Capítulo 2
Tres días más tarde salí por fin de mi habitación en la que me había aislado como un ermitaño, sintiéndome demasiado culpable y avergonzado como para ver a nadie. Solo los sirvientes me traían mis comidas diarias, pero ninguno de ellos se molestó en decirme ni una palabra.
Ni siquiera tuve el valor para ir al funeral de Adriano. No podía soportar la idea de enfrentarme a la multitud, la gente, mi familia. No fui lo bastante valiente como para soportar los susurros y miradas acusatorias. Las palabras de mi padre todavía me resonaban en la cabeza y todavía podía ver las lágrimas de mi hermano. Cómo me hubiera gustado poder retroceder en el tiempo o poder haber sido yo y no Adriano. La muerte me parecía mejor que lo que estaba pasando.
Caminé por el pasillo en silencio y, de alguna manera, me encontré en dirección al estudio de mi padre. Debía estar loco. Estaba seguro de que el rey seguía muy disgustado conmigo, pero a pesar de que estaba asustado, no podía evitar verlo. También echaba de menos a Keldarion, que siempre había estado para mí en las buenas y las malas, pero que ahora me había retirado la palabra.
Pero primero lo primero. De momento veamos al gran rey de los elfos, ¿vale?
La puerta del estudio de mi padre estaba abierta y pude escuchar varias voces que tenían una charla dentro. Me asomé por la puerta tentativamente antes de entrar y vi dos de los consejeros de mayor confianza del rey que estaban sentados a su lado, con libros y mapas abiertos sobre la mesa entre ellos.
Mi padre levantó la mirada y frunció el ceño al verme allí de pie. Al instante, la conversación cesó y los otros dos señores se dieron la vuelta para mirarme fijamente.
"¿Sí, Legolas? –preguntó mi padre, elevando una ceja-. ¿Puedo hacer algo por ti?"
Dudé. Por la expresión neutra en su rostro, parecía que no le desagradaba verme, pero tampoco parecía contento de hacerlo.
"Yo… bueno, yo… -tragué, nervioso, sin poder vislumbrar su estado de ánimo-. Uh, no es nada. No quería molestar…"
"Pues desafortunadamente lo estás haciendo –dijo mi padre-. Estamos discutiendo un asunto muy importante, así que estaría muy agradecido si cerraras la puerta al salir."
Parpadeé y mi corazón se detuvo. Mis labios se movían pero no me salieron las palabras de lo sorprendido que estaba por la seca respuesta. Puede que mi padre notara mi expresión abatida porque vi que sus ojos se suavizaron.
"Legolas…"
Pero no esperé a oír nada más. Murmuré una disculpa rápidamente antes de darme la vuelta y salir de la habitación, cerrando la puerta tras de mí. Entonces corrí a través del pasillo, por las escaleras, a través de otro largo pasillo y atravesé la gran puerta que llevaba a la explanada de césped.
Tropezando, me detuve y apoyé la frente contra uno de los pilares de madera, intentando recuperar el aliento y calmar mi corazón acelerado. Conteniendo las lágrimas, me obligué a no pensar en las palabras de mi padre, pues no tenía fuerzas para un rechazo más. Pero me lo merecía. Yo me había metido en esto por ser tan imprudente e irreflexivo, causando la muerte de mi propia gente. Así que lo mejor que podía hacer era vivir con esto hasta que…
¡Valar! ¿Hasta cuándo?
Gritando, golpeé el pilar con el puño, frustrado y abatido. Mis nudillos dolían, pero no tanto como lo hacía mi corazón. Me deslicé hasta el suelo por el poste de madera, me llevé las rodillas al pecho y apoyé la cabeza en ellas, con los ojos cerrados. Estabilicé mi respiración y vacié mi mente de toda miseria, intentando encontrar algo de alivio.
No supe cuánto tiempo me quedé así, pero cuando miré hacia arriba estaba mucho más tranquilo. Suspirando, me puse en pie poco a poco, con un poco de remordimiento por abandonar el poco consuelo que había encontrado.
Bueno, la vida continúa, me dije. Ahora, seamos sinceros con los demás, empezando por Keldarion.
Me estremecí involuntariamente. Enfrentarme a mi padre había sido muy duro, pero hacerlo con mi iracundo hermano iba a ser distinto. Keldarion era una persona sensata, que no se enfadaba fácilmente y siempre era cariñoso. ¡Pero cuidado cuando se enojaba! Incluso nuestro padre se alejaba de él cuando estaba malhumorado.
Todavía era por la tarde, así que probablemente podría encontrarlo en el campo de entrenamiento. Con los pies pesados y el corazón todavía más, caminé hacia el campo situado en el otro lado del jardín. Mientras me acercaba, podía oír el sonido de las cuchillas y los gritos de los guerreros. Obviamente, estaban ocupados con el entrenamiento diario.
Vi a mi hermano practicando con un guerrero novato, pero el más joven era un poco torpe y bastante inferior en habilidad. Pero Keldarion le estaba ganando sin darle oportunidad alguna. Entonces gemí en voz alta cuando vi la expresión sombría de Keldarion.
Esto no va a ser fácil, suspiré para mis adentros.
Mientras observaba cada vez más temeroso, el guerrero novato se desplomó de repente bajo el golpe de Keldarion y no se levantó. El príncipe hizo una mueca de exasperación.
"Joven y débil –se quejó con un movimiento de la cabeza. Luego les ordenó a otros guerreros cercanos-. Llevadlo a la enfermería y que alguien le mire ese chichón."
Entonces Keldarion levantó la mirada y me vio. Sus ojos se oscurecieron y el músculo de su mandíbula se tensó antes de que dijera.
"¡Llegas tarde!"
A duras penas evité darme la vuelta y empezar a correr de lo asustado que estaba, pero me obligué a dar un paso hacia adelante y mirarlo a los ojos.
"Kel" –le respondí dócilmente.
"Ya era hora de que aparecieras, te has perdido el entrenamiento de dos días, así que ¡consigue una espada!" –instruyó, impaciente.
Sin el valor para contradecirle, cogí la espada que uno de los guardias me había traído sin decir palabra y me enfrenté a mi hermano una vez más.
Entonces Keldarion blandió su espada con todas sus fuerzas, casi cortándome la cabeza si no la hubiera bloqueado a tiempo. Empujé con fuerza y apunté a su lado izquierdo desprotegido, pero Keldarion se recuperó y movió su espada en un arco, chocando contra la mía con tal fuerza que me hizo caer.
Aterricé en mi trasero, mirando con los ojos muy abiertos la punta afilada de la espada de Keldarion que estaba solo a unas pulgadas de mi cara.
"¡Otra vez! –gruñó, mirándome-. Y no falles de nuevo."
No tuve más remedio que levantarme dolorosamente para volver a enfrentarlo. Pero mantenerme al día con los ataques rápidos y poderosos de Keldarion era como intentar quitarle un diente a un Balrog. Mi hermano tenía los pies ágiles, mientras que su gran habilidad era una mezcla de sus fuertes músculos y mente aguda. Él era el mejor espadachín del reino, el honorable príncipe heredero, mientras que yo solo…
Bueno, yo era un niño mimado que siempre se metía y a los demás en problemas.
Un rato después, aterricé por enésima vez sobre mi espalda dolorida. Ese era el precio que estaba pagando por enfocarme demasiado en atacar a mi hermano y no en defenderme. Keldarion me había eludido con facilidad, para luego agarrarme por la muñeca y empujarme, lo que me obligó a soltar la espada. Antes de darme cuenta, había colocado la punta de mi propia espada contra mi barbilla mientras yacía allí en el suelo, jadeando por el esfuerzo.
"¡Si te sigues moviendo tan imprudentemente solo conseguirás que te maten! –Keldarion echaba humo-. Deja de pensar en matar o en mejorar tus habilidades y empieza a luchar por lo más valioso, tu vida. ¡Y presta atención, por el amor de los Valar! ¡Concéntrate! Vacía tu mente y no dejes que las emociones te gobiernen. ¡Al menos debes aprender a defenderte, porque yo no estaré siempre ahí para sacarte de tus tontos líos!"
Solo pude mirar hacia mi hermano, completamente sin palabras y apenas consciente de que los otros guerreros habían dejado su entrenamiento para observarnos con gran interés. Los miré durante un momento, pero enseguida desviaron la mirada, incómodos y desconcertados por la escena que estaban presenciando.
Empecé a sentirme avergonzado por ser regañado y superado por mi hermano mayor delante de tantos testigos y apreté los puños con fuerza mientras luchaba contra el repentino estallido de ira y dolor. Estaba tan enfadado que podría haber golpeado a Keldarion en ese mismo instante, pero él clavó la espada en el suelo a meras pulgadas de mi costado y me estremecí.
"Levántate –dijo en voz baja-. Lo haremos otra vez."
Le eché un vistazo a la hoja que seguía temblando a mi lado, luego a los guerreros que nos rodeaban y finalmente volví a mirar el hermoso rostro todavía impasible de mi hermano. Parecía haber pasado una eternidad cuando poco a poco me puse en pie, me di la vuelta y me alejé en silencio.
Si hubiera mirado atrás, podría haber visto a mi hermano dar un paso adelante y estirar una mano hacia mí. Pero no lo hice. Y seguí caminando.
