara de hielo, sin hacer movimiento alguno. Si algo se había roto dentro de ella, estaba siendo muy buena actriz.
Conseguí respirar otra vez e intenté continuar con el caso para evitar que se pudiera concentrar demasiado en aquellas horripilantes imágenes.
"Quieren que nos unamos porque lo han intentado con los métodos tradicionales y aún no han resuelto el caso. Parece que están dispuestos a gastar tanto dinero como sea necesario para resolverlo. ¿A que no adivinas quién es el padre de la última víctima?"
"Así que lo sabías", dijo de repente.
Dejé de hablar y la miré con confusión.
"¿Perdón?"
"Sabías todo este tiempo que era infértil".
¿Aquello era una pregunta, una observación o una recriminación?
Algo dentro de mí me decía que la última opción era la correcta.
"Scully…" La miré con la culpa inundando mis ojos. "Como te dije, pensé que te estaba protegiendo."
Esta vez, sus ojos se humedecieron un instante.
"Lo sabías y no me lo dijiste."
"No sentí que fuera el momento de decírtelo. Te acababas de recuperar de tu cáncer…"
No me dejó terminar la frase, su mirada dolida atravesando la mía cuando añadió:
"Tenía derecho a saberlo."
Sus palabras dolieron más que un cuchillo afilado.
Porque tenía razón, porque era un miserable hijo de perra, y porque no tenía excusa.
"Lo sé. Y lo siento."
Sentía que últimamente no hacía más que excusarme. A Scully, a mi jefe, a mí mismo.
Scully no dijo nada, pero rompió el contacto visual conmigo y se tomó su tiempo para recomponerse, para volver a construir su coraza.
"¿Qué es lo siguiente?" Cuando habló, señaló al informe con los ojos, que ya volvían a estar secos.
Me llevó un segundo centrarme y responder.
"Ellos… quieren que estemos en Illinois lo antes posible, el estado donde ha muerto la última víctima. Ya he reservado un billete para el vuelo de las 11.45…" Sentí su mirada asesina sobre mí y añadí rápidamente: "… pero si quieres puedo reservar un billete más para ti."
"Hazlo. Yo iré a casa a hacer la maleta." Me devolvió el informe, se levantó y se fue de la oficina sin mirarme ni despedirse.
PVS
Nevaba en Chicago cuando aterrizamos allí. El nuevo año acababa de empezar, un año de deseos y esperanzas, y enero era el mes para los planes, el mes para enmendar los errores y comenzar de cero.
Cómo deseaba poder hacerlo yo también, como deseaba saber cómo hacerlo.
Hicimos el viaje en silencio, tanto en el avión como en el coche de alquiler que recogimos en el aeropuerto. El silencio era incómodo, pero no más que las últimas conversaciones que habíamos tenido recientemente. Mulder llevaba la palabra culpa escrita por toda la cara y casi ni me miraba. Yo, por mi parte, era un bloque de hielo en aquel momento, quizás no la mejor de mis actitudes, pero la única que podía usar para esconder el dolor y la rabia y la ira, para controlar tantas emociones que gritaban por salir desenfrenadamente.
Mulder siguió las señales indicativas hasta Naperville, un pequeño pueblo situado a 50 km de Chicago. Naperville era un tranquilo y seguro pueblecito, al menos hasta el momento, según los testimonios de los amigos y vecinos de David, la última víctima. Antes de visitar a la familia, hicimos una breve parada en un motel de carretera a las afueras de Naperville.
"¿Una habitación o dos?" La mujer del mostrador nos preguntó sin siquiera levantar la cabeza de la recepción, sin emoción alguna y, probablemente, muy aburrida.
"Dos habitaciones, por favor". No era mi intención sonar enfadada, pero fue así como soné.
"¿Podrían ser dos habitaciones contiguas, si es posible?" La voz de Mulder sonó urgente, incluso algo desesperada.
La mujer afirmó con la cabeza y cogió dos llaveros del soporte que tenía detrás de ella.
"Habitaciones 5 y 6, justo al final del pasillo. Ahora necesito una identificación, por favor."
Dejamos nuestros equipajes en las habitaciones y nos dirigimos de vuelta al coche. Hicimos todo esto en silencio, pero de alguna manera nos las apañamos para actuar al unísono, de acuerdo al elegir el número de habitaciones y al decidir que el conduciría.
Nos conocíamos demasiado bien, incluso cuando estábamos enfadados.
Mulder echó un vistazo al mapa de carreteras y se dirigió a la casa de los señores Garner, los padres de David. Nos habían advertido, tanto Skinner como en los informes, de que Marta Garner no estaba en condiciones de hablar con nosotros y de que sería Rob, el Jefe de la Policía de Chicago, el que nos informaría detalladamente del caso. No sabía si él era el fuerte de la pareja, pero siendo el jefe de Policía, seguramente había visto otros casos tan horripilantes como aquel. Y, sin embargo, eso no ayudaba ni siquiera un poquito, aquello no hacía que las cosas fueran mejores. Solo conseguía llenarte de una rabia desconocida y un deseo irracional de venganza. Eso era lo que probablemente deseaba, encontrar la causa, resolver el caso. Quizás de aquella manera podría darle descanso a su hijo, un descanso que ni él ni Marta volverían a encontrar ya más.
Los Garner vivían en un acomodado vecindario cerca del centro de la ciudad. Las aceras eran anchas y las calles se veían limpias, cada elegante casa con su parcela de jardín cuidadosamente segada. Un grupo de niños jugaban al fútbol en las aceras cuando llegamos. Parecían sanos y felices. Todo el vecindario lo parecía. Dolía descubrir que alguna gente sí que lo tenía todo, que existían familias felices con hijos felices viviendo en vecindarios felices. Dolía porque sabía que aquello no estaba hecho para mí, porque sabía que había perdido mi última oportunidad de disfrutar de algo parecido a lo que la gente llamaba "vida normal".
"Somos el Agente Mulder y la Agente Special Scully del FBI". Mi compañero hizo las presentaciones mientras ambos enseñamos nuestras placas al hombre que abrió la puerta, presumiblemente el señor Garner.
"Soy Rob Garber, encantado de conocerles. Pasen adentro, agentes. Estaba esperándoles."
Entramos a la casa y le seguimos hasta el salón, un espacioso y acogedor lugar que no tenía nada que envidiarle a un catálogo de IKEA.
Se sentó en un sillón y nosotros hicimos lo mismo en el sofá que había enfrente. Entonces, se percató de algo y se volvió a levantar.
"Lo siento, casi se me olvida. Es mi mujer la que se ocupa de estas cosas normalmente. ¿Puedo ofrecerles algo para beber?"
Tanto Mulder como yo negamos con la cabeza.
"No, gracias." Mulder rechazó su oferta amablemente. "Estamos bien."
Me pregunté por un momento si había usado el último comentario irónicamente.
"De acuerdo." Rob nos mostró una sonrisa forzada, una sonrisa que no podía evitar transmitir una profunda tristeza. Parecía cansado, sus ojos enrojecidos y dos largas ojeras revelando la falta de sueño de las últimas noches.
Entonces, procedió a informarnos sobre los detalles del caso, aunque la mayoría de lo que nos dijo ya lo habíamos leído antes en el informe. Su hijo de 10 años, David, había muerto quemado tres días antes en presencia de sus compañeros de clase y su profesor durante la clase de Matemáticas, alrededor de las 11.30. No habían descubierto la causa aún, siendo la combustión espontánea la única explicación que tenían hasta el momento, si es que se podía considerar a eso una explicación.
"¿Sabe de alguien que tuviera algo contra su hijo, quizás algún compañero de clase con el que no se llevara bien?" Mulder redirigió el interrogatorio hacia lugares que no había esperado, como era típico en él. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza considerar aquellas muertes como asesinatos, pues estaba segura de que el responsable de las muertes era de tipo biológico más que humano.
"No, para nada. David era un niño muy popular, ¿saben? Era divertido e inteligente y muy bueno en el baloncesto. El resto de los niños le admiraban." Había algo en la manera en que pronunció la última frase que lo hizo sonar despreciativo, como si el resto de los compañeros fueran menos que su hijo.
Después, Rob nos relató cómo habían relacionado las cuatro muertes y también que todavía no habían conseguido encontrar una conexión entre los niños.
"¿Quizás algún campamento de verano o alguna excursión? ¿El nombre de las otras víctimas le dice algo?"
"No, ninguno. David tenía muchos amigos de campamentos y excursiones, pero solía hablar de ellos todo el rato. Se escribía cartas y llamaba a alguno de ellos de vez en cuando, y durante las vacaciones escolares solía quedar con alguno de estos amigos. Créanme, hubiésemos oído hablar de estos otros niños de haber sido amigos de David."
"Señor, ¿de verdad cree que existe una conexión entre los cuatro casos? ¿Cree que los nombres están relacionados y son más que una mera coincidencia?"
Si no conociera a mi compañero tan bien como lo hacía, hubiera jurado que sus palabras sonaban más bien escépticas.
"Díganmelo ustedes. Son los expertos en estos asuntos." La voz de Rob sonó ligeramente ofendida. "Miren, no estoy más convencido que ustedes de esto, pero es la única pista que tenemos hasta el momento. Además, no se me ocurre ninguna razón por la que sus amigos y su profesor mintiesen cuando dijeron que David habló antes de morir".
Era mi turno de intervenir.
"¿Han llamado a la Unidad de Investigación de Enfermedades Virales e Infecciosas?" No había mención alguna en el informe, así que no me sorprendió cuando negó con la cabeza. "Quizás sería conveniente que hiciéramos eso lo primero, puede que sepan decirnos algo más sobre la naturaleza de la combustión. Nos ayudará a clarificar el responsable de las muertes."
"Puede hacer eso, Agente Scully. Lo que haga falta para encontrar a la persona responsable del asesinato de mi hijo". No dudó en referirse a ello como asesinato.
"A la persona o a la cosa, señor." Intenté corregirle, pero me miró mitad confuso, mitad molesto.
"¿Y eso qué quiere decir, Agente?"
"Con todos mis respetos, señor Garner, pero no creo que podamos asumir que se trata de un homicidio. Quizás debamos buscar la causa en una epidemia biológica o en nuevo tipo de virus que ataca la regulación de la temperatura corporal…"
Rob me interrumpió, esta vez sin tratar de esconder su tono ofensivo.
"Estoy muy seguro de que mi hijo fue asesinado, Agentes. No sé explicar por qué ni cómo, pero mi pequeño no murió por accidente. No estaba enfermo de ninguna manera y el día anterior había estado entrenando al baloncesto durante horas. Puedo asegurarles que se trata de un homicidio y no pararé hasta encontrar al asesino."
En casos normales, habría insistido cuidadosamente en que podía estar equivocado, pero estaba demasiado exhausta aquellos días como para enfrentarme con esfuerzos extra que no eran estrictamente requeridos, así que me limité a asentir con la cabeza y mirar de reojo a mi compañero, quien también asintió y le pidió a Rob que nos enseñara el cuarto de David en la planta de arriba.
No había nada de utilidad allí. La habitación de David era como la de cualquier otro niño de su edad: 3 o 4 posters en la pared, una docena de coches de juguete de diferentes modelos y formas, sábanas de la cama decoradas con las estrellas de los Chicago Bulls. Echamos un vistazo rápido y salimos de la habitación con el diario de David como única prueba. Cuando estábamos a punto de bajar por las escaleras, oímos el sonido de varios gemidos. Mulder y yo nos miramos entre nosotros y a Rob, quien se paró delante de la habitación de donde procedían los gemidos.
"Perdonen a mi mujer, no se encuentra muy bien estos días." Después, abrió la puerta un poquito y habló con ella usando un tono de voz muy dulce, como si hablase con un niño, un tono que no había usado hasta ahora. "Marta, cariño, el FBI está aquí. ¿Te sientes capaz de hablar con ellos? Podría ser importante para resolver el caso."
Su respuesta sonó débil y frágil a través de la puerta.
"Déjame en paz. Nadie puede ayudar a traer a mi pequeño David de vuelta a la vida".
No podía culpar a Marta por su autocompasión. Habían transcurrido tres días desde que su hijo había muerto y aún estaba en shock. Solo habían pasado cinco días desde la muerte de Emily y no me sentía mucho mejor que ella, todavía intentando averiguar cómo mantenerme a flote y por cuánto tiempo.
Y después, estaban aquellas imágenes.
Había visto las horribles fotos de las víctimas. Casi había sido incapaz de mantenerme compuesta cuando Mulder me dio la carpeta, pero las imágenes se me grabaron en el cerebro para el resto de la mañana. Había vomitado todo el desayuno cuando llegué a casa para hacer la maleta y no había comido nada más en todo el día. Señor, no creía que fuera capaz de comer nada más por el resto del día.
Rob se disculpó de nuevo en nombre de su esposa y nos acompañó a la puerta de entrada. No había nada más que decir por el momento.
"No me importa lo disparatadas que sean sus teorías, solo quiero encontrar al malnacido que le ha hecho esto a mi hijo. Disponen de todos los recursos y servicios que necesiten".
"Muchas gracias, señor Garner. Estaremos en contacto". Mi compañero le dio la mano a Rob y luego esperó a que me la diera a mí. Después, nos dirigimos hacia el coche, pero Mulder se paró un segundo, como recordando algo de última hora, y se giró para hablar con Rob de nuevo. "Una última cosa, señor Garner. ¿Cuál fue el nombre que pronunció David antes… antes de morir?"
"Ah sí, casi me olvidaba. El nombre que pronunció fue Emily".
Sentí que el mundo comenzaba a girar alrededor mío, rápido e imparable. Noté la hierba inestable bajo mis pies y fui incapaz de controlar mis piernas o mis pies ni un segundo más. Y entonces supe que iba a derrumbarme, iba a derrumbarme ahí mismo, delante de mi compañero y del señor Garner. Podía ver cómo se movían los labios de Mulder pero era incapaz de escuchar lo que estaba diciendo. No podía oír nada, no podía centrarme en nada. Sentí que comenzaba a caer, mientras la cara de Mulder se alejaba de mí más y más y la hierba se acercaba vertiginosamente rápido a mi cuerpo. La última cosa que recuerdo fueron los brazos de mi compañero sosteniéndome antes de que tocara el suelo.
Y, entonces, me desmayé.
CONTINUARÁ…
