—¡Alto, alto, espera! ¡Tiempo muerto!

Apenas esas palabras salieron de su boca, el rubio se sintió con unas inmensas ganas de ocultarse bajo una roca, entre más pesada, mejor.

¿¡Tiempo muerto!? ¡¿Es lo mejor que puedes decir en este momento!? ¡¿Tiempo muerto!?

La joven de cabellos aguamarina bajó lentamente la hoz, mientras su cuerpo se sacudía con la risa que intentaba contener. Cuando el rubio le dio la mirada aprobatoria, la joven empezó a reír con ganas.

Vale, "tiempo muerto" no era el intento de salvación más inteligente que el rubio podría articular, y mucho menos en ese preciso momento, en el cual una chica iba a cortarle el cuello con una hoz para llevárselo al purgatorio, inframundo, lo que sea que fuese.

—Oh, tranquilo. Tenemos todo el tiempo muerto del mundo —se burló la joven, aun riendo —. Estoy muriendo por saber qué es lo que quieres decirme con tanto ahínco. Oh, eso es ponerle espíritu a la situación.

El rubio la miró con ojos asesinos. La joven levantó la mano en señal de espera.

—Una más, una más —continuó con sus risitas cuando el rubio asintió. Ya estaba muerto, así que, ¿qué importaba? Una burla más, una burla menos, ¿en qué cambiaba eso algo?

—Es que deberías estar muerto de risa. Es decir, ¡estás tan mortalmente serio que consigues asustarme tanto que me sacarás el alma, chico! ¡Me harás poner un pie en la tumba! ¿Quieres bailar la danza de los muertos conmigo? Espero que no seas rígido como un cadáver bailando. ¿Entiendes? ¡Es gracioso porque ya estás muerto!

Dicho esto, la joven estalló en sonoras carcajadas para humillación del rubio.

El joven se levantó, se sacudió el polvo y miró, fastidiado, a su interlocutora.

—Oh, Dios… ¡Me voy a morir de la risa culpa tuya!

El rubio esperó un poco más, hasta que la chica se calmó y lo miró directamente a la cara.

—¿Terminaste? —preguntó Len, arqueando la ceja. Miku asintió.

—Oh, venga. Me estaba divirtiendo, ¡no te hagas la víctima fatal ahora!

—¿Sabes qué? ¡Me voy de aquí! Al menos déjame morir conservando la dignidad.

—Oh, Len… Discúlpame —el rubio se conmovió ante la disculpa —, es que olvidaba que para algunas personas, la dignidad es asunto de vida o muerte.

Ya estaba. Era más de lo que el rubio pudo soportar. Frunció el ceño y se dio media vuelta, dispuesto a irse a donde sea mientras esté lejos de esa chica tan molesta. Su vida se había ido a la cabra culpa de ese estúpido accidente (no podía culpar a Rinto, el pobre estaba ebrio) y no tenía a donde ir. Para colmo —cómo si morirse no fuera suficiente— una extraña se estaba burlando de él como si fuera una especie de bicho de circo. No quería que su muerte fuera tomada a la ligera, y le molestaba mucho que alguien, a quien ni siquiera conocía, lo encontrase tan divertido.

El rubio dejó escapar un suspiro. No le gustaba la cosa, y las circunstancias en las que se encontraba le parecían incómodas y aterradoras.

—Te estás aferrando mucho a la vida…

Se dio vuelta y miró a la chica que ahora flotaba fantasmagóricamente frente a él. Lo miraba con un semblante serio, nada que ver con las burlas que el chico acababa de sufrir por parte de ella. Parecía tan fantasmal, tan lúgubre.

—Podemos hacer un trato si quieres. Podrás aparentar tener una vida normal, pero habrá cambios en ella. Y me has oído bien, Len Kagamine. Sólo aparentar.

El joven la miró directo a los ojos.

—¿Podré recuperar mi vida?

—No, pero será algo bastante parecido. Lo único que tienes que hacer...

Len sabía que si su corazón estuviera vivo, en ese instante estaría latiendo desbocado. La chica estaba callada, esperando que él dijera algo más para poder ofrecerle el trato.

—¿Qué es?

Ahí estaba. La pregunta del millón.

—Es convertirte tú también en un Grim Reaper.

El joven asintió, un poco embobado. Lo habían tomado por sorpresa, y no le gustaban ese tipo de sorpresas. Lo meditó, sin darse mucha cuenta, y lentamente, articuló las palabras que le podrían salvar el cuello.

—Hecho.

La joven asintió, levantó su hoz… y le cortó el cuello.