Lo desconocido

Estaba tan confundida que automáticamente se encogió para no estamparse contra el somier de la litera de arriba y despertar a Adelaide. Luego recordó que hacía años que no dormían juntas, y que ninguna de las dos vivía ya en la abarrotada madriguera de los Hopps. Judy estaba en la pensión "El Hogar de la Pangolina", en Sabana Centro, Zootopia, a punto de convertirse en la primera coneja policía de la historia.

El reloj digital que parpadeaba en la oscuridad marcaba las cinco de la madrugada. Aún era temprano, y en la habitación reinaba un silencio absoluto. De repente, aquello hizo que Judy se sintiera terriblemente sola.

Judy siempre tenía a sus padres a su disposición, pero aun así sabía desde muy pequeña que sólo le podían dedicar una cantidad de tiempo bastante exigua. Después de todo, y a pesar del «don de especie» del que siempre hablaba su madre, siempre había hermanos con gripe a los que atender, bocadillos que preparar o ropa que tender. Por ello Judy había aprendido a apoyarse en sus hermanos mayores, y también a ofrecer consejo y consuelo a los más pequeños cuando lo necesitaban.

Con quien más estaba unida, sin embargo, era con sus compañeros de camada, sus auténticos hermanos. Furris y ella eran los que defendían a Alexis cuando Gideon Grey lo llamaba «mariquita empollón», y Alexis era el único con la paciencia suficiente como para ayudarla a ella con los deberes de matemáticas. Y cuando Gerda y Adelaide se volvieron menos irritantes, fueron ellas las que aconsejaron a Judy el vestido para el baile de graduación del instituto y las que la ayudaron a superar la ruptura con su único novio hasta la fecha, Jack. No fue más que una chiquillada de adolescentes, pero Judy aún se sentía agradecida hacia sus hermanas.

Los cinco se cuidaban las espaldas, se peleaban y se querían; formaban un grupo, en definitiva, una entidad, las crías de la Vigésimo Sexta Camada. Una máquina que funcionaba algo desacompasada a veces, pero que hacía sentir a Judy segura y protegida. Sentía que tenía un lugar en aquella desproporcionada y caótica familia.

Además, Judy había crecido con la certeza de que si gritaba «¡Rositas!» en cualquier parte (la señal de alarma de su familia), dos o tres hermanos Hopps aparecerían para socorrerla, aunque no la conocieran de nada, pues los señores Hopps habían inculcado a sus hijos un estricto sentido de la lealtad. Judy daría la vida por sus hermanos, incluso por ese idiota del séptimo piso que huyó de ella cuando la vio (le había preguntado a su madre por él, pero Judy sospechaba que no había sabido exactamente de quién estaba hablando).

Y ahora estaba sola.

Judy contuvo un escalofrío. Resolvió que no podría volver a dormirse y decidió empezar un nuevo día.

Nada más levantarse su espalda se resintió. Al principio le habían parecido muy pintorescos las paredes mohosas y el viejo colchón de muelles, pero ahora empezaba a arrepentirse (¿cómo se lo hacían sus padres para comprar unos colchones tan buenos?). En cuanto cobrara su primer sueldo como agente la primera cosa que haría sería salir de aquel cuchitril.

Además, su apartamento no disponía de cocina propia. Podía comer en la cocina de la pensión, pero la señora Schieff, su casera, era muy intransigente respecto a los horarios de las comidas, y Judy dudaba de que fuera a permitirle coger algo de la despensa antes de tiempo. Y ella no podía arriesgarse a ofenderla. Había insistido a sus padres en que tenía ahorros suficientes para pagarse una habitación decente en la ciudad, pero después de firmar el contrato de alquiler se había quedado tiesa, y sólo le quedaba dinero para lo más imprescindible. Si la echaban, no tenía otro lugar adónde ir. Tampoco conocía a nadie en la inmensa Zootopia.

Sin embargo, Judy no dejó que las pequeñeces económicas o la nostalgia la desanimaran. ¡Por fin había cumplido su sueño! ¡Tantos esfuerzos, tanto entrenamiento y tardes de estudio en la biblioteca de la Academia por fin daban su frutos! Entonces le vino a la mente el rostro malhumorado de la entrenadora Polaris y Judy no pudo hacer otra cosa que sonreír de satisfacción.

«¡Y encima en la Comisaría 1, bruja, en pleno centro!», pensó mientras recordaba a aquella irascible osa polar que no paraba de rezongar que debería estar cultivando zanahorias y no formándose para policía.

Con el ánimo más alegre, Judy se puso el uniforme azul frente al espejo. No quería parecer frívola en un día tan importante, pero la malla le perfilaba la figura de un modo particularmente atractivo.

«No seas idiota -se reprendió-. Es evidente que en la comisaría no habrá conejos».

Aquello, sin embargo, la alivió. Había vivido rodeada de conejos durante toda su vida, y le producía mucha curiosidad conocer a animales de otras especies, allí, en Zootopia, donde cualquiera podía ser lo que quisiera.

-¡Ay, Zoos mío! -susurró mientras notaba una sacudida de emoción en el pecho.

Estaba en Zootopia. Estaba en Zootopia de verdad.

Y como aún no se lo creía Judy fue a la ventana y levantó con cautela la persiana (las paredes eran tan finas que parecían de papel, y Judy no quería arriesgarse a despertar a sus vecinos). Debajo de ella las farolas iluminaban el asfalto, y hacían que la calle pareciera un río de luz serpenteando entre las oscuras e inverosímiles formas de los edificios, perdiéndose en la maraña de luces de la ciudad. Más allá, Judy distinguía el contorno de los rascacielos del distrito de negocios, con todas las luces encendidas, y, aún más lejos, perfilado por el amanecer, la inmensa mole del muro climatizador que separaba Plaza Sahara y Tundratown.

Judy ya había visto todos esos lugares, pero los breves vistazos tras los cristales del tren no la habían satisfecho en absoluto. Ansiaba salir a las calles para descubrir aquel mundo fabuloso donde mamíferos de todas las especies y tamaños convivían en armonía, donde nadie la juzgaría por ser una coneja y donde podría ayudar a hacer del mundo un lugar todavía mejor.

Estaba tan emocionada que se puso a dar golpecitos en el suelo con los pies. La teoría popular de que los conejos se excitaban fácilmente no era verdad, pero Judy cumplía bastante ese estereotipo. En la propia madriguera Hopps, sin ir más lejos, sus padres habían construido una sala especial donde sus hijos podían correr en círculos para aliviar los nervios con rapidez.

Pero, ¿de dónde sacaban tanto dinero?, se preguntó Judy por enésima vez. Si no hubieran tenido hijos, sus padres podrían haber sido más ricos que todos los gánsteres del mundo.

Judy fue al baño, se echó un último vistazo en el espejo (frotando su placa de policía con orgullo) y abandonó el apartamento como una centella.

Pero justo cuando llegó a las escaleras se detuvo, porque en ese instante le vino a la cabeza la imagen del espray antizorros encima de su mesilla de noche.

Judy lo había dejado allí nada más llegar y no había vuelto a pensar en el ridículo producto que su padre le había obligado a llevarse. Ella estaba harta de los motes que le habían puesto en la Academia por el mero de ser una coneja, y suponía que a los zorros (los enemigos biológicos de los conejos, por cierto) les ocurría lo mismo. Además, estaban en Zootopia, donde toda esa paparrucha intolerante no existía. Y aun así...

No. Judy se estaba comportando como una idiota. Ahora mismo bajaría las escaleras y se dejaría de tonterías. Pero al bajar el primer escalón sintió un retortijón de miedo y volvió sobre sus pasos apresuradamente. Abrió la puerta de su apartamento, cogió el maldito espray y salió de la pensión como alma llevada por el diablo, sintiéndose fatal pero, a la vez, más segura.

Judy se odió por ello.