Capítulo 1: Eres una zorra, Hermione

Hace catorce años yo me sentía la mujer más feliz sobre la tierra. Lo tenía todo, una carrera, un buen trabajo —aunque no necesitara trabajar— amigos, un esposo maravilloso y dos hermosos hijos. Pero todo eso cambio en un abrir y cerrar de ojos. Aun lo recuerdo como si fuera ayer, porque aún me duele como si fuera ayer.

Yo salía del baño después de una ducha relajante, tenía puesto solo un suave albornoz blanco. Me acerque a la mesita de noche y tome entre mi mano el vaso con jugo de calabaza que le había pedido a Amaya —una buena elfina— unos minutos antes de meterme en la ducha. Lo bebí todo de un solo trago, no sé porque tenía mucha sed. Pero después de tomar el jugo de calabaza, extrañamente me empecé a sentir un poco mareada, y cada vez me sentía peor —lo bueno es que mis hijos estaban dormidos, y así no los descuidaría si me recuesto un momento—, lentamente caminé hasta la inmensa cama matrimonial con la cubrecama verde esmeralda, me senté y poco a poco me fui echando, cerré los ojos unos minutos. Estuve sin moverme un buen rato, esperando que ese mareo se me pasara, pero lo raro es que también empecé a sentir que mis músculos se desgonzaban, creo que si intentaba pararme mis piernas no soportarían mi peso y caería.

Pasaron unos minutos más, cuando de repente sentí que abrían la puerta de la habitación. Luego sentí unos pasos acercándose a la cama, yo seguía con los ojos cerrados, realmente me sentía muy mal.

—¿Draco? —pregunté cuando sentí que se sentaban a un castado de la cama.

Me beso la frente y fue bajando hasta llegar a mi cuello, dejando un camino de besos, sí era Draco, podía sentir su exquisito perfume. Draco besó mis labios casi con violencia, se colocó sobre mí a la vez que metía su mano dentro del albornoz y empezó a acariciar mis piernas, sus caricias también eran violentas, parecía desesperado.

—Draco, no —susurré.

Pero no me hizo caso y siguió tacándome las piernas, con su otra mano desato el lazo del albornoz y lo abrió, ahora me empezó a tocar los senos.

—¡Ay! —grité, cuando me aplasto muy fuerte un seno.

No sabía que le sucedía a Draco, porque se comportaba de esa manera, aun cuando le dije que no él siguió. Quise empujarlo, alejarlo de mí lado, pero no tenía fuerzas, mis brazos parecían gelatinas, estaba muy débil, ni siquiera podía abrir los ojos, los parpados me pesaban.

—Draco, para por favor —le supliqué—, me siento mal.

Pero Draco no me hacía caso, bajo su cabeza hasta capturar uno de mis senos con su boca, me dolía cada vez que succionaba y hasta mordía mis senos.

—Me lastimas, Draco, para ya —le volví a suplicar.

Sentí que Draco se levantaba de encima de mí, al ya no sentir el peso de su cuerpo sobre el mío. Creí que ya me dejaría tranquila, así que muy lentamente con mis brazos que no me respondían trate de cubrir mi cuerpo con el albornoz, pero me equivoque, Draco no tenía intención de dejarme descansar hasta que me sintiera mejor, él solo se alejó de mí, para quitarse la ropa, lo supe porque después él en un brusco movimiento me despojo del albornoz, dejándome completamente desnuda, se volvió a colocar sobre mí y pude sentir su cuerpo desnudo aplastándome.

—Ahora no, por favor —le dije.

Draco empezó a besar mi cuerpo desde mi cuello hasta llegar a mi vientre, su mano empezó a acariciar mi pierna hasta llegar a mi parte más íntima, me empezó a acariciar mi sexo, yo no sabía cómo alejarlo, él nunca se comportaba de esa manera, era la primera vez que prácticamente me estaba tomando a la fuerza, habría tenido un mal día, o acaso estaba enojado conmigo por algo, es por eso que ni siquiera me dirigió la palabra cuando llego, de frente empezó a besarme.

Me moví incomoda cuando sentí que metió un dedo en mi sexo, luego metió otro dedo más, y yo repentinamente me sentí asqueada.

—No —grité.

Él siguió en lo mismo hasta que por fin saco sus dedos de mi interior, subió hasta volver a besar mi cuello, y luego beso mis labios, sus besos también me asquearon, trataba de apretar mis labios para que no metiera su lengua, no tuve éxito, Draco igual logro meter su lengua en mi boca, no sé si era por mi repentino malestar o porque simplemente quería que me dejara tranquila es que sentí que el sabor de su boca era distinto.

Volvió a tomar mi seno con su boca y me volvió hacer gritar de dolor. Con sus manos acariciaba todo mi cuerpo, hasta que empezó a querer abrir mis piernas, yo trate de cerrarlas con mi poca fuerza que me quedaba y otra vez no tuve éxito, él abrió mis piernas y se posesiona entre ellas.

—Draco, ahora no, por favor —trate de convencerlo de que me dejara.

Él beso mi frente, y yo creí que me dejaría, pero fue todo lo contrario, de una sola embestida entro en mí.

—¡Ay! —grité de dolor, sentí que mis lágrimas caían por mi mejilla.

Draco se detuvo un momento, pero mis lágrimas no cesaban, volvió a besar mis labios y empezó a embestirme cada vez con más fuerza, y por más que le rogaba que se detuviera porque me estaba haciendo daño, él no se detenía, inclusive escuche una pequeña risa, pero no se parecía en nada a cuando él reía, esta risa era extraña como maligna.

Trate de reprimir mis lágrimas, no quería que me viera llorar, estaba enojada con Draco, creo que nunca le perdonaría que me tomara a la fuerza, es mi esposo, sí, pero eso no le da derecho a tratarme como me está tratando. Draco siguió embistiendo, pero yo ni me movía y eso que ya casi estaba recuperando mis fuerzas, parecía que el malestar se me estaba pasando, lo único que hice fue pasar mis brazos por su cuello y luego deslizarlas hasta su espalda y clavarle mis uñas con fuerza, creo que hasta le saque sangre porque sentí un líquido derramarse por mis dedos, pero Draco en vez de detenerse, parecía que lo excito más porque empezó a moverse mucho más rápido, yo no veía las horas porque parada.

Volví a clavarles mis uñas a su espalda, pero esta vez con más fuerza, cuando de pronto sentí abrirse la puerta y luego.

—¡¿HERMIONE?! —escuché la voz de Draco gritándome.

Abrí mis ojos al instante y pude ver a Draco parado en el marco de la puerta mirándome con cara de horror.

¿Qué demonios estaba pasando? Se suponía que Draco era el que está encima de mí, giré mi cabeza y miré al hombre que tenía encima de mí, era un hombre desconocido, nunca en mi vida lo había visto, tenía el cabello negro igual que sus ojos. Lo empuje lejos de mí, cogí el albornoz y me lo puse.

—Draco, no sé qué está pasando —le confesé.

Trate de acercarme a Draco, pero él se alejó de mí, me miraba con dolor, decepción y luego odio.

Draco sonrió con sarcasmo.

—Así que no sabes que está pasando —murmuró.

Draco saco su varita y apunto al hombre que estaba ya con los pantalones puestos y tenía su camisa en la mano.

—Debería de matarte aquí mismo, escoria —le gritó—, pero no pienso pasar toda mi vida en Azkaban solo por matar al amante de mi esposa —yo negué con la cabeza, ese hombre no era mi amante— y tampoco pienso dejar a mis hijos solos, así que lárgate de una buena vez, antes que me arrepienta, pero antes —dijo—, ¡CRUCIO!

Ese malnacido cayó al piso retorciéndose de dolor y luego de unos tres crucios más, ese hombre tomo su varita y desapareció.

—Draco —dije temerosa.

—Eres una zorra, Hermione —siseó y me tomo por los brazos y los apretó con fuerza—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? —me gritó.

Su mirada era tan gélida, que me hizo temblar de miedo, me miraba peor que cuando estábamos en Hogwarts y éramos enemigos.

—Yo no te hice nada, Draco. Lo juro.

—¡Cómo puedes ser tan sínica! Te vi revolcándote con tu amante, lo metiste en mi casa, lo metiste en mi cama —apretó mis brazos con más fuerzas.

—Ese hombre no es mi amante, Draco. Tienes que creerme —empecé a llorar.

—¡Ya deja de mentir! —gritó.

—No miento, yo no miento. Y suéltame, me estas lastimando —le dije entre lágrimas.

—Y tú acaso no me lastimaste a mí.

—Draco ese hombre no es mi amante, ni siquiera se su nombre.

—Claro que es tu amante, te vi, Hermione, Te vi revolcándote con él. Y quien sabe con quién más me abras estado engañando.

—Eso no es cierto, yo nunca te engañado. Yo te amo, Draco, te amo —le aseguré.

Draco me soltó y yo caí en la cama.

Sonrió con amargura.

—Me amas, y porque me amas es que me engañas —me puso sobre mí y me tomo de la cara con fuerza.

—Draco, déjame explicarte como paso todo.

—No quiero que me expliques como lo conociste y luego como lo metiste en mi cama. Yo creí que tú eras diferente, Hermione, creí que eras pura, de las mujeres que nunca engañan, pero me equivoque, no eres más que una más del montón, eres una prostituta, una zorra, que se metió con el primero que le quiso calentar la cama.

—No me insultes —le dije.

¿Cómo se atrevía a decirme todas esas cosas? A mí, que siempre lo he amado y lo amo y lo amaré hasta el día que me muera.

Me soltó la cara y se alejó de mí. Empezó a caminar por la habitación y se pasó una mano por el cabello desordenándoselo.

—Scorpius y Serpens son mis hijos o de cualquiera de tus amantes —lo miré decepcionada.

Como se atrevía a dudar que Scorpius y Serpens sean sus hijos. Si son idénticos a él.

—Son idénticos a ti, Draco, como puedes dudar de tu paternidad —lágrimas de rabia caían de mis ojos—, los dos son pálidos, rubios y tienen los ojos grises como tú.

—Vaya parece que te aseguraste muy bien de no embarazarte de ninguno de tus amantes, pero si de mí, seguramente pensaste que te asegurarías con la fortuna Malfoy…

—No eso no es cierto —grité.

—Me largo, no quiero verte ni un segundo más.

Continuará...