NdelA: Seguimos con la Segunda Edad del Mundo... Y nos vamos a la guerra! ;) Perdon por no haber - en los dialogos, se los come el editor de FF... :(
Al final del capítulo está el significado de las palabras élficas y/o algunas aclaraciones respecto a sitios/personajes, pero sentíos libres de preguntadme lo que sea.
Concerning Elves
Año 3430, Segunda Edad
Por ahí vienen. Estarán aquí a la noche, a más tardar…- En la zona más alta de un cerro, Celeborn miraba en lontananza usando una mano como visera para taparse la luz de Anor.
Hacía una semana que Gil Galad y su ejército acamparon en los lindes de Imladris, Rivendell como la llamaban los hombres, y Elrond, Glorfindel y Celeborn habían paseado junto al Rey por entre las tropas a menudo para conocerles antes de la gran batalla. Ahora, con aún más de medio día de camino llegaba el ejército del rey Elendil a reunirse con ellos.
Elendil ha debido traer a tantos hombres de Arnor como ha encontrado… Amdír y Oropher se unirán con nosotros de camino, y si Isildur y Anarion han reclutado tantos hombres como su padre tendremos un gran ejército – Parado junto a él, Ereinion posó la vista en la lejanía, más allá del Bruinen y sus alrededores, y vio el ejército de los Dúnedain relucir como un río de plata entre las colinas.
Esperemos que sea bastante –El Rey se volvió entonces hacia el campamento de los soldados, y veía relucir las armaduras que llevaban años fabricando para la contienda. Eran doradas y verdes como los árboles y del trigo puesto al sol, con las capas del azul del mar; el color del Rey.
Si no lo somos, no quedará nadie para lamentarlo… - el Noldor se volvió hacia Celeborn, que miraba al cielo azulado con expresión grave, mas el elfo de Doriath dibujó una suave sonrisa en el rostro – Tenemos demasiado que perder; No seremos derrotados.
Gil Galad sonrió un poco y le dio una palmada en el brazo.
Los Dúnedain son fieros guerreros, fuertes y valientes, y odian a Sauron. Caerá, no tengo ninguna duda sobre ello…
Con Reyes tan nobles guiándonos en la batalla es impensable cualquier otra posibilidad – Sonrió lentamente, y cuando Ereinion le hizo una inclinación de cabeza como agradecimiento él hizo una graciosa reverencia.
Cuando el par estuvo de regreso, Rivendell bullía de animación por la expectación ante la llegada de los hombres. A excepción de los niños se podría decir que no había un par de manos ociosas en el valle.
¿Mañana en la mañana se hará un repaso final de la estrategia a seguir y se contemplará también la duración aproximada de la guerra, recursos…?
Aha… - Gil Galad miraba al frente mientras andaban por una balconada, los ojos perdidos en algún punto de las montañas distantes.
¿Decidiremos también el día de partida?
Aha…
Ereinion…. ¿Estás escuchándome? – Celeborn frunció el ceño, y el Rey se volvió de golpe a él.
Sí, claro que te escuchaba¿por qué no iba a hacerlo? – Ereinion miró a su amigo con las cejas arqueadas.
Parecías abstraído en algún pensamiento… - Celeborn le miró con las cejas arqueadas intentando aligerar la situación, y el Rey de los Noldor se aclaró la garganta.
Es cierto que estaba pensando, pero te estaba escuchando.
¿Y en qué pensabas, si se puede compartir? – La expresión del elfo plateado se suavizó al ver que la sombra de alguna preocupación cruzaba el gesto de Gil Galad.
En esta guerra… y en todas las que la han precedido. Recordaba a buenos amigos y a mi familia – Había una suave tristeza en su voz, en la sonrisa de sus labios, y Celeborn asintió lentamente, comprendiendo. Aunque él más que Ereinion, ambos recordaban grandes batallas, algunas coronadas del laurel de la victoria y otras empañadas de lágrimas de los que vivieron para contar la derrota.
La Primera Edad de Arda había sido salpicada con la sangre de todos ellos, la Segunda parecía seguir el mismo destino y si no vencían, no habría una Tercera Edad más que para los orcos de Mordor.
Cada vez que elfos u hombres se levantaban contra sus enemigos sufrían enormes pérdidas en sus linajes; amigos, parientes, compañeros… ninguna familia, ni siquiera las de los grandes reyes, salía bien librada. Los Dúnedain eran los que más recientemente podían constatar ese hecho, pues el mismo Sauron que labrara la destrucción de Ost-in-Edhil acabó con Númenor hacía tan solo una veintena de años.
Había mucha sangre en las manos del Señor Oscuro de Mordor, y no tardaría en haber mucha más.
Rey Gil Galad, Caballero Celeborn – un elfo de cabellos castaños se inclinó ante ellos y les sacó de sus pensamientos- ¿Han visto a Glorfindel? El maestro Elrond le está buscando.
No, lo siento, no estaba con nosotros esta mañana… - Con otra inclinación, el elfo les dejó de nuevo solos junto a la barandilla.
¿Maestro? – Ereinion arqueó las cejas.
Es un aprendiz en las Casas de Curación. Junto a Lólindir, Elrond enseña allí propiedades medicinales de plantas y técnicas de curación a los que quieren aprender – Le explicó Celeborn.
¿Lólindir¿Quién es?
Un Noldor de Ost-in-Edhil de cabellos castaños, algo rubios, que tiene grandes capacidades como sanador – le miró con un asomo de sonrisa - ¿Acaso el Rey de los Noldor no conoce a toda su gente? Sería impensable que los conociera yo mejor….
Ereinion rió.
Es una vergüenza, pero así es. Últimamente incluso conoces a Elrond mejor que yo... Aunque cierto es que aunque no llevo aquí muchos días, apenas le he visto, y cuando lo hago a veces me da la sensación de que en estos años ha cambiado mucho…
Suele estar muy ocupado, sobre todo desde que se decidió que habría guerra. Si no está en su estudio o reunido con alguien está enseñando – enumeró Celeborn – aunque a veces le he visto practicar con los soldados…
Los ojos grises del Rey Noldor se entrecerraron ligeramente.
Celeborn… ¿Querrías practicar conmigo?
¿Ahora? – el elfo de Doriath le miró sorprendido, pero Gil Galad parecía resuelto – Bien, vamos por nuestras cosas, pues…
¿Señor Elrond? – Erestor asomó la cabeza por la puerta del estudio y vio al medio elfo entre una buena colección de mapas y con un par de libros abiertos sobre la mesa.
¿Sí, Erestor? – Preguntó sin alzar la cabeza. El moreno entró, mirando con curiosidad lo que hacía su señor.
Nadie ha sabido traerme noticias acerca de Glorfindel. Han preguntado por las guardias, y al parecer no tenía hoy. No le han visto por la ciudad, tampoco… sólo me queda mandar a alguien a preguntar al campamento….
Elrond le miró, el ceño fruncido sobre los ojos grises.
¿Dónde puede haber ido…?
Además la Dama--
¿Elrond? – llamó una voz dulce, y la cabeza plateada de Celebrían se asomó al estudio – Oh, estáis ocupados…
Celebrían… Pasa, por favor. Dime¿necesitas algo? – El medio elfo la sonrió, y Erestor les dio ligeramente la espalda para que no se notara su risita.
Fuera cual fuere la causa de Estado por la que Elrond estuviera ocupado, siempre encontraba un momento libre para atender a la hermosa elfa.
Sólo venía a avisarte que Adar y el Rey Gil Galad están combatiendo… Pensé que te gustaría verlo…
¿En serio? – en los ojos del señor de Imladris se encendió un brillo y pareció olvidarse de mapas y libros – ¡Veámoslo! Ya seguiremos hablando cuando termine…
Siguiendo las indicaciones de Celebrían sobre dónde se estaba celebrando el encuentro el trío se asomó a una balconada del estudio, a bastante altura del suelo. Como era evidente, no eran los únicos mirando el combate; la mayoría de los habitantes de Imladris estaban en aquellos momentos apoyados en balcones o sentados en piedras y bancos contemplando el espectáculo.
La armadura del Rey era dorada y estaba preciosamente grabada en todas las láminas que la formaban. Su capa azul ondeaba como si tuviera el mar de su parte, fluyendo acompasada de sus gráciles movimientos y fintas de lanza que le lanzaba a Celeborn.
Ni una había conseguido rozar aún la armadura plateada que los herreros Noldor de Imladris habían fabricado especialmente para el elfo de Doriath. Anor le arrancaba destellos a su pectoral y a sus cabellos a cada salto con que esquivaba a Aiglos, la lanza de Gil Galad, e intentaba ganar ventaja de ese brillo para cegarle en el momento de atacar con su cimitarra.
Atacaban por dentro y por fuera, intentando encontrar una abertura en una defensa perfeccionada a lo largo de los siglos. Casi podría decirse que bailaran uno alrededor del otro, las capas azul y gris perla a veces entremezclándose de lo cerca que estaban sus dueños.
Celeborn mantenía a Ereinion ocupado con sus ataques desde muy cerca, aprovechando la dificultad que tenía el Rey para rehacer la distancia necesaria para emplear con eficacia a Aiglos. Se movía a su alrededor con la fluidez del agua, usando la cimitarra sin tener que estirar apenas el brazo, saltándole a los lados e intentando desequilibrarle a patadas cuando alzaba la lanza para detener un ataque por arriba.
A pesar de que por este motivo pareciera que el Rey de los Noldor estuviera en clara desventaja, no era realmente así. Ereinion era un experto combatiente y a pesar de haberse visto más de una vez envuelto en un aprieto de similares características no había perdido ninguno de esos combates. Paraba las estocadas de Celeborn con una gracia y una facilidad que muchas veces hacía que los espectadores pensaran que era él quien llevaba el ritmo de la lucha.
El asta oscura de Aiglos detuvo una vez más el filo de la espada sin siquiera arañarse, y aprovechando la fuerza que podía hacer valiéndose de sus dos brazos Gil Galad lanzó a Celeborn hacia atrás, obligándole a dejarle espacio. La punta de la lanza brillaba fugaz como una estrella con cada golpe descargado tanto en horizontal como en círculo, y el elfo plateado no podía sino saltar para alejarse de los embates, desviando los más cercanos con la hoja de su espada.
Con la agilidad sorprendente de los elfos que habitaban los bosques, Celeborn se aferró a la rama de un árbol y trepó por él, cimitarra en mano, para escapar de su alcance y buscar una ofensiva mejor desde lo alto.
Pero ni por un momento el Rey pensó dejarle escapar con tanta facilidad. Lanzó a Aiglos contra el tronco del árbol y la clavó donde segundos antes habían estado las piernas del elfo. Entonces saltó sobre ella y tomó el impulso necesario llegar a una rama cercana a la que se había encaramado su amigo, sacando al vuelo la espada que llevaba enfundada a la cadera.
Celeborn no se esperaba semejante movimiento, y cuando Ereinion se le echó encima y entrechocaron los aceros no tuvo más remedio que descolgarse de nuevo de árbol para no luchar en condiciones tan desfavorables para ambos. Gil Galad sonrió burlón desde lo alto de las ramas y no esperó a que Celeborn aterrizara; lanzó la cimitarra contra él para darse tiempo de bajar y conseguir ventaja.
Cualquiera de los que estaban allí reunidos que supiera algo de lucha sabía que el combate estaba a punto de finalizar. El elfo de Doriath apenas tuvo tiempo de girarse a rechazar el mortífero proyectil con su propia cimitarra, haciendo que la de Gil Galad volara por los aires tras un desagradable chirrido. Aún estaba arrodillado cuando giró la cabeza y vio la punta de una lanza demasiado cerca de su pecho.
Los espectadores, que comentaban cómo el Rey había conseguido la victoria con el lanzazo que sin duda estaba desviado para no tocar a su amigo, se quedaron mudos de pronto y la sonrisa de Gil Galad se trocó en sorpresa y miedo cuando Celeborn se movió bruscamente de lado.
A pesar de sus esfuerzos por desviar a Aiglos en el último momento, la punta de la lanza arañó el metal plateado por un costado y finalmente se clavó en él. Para cuando Ereinion pudo frenarse, la afilada hoja había rasgado la armadura hasta el final.
El Rey tragó aire cuando algo duro le presionó el cuello con un golpe seco; Celeborn tenía el brazo diestro totalmente estirado y el filo de la brillante cimitarra estaba bien dispuesto para degollarle.
Hubo unos segundos de silencio en la más tensa inmovilidad de las posturas forzadas de los combatientes y por fin, el elfo de Doriath bajó el arma.
Por todos los Valar… - murmuró Ereinion - ¿Cómo se te ocurrió moverte? Podría haberte matado… ¿Estás bien? – Al momento había tirado su lanza a un lado y se había arrodillado a su lado.
No es nada… Sólo me has arañado - arqueando las cejas, Celeborn le puso una mano en el hombro para tranquilizarle– Me tomaste por sorpresa, por eso me moví. De haberte visto venir habría aceptado mi derrota sin más, no estaba en mis planes dejar a los Noldor sin Rey – comentó con algo de humor al ver la línea que había marcado su acero, pero su gesto se mostró solemne al momento - Si voy a morir prefiero llevarme a mi enemigo conmigo…
¿Seguro que estás bien? – Gil Galad miraba con absoluta preocupación el corte en la armadura - ¿Quieres que llame a Elrond…?
Celeborn se rió y tomó el brazo que le tendía su amigo para ayudarle a ponerse en pie.
Estoy perfectamente, Ereinion… – los espectadores, que se habían mantenido en silencio, reanudaron los comentarios en cuanto se irguieron y les saludaron. Los ojos gris oscuro del elfo plateado se posaron en el balcón del estudio de Elrond, y frunció ligeramente el ceño - … pero iré a verle si te quedas más tranquilo.
¡Adar¿Estás bien? – Celebrían y Elrond habían abandonado el estudio en cuanto terminó el combate y habían ido en su busca, encontrándoles de camino. La elfa abrazó con fuerza a su padre y comenzó a interrogarle mientras los otros dos reían suavemente, complacidos al ver el cariño que le tenía.
Excelente combate, por cierto – Les reconoció Elrond con un brillo en la mirada, y Ereinion supo al instante que le hubiera encantado sumarse al ejercicio. De niño siempre había tomado las clases de esgrima más en serio cuando eran ellos quien se las daban…
Después de todo quizá no sea tan distinto a como le recordaba, pensó con una pequeña sonrisa.
Elrond miró a su alrededor recordando de pronto que Erestor debería estar con ellos. El hecho de que no estuviese le hizo mirar hacia su estudio, pero no estaba allí tampoco. Sorprendido, se encontró pensando cómo conseguían sus consejeros y amigos desaparecer sin dejar rastro.
Primero Glorfindel no está en ninguna parte, ahora Erestor se volatiliza sin que me de cuenta...
Confío en tu habilidad para dejar a tu Rey y a mi hija tranquilos, Elrond – Le dijo Celeborn entonces, y el medio elfo prestó de nuevo atención a la conversación e hizo una pequeña inclinación.
No tenéis de qué preocuparos…
Las salas de las Casas de Curación no eran excesivamente amplias, pero eran tranquilas y acogedoras y estaban hermosamente decoradas. Celeborn se quitó la armadura con la ayuda de su amigo y la dejó en el suelo, a un lado. Al ver el corte en el metal pulido frunció el ceño.
Espero que puedan repararla…
Me atrevo a decir que los soberbios herreros que la forjaron serán más que capaces de dejarla como nueva – Le animó mientras esperaba a que se soltara la túnica que todo guerrero llevaba bajo la armadura.
Al ver que miraba la tela sucia de sangre, Celeborn agitó la cabeza recordando la preocupación exagerada de Celebrían. Elrond se agachó a su lado, y al ver que estaban solos pensó que sin duda era el momento apropiado de hablar con él.
No estaba ciego, y desde hacia ya mucho estaba viendo que su hija y él estrechaban sus amistades. Le tenía cariño al peredhel, pero sabía que otras muchas cosas como sus obligaciones o sus libros ocupaban su corazón además del amor que pudiera profesarla.
Además no faltaba mucho para que partieran a una guerra de la que bien podía no regresar ninguno con vida, y no estaba dispuesto a arriesgar el corazón de su hija de esa manera.
En el momento en que los vio solos en el balcón de su estudio supo que no podía retrasar más su conversación por mucho que su amistad se resintiese.
A veces mi hija es demasiado impetuosa…
Es normal que una hija se preocupe por su padre… - le respondió Elrond sencillamente inspeccionando el corte que, en verdad, no era profundo – Supongo que de ser al revés la Dama Galadriel y tú hubierais hecho lo mismo…
Celebrían es de las cosas más valiosas que hay en mi mundo y merece lo mejor. No arriesgaré ningún daño para ella de manos de nadie – Elrond alzó la mirada de pronto y se encontró con sus ojos profundos y acerados mirándole sin piedad, no dando lugar a ninguna duda acerca de sus palabras - Pero estoy convencido de que no habrá necesidad de que Galadriel y yo nos preocupemos…
Ciertamente… - El medio elfo bajó la cabeza, el rostro ilegible, y reanudó su tarea de cubrir su cintura con un vendaje ligero sin ver la expresión de Celeborn suavizarse.
La noche fue larga pero amigable para todos y bastante feliz para muchos. La fiesta en honor al Rey Elendil estuvo repleta de cantos e historias, recuerdos de los días antiguos cuando las tropas del Rey Finarfin, con sus yelmos dorados y plateados acabaron con cuanto mal se puso frente a sus armas.
A pesar de tener una edad avanzada incluso para un Númenóreano, el Rey Elendil era alto e imponente, de ojos brillantes y mano fuerte en el combate. Sentado junto a Gil Galad charlaba animadamente mientras acunaba su nieto Valandil entre sus brazos.
Hacía ya varias semanas que la esposa de Isildur y su bebé habían llegado a Imladris en busca de protección, puesto que el hijo del Rey había considerado que sus otros hijos podían permanecer en Gondor durante el asedio para hacerse cargo de Minas Anor y Osgiliath mientras ellos iban a la batalla. No era cualquier cosa la tarea que les había dejado, puesto que era necesario para la seguridad del reino de Gondor que Minas Ithil fuera reconquistada de las manos del Señor Oscuro.
Entre los elogios que le dirigían por la fiesta, Erestor pudo comenzar el recital de cantos, dedicándole la apertura a Elbereth por concederles en aquella noche el brillo de sus estrellas.
A! Elbereth Gilthoniel
silivren penna miriel
o menel aglar elenath!
¿Qué piensas? – La voz suave de Celebrían se coló entre la melodía del Noldor, y cuando Elrond se volvió a mirarla alabó en silencio a Elbereth por hacer caer una de sus estrellas junto a él.
Me hubiera gustado que Isildur y Anarion estuvieran aquí. Cuando nos encontremos con ellos en Gondor no cabrán las celebraciones – Le dijo llanamente intentando sonreír. Sus ojos se posaron en Celeborn y Galadriel, que estaban sentados al otro lado de la Sala del Fuego, y contuvo un suspiro cuando Celebrían se sentó a su lado, su pelo plateado cayendo hecho ondas sobre sus hombros descubiertos.
Los tienes en alta estima¿no es cierto? – Le preguntó la elfa viendo cómo Erestor dejaba su puesto a Lindir y a su arpa.
Son mi sangre, no puede ser de otro modo… - El medio elfo giró la cabeza para que no viera el cambio de expresión que siempre le sucedía cuando se hablaba de su hermano Elros. El tema era demasiado personal y ella demasiado preciosa como para ser molestada con sus penas.
Vio entonces que Ereinion y Elendil le miraban en la penumbra de la sala, el resplandor del fuego de la chimenea dorando su piel y brillando en sus ojos sabios. Apartó de ellos también la mirada con una suave inclinación y al volverse se encontró con un joven arrodillado ante él, mirándole expectante.
Señor Elrond…
No era sino ya bien caído Anor cuando Glorfindel pasaba por la entrada fortificada de Imladris, su cabello dorado brillante a pesar de la creciente oscuridad.
A cada par de pasos que daba, un elfo se le acercaba y le decía que el señor Elrond le llevaba buscando desde la mañana, y tanto fue así que al final acabó a carcajadas con cualquiera que se lo comentaba.
Cuando, muchos recordatorios después, consiguió llegar hasta el edificio principal vio que la Sala del Fuego estaba llena. Había parado unos segundos para escuchar las bellas notas que arrancaban a un arpa cuando alguien le llamó.
¡Glorfindel! – El elfo de Gondolin se volvió con una gran sonrisa en el rostro.
- Sulilad, Erestor. ¿Cómo no estás en la fiesta con los demás? – Le preguntó nada más se acercó a él.
Eso habría de preguntarlo yo. Te hemos estado buscando todo el día, el señor Elrond quería verte esta mañana... ¿Dónde estabas? – Le preguntó no sin reproche, pues el pobre moreno había decidido rendirse al no ser capaz de pensar más lugares donde buscarle.
Bueno… No estaba lejos de Imladris… - Casi se encogió de hombros, y Erestor frunció el ceño sobre los ojos grises.
Estábamos preocupados, Glorfindel, no es normal en ti esta actitud…- al ver los ojos azules del elfo traicionando sus continuas sonrisas le tomó del brazo amistosamente - ¿Hay algo que quieras contarme, algún problema?
Glorfindel sonrió cándido a su preocupación, pero agitó la cabeza y le palmeó el hombro.
No me pasa nada, Erestor, pero gracias… ¿Dónde puedo encontrar a Elrond?
Ya habrá sido avisado de tu venida. Estará esperando en su estudio, seguramente.
Glorfindel se despidió de él para ir en busca del señor de Imladris sin dejar a Erestor convencido.
No hay cantos ni fiestas que puedan esconder el horror de la guerra que tanto afecta a mis amigos y a toda la Tierra Media... Manwë Súlimo, que vuelvan todos... Oró en silencio agitando suavemente la cabeza.
La puerta del estudio de Elrond siempre había estado abierta, mas Glorfindel encontró la madera tallada bloqueándole el paso.
Llamó con deliberada lentitud una vez tras otra hasta que por fin escuchó respuesta del interior. El picaporte dorado cedió bajo la presión y entró en la habitación en que tantas veces había estado a lo largo de aquellos años.
El medio elfo estaba sentado detrás de una mesa llena de libros y mapas, la mirada puesta en uno de estos últimos.
Seguro que ha sido una grata experiencia el marcharte sin decir nada en el día en que llega el Rey Elendil… - Le dijo muy serio sin mirarle.
Necesitaba pensar – Dijo simplemente tomando asiento en una esquina de su mesa, el pelo dorado cayéndole como cascadas.
Erestor ha estado buscándote todo el día.
Lo sé, le encontré antes de venir aquí. De hecho, todos a cuantos he encontrado en mi regreso me han dicho que querías verme.
Esto fue esta mañana, Glorfindel. Cualquier cosa para la que te necesitara ya ha sido resuelta – Elrond dejó la pluma que tenía en la mano en el tintero y cruzó los dedos sobre la mesa, mirándole con los ojos grises fríos bajo el ceño fruncido.
Entonces, si no me necesitas estaré en la Sala del Fuego… - El elfo de Gondolin estuvo a punto de bajarse de la mesa, pero se detuvo al escucharle suspirar.
¿Dónde has estado? Nunca antes te habías marchado así. Estábamos pensando en salir a buscarte al despuntar Anor… - La voz se le había suavizado hasta ser casi la del amigo que conocía, y Glorfindel se volvió hacia él con las cejas arqueadas.
¿Es mi imaginación, o no soy el único que tiene algo que relatar?
Elrond arqueó las cejas y abrió la boca para decir algo aunque la cerró casi inmediatamente. Se miraron unos segundos, y el señor de Imladris se recostó en su butaca, los brazos cruzados sobre el pecho.
Tú primero – Glorfindel se echó a reír al ver su cara de apuro y suspiró, estirándose todo lo largo que era antes de bajarse de la mesa.
No estuve lejos de Imladris. O mejor dicho, no estuvimos lejos. Estuve con la Dama Galadriel esta mañana, mas cuando la traje de vuelta deambulé por el bosque pensando en lo que habíamos hablado hasta que cayó Anor – Dijo el guardián sentándose lentamente en una silla frente a él.
Nadie podría negar que estás siendo oscuro… - Arqueó una ceja, y el elfo de pelo dorado se revolvió ligeramente.
Te pido perdón, pero me temo que no puedo desvelarte el tema de nuestra conversación – Elrond no se ofendió, sino que le miró con curiosidad por saber lo que estaba ocultando su amigo.
Nunca te había visto preocupado hasta ese extremo, o quizás no he sabido verlo – apoyó las manos sobre la mesa, su rostro mostrando comprensión- Sabes que si puedo ayudarte en algo, lo haré.
Glorfindel agitó la cabeza ligeramente a su ofrecimiento.
Gracias mellon, pero me temo que tampoco tú podrías ayudarme. Pero no quiero que te preocupes, todo irá mejor cuando acabe la guerra – Suspiró esforzándose por sonreír tan despreocupadamente como siempre.
¿Cómo contarle a Elrond que a veces veía fragmentos de su vida pasada que no hacían más que confundirle, sin faltar a su palabra con Mandos¿Cómo explicarle que los cuernos de guerra y las armaduras brillantes le traían recuerdos de Gondolin, y con ellos, una sensación de vacío que no comprendía?
Recordaba al Rey Turgon y a Idril Celebríndal, a Tuor y al pequeño Eärendil jugando con Ecthelion de la Fuente. Recordaba la Casa de la Flor Dorada, de la que era señor, las siete puertas que guardaban la entrada a Gondolin e incluso el viento de las montañas allá en Beleriand, el frío de las nieves y el fuego del Balrog que cayó con él...
Pero en las montañas sus recuerdos se fragmentaban y aparecían borrosos, inconexos.
Sabía que había luchado contra orcos y wargos intentando salvar a los habitantes de la Ciudad Escondida, y de ninguna manera podría olvidar el Balrog bramando fuego sobre sus cabezas… pero tras eso sólo recordaba estar cayendo entre picos nevados sujeto de su látigo de llamas, y, entre medias de ambos recuerdos, nada. Vacío.
Después de hablar con Galadriel la mañana había pasado el resto del día pensando y reflexionando sin tener una pista de lo que no recordaba, y lo que era peor aún, por qué no lo recordaba. ¿Acaso Mandos había omitido voluntariamente esa parte de sus recuerdos?
Galadriel era la única que sabía su origen puesto que lo había visto en el momento en que se conocieron, de modo que ella y solo ella podía ayudarle… pero no había sido capaz de hallar en su mente ningún dato esclarecedor…
Es tu turno de explicar – Le dijo Glorfindel, y esta vez sonrió de veras al ver su turbación.
Es un… en realidad… no es nada que deba preocuparte…
Tu demora solo incrementa mi curiosidad, Elrond… - arqueó una ceja e inclinó la cabeza al ver que intentaba rehuirle la mirada - ¿Qué te avergüenza tanto?
No me avergüenzo – Le dijo, pero sonó tan poco convincente que el rubio soltó una carcajada.
Voy a hacer una conjetura a ver si acierto. ¿Tiene que ver con Celebrían?
¿Qué¿Cómo…? – Acertó a decir de la sorpresa. Glorfindel apenas podía parar de reír.
Lleva siendo evidente tanto tiempo que ya ni recuerdo cuándo me di cuenta…. Dime¿qué ha sucedido? – Le preguntó ya serio al ver que su amigo se había hundido en la silla, los ojos fijos en su escritorio.
Celeborn me habló esta mañana – Dijo secamente, y no hicieron falta mayores explicaciones. El elfo de Gondolin se sentó de nuevo sobre la mesa para estar más cerca de él, bendiciendo a Eru por darle algo en qué pensar.
¿Dio alguna razón? - Elrond agitó la cabeza para luego apoyar el mentón sobre una de sus manos.
No hay nada que hable en tu contra, a mi parecer, excepto el hecho de que Celebrían sea la única hija de Celeborn. Elu Thingol y el Rey Turgon también se vieron en semejantes circunstancias, si no adversas, y acabaron cediendo – una sonrisa tocó sus labios al ver la esperanza brillar en los ojos grises del medio elfo- Quizás cuando la guerra haya terminado se muestre más receptivo…
Glorfindel, dime¿Qué sé que no sepas tú para ser Lord de Imladris? – Le preguntó a modo de guasa pero agradecido por su consuelo.
Quizá nada. Quizá la explicación esté en que gozas del favor del Rey y yo no - Glorfindel le guiñó un ojo y se bajó de la mesa de un salto, escuchando a su amigo reír tras él – Vamos fuera, es hora de que socialicemos…
Cuando entraron en la Sala del Fuego había murmullos y sonrisas en los labios de la mayoría de los congregados. Gil Galad tenía en sus brazos al pequeño Valandil y animaba al Rey de los Dúnedain con palabras amables. Elendil se puso en pie, y era en verdad alto y majestuoso como cualquier elfo cuando se acercó a la chimenea de fuego rugiente.
No sé si las canciones que se cantaban en Númeror serán apropiadas y acertadas para vosotros – dijo con sencillez - Hay una que espero os guste, pues la historia de nuestro pueblo comenzó con la hazaña de uno que vivió entre vosotros…
Elrond y Glorfindel se sentaron junto a la puerta, cerca de Celeborn y su familia, por interrumpir lo menos posible.
Surcando el viento sobre el mar
veloz su barco atravesó la tempestad
para luchar en un lugar,
en una guerra en la que nunca quiso estar.
Pero pronto la guerra acabará
y un pensamiento su mente inundará:
Regresar a su hogar y abrazarla una vez más...
Pese a no ser de la belleza de las composiciones élficas, el canto a Eärendil del Rey era hermoso en su voz profunda, llena de matices graves que recordaban a la de Elrond.
Los elfos que vivieron en Gondolin o en las desembocaduras del Sirion pronto se dejaron mecer por los recuerdos del descendiente del Rey Turgon, su gracia y su valor al navegar a enfrentar a los Valar y el coraje de su esposa Elwing al seguirle en su viaje.
-Aiya Eärendil! Eleinon ancalima! - exclamó para terminar su canto, y todos a mayor o menor volumen respondieron aiya a su saludo. Después se volvió, buscando a Elrond con la mirada, y se acercó a él – Sé que no le he hecho justicia a tu padre, maestro Elrond, pero confío que al menos mi canción haya sido de tu agrado – Con estas palabras le tendió el brazo, y el medio elfo se levantó presuroso a corresponder su saludo.
Nunca antes entonó nadie una canción sobre Eärendil en mi casa, pero he de decir que el listón quedará muy alto para el que quiera componer una nueva – Le contestó muy respetuoso y halagado tomándole del brazo y sintiendo que él hacía lo mismo.
En el momento en que se tocaron mientras se miraban con los mismos ojos grises Elrond sintió como una sacudida recorriéndole que se instaló en su sien a modo de latido y como oscuridad en su corazón.
¿Estás bien? – La voz del Rey le llegaba distante, pues un rugido atronaba sus oídos.
Necesito… tomar el aire…
Enseguida Glorfindel se había puesto en pie y le sujetaba de un brazo.
Yo iré con él, Rey Elendil. Por favor disfrutad de la fiesta, volveremos en poco tiempo- Hizo una ligera reverencia con la cabeza y se marchó con su amigo entre las miradas de todos los asistentes.
Elendil se sentó junto a Ereinion y se mesó la barba lentamente.
¿Qué le sucede a tu heraldo?
Es propenso a tener visiones… - Comentó el Rey de los Noldor mirando la puerta por donde habían desaparecido con el ceño ligeramente fruncido.
Glorfindel le llevó bajo el manto de estrellas y el murmullo de los árboles y le sentó en un banco de piedra. Elrond apretó las palmas de las manos contra sus ojos, los codos sobre las rodillas. Respiraba entrecortadamente, como si le costara esfuerzo.
¿Qué sucede, mellon? – Le preguntó agachándose frente a él y poniendo una mano sobre uno de sus brazos, preocupado. En todos los años que habían compartido amistad nunca le había visto pasar por nada semejante.
De pronto el medioelfo se llevó una mano al pecho y aferró su túnica con fuerza, los ojos abiertos de par en par mirando más allá de Glorfindel y de Imladris, más allá del tiempo y del espacio antes de desplomarse.
Lava y llamas, piedras volcánicas, cenizas y tierra yerma por doquier en el llano de Gorgoroth, en el que brillaban como pequeños soles las armaduras de la Última Alianza.
Gil Galad y Elendil juntos contra una nube negra de orcos.
Hombres y elfos, flechas surcando el cielo nublado de Mordor como mortíferos invitados a la guerra, destellos de plateado y dorado, cuerpos cayendo por grietas, entes desplomándose cadáveres sobre el suelo regado de sangre.
En cuanto Glorfindel pudo dejarle en el suelo corrió a la Sala del Fuego, en la que seguían los cantos y la fiesta. Intentando pasar desapercibido se agachó junto a Celeborn, a quien tenía más cercano y le susurró unas palabras. Pronto el elfo de Doriath estaba arrodillado junto a su amigo Noldor, que se sacudía con temblores esporádicos.
¿Elrond? – Le llamó suavemente poniendo una mano sobre sus ojos. Concentró su fëa en él, pero la fuerza de un resplandor azul le hizo fruncir el ceño – Glorfindel, ve por Galadriel, por favor – Le pidió, y el rubio marchó en su busca como una exhalación.
El elfo de Doriath frunció el ceño aún más hondo sobre los ojos grises al ver aparecer a Celebrían junto a su madre.
- Adar ¿qué le ocurre? – Le preguntó agachándose a su lado, su rostro sombrío por una clara preocupación mientras sus dedos suaves tocaban la frente de Elrond y agitaban sus cabellos oscuros.
Entre Galadriel y Celeborn no hicieron falta palabras. La Dama Blanca se inclinó junto al medio elfo y le miró con sus ojos profundos pero brillantes como estrellas durante unos segundos, lo justo para alargar una mano fina y posarla sobre la que Elrond tenía sobre el pecho.
Una armadura de brillante plata horadada por la punta de una lanza empuñada por una sucia criatura cubierta de cicatrices. Isildur y Anarion luchando espalda con espalda. El pelo dorado de Glorfindel. La lanza de Ereinion.
Humo, vapores y colores rojizos que se mezclaban con paredes de roca fundida y oscura, y Elrond parado frente a Isildur, hijo del Rey Elendil.
Y Sauron vestido de armadura, imponente en toda su altura, una maza negra en la mano del Anillo y los ojos de fuego resplandeciente.
- Os veo... Llevaré la Muerte a vuestra mesa...
Galadriel dio un respingo y retiró la mano como si la hubiera puesto sobre el fuego, el rostro desencajado en una mezcla de dolor, sorpresa y miedo.
¿Nerwen…? – Llamó Celeborn preocupado. La Dama de los Noldor miró a Elrond fijamente, la expresión ahora de la más absoluta seriedad.
Quítaselo – susurró, pero su voz ganó fuerza- Quítaselo, Celeborn – Celebrían y Glorfindel les miraron sin comprender – Voy por Lólindir… - El elfo plateado vio a su esposa partir con paso apresurado, la larga seda blanca de su vestido flotando tras ella como una nube, y se inclinó sobre su amigo.
Glorfindel, ábrele la mano – le ordenó, y él obedeció presto y empezó a forcejear con Elrond hasta que consiguió tomarle la mano entre las suyas, momento que aprovechó Celeborn para tomar la cadena que pendía de su cuello y partirla de un tirón.
Para asombro de Glorfindel y Celebrían el Anillo de Zafiro destelló levemente antes de apagarse y en ese momento, Elrond dio un respingo y se agitó una última vez antes de quedar inerte, la cabeza ladeada bajo las manos de la elfa.
¡Elrond! – Le llamó Celebrían asustada, los finos dedos en su rostro, pero el medio elfo no dio señales de responder. Intercambió miradas con Glorfindel, que aún sostenía su mano entre las suyas y ambos miraron a Celeborn en busca de respuestas.
El elfo plateado tenía los ojos clavados en el Anillo que colgaba inofensivamente de su mano, la seriedad en su rostro traicionada parcialmente por el brillo en sus pupilas y se sobresaltó ligeramente cuando escuchó a su hija llamarle.
Se aclaró entonces la garganta y bajó la mano, descansando la joya sobre el pasto verde del piso.
A veces, Elrond tiene premoniciones – les dijo lentamente – pero nunca había visto que le sucediera algo semejante. Tiendo a pensar que todo tenga relación con el Anillo del que es custodio, mas no tengo grandes conocimientos del asunto.
Glorfindel no salía de su asombro al conocer las nuevas sobre su amigo. No sólo acababa de descubrir algo tan importante como que tenía visiones sobre el futuro, sino que además guardaba un Anillo que no podía haber sido creado sino por Celebrimbor.
Celeborn miró a su alrededor levemente y al no ver a nadie cerca les confió el secreto de los Tres, aunque sin nombrar a los otros custodios.
No he de deciros cuán importante es que esta información siga siendo un secreto – Les dijo seriamente, y ellos dos asintieron sumidos en conjeturas y preguntas que querían hacer pero de las que sabían no era la ocasión propicia.
Tras llegar con Galadriel, Lólindir hizo un primer reconocimiento en el sitio mientras Celeborn miraba, el rostro ilegible, cómo Celebrían tenía la cabeza de Elrond sobre su regazo y le acariciaba el pelo.
Lólindir decretó que lo único que podían hacer por el señor de Imladris era dejarle descansar, pero para tranquilizar sus corazones les aseguró que le había chequeado sin encontrar nada anómalo; tan solo estaba anormalmente cansado.
Deberíais volver a la fiesta, o el Rey se preocupará... – Les dijo el sanador con tino, y Galadriel asintió. Glorfindel miraba a su amigo dormir, y cuando iba a proponerse voluntario para quedarse con él en las Casas de Curación vio que Celebrían dudaba.
Quizá podría quedarse alguien con él... – Dijo intentando ayudar, y reprimió una sonrisa cuando su treta dio resultado.
Yo me quedaré con él – dijo de pronto Celebrían, y su padre se volvió a mirarla con el ceño fruncido – Si despierta os lo comunicaré enseguida...
Estaré cerca, dama Celebrían, por si necesitáis algo... – Lólindir se inclinó ligeramente y se marchó de la habitación. Pronto el resto también fue volviendo a la fiesta, y la elfa acercó una silla para sentarse a su lado.
El pelo oscuro de Elrond se esparcía entre las claras sábanas, y en su rostro ahora tranquilo a Celebrían le resaltaban sus ojos cerrados, pues nunca antes había visto dormir al peredhel.
Acarició su mejilla con suavidad para que no se diera cuenta y se encontró elevando una plegaria a Mandos por no haberle reclamado para sí. Hacía mucho que se encontraba a gusto junto a él, pero su corazón había dado un vuelco al pensar que le perdía... Su amistad con el señor de Imladris que tantas cosas le había enseñado desde que vinieran de Lórinand estaba convirtiéndose en algo mucho más fuerte.
Elbereth¿me habré enamorado de él...?
Escuchó unos pasos suaves y se volvió hacia la puerta, donde estaba su padre con los brazos tras la espalda.
¿Adar...?
Elrond es buen amigo y mejor compañero, pero también es señor de Imladris, custodio de Vilya y heraldo del Rey Gil Galad. Dentro de unos días partiremos a la última batalla de esta Edad... Aunque volviera, Celebrían, sus deberes siempre se interpondrán entre vosotros.
La elfa había bajado la mirada al escuchar sus palabras, pero tras humedecerse los labios posó sus ojos azules en él.
También se interponen entre naneth y tú... – Celeborn acusó el golpe, y se acercó a ella para tomarla las manos con el rostro algo ensombrecido.
Es por eso que quiero prevenirte ahora que aún no es tarde – Le dijo suavizando su voz, sus ojos cargados de la profundidad del que sabe de lo que habla. Celebrían se echó en sus brazos y escondió el rostro en su pecho, confundiendo sus cabellos plateados, y él le besó la cabeza dulcemente.
La mañana en que los ejércitos habían de partir se levantó fresca y brumosa, aunque con todo el aspecto de aclarar llegado el medio día. Los campamentos de hombres y elfos hervían de actividad, y en la propia Imladris apenas había alguien quieto. Todos tenían algo que preparar, o alguien de quien despedirse.
¿Lo recordarás todo? – Le preguntó Elrond por al menos décima vez. Erestor miró al techo de la estructura y armándose de paciencia le sonrió.
Sí, señor Elrond. Lo recordaré todo, poniendo especial cuidado en la parte que atañe a tu estudio – Le dijo introduciendo las manos en las amplias mangas de su túnica azulada. Guardado y protegido, Vilya quedaría en Rivendell hasta que su custodio volviera de la guerra, pero en el caso de que cayese en la sombra se había acordado que fuera Galadriel la encargada de buscarle un nuevo poseedor.
Lo harás estupendamente, Erestor, estoy seguro – Le repitió de la misma manera que había repetido la pregunta, y él volvió a asentir y a agradecerle la confianza.
El medio elfo se acercó a la balconada de su estudio y se llevó una mano al cuello inconscientemente. Tras tantos años cargando el Anillo le resultaba extraño no sentir contra su pecho su energía azul pulsando como si fuera un ente vivo... aunque tras lo que le sucediera la noche anterior lo tocaba no sin cierto resquemor, pues sabía que su visión había estado directamente relacionada con él.
Suspiró quedamente y contempló el paisaje que se veía obligado a cambiar por tierras ácidas y volcánicas, carentes de vida. Los árboles que ya empezaban a cambiar sus colores verdes por los dorados, los saltos del Bruinen, la niebla que cada mañana se formaba en lo alto de los acantilados en los que nacía el río...
Extrañaría Imladris terriblemente, lo mismo que a los elfos que dejaba allí.
Anímate. No tardaréis en volver... –Le dijo el jefe de sus consejeros con una sonrisa que hablaba de la enorme fe que tenía puesta en sus señores. Después de las batallas por Eregion y a pesar de estar en mayor desventaja aún esta vez, Erestor no podía imaginar que Celeborn o Elrond no fueran a ser capaces de llevar la batalla a buen término.
Eso espero...- suspiró de nuevo y arqueó las cejas – Bien, es hora de que me vista de heraldo...
En su habitación, Celeborn se vestía con su armadura plateada ayudado por su esposa. Galadriel no lo había hecho nunca antes pero aquello carecía de importancia, pues las manos del elfo plateado la guiaban como habían hecho otras muchas veces en su vida.
¿Venceremos? – Susurró Galadriel mientras acoplaba las correas que sujetaban el faldón brillante. Apoyó la cabeza en la suya, y sus manos recorrieron entonces las placas con forma de hojas que recorrían sus hombros hasta llegar al pectoral brillante.
¿Qué te dice el corazón...?
Mi corazón teme por ti y por nuestros amigos... Tengo miedo, Celeborn...
Celeborn la tomó en sus brazos y la apretó contra sí, acariciando sus cabellos con las manos aún sin guantes. Qué había visto con Elrond aquella noche, no lo sabía, ni ellos habían querido pronunciarse al respecto, pero su miedo era tan real como que temblaba aferrada a él.
Todo irá bien, Nerwen... – Besó su frente con dulzura y luego sus labios, pero ella le abrazó, devolviéndole el beso como si fuera la última vez que fueran a estar juntos...
¿Glorfindel¿Estás listo? – Elrond llamó a la puerta del rubio, y escuchó algo que parecía un gruñido. Curioso, metió la cabeza y no pudo sino reír al verle mirarse en un espejo - ¿No es suficientemente buena la armadura para mi jefe de seguridad?
El elfo de Gondolin ciertamente no pudo sino reír al ser cogido en un acto tan vanidoso.
Me encuentro extraño llevando armadura, eso es todo... – Mintió descaradamente arqueando las cejas, una expresión de la más absoluta inocencia pintada en su rostro.
Elrond frunció el ceño ligeramente y se acercó a él, colocándole la capa azul con un par de tirones.
No te tengo por mentiroso, mellon, pero sé que no me estás contando la verdad...
¿Acaso mi ilustre señor lee las mentes? – Le dijo a modo de guasa, pero supo que había de buscar una excusa mejor. ¿Y qué mejor que parte de la verdad...? – No me gusta el diseño, lo siento...
¿Y cómo te hubiera gustado? Podría haber pedido que la acoplaran a tu gusto...
Bueno... creo que las armaduras de Gondolin que hay esbozadas en los libros de tu biblioteca son mejores... - Sin afán de desmerecer a los herreros de Imladris, los que hubiera en Gondolin que hicieran su antigua armadura les superaban bastante.
¿Por qué suponía que dirías algo así...? – Se rió el medio elfo, mirando al techo.
Estaré volviéndome predecible... – Se encogió de hombros, tomando nota mental de tener más cuidado con las cosas que decía.
Los dos amigos salieron de la habitación y fueron de camino a la herrería, donde sabían que sus armas estaban esperándoles. Cuando iban por uno de los corredores exteriores de talladas balaustradas, Celebrían les salió al paso desde detrás de una columna.
¿Puedo hablar contigo, Elrond? – Dijo un poco cohibida. Glorfindel sonrió abiertamente y tras darle una palmada en el hombro al medio elfo le comentó que le esperaría en la herrería.
La pareja comenzó a andar sin rumbo fijo, pero evitando ciertamente los lugares más concurridos. Pasearon sin decirse nada mientras el sol se levantaba perezosamente entre los riscos de las montañas, Celebrían pensando en cómo hablarle y Elrond en aquella noche de pesadilla en que abrió los ojos y fue su rostro lo primero que vio.
Nada había hablado de lo que había visto, pues sabía que hasta que no estuviera allí no encontraría sentido a las escenas fragmentadas, pero el verla allí, real, fue como encontrar una luz en medio de la oscuridad que había traído su visión, como una esperanza entre las promesas de muerte de Sauron.
¿Elrond…?
¿Sí…? – Celebrían se detuvo, y así lo hizo él también, al amparo ambos de la sombra de una gran columna tallada como si una enredadera la recorriese. Cuando sin previo aviso la elfa le tomó una mano enguantada, Elrond aguantó la respiración inconscientemente.
Quiero que… te lleves esto – Susurró ella, y en la palma de su mano dejó la joya brillante que solía llevar al cuello. El medio elfo la miró boquiabierto, sintiendo tantas cosas que no era capaz de ponerlas en palabras. Ella se sonrojó y bajó los ojos claros, avergonzada por lo que consideró un rechazo.
Iba a marcharse corriendo, pero al sentirse sujetada por los brazos arriesgó una mirada y vio en sus ojos estrellados una ternura que nunca antes le había visto. Tragó aire cuando se vio empujada contra la armadura dorada y cerró los ojos cuando sus brazos fuertes rodearon su cintura.
Celebrían… - Susurró en su oído, y cualquiera que le hubiera escuchado habría pensado que nombraba el tesoro más maravilloso de Arda. La elfa le abrazó lentamente, sus manos sobre la fría coraza en su espalda, sobre sus cabellos oscuros, y se dejó mecer por el amor que ahora estaba segura les unía.
Elbereth... le amo... ahora lo sé... Perdóname adar, pero me temo que no habrá consejo tuyo capaz de separarme de él...
Sus finas manos abrocharon la joya que hiciera Celebrimbor alrededor de su cuello, y el medio elfo la sostuvo en su mano unos segundos antes de esconderla bajo la armadura. Aquello debía quedar en el más estricto secreto y por ningún motivo debía enterarse Celeborn hasta que pudiera hablar con él tras la guerra.
Volveré para devolvértelo – Quiso tocar su rostro, pero como llevaba los guantes tan solo rozó su mejilla con dos dedos. Celebrían le miró con aprehensión, y él continuó - Te lo prometo. No habrá guerra capaz de alejarme de Imladris mucho tiempo…
La elfa sonrió con cariño y fe, y sin arrebolarse demasiado le robó un beso fugaz antes de correr lejos de allí, el vestido colorado que tan hermosamente contrastaba con ella flotando como una estela.
Con gran lentitud, Elrond se llevó dos dedos a los labios y se quedó mirando su silueta roja desaparecer entre las columnas.
Todos aquellos que se quedaban en el valle estaban en ese momento asomados a los balcones o rodeando la puerta de piedra que marcaba la entrada a Imladris. Con el alma encogida miraban a esposos, padres e hijos formar junto al estandarte del Rey Gil Galad vestidos de dorado, cascos y armas bien ceñidos.
En las afueras, los ejércitos de hombres y elfos, juntos pero separados por los destellos de sus armaduras, esperaban a sus compañeros y líderes, todos aún dentro del valle. En cuanto ambos Reyes se colocaran en sus puestos comenzaría la marcha de la Última Alianza, la última esperanza de los pueblos libres de acabar con Sauron.
Elrond salió del edificio principal, su capa azul ondeando tras él como un mar en calma y se colocó junto al estandarte azul con estrellas que habría de llevar. A pesar de una chispa de luz en sus ojos, su rostro estaba sereno cuando miró a sus soldados.
Glorfindel y Celeborn ocupaban la primera línea como capitanes, y les saludó con una inclinación antes de tomar aire profundamente.
Luchemos por la paz en la Tierra Media – Dijo, y los elfos se dieron un golpe en el pecho.
Los Reyes Elendil y Gil Galad surgieron entonces de mismo edificio del que saliera Elrond y se posicionaron junto a él. Con la frente alta, Ereinion miró a su alrededor y grabó en su memoria todo lo hermoso por lo que iban a luchar.
Que los Valar guíen nuestras espadas en nuestra justa batalla…
Desde los balcones, varias elfas lanzaron pétalos blancos como despedida a los soldados, y la voz de Lindir se entremezcló con los arrullos del Bruinen, acompañándolos hasta el bosque donde habrían de unirse a las filas de los elfos.
Desde las escaleras de la puerta principal, Erestor, Celebrían y Galadriel les miraron partir con el corazón encogido y la fe puesta en ellos, todos grandes guerreros.
No habría ejército de hombres, orcos o bestias capaz de derrotar a aquellos a quienes tenían cercanos a su corazón…
Adar: Padre
Peredhel: Medio elfo
Sulilad: Saludos
Manwë Súlimo: El principal de los Vala, señor de Arda
Elu Thingol y el Rey Turgon: Ambos tuvieron una sola hija que se desposó con un hombre mortal: Luthien con Beren e Idril con Tuor
Minas Ithil y Minas Anor: Antiguos nombres de Minas Morgul y Minas Tirith que significan la torre de la luna y la torre del sol. Entre ellas estaba Osgiliath, la fortaleza de las estrellas...
El Rey Finarfin: El padre de Galadriel vino del Oeste a la Tierra Media con sus huestes y libró la Guerra de la Cólera que acabó con la derrota de Morgoth
Mellon: Amigo
Elbereth: La Dama de las Estrellas, nombre que le dan los elfos a Varda, la esposa de Manwë
Aiya Eärendil! Elenion ancálima: Salve Eärendil, la más brillante de las estrellas!
Fëa: Espíritu
Naneth: Madre
1º canción, el Himno a Elbereth que se canta en LOTR en Rivendell
2º canción, Sangre de Reyes, de Tierra Santa
