Capitulo II. Disfruten!

Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Yana Toboso de su manga Kuroshitsuji


Hacia un largo rato que me encontraba sentada en el patio tomando el té. El día de hoy estaba muy calmado pensé. Paula se hallaba en la cocina con Mey Rin, Sieglinde llegaría más tarde a la mansión para hacerme compañía. No podía negarme, me sentía muy sola. Mi esposo se había marchado de viaje de negocios semanas atrás llevándose consigo a la gran parte de nuestros sirvientes, quedando sólo Tanaka, Mey Rin y Paula.

—Milady ¿Por qué no entra a la casa y descansa? Su cuerpo lo necesita-— exclamó Paula al salir de la imponente casa.

—Me encuentro bien Paula, no tienes de que preocuparte— le respondí dándole un sorbo al delicioso té que me habían servido

—Pero Milady…—. Cuando ella usaba ese tono me daba cuenta de inmediato que estaba preocupándola, lo mejor sería hacerle caso por hoy.

—Ya, ya— le digo levantándome. —Mejor te doy el gusto, iré al salón a leer un poco, tráeme unos pastelitos ¿sí? — le dije acercándome a la entrada.

—De inmediato, ¿quiere que luego le preparé su baño? — me preguntó siguiéndome el paso.

-Por supuesto, debemos recibir con toda la cortesía a Lady Sullivan— añadí luego de entrar a la casa con ella

—A su orden, Milady— dijo mientras se dirigía a la cocina por los pastelillos.

Estaba claro de que era muy probable de que Ciel no regresaría hasta entrado febrero, ya desde hacía varios meses que se debía realizar ese viaje a los Estados Unidos de América y no podía postergarlo más, más bien ya no tenía razón para hacerlo, me encontraba mejor desde el incidente. En parte si he de ser sincera, todavía me cuesta creer el dolor que experimenté en ese momento. Paula me comunica que mi baño está listo, me dirijo hacia allá. Me desviste y me introduzco en la bañera. El calor del agua y el aroma que desprende las sales se adhiere a mi cuerpo. Ella sale, quiere darme unos momentos para estar sola. Respiro y juego con mis piernas en el agua. Me siento como una niña aún, pero al verme detenidamente sé que no es así. Cumpliré 23 años el año que entra. Y aún no he podido darle un hijo a Ciel. Me sumerjo en el agua y a mi mente retornan los acontecimientos de mediados de agosto, cuando por fin comprendí lo que significaba ser la esposa del Perro Guardián de la Reina. "En un instante uno puede perder todo", pensé.


Finalmente me encontraba casi en el sexto mes de mi gestación, mi barriga se notaba mucho pero el bebé todavía no había pateado ni nada parecido. No obstante he podido tejerle varios ajuares, mi madre también está pendiente de mí viniéndome a visitar seguido igual que mi padre y mi hermano, aunque él se halla bastante ocupado debido a su reciente cargo en el parlamento. Los sirvientes de Ciel como siempre han sido un amor desde que se enteraron de que me encontraba encinta. Finny se la pasa más seguido que nunca en el jardín plantando flores, diciendo que quiere que el hijo del amo deba crecer en el parque más hermoso de toda Inglaterra. Mey Rin en todo momento me pide que no haga esfuerzos por el bien del bebé, Snake a pesar de no dirigirme mucho la palabra, me he dado cuenta que sus serpientes se han vuelto menos agresivas más cuando ando cerca. Bard, por su lado, cada vez que tiene oportunidad, con el permiso de Ciel, se acerca a mi vientre y le cuenta historias de sus días como soldado. Tanaka, en principio se lo mostró muy feliz porque el joven amo y yo traeríamos nueva vida a esta casa, dándonos sus felicitaciones. Sebastián, bueno él me felicitó varias veces e hizo algunas bromas respectó al desempeño en la alcoba de Ciel, cosa que hizo que ambos nos sonrojáramos hasta las orejas. Este mayordomo parecía conocer perfectamente nuestra intimidad, y a pesar de que mi esposo me ha negado una y otra vez que de su boca nunca salió nada, me cuesta creerle, pero en realidad me tiene sin cuidado. Aquella tarde Sieglinde, el Príncipe Soma y sus respectivos mayordomos: Wolf y Agni se quedaron a tomar el té como era costumbre. Estuvimos hablando un largo rato y jugando a las cartas. Entrada la noche ellos se marcharon, era una lástima tenía muchas ganas de que se quedasen. Paula y yo subimos a mí recamara para prepararme para la cena, entonces escuché a los caballos llegar a la entrada principal: era Ciel había vuelto de la capital. Ahora que estaba más "gordita" tuvieron que comprarme vestidos acordes a mi condición, tratando de que por lo menos disimulasen a la criatura que llevaba en el vientre. En fin rápidamente Paula me arregló y salí del cuarto. Me dirigí hacia las escaleras, desde ahí di la bienvenida a Ciel.

—Querido, bienvenido a casa— le grité a mi amado esposo desde una de las escaleras de la mansión Phantomhive.

—Lizzie ten cuidado al bajar por las escaleras— dijo él mientras Sebastián le quitaba la chaqueta. No quise notar que la mirada de nuestro mayordomo cambió en un instante a una que no había visto nunca. Terror.

—Claro no te preocu... — En ese momento del otro lado de la escalera, alguien avanzó velozmente hacia mí y sentí en carne propia una mezcla de sudor frío y muerte, luego de pasar por mi lado, desapareció. Alcancé a escuchar el grito desgarrador de Ciel y en ese instante caí. Rodé por las escaleras hasta el piso de abajo, todo había pasado tan deprisa que aún no había perdido el conocimiento. Me sentía lúcida pero cuando Ciel y los demás se acercaron a mi me di cuenta de que algo no estaba bien, no podía distinguir los gritos de mi esposo y de nuestros sirvientes, pero una punzada en mi vientre y un fuerte dolor en mi cuello hicieron que casi a una velocidad irreal, Sebastián me llevase al cuarto.

—Milady ¿puede escucharme? — me preguntó cortésmente poniendo mi cabeza sobre la almohada. No sabía si estaba sinceramente preocupado por mí, pero que importaba, no quería morir. No ahora.

—Si, ¿un poco que ocurrió? — Las punzadas se vuelven más fuertes pero todavía puedo hablar.

—Un miembro de una de las organizaciones que investigamos, pronto verás que su cabeza será colgada en el salón muy pronto- exclamó Ciel entrando desde el umbral de la puerta. —Lizzie, mi amor, llamaremos al médico vendrá de inmediato pero tu caída de por sí fue muy fuerte, Sebastián ya... — lo interrumpo con un grito de dolor, siento que algo de mí está saliendo pero no puede ser el bebé, no... Todavía no es tiempo. — Lizzie, ¿qué pasa? — preguntó asustado por mi grito.

—Amo... parece que entró en trabajo de parto—dijo Sebastián con una mueca de sorpresa

—Eso n-no pued-de ser, to-da-vía me faltan 3 me-ses— le dije agitada, por el amor de Dios esto me duele mucho.

—-Diablos, esto no es posible ¡PAULA! ¡MEY-RIN! ¡VENGAN DE INMEDIATO! — Ciel gritó con desesperación nunca lo había visto así, pero eso no importaba ahora, el bebé nacería, pero no de la forma que estaba planeando

—Amo, ¿milady como esta? —preguntó Paula con ya lágrimas en sus ojos, por su parte Mey-Rin que no llevaba sus características gafas, haciéndola irreconocible entro a la habitación también con un arma- Conde, estamos aún en la búsqueda del intruso, por favor perdone nuestra incompetencia ante esto, todo lo que está ocurriendo es nuestra culpa— No entendía bien que quería decir con eso, pero el dolor de regresó, creo que son las llamadas contracciones que mi madre me había explicado la última vez que vino a verme.

—Eso no interesa ahora, mi esposa dará a luz necesito que se preparen para traer al bebé si el médico no llega antes de tiempo. Y de eso, Sebastián, ve a traerlo y es una orden—. Con una sonrisa en su rostro, nuestro mayordomo se arrodilló ante él, diciendo:

—Yes, My Lord— Y como si de un rayo se tratase se marchó casi volando de nuestra vista

Ciel se remangó su camisa, empezó a darles indicaciones a Mey Rin y Paula para que calienten agua y traigan toallas limpias. Bard escuchando todo el tumulto, le pidió a Ciel que le permitiese ayudar, ya que tuvo la oportunidad de ayudar a muchas primerizas en sus partos durante la guerra. Más ayuda sería mejor pensó el Conde, que acto seguido me pidió que levantase las piernas para ver si el bebé de verdad estaba por venir. La verdad no quería hacerlo, iba a ser muy vergonzoso abrir mis piernas ante Bard, pero Ciel insistió... y tuve que hacerlo. Ciel me subió un poco el vestido y junto con Bard observaron, algo que no me esperaba fue ver como mi esposo salió del cuarto con una clara mueca de desagrado. Se veía azul. Bard en cambio, se quedó ahi... y empezó a preguntarme.

—Milady, ¿las contracciones son seguidas? —

—Un poco, cada dos minutos— respondí. Me hallaba más calma pero en cualquier momento sé que todo el dolor regresaría

—Bueno, no se ve la cabeza pero yo diría que si siguen así tendremos a un pequeño amo en unas horas— Acto seguido me sonrió. Era una cálida sonrisa para una mujer que estaba muerta de miedo

—Aquí traje el médico— dijo un Sebastián sudado. Ciel entró después de los dos

—Esto es un atropello Conde Phantomhive, ese hombre me trajo cuestas a una velocidad abismal justo cuando me encontraba a mitad de camino. Espero que tenga una explicación, my lord—-.

—La hay claro que sí, pero ahora mi esposa está sufriendo para dar a luz a nuestro hijo, por favor atiéndela—

—De acuerdo, Condesa ¿las contracciones son constantes? —

—Lo son... estoy teniendo una ahora— dije tratando de ocultar el dolor que tenía en vientre.

—Excelente, con su permiso voy a ver…—

—¿Y bien? — preguntó Ciel mirándolo al doctor a mi costado

—Su esposa ya esta coronando Conde, ¿quiere quedarse para el alumbramiento?

—Por supuesto, mis mucamas están calentando agua ya la traerán—

—Perfecto, ¿señores quieren quedarse aquí también?- le preguntó a Bard y a Sebastián que estaban estacionados en el umbral de la puerta.

—Si nuestro amo está de acuerdo, esperaremos afuera— dijo Sebastián con una pequeña reverencia que Bard imitó.

—Está bien, ayuden a Paula y Mey-Rin con el agua caliente, rápido—

— ¡Yes My Lord! —

—Ciel, por favor no te vayas de mi lado— le supliqué estaba con los nervios de punta en ese momento.

—Ya, toma mi mano— me dio su mano, a la par la apreté tan fuerte debido a una contracción, tuve que soltársela para evitar que la perdiese. Con una mueca de dolor él exclamó: — ¡Si que eres fuerte!—

—Bien Condesa, a la cuenta de tres quiero que puje—. El doctor parecía muy calmado, yo en cambio me sentía a desfallecer. Hice lo que me pidió, pujé. Por todos los cielos sentía como si mis huesos llegasen a romperse.

—Vamos querida, tú puedes— Ciel trataba de animarme, su voz parecía estar preocupada. Seguí las indicaciones del doctor, cada tres pujaba, y así por una hora más o menos.

—Condesa siga así, no se detenga—.

—¿Escuchaste Lizzie? ¿Lizzie? — Él me llamaba pero no podía responderle, quería que el parto terminase ya para poder ver al bebé y asegurarme que estaba bien. Pujé y pujé, hasta que escuché un pequeño alarido. Había nacido, pude ver la cara de felicidad de mi esposo al ver a nuestro hijo. Al fin, había terminado. Que cansada me siento.