CAPITULO II: UN CONTRAHECHIZO Y UNA DERROTA

Snape entró en el gran comedor mientras oía el ruidoso estruendo de cientos de voces alzándose a la vez por encima del volumen normal para un dia cualquiera. Gritos, apuestas encubiertas, insultos quedos, carcajadas... eso ambiente tan parecido al de una taberna de marineros de Galway sólo significaba una cosa, esa mañana empezaba el torneo de quidditch.

Se le vino a la mente la conversación del otro día, cuando Dumbledore le llamó a su despacho tras el problema con el troll la noche de Halloween. Sólo con recordarlo, aún se molestaba con Dumbledore.

-Creo que Harry va a necesitar alguien que le vigile estos años, Severus -le había dicho el director.

-Tiene un colegio entero dispuesto a hacer lo que usted le diga como marionetas, ¿y se decide a pedirme justo a mí que le cuide? -le respondió.

-Temo que ha heredado ciertas tendencias familiares a meterse en problemas, y siendo sincero Severus, sólo tú sabes lo importante que podría llegar a ser este chico en un futuro. Debemos tener cuidado de que no le ocurra nada.

-Va a ser complicado, sólo sabe meterse en problemas, ¡no hace bien nada más! Es un inútil completo en pociones, no es capaz de hacer una transformación a derechas y es un auténtico insolente con ese aire de importancia que lleva.

-También sabe volar bien.

-¡Quidditch! ¿Por qué todos le dan tanta importancia a un maldito juego? Problemas y un juego, lo único que ha heredado es lo que le podía dar James, no sirvió ni para heredar algo bueno de su madre. -Le miró con fiereza- Y no me vaya a mencionar ahora esos malditos ojos.

La sonrisa de Dumbledore duró sólo una fracción de segundo antes de volverse un gesto serio.

-¿Cómo va la... otra... supervisión?

Snape se miró las heridas de la pierna, que aún estaba curando con su varita mientras hablaban.

-Sigo sin fiarme de Quirinus, creo que fue él el que dejó entrar aquel troll. O eso, o es el peor profesor de defensa que podría haber contratado. Pero no tengo pruebas.

Dumbledore chasqueó la lengua.

-Vigílalo también.

-Ya lo hago.

-Y a Potter.

Severus volvió al presente cuando se encontraba justo detrás de Potter. Se veía que el haber estado pensado en la conversación le había sugestionado, y había acabado dirigiéndose a la mesa de Gryffindor.

-Buena suerte hoy, Potter. Aunque supongo que después de derrotar a un troll gigante, un partido de Quidditch no será nada. Aunque sea contra Slytherin.

Estuvo a punto de sonreírle, pero se dio cuenta a tiempo. Ya había perdido la compostura una vez, en la clase de pociones, pero gracias a Merlín ninguno de aquellos merluzos sabían nada del lenguaje de las flores. Se dio la vuelta, dejando que su capa volase a sus espaldas, y se dirigió a su sitio, donde aparecieron unas tostadas con huevos revueltos nada más sentarse. Tenía que reconocer que esos elfos domésticos eran endiabladamente eficientes.

Prácticamente no había podido empezar a disfrutar su comida cuando McGonagall decidió acercarse para estropearle un poquito más la mañana.

-Severus.

-Minerva.

Snape dejó a un lado sus tostadas, esperando que el gesto no pasase desapercibido a la jefa de Gryffindor y ésta le dejase comer.

-¿Qué pasa? ¿Te has dejado el apetito en la mazmorra? ¿O tienes miedo de que os ganemos este año?

-Asustado no, estoy aterrado. Supongo que tú no tendrás miedo, ya te habrás acostumbrado a que os ganemos todos los años.

McGonagall encajó el golpe, se recolocó el cuello de su túnica de cuadros y le devolvió una sonrisa impertinente.

-¿Apostamos?

-Claro. ¿Diez guardias de estudios?

-Por favor, Severus. Hablo en serio. ¿Qué te parece cinco galeones? Eso paga mejor las bebidas en las Tres Escobas que las guardias.

-Sin problema.

En cuanto tubo lo que quería, McGonagall se fue y Snape pudo retomar su desayuno, aunque ya no le apetecía tanto. A ver si sonreía tanto después del partido...

Cuando terminó, Snape se dirigió al campo de quidditch y se sentó en un asiento cualquiera. Pensaba relajarse, aunque duró poco su tranquilidad porque un par de filas más adelante vio pasar el turbante morado de Quirrell, que al final se puso algo detrás de él. No entendía qué le había dado al profesor de Estudios Muggles para volver de repente con turbante, aplicando para el puesto de Defensa Contra las Artes Oscuras y con ese tartamudeo tan fuerte. Había escuchado rumores, desde luego, aunque dudaba que de verdad hubiese tenido una escaramuza con un vampiro.

-Y ahí sale el equipo de Gryffindor con su capitán, Oliver Wood, al frente...

La voz de ese mocoso de Gryffindor, Jordan, ya resonaba como en cada partido y provocaba que los ánimos se caldeasen en las gradas. Las apuestas, algo que nunca reconocería el profesorado, ya pasaban a su alrededor a una velocidad tremenda. Snape no se quejaba, desde Potter padre usase su posición en el equipo de la escuela para humillarle una vez tras otra, lo único que le había gustado del quidditch era el dinero que había ganado a base de las copas de campeón de Slytherin.

Potter se alzó del suelo a gran velocidad, superior al de las otras escobas. No se había acordado del detalle de que Minerva le había comprado la escoba más cara del mercado, haciendo que no sólo un alumno de primero formase parte del equipo de su casa sino que además lo hiciese con escoba propia. Estaba claro que los demás profesores eran demasiado permisivos con él, pero que le premiasen sus faltas de compostura...

-Ese Potter vuela bien, ¿eh Severus? A ver si tus chicos van a acabar perdiendo esta vez...

Snape lanzó una mirada por toda respuesta, y al hombre, uno de los que se encargan del mantenimiento del estadio, se le quitaron las ganas de hacer más comentarios, al menos directamente a él.

-Es..este depopoporte es de lo más pepepeligroso, diría yo.

-Vamos, Quirinus, no seas gafe.

-Eso, Quirinus, que has estado sólo en Albania, ¿te va a asustar un partido entre chiquillos?

Los comentarios se seguían sucediendo a todos lados, la gente gritaba y animaba y Snape comprobó con disgusto que casi todos los alumnos estaban animando a Gryffindor. Se veía que la superioridad de Slytherin de los últimos años había empezado a levantar ampollas.

Estaba comtemplando las gradas, cuando un grito distinto le sacó de su ensimismamiento.

-¿Qué le pasa a Potter?

Se giró rápido y encontró a que se referían. Su escoba, que hasta entonces le había obedecido como si llevase años a su servicio, se agitaba y movía como si estuviese completamente dispuesta a tirarle al suelo desde los más de cincuenta metros que le separaban de la hierba.

-Maldito Potter.

Por su cabeza pasó durante un momento la imagen de Lily, y de cómo hubiese sufrido en ese momento de estar aún viva. Y comenzó a murmurar un contra-hechizo. No sabía quién lo estaba conjurando, ni de qué hechizo se trataba, pero su contra conjuro era genérico y por tanto, aunque menos efectivo que uno concreto, esperaba que sirviese para que esa inútil de ojos amarillos que se auto definía como árbitra pudiese hacer algo.

Los segundos pasaban, y aunque su actuación había comseguido parar la escoba, aún daba algunos bandazos que ponían al joven Potter en grave riesgo de acabar rompiéndose el cuello contra el suelo. Colgaba de unos dedos, y aunque estaba preparado para lanzar un conjuro en caso de que cayese, Snape estaba tan concentrado en la escoba que no sabía si le daría tiempo a cambiar de objetivo yapuntar directamente a Harry. No entendía por qué nadie más le ayudaba, increíble que estuviese teniendo que salvar a un Potter.

-¡Le arde la capa!

Alguien le sacó de su concentración, su capa ardía con fuerza y del movimiento para apagarla cayó hacia atrás, golpeando a varios espectadores. Tenía que darse prisa en apagar el fuego, o Potter moriría. Sin embargo la maldita parecía dispuesta a arder entera, como si fuese un fuego mágico. ¿Y si se lo había prendido el que estaba conjurando la escoba al ver que el estaba intentando detenerle?

Consiguió apagar las llamas y mirar al estadio a la vez que escuchaba un estruendo increíble. No entendía cómo, Potter estaba en el suelo pero seguía vivo. Y feliz. El maldito niño tenía en su mano la snitch dorada, y ahora más que nunca le recordaba al impertinente de su padre.

Mientras abandonaba el estadio, McGonagall se le acercó con una sonrisa poco común en ella.

-Esta noche en la cena me viene bien para el pago, Severus. Creo que el fin de semana que viene me tomaré algo a tu salud en las Tres Escobas.

Snape se preguntó por qué no habría dejado que Potter se rompiese el cráneo.