Capítulo 2

Edward se apartó del escritorio color caoba y abandonó el salón de apuestas. Y como de costumbre, no pudo salir de allí sin antes ser detenido una o dos veces… por un acomodador, que le susurró que un tal lord deseaba aumentar su crédito… y también por un camarero que le preguntó si era su labor llenar el aparador de refrescos en uno de los salones de cartas. Contestó a sus preguntas ausentemente, ya que su mente estaba ocupada en la mujer que lo esperaba arriba.

Esa tarde que había prometido ser rutinaria, estaba resultando ser bastante peculiar.

Había pasado mucho tiempo desde que una mujer le había despertado tanto interés como lo hacía Bella Swan. Desde el momento en que la había visto de pie en el callejón, saludable y sonrojada, con su figura envuelta en un modesto vestido, no había dejado de desearla. No sabía cuál era la razón de su anhelo, teniendo en cuenta que ella era la encarnación de todo lo que detestaba de las inglesas.

Resultaba obvio que la señorita Swan tenía una seguridad implacable en su propia habilidad para organizar y manipular todo lo que giraba a su alrededor. La reacción habitual de Edward era huir en dirección opuesta a la tomada por esa clase de mujeres. Pero cuando miró fijamente esos ojos marrones tan bonitos, observando como el ceño de determinación se fruncía entre ellos, había sentido el maligno impulso de tomarla y llevarla lejos, a cualquier lugar, y hacerle cosas salvajes. Incluso un poco incivilizadas.

Sin ninguna duda, esos impulsos salvajes siempre habían querido salir a la superficie. Y este último año a Edward le había costado mucho más trabajo controlarlos. Se había puesto de mal genio, extrañamente impaciente y se disgustaba por cualquier tontería. Las cosas que antes le habían dado placer ya no lo satisfacían. Lo peor de todo, era que atendía sus necesidades sexuales con tan poco entusiasmo como le sucedía con el resto de cosas en esos días.

Encontrar compañía femenina nunca había sido un problema, Edward había encontrado la liberación en los brazos de muchas mujeres deseosas y las había complacido hasta dejarlas ronroneando de satisfacción. Sin embargo, no sentía ninguna emoción real al hacerlo. Ninguna excitación, ningún fuego, solo sentía algo parecido a cumplir con una función corporal rutinaria como comer o dormir. Edward estaba preocupado por todos los problemas que estaba teniendo y por eso había querido comentárselo a su patrón, Lord St. Witherdale.

Este había sido una vez un renombrado libertino y ahora era reconocido como un esposo devoto, por ello Edward creía que St. Witherdale debía tener mucho más conocimiento que cualquier otro hombre sobre esos menesteres. Cuando Edward le preguntó un poco apenado si la disminución de los deseos físicos era algo natural en un hombre que se acercaba a los treinta, St. Witherdale se atragantó con la bebida.

—Buen Dios, no —dijo el vizconde, tosiendo ligeramente cuando un poco de brandy se le atoró en la garganta. Habían estado en la oficina del gerente del club, revisando los libros de contabilidad desde tempranas horas de la mañana. St. Witherdale era un hombre guapo, con el pelo color miel y los ojos azul claros. Algunos afirmaban que tenía la constitución física y los rasgos más perfectos que se hubiesen visto. La apariencia de un santo y el alma de un sinvergüenza.

— ¿Puedo preguntarte qué tipo de mujeres te has estado llevando a la cama últimamente?

— ¿Qué quiere decir con el tipo? —preguntó Edward cautelosamente.

— ¿Hermosas o sencillas?

— Hermosas, supongo.

— Bien, ese es tu problema —dijo St. Witherdale con un tono muy seguro—. Las mujeres sencillas son mucho más agradables. No existe un afrodisíaco más efectivo que la gratitud.

— Aún así, usted se casó con una mujer hermosa.

Una sonrisa lenta curvó los labios de St. Witherdale.

—Las esposas son un asunto totalmente diferente. Requieren mucho esfuerzo, pero las recompensas son excepcionales. Recomiendo mucho a las esposas. Especialmente a una como la mía.

Witherdale miró fijamente a su patrón un tanto molesto, ya que al intentar mantener una conversación seria con St. Witherdale, a menudo le enfurecía la afición del vizconde a convertirlo todo en un ejercicio ingenioso.

—Comprendo, milord —dijo él, lacónicamente—. ¿Su recomendación para acabar con mi falta de deseo es que empiece a seducir mujeres muy poco atractivas?

Tomando una pluma plateada, St. Witherdale encajó la punta diestramente e imitó el acto de zambullirla en una botella de tinta.

—Cullen, estoy haciendo mi mejor esfuerzo por entender cuál es tu problema. Sin embargo, nunca he experimentado esa falta de deseo. Tendría que estar en mi lecho de muerte para no querer, no, olvídalo, he estado en mi lecho de muerte hace poco, e incluso postrado he tenido deseos pecaminosos con mi esposa.

—Felicitaciones —murmuró Edward, abandonando cualquier esperanza de sacarle una respuesta seria a ese hombre—. Deberíamos ocuparnos de los libros de contabilidad. Ese es un tema de discusión mucho más importante que los hábitos sexuales.

St. Witherdale hizo una mueca y puso la pluma de nuevo en su sitio.

—No, insisto en hablar sobre los hábitos sexuales. Es un tema mucho más entretenido que el trabajo —se relajó en la silla, con un gesto fingido de pereza—. Tan discreto como eres, Cullen, y aún así no he podido evitar notar cuán ardientemente eres perseguido. Parece que eres muy solicitado por las señoras de todo Londres. Y todo indica, que has tomado en demasía todo lo que se te ha ofrecido.

Edward lo miró fijamente sin ninguna expresión.

—Perdone, ¿pero a donde quiere ir a parar, milord?

Apoyándose en el respaldo de la silla, St. Witherdale hizo un gesto con sus elegantes manos y señaló a Edward.

—Ya que no has tenido ningún problema con la falta de deseo en el pasado, solo puedo asumir que, como pasa con otros apetitos, el tuyo se ha saciado, porque estás cansado de lo mismo. Tal vez, un poco de novedad pueda solucionar tu problema.

Considerando esa declaración, que realmente tenía sentido, Edward se preguntó si su formación de notorio libertino, lo había tentado a desviarse alguna vez.

Habiendo conocido a Victoria desde la niñez, ya que solía visitar a su padre viudo en el club, Edward había sentido la necesidad de protegerla como si fuera su hermana pequeña. Nadie hubiera intentado emparejar a la gentil Victoria con este libertino. Y quizás nadie había estado más sorprendido que el propio St. Witherdale al descubrir que su matrimonio de conveniencia se había convertido en un apasionado romance.

— ¿Cómo es la vida de casados? —preguntó Edward suavemente—. ¿Se vuelve aburrida con el tiempo por tanta abundancia de lo mismo?

La expresión de St. Witherdale cambió, sus ojos azul claro se calentaron al recordar a su esposa.

—Me ha quedado claro que con la mujer correcta, nunca es suficiente. Le daría la bienvenida a toda la abundancia que me pudiera ofrecer, pero dudo mucho que eso sea humanamente posible.

Al decir eso, cerró el libro de contabilidad con un golpe seco y se levantó del escritorio.

—Si me perdonas Cullen, te desearé buenas noches.

— ¿Y no terminaremos con la contabilidad?

—Dejaré el resto en tus capaces manos —ante el ceño de Edward, St. Witherdale se encogió de hombros inocentemente—. Cullen, uno de nosotros es un hombre soltero, con habilidades matemáticas superiores y sin ningún plan para pasar el resto de la tarde. El otro es un reconocido libertino, con una complaciente y deseable joven esposa esperándolo en casa. ¿Quién crees que debe terminar la condenada contabilidad?

Y con una ola de indiferencia, St. Witherdale abandonó la oficina.

"Novedad". Esa había sido la recomendación de St. Witherdale. Bien, esa palabra podría aplicarse perfectamente a la señorita Swan. Edward siempre había preferido a las mujeres experimentadas que consideraban la seducción como un juego y sabían que no debían confundir el placer con los sentimientos. Nunca había intentado representar el papel de tutor de una inocente. De hecho, la idea de iniciar a una virgen le resultaba claramente molesta. Todo sería puro dolor para ella y luego cabría la posibilidad de tener que enfrentar sus lágrimas y arrepentimientos. Se encogió ante esa idea. No, con la señorita Swan no habría ninguna persecución en busca de algo novedoso.

Aceleró el paso. Edward subió los escalones hasta el cuarto donde la mujer lo esperaba con un velo que le oscurecía el rostro. Jacob era un nombre común. Pero el trabajo del hombre era algo raro para los de su clase. Parecía como si fuera el sirviente de la mujer y esa era una extraña y repugnante situación para un gitano amante de la libertad. Así que al final, Edward y Jacob tenían algo en común. Ambos trabajaban para los gadjos en lugar de vagar por la tierra libremente, como había proclamado Dios.

Un gitano no podía estar encerrado y rodeado de paredes. Viviendo en cajas, con todos los cuartos cerrados y las casas lejos del cielo, el viento, el sol y las estrellas. Respirando el rancio olor a comida y suelo pulido. Por primera vez en años, Edward sintió una ola de pánico. Luchó por combatirla y se concentró en encargarse de la peculiar tarea que lo esperaba en el cuarto de recepción.

Apretándose el cuello para relajarse, empujó un poco la puerta y entró en la habitación.

La señorita Swan permanecía cerca de la puerta, esperando con una impaciencia apenas disimulada, mientras Jacob seguía siendo una oscura presencia en la esquina del cuarto. Cuando Edward se acercó y observó su rostro trastornado, el pánico se disolvió y se convirtió en un curioso sonrojo. Sus ojos marrones se empañaron con sombras color negro y sus suaves labios permanecieron firmemente apretados. Tenía el cabello oscuro y brillante recogido hacia atrás en un moño estirado.

Ese cabello recogido y su modesta y restrictiva vestimenta advertían que era una mujer inhibida. Una solterona remilgada. Pero ni siquiera eso podía ocultar su radiante determinación. Era una mujer… deliciosa. Quería desenvolverla como si fuera un regalo muy esperado. Quería tenerla vulnerable y desnuda debajo de él, hincharle esa boca suave con besos duros y profundos y hacer que su pálido cuerpo se sonrojara por el deseo. Sobresaltado por el efecto que le producía, Edward borró su expresión mientras la estudiaba.

— ¿Y bien? —preguntó Bella, claramente ignorando sus verdaderos pensamientos. Eso era algo muy positivo, teniendo en cuenta que si supiera lo que estaba pensando, probablemente saldría gritando del cuarto—. ¿Ha descubierto algo sobre el paradero de mi hermano?

—Sí.

— ¿Y?

—Lord Dwyer vino muy temprano esta tarde, perdió un poco de dinero en la mesa de apuestas…

—Gracias a Dios que está vivo —exclamó Bella.

—… y aparentemente decidió consolarse visitando el burdel más cercano.

— ¿El burdel? —le lanzó a Jacob una mirada furiosa—. Te prometo Jacob, que por esto morirá esta noche en mis manos —miró a Edward otra vez—. ¿Cuánto perdió en la mesa de apuestas?

—Casi quinientas libras.

Sus ojos intensamente chocolate se ensancharon por el ultraje.

—Morirá muy despacio en mis manos. ¿A qué burdel fue?

—A Bradshaw's.

Bella alcanzó su sombrero.

—Vamos, Jacob. Busquémoslo en ese lugar. Jacob y Edward contestaron al mismo tiempo:

—No.

—Quiero comprobar con mis propios ojos que está bien —dijo serenamente—. Dudo mucho que lo esté —miró fijamente a Jacob—. No voy a regresar a casa sin Emmett.

Una mitad de él se divirtió y la otra mitad se alarmó por su fuerte determinación,

Edward le preguntó a Jacob:

— ¿Estoy tratando con alguien obstinado o con una idiota, o con alguien que se comporta con alguna combinación de las dos?

Bella le contestó antes de que Jacob tuviera oportunidad.

—Puedo asegurarle que soy muy obstinada. Pero la idiotez puede atribuírsela completamente a mi hermano.

Dicho esto, se puso el sombrero y se ató las cintas debajo de la barbilla. Esas cintas color cereza, confundieron un poco a Edward. La frívola salpicadura de color rojo en medio de su sobrio atavío no concordaba. Eso lo fascinó más y por eso Edward se oyó decir:

—Usted no puede ir a Bradshaw's. Aun dejando a un lado las cuestiones de moralidad y seguridad, ni siquiera sabe donde infiernos queda ese lugar.

Bella no se ofendió por su grosería.

—Asumo que sería cuestión de ir uno por uno a todos los establecimientos entre este y Bradshaw's. Usted ha dicho que ese lugar está cerca, eso significa que lo único que tengo que hacer es caminar de aquí hasta allá. Adiós, señor Cullen. Aprecio mucho su ayuda.

Edwards se movió para bloquearle el paso.

—Todo lo que logrará es quedar como una necia, señorita Swan. Usted no pasará de la puerta principal. Un burdel como Bradshaw's no permite que cualquier extraño entre cuando quiera.

—La forma en la que intente traer de vuelta a mi hermano, señor, no es asunto suyo.

Estaba en lo cierto. No lo era. Pero Edward no se había divertido tanto desde hacía mucho tiempo. Y ninguna depravación sexual, ni ninguna cortesana experimentada, ni tampoco un cuarto lleno de mujeres desnudas, podrían interesarlo tanto como lo hacía la señorita Bella Swan y sus cintas rojas.

—Voy con ustedes —dijo.

Frunció el ceño y dijo:

—No, gracias.

—Insisto.

—No necesito de sus servicios, señor Cullen.

Edward podía pensar en esos momentos en muchos servicios que la mayoría de las mujeres considerarían un placer que les proporcionara.

—Obviamente será beneficioso para todos que encuentre usted a Dwyer para que abandone Londres lo antes posible. Considero que es mi deber civil acelerar su partida.

Hola queridas lectoras, sean muchas o sean pocas estoy feliz que estén aquí, cuando leí esta historia quede atrapada y fascinada así que decidí transmitirla y compartirla en esta adaptación con los personajes que tantos nos gustan.

Espero me dejen algún mensaje y saber que les importa que siga adaptando, me anima muchísimo leerlas.