El rey de los goblins
— ¿Quién eres?
Jareth rodó los ojos disimulando el gesto con lo inexpresivo de su rostro, manteniendo la altivez en todo momento pero siguiendo el protocolo, con decoro aprovechó una corriente de aire provocada por su llegada para dejar que la capa negra se extendiera por la pequeña pieza y, junto con ella un séquito que, aburrido de merodear en el laberinto, le acompañaba con cierta regularidad a las excursiones en pro de mantener el equilibrio en la comunidad de goblins.
—Eso ya deberías saberlo — insistió con el guión armado que a falta de interés no había variado ni un poco, salvo que la situación lo ameritara. Pero ese no era el caso, así como no lo había sido ninguno de los anteriores en un tiempo.
—Tú me llamaste — agregó para obviarle las cosas a la pequeña frente a él que estrujaba con fuerza su vestido rosa.
Ella no dijo nada, ya había dado con la respuesta pero no se animaba a decirlo, como si con nombrarle fuera a hacerle más fuerte. Lo que era en sí, parcialmente verdad.
Solo parcialmente.
—Devuélvemela por favor.
—Eso no es posible, conoces las reglas, lo que se da no puedes recuperarlo.
— ¡Pero no lo dije en serio!
¡Cuántas veces no había ya escuchado eso! Y ahora procedía a ofrecer la solución a su problema, no la fácil, no existía tal método sin complicación para rodear las reglas del laberinto. La ventana de aquella habitación era pequeña, pero servía a fines prácticos para abrirle la puerta a su reino, brevemente le explicó la forma de proceder y de nuevo le ofreció olvidarse de la nena que le había regalado en un arrebato de inocente ira.
Pasaron a través del vano. Con lágrimas en los ojos la pequeña se aventuró a buscar la puerta. El rey por su parte, miró su andar inseguro al ir por la vereda y la vigiló hasta que estuvo cerca del muro, pero no fue sino hasta que las vocecillas chillonas de su séquito se volvieron insufribles, que reparó en que era más cómodo esperar en el castillo. Les dio la razón respecto a sus comentarios de que desde ahí no veían nada, pero no por ello los esperó, bajo la forma de lechuza sobrevoló los muros aprovechando que era el único que podía hacer eso.
— ¿Quién está en la puerta más cercana a la chica? — preguntó entrando por el balcón, cambiando rápidamente su apariencia.
Un goblin con hocico de cerdo gruñó mientras miraba la esfera de cristal que el rey había creado especialmente para seguir a la pequeña, que seguía limpiándose las lágrimas y la nariz alternadamente. Se las había dado a sus súbditos desde que ella lo había llamado, de tal forma que pudieran llegar, recoger al bebé mientras él hablaba, y después seguir la conversación.
—Wormsalky — respondió finalmente.
—Ve que le abra, sino, no va a ser divertido — ordenó haciendo que el otro saliera corriendo, parecía que iba a chocar contra un muro pero solo se escabulló por un agujero que era un túnel a la puerta.
Jareth se dirigió a su trono, en el que se dejó caer sin perder de vista el cristal. Recargó el mentón sobre su mano con un dejo de aburrimiento perfectamente evidente para todos a su alrededor, y eso a su vez creó una atmósfera tensa, porque si algo habían aprendido sus súbditos en sus años de reinado, era que un rey aburrido era igual a una serie de excentricidades en las que ellos no salían particularmente bien parados.
— ¿Su alteza tiene hambre? — preguntó uno en un desesperado intento.
—No.
— ¡Habrá que ver los bonitos ojos que tiene la nena! — exclamó otro — ¡Será una bonita lagartija cuando se transforme! — añadió levantando a la bebé que reía, posiblemente creyendo que eran muñecos ya que no le asustaban en absoluto.
Jareth se digno a mirarla, tomándola en brazos para comprobar que ciertamente eran de un color verde brillante. Sería un goblin curioso, amarillenta por lo rubio de su cabello y algo escuálida, de pies grandes y manos palmeadas. La devolvió al cuidado de los otros pero el leve interés que había tomado en ella se esfumó rápidamente cuando se percató que la hermana de esa pequeña había llegado con las puertas dobles en un tiempo récord, o quizás él se había distraído impresionantemente.
Buscó el reloj comprobando que era la primera opción, que la pequeña llorona había llegado en veinte minutos al tramo que a Sarah le había tomado tres horas y media, eso era demasiado rápido, incluso considerando que Sarah era quien tenía el récord de tiempo.
Se puso de pie ligeramente turbado, mas no completamente alarmado, pese a que ella ya había elegido cuál puerta abrir, y muy a su sorpresa había elegido bien. Mantuvo la calma pero rápidamente creó una esfera, de dos pasos largos alcanzó la ventana arrojándola con todas sus fuerzas para crear un cruce de caminos en la vereda que, ya con los ánimos en alto, la niña recorría.
—Va a llegar a la puerta norte de la ciudad ¡No la dejen pasar de ahí! — ordenó haciendo que todos saltaran de sus lugares abandonando la sala del trono. Afuera, el tumulto, las alarmas y el chocar de unos con otros rompió el silencio que generalmente rondaba en la casi abandonada ciudad de los goblins.
Mascullando una maldición para sus ineptos súbditos retrocedió la brecha avanzada agachándose para recoger a la bebé que lloraba desconsoladamente luego de que la dejaran caer y muy seguramente le pasaran encima al emprender la salida. Para su tranquilidad, aquella pequeña no era difícil de tranquilizar, tras acunarla prácticamente olvidó el incidente empezando a reír con inocente coquetería. Jareth entendió que ese humor fascinador había sido la causa de los celos en su hermana mayor que se había visto completamente desplazada.
La sentó en su trono compensándola con un dulce, ella lo aceptó de buena gana tomándolo con sus manecitas para llevárselo a la boca. Agradecido de que no armara barbullo como otros niños, la dejó para volver a posicionarse en el balcón, el desvío que había creado a última hora no la alejaría mucho, pero todo su avance no era más que una racha poderosa de suerte, así que, de llegar a la ciudad, simplemente no podría pasar más allá.
Para esos casos en que el jugador del laberinto se acercaba tanto, la orden era generalmente regresarlo al principio. Aunque los gritos de guerra que proferían los soldados fueran "¡Eliminar al intruso!", pocas veces la palabra "eliminar" tenía el sentido de ejecución, se entendía más como meter en un olvidadero que era, a fines prácticos, la opción en la que alguien podía ser precisamente borrado del curso de la vida.
Como hechicero comprendía perfectamente el peso de arrancar vidas, y a diferencia de otros reyes, o reinas ligeramente desquiciadas que decapitaban cualquier cosa que poseyera cabeza, no era su propósito llenar de moscas el laberinto ni de fantasmas el castillo.
Él era un rey que traía gente a su gente en vista del problema reproductivo de los goblins, él era la única opción para la no extinción de la especie y por eso era querido, en punto a parte del miedo y respeto que le tenían, pues si alguien salía del techo de su gracia era capaz, por ejemplo, de colgarlo por los pies en el pantano del hedor eterno que, en todo caso, era lo más cercano a una tortura que había realizado en muchos años. Sin embargo, además de eso, solo amenazas de lo más convincentes.
Si había cuentos de otros casos poco más brutos o crueles, no había sido por él, sino por sus guardias que terminaban adjudicándole el encargo.
—Su majestad…
Giró la vista para recibir el informe.
—La niña ha caído por un pasadizo subterráneo, regresó al bosque, tal vez se encuentre con los fuegos. Ni siquiera se acercó a la puerta de la ciudad.
Aquello sí le causó una sonrisa.
—Muy bien. Le haré una visita. Que los soldados esperen mi indicación para dejar sus puestos.
Y diciendo eso, desvaneció su forma para nuevamente ser una lechuza.
.
—Hola, Anne — dijo mirándola limpiarse las rodillas raspadas.
La pequeña levantó los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar, y le dedicó una mirada cargada de rencor que le causó risa al rey, sin embargo, evitó comentarle que debería estar agradecida de que llegó primero que la chiflada cuadrilla de fuegos. Se recargó en el tronco de un grueso árbol sin doblegar su altura ni con la cabeza.
—Deberías darte por vencida — sugirió por costumbre —. Resolver el laberinto no es una tarea que pueda hacer una niña de nueve años.
— ¿Y quién si no? — chilló ella —Un adulto ni siquiera podría llegar aquí.
Le concedió la razón con un silencio, hasta el momento solo había traído a un adulto y fue tan horrible, que nadie había vuelto a hablar al respecto.
Valoró su altura, era alta para su edad, no crearía una discordancia grave.
—Se me ocurrió otro trato — dijo antes de que ella se marchara para buscar otro camino —. No tienes que resolver el laberinto ¿Qué tal si te quedas también?
La sorpresa que le causó no se hizo esperar.
—Pero… pero… creí que…
—Llamarme para que desaparezca a un niño es solo para abrir la puerta que divide nuestros mundos, no es precisamente un requisito ser indeseado para convertirse en goblin, yo puedo transformar a quien quiera en el momento que desee.
Sonrió cuando bajó la mirada, ella realmente lo estaba considerando.
De haber sido mayor en edad no lo habría sugerido, había una medida necesaria para realizar el hechizo, cuando un cuerpo era demasiado maduro no recibía bien el cambio y terminaba perturbándole la mente. Los goblins habían de ser pequeños y necesariamente niños, superada cierta madurez, terminaban por convertirse en trasgos, orcos u otra criatura de esa calaña que él mismo no soportaba.
—Si me quedo… ¿Qué voy a hacer?
Jareth se impulsó al frente tomándola suavemente por un hombro para dirigirla a un páramo menos tupido de follaje y desde el cual se veía el castillo con cierta claridad, más abajo, las manchas borrosas que eran los tejados de las casas.
—Esa es la ciudad de los goblins — apuntó aunque eso ella lo sabía —. Si no logras llegar al castillo para recuperar a tu hermana cuando el tiempo se acabe, ella se convertirá en uno de nosotros para siempre. Pero aún como goblin sigue siendo un bebé, y no creas que yo mismo me encargo de cuidarles, no, eso nunca. Se los dejo a alguna familia, de esa manera pueden continuar con su linaje en la ciudad y todo sigue un rumbo más o menos normal. Lo que quiero explicarte es que si te quedas, tendrás un lugar en el cual vivir, con unos nuevos padres.
Anne tragó saliva.
—Y no tienes que vivir con esa pequeña acaparadora, no tendrás que compartir a tus nuevos padres con nadie, aunque claro, esa opción la tienes también si decides abandonar esto y regresar a casa sin ella.
Hizo una esfera algo más pequeña que las usuales, eso a razón de que pudiera sostenerla sin problemas, la paseo grácilmente entre sus dedos unos instantes para maravillarla con el brillo.
—Hazme saber tu decisión.
Y luego de entregársela, desapareció.
Al entrar en la sala del trono ya se había armado todo un barbullo.
— ¡¿Es verdad que su majestad le ha pedido a la pequeña que se quede?! — gritó uno casi saltándole encima, pero al final guardando prudencial distancia debido a la gélida mirada que le dirigió.
—Sí, lo he hecho.
El ánimo estallo en carcajadas y voces que llevaron a un canto desafinado, uno sacó a bailar a la bebé, pero para ello debió cargarla ya que no podía sostenerse por sí misma. El rey los dejó con su improvisado festejo sentándose de nuevo en el balcón principal mirando la ciudad que, aunque con movimiento, lucía decaída.
¿Cómo salvar un reino que colapsaba?
Los goblins eran cada vez menos. Al no tener a quien heredar, muchas casas y negocios quedaban abandonados a la muerte de sus dueños. Los goblins eran longevos pero no inmortales. Los que eran jóvenes estaban a su servicio como guardia o séquito de compañía en las excursiones al mundo humano, inevitablemente dejando las actividades internas a cargo de los viejos, de ahí el total descuido de casas y calles.
Mientras meditaba nuevamente en los problemas que tenía que resolver, jugueteaba con un par de cristales, resistiéndose a mirar uno de ellos por mucho que quería hacerlo desde hacía un rato. Anne no se decidía, así que se permitió un capricho mientras esperaba.
Era de noche en el mundo de los humanos, caía una lluvia ligera, soplaba además una brisa fresca. En la habitación no había luz alguna, pero eso no era problema para él, podía ver perfectamente a Sarah dormida. Su contemplación no duró mucho, la niña que corría el laberinto había decidido.
—Tráiganla al castillo — ordenó a un par que no estaba muy lejos.
Cerró la mano en puño, volviendo polvo el cristal que le permitía ver a Sarah.
Él era un rey, el soberano gobernante a cargo de un mundo a punto de resquebrajarse. No podía darse tantos lujos distrayéndose con una chica que le había dejado en claro la falta de interés en ser su reina, además, ella pronto olvidaría todo, tal como dictaba el hechizo de salida una vez abandonado el laberinto.
Para ella no sería más que un sueño extraño, así que él no le daría más tiempo.
Comentarios y aclaraciones:
Muchas gracias por sus comentarios, realmente espero sacar un poco de mi espíritu fan en este proyectito, y deseo hacer lo mismo con quienes lean.
¡Gracias por leer!
