Disclaimer: Nada de lo que podáis reconocer me pertenece, es propiedad de Stephenie Meyer. La canción es Big Girls Cry de Sia. Escribo fics sin ánimos de lucro.
Capítulo Uno
"Segundo encuentro"
Tough girl in the fast lane
No time for love
No time for hate
No drama
No time for games
Tough girl whose soul aches
Me arrepentía totalmente de no haberme gastado el poco dinero que me quedaba en ese abrigo de lana que había visto en la tienda de segunda mano. En su lugar, había elegido una chaqueta de cuero que, si bien me quedaba de cine, no abrigaba ni la mitad de lo que la dependienta me había prometido. Caminando por una carretera helada y desierta me di cuenta de lo estúpida e ingenua que podía llegar a ser en algunas ocasiones. Se suponía que tras cinco años en la calle debería haber aprendido a no confiar tan fácilmente.
—Algunas cosas sencillamente no tienen remedio —murmuré para mí misma, suspirando con pesar.
Lo cierto es que estaba preocupada. Tras comprar la comida y la ropa, había dado un largo paseo hasta la estación de autobuses más cercana con la firme intención de comprar un billete a algún lugar de nombre agradable, pero no había contado con la tenaz persistencia de mi padre. Increíblemente, Charlie Swan todavía no se había dado por vencido y mantenía los carteles con mi cara por todas partes. Nunca pensé que un hombre como él pudiera tener los suficientes contactos como para mantener mi foto pegada en la ventanilla de una estación de Nueva York cinco años después de mi desaparición. Aunque debía admitir que me había hecho sentir querida, lo cierto era que había dificultado mis planes notablemente. Asustada ante la posibilidad de ser reconocida, había escapado.
Dos días después, y con mis fondos bajando, había conseguido que un desconocido me llevara hasta la frontera con Minnesota a cambio de un poco de compañía. Tras esos años, me había acostumbrado a que los hombres accedieran a llevarme en su coche con la condición de que les diera un poco de calor por la noche, así que no me lo pensé demasiado a la hora de aceptar. Sin embargo, ahora me encontraba sola en mitad de ninguna parte, con frío y escasas provisiones. La noche anterior había sido muy dura y el cansancio empezaba a hacerse notar. Además, sentía la extrema necesidad de algo que me colocara un poco, que hiciera que las cosas no se vieran tan mal.
Sacudí la cabeza, desterrando esos pensamientos de mi mente. Debía seguir adelante, llegar a una ciudad y buscar un lugar seguro en el que quedarme. Había trabajado esporádicamente durante esos años, sin contar los trabajos de verano y a media jornada que tuve en Phoenix y Forks antes de que todo pasara, así que planeaba buscar un trabajo y, esta vez sí, conservarlo. El deseo de que fuese en una ciudad era por la sencilla razón de que me hacían sentir cómoda y protegida, aunque sonase extraño. Sabía moverme en lugares grandes y poblados, donde mis acciones pasaban desapercibidas. Quizás un pueblo pequeño me mantuviera alejada de las tentaciones, pero una ciudad me permitiría tener la cabeza fría en los momentos cruciales. O al menos eso era lo que esperaba.
El sonido de un coche me hizo levantar la cabeza y mirar hacia atrás. Sin pensármelo mucho, levanté el dedo y di dos pasos dentro de la carretera. Era arriesgado, pero estaba decidida a detener ese coche y convencer al conductor de que me llevara a cualquier parte. Si me quedaba un día más ahí tirada me volvería loca. El vehículo lanzó un alarido chirriante al detenerse bruscamente a pocos centímetros de mí. El corazón me martilleaba contra el pecho y latía en mis oídos con intensidad, pero un cálido alivio se extendía por mi cuerpo. Había parado y yo no me había convertido en puré contra el asfalto.
No me lo pensé más y di dos pasos rápidos hacia la ventanilla del conductor mientras esbozaba mi mejor sonrisa. Ni siquiera me detuve a mirar el coche dos veces, si lo hubiera hecho me habría percatado de su flamante color plateado y del simbolito en el guardabarros que gritaba Volvo a los cuatro vientos. Pero me encontraba desesperada, con la mente cansada y el cuerpo temblando por una raya de coca así que nada de eso me importó. Por mí como si era la nave nodriza de unos extraterrestres. La ventanilla bajó con un zumbido suave y casi imperceptible antes de que el mundo se detuviera.
Es curiosa la forma de trabajar que tiene la mente humana. Durante los últimos cinco años había imaginado este momento de mil maneras distintas; algunas veces se parecía mucho a una novela rosa en la que Edward me salvaría de unos malvados hombres sin cara, como aquella vez en Port Angeles, y después me diría que se había equivocado, que me amaba y quería pasar la eternidad conmigo, y yo le aceptaba de nuevo, sin rencores y con el corazón lleno de esperanza y perdón; otras veces, yo había superado ya mi amor por él y le gritaba lo mucho que le odiaba y le lanzaba a la cara miles de insultos y reclamos sin ningún miedo, digna y fuerte ante él. Sin embargo, en ese momento lo único en lo que pude pensar fue en que no se había alimentado adecuadamente pues tenía los ojos muy oscuros. Patético, sencillamente patético.
—Bella…
Su voz diciendo mi nombre en un tono más bajo que el de un suspiro fue todo lo que necesité para despertar del trance. Mi cuerpo empezó a moverse sin que mi mente interviniera, echando a correr como alma que lleva el diablo. No me importaba nada más que alejarme, huir lejos. El aire frío cortaba mis mejillas y la carretera estaba en mal estado haciéndome tropezar a cada rato, pero no me detuve. Cuando escuché el sonido de un coche acercándose me lancé al arcén y empecé a correr hacia el bosque. La parte cuerda y sensata de mi mente me informó condescendientemente de que no tenía posibilidad alguna contra unos vampiros, pero ni un solo músculo de mi cuerpo dudó a la hora de seguir impulsándome hacia delante. Correr, correr, correr. Era todo lo que existía, todo aquello en lo que podía pensar. Sin embargo, mi cuerpo, consumido por los excesos y una mala alimentación, no pudo aguantar el ritmo durante mucho tiempo.
Caí sobre la nieve como un peso muerto. El aire silbaba entre mis labios con cada jadeo, los pulmones me ardían y el corazón me latía a una velocidad inimaginable. Todo mi cuerpo temblaba en rápidas y dolorosas convulsiones. Casi no veía nada. Tuve un momento de pánico, incapaz de comprender lo que me pasaba. Sin embargo, toda preocupación se extinguió cuando escuché a mi ángel llamarme desesperado mientras me acunaba entre sus brazos de hielo.
Me desperté con el sonido de una puerta al cerrarse. La cabeza me daba vueltas y notaba la boca tan seca como el esparto. Mi primer pensamiento fue que debía haberme pillado una borrachera de las grandes para acabar en ese estado. Quise moverme, pero unos brazos fuertes, inamovibles, se cerraban en torno a mi torso. Parpadeé rápidamente, confusa y algo asustada. Había de todo en las calles, y Bran y yo nunca nos metíamos en los garitos más recomendables.
—Quita —ordené, removiéndome con toda la energía que pude, que no era mucha. Casi no podía ver nada, pero me percaté de que estaba en un coche en movimiento—. Quita —repetí, sin resultados.
—Detente, Bella —dijo la persona que me aprisionaba. Reconocí la voz al instante—. Llegaremos pronto.
Mi cuerpo y mi mente se encontraban paralizadas de espanto. El agujero de mi pecho, ese que había intentado llenar con alcohol, sexo y drogas, se abrió como un enorme cañón. Me sentí morir. Las lágrimas acudieron a mis ojos sin que pudiera hacer nada por controlarlas y cayeron por mis mejillas. Edward. Incluso en mi mente su nombre hacía daño. Sollocé fuerte mientras el cuerpo del vampiro se tensaba, pegado al mío. Debía resultarse desagradable, pero no me preocupé por ello. Sólo podía pensar en que estaba con él, en que le había encontrado. Llegaremos pronto. Sus palabras se clavaron en mi pecho. Mi tiempo era limitado. Probablemente, Edward se había sentido obligado a llevarme hasta la ciudad más cercana, incapaz de dejarme tirada en medio del bosque. El golpe fue terriblemente duro.
¿Cómo podía haber imaginado por un segundo que a eso se reducía todo? ¿Cómo podía ser tan estúpida? ¡Estaba claro que con encontrarle no se solucionaba nada! ¿Qué haría a continuación? ¿Suplicarle que se quedara conmigo? No, eso no había servido de nada en el pasado, cuando todavía cabía la posibilidad de que me quisiera aunque sólo fuera un poco. Ya no quedaba nada de nosotros. Todo lo que una vez fuimos se había marchitado.
Hice el amago de separarme de Edward, pero él no me lo permitió.
—Un poco más, por favor —suplicó en un susurro, apretándome entre sus brazos—. Sólo un poco más.
No lograba entender qué pretendía con eso, pero me permití disfrutar de su presencia ya que él no me dejaba alejarme. Dolía, pero mi faceta más masoquista lo estaba disfrutando. Su olor era mil veces mejor de lo que recordaba. Parpadeé casi con furia notando un anhelo creciente por verle bien. Cuando mi vista se aclaró, me di cuenta de que no estábamos solos. Si hubiera estado en mejores condiciones me habría parecido obvio, pero en ese momento me sorprendió. Jasper y Alice estaban en los asientos delanteros, ambos en silencio. Un nuevo dolor me atravesó el estómago, pero todo se extinguió cuando levanté la vista y mis ojos se encontraron con el rostro de Edward.
Me miraba. Sus ojos del color del carbón me miraban. Una estúpida vergüenza se apoderó de mí y mis mejillas se sonrojaron. No quería imaginar el aspecto que tenía, la imagen que le estaba dando. Era una Bella muy distinta a la que él conocía y por un segundo me preocupó que se sintiera decepcionado. Pero luego me di cuenta de que yo no debía importarle ni un poco y me abofeteé mentalmente.
—¿Cómo has estado? —susurró, a pesar de que ambos sabíamos que tanto Jasper como Alice lo habían escuchado como si lo hubiera gritado.
No contesté, sino que aparté la mirada y me acurruqué contra él aspirando su olor. Me daba igual que pensara en mí como en una lunática, aferrándome a él y llenándome de su aroma. Sólo quería sentirle más cerca, como antes, como cuando creía que era mío.
Llegamos mucho antes de lo que hubiera deseado. Pude ver el cartel que anunciaba que aquel pueblito en medio de ninguna parte era Sleepy Eye, pero nosotros lo atravesamos de un lado a otro por la carretera principal hasta llegar a una casa escondida en el bosque a un par de kilómetros del pueblo. Un doloroso déjà vu me apretó el corazón mientras los recuerdos que guardaba en una estantería al fondo de mi mente se desataban. La casa en sí no tenía nada que ver con la de Forks. Era enorme, aunque más pequeña que la que yo conocía, y de estilo victoriano, con tejas de pizarra y paredes color arena. Un enorme jardín, ahora colonizado por la nieve, rodeaba todo el edificio. Pude ver a Esme y Carlisle en la puerta.
El coche se detuvo con suavidad y todo se quedó en silencio. Jasper y Alice compartieron una mirada y luego se bajaron del coche. Edward no hizo ningún movimiento. Me quedé ahí, casi tan quieta como un vampiro, esperando. Quizás estos eran los últimos momentos que tenía con él antes de que me liberara de su abrazo. En cualquier momento, se levantaría y se pondría en el asiento del conductor para dejarme en el pueblo. Seguro que me daba una cantidad desorbitada de dinero para que pudiera comer y conseguir un billete de autobús. Al fin y al cabo, Edward era todo un caballero.
—Vamos —dijo en un susurro.
Abrió la puerta, pero no me dejó ir, sino que me acunó contra su pecho y echó a andar hacia el porche. Mi mente estaba cansada, llena de él y de su aroma, pero algo dentro de mí, esa parte que se había endurecido durante estos años, esa parte que le culpaba de todo, me susurró que no estaba comportándome de una forma muy digna, que todo estaba resultando demasiado fácil y no debería dejarle tan claro que aún le amaba. A él le daba igual, pero yo tenía mi orgullo.
—Bájame —Hubiese querido que mi voz no sonora como una súplica—. Bájame. Ahora.
Edward me miró con algo de desconcierto antes de que sus ojos se tiñeran de dolor y comprensión. Me dejó enderezarme y yo traté de caminar lo más dignamente posible con la nieve llegándome hasta los tobillos. Hacía mucho frío, tanto que no entendía cómo podía haber tardado tanto en percatarme de ello. Esme y Carlisle me miraban desde la puerta con la sorpresa pintada en sus facciones.
—Bella… —No llegué a escuchar a Esme diciendo mi nombre, pero pude leer sus labios. Carlisle no pudo detenerla antes de que se lanzara hacia mí—. Bella, cariño. Oh, por Dios. Bella. Bella —No dejó de murmurar mi nombre mientras me abrazaba. Me tensé en una milésima de segundo y, aunque sabía que le dolería mi rechazo, no dudé al apartarme.
—Esme —intervino Carlisle, apartándola de mí. La culpa se removió tímidamente dentro de mi cuerpo cuando miré sus ojos, pero no hice nada al respecto—. Será mejor que entremos. Hace mucho frío aquí fuera y creo que a Bella le vendrá bien descansar.
Noté que sus ojos me analizaban rápidamente. Seguramente ya había adivinado el hecho de que me moría por cualquier cosa que me colocara. Me sentía capaz de ponerme a olisquear pegamento. Nerviosa, enterré las manos en los bolsillos de la chaqueta. Miré a los tres vampiros que se cerraban en torno a mí. Me sentía atrapada, como un pez en una red. No quería entrar. No quería descansar ni hablar con ellos. Cada segundo a su lado era una tortura. Necesitaba algo que me colocara, que me hiciera volar y ver el mundo enderezado de nuevo. Mi pequeño cuerpo no podía con el peso de tantas emociones, de tanto dolor.
—No —murmuré, débil y asustada. No podía olvidar que eran vampiros y que, de quererlo, podrían retenerme contra mi voluntad—. No voy a entrar. Estoy bien. Quiero volver al pueblo.
—Bella, no creo que…
Corté las palabras de Edward con una sola mirada. Sin embargo, aparté los ojos rápidamente. Era consciente del poder que ejercía sobre mí, de su capacidad para deslumbrarme. Puede que ya no fuera una inocente niña de dieciocho años, pero mi amor por él no se había debilitado.
—Quiero volver al pueblo —repetí, esta vez con más dureza—. No me siento cómoda aquí. Espero que lo entiendas, Carlisle.
—Desde luego —dijo, mirándome fijamente. Había apelado a él porque sabía que era la autoridad y ni siquiera el gruñido molesto de Edward pareció hacer mella en su decisión—. Sin embargo —No, quise gritar, no pongas peros—, creo que primero deberías entrar, beber algo caliente y cambiarte de ropa. Estás empapada. Después yo mismo te llevaré al pueblo. Te lo prometo.
Edward entró en la casa a velocidad vampírica, enfadado. Yo no lograba entender el porqué de su molestia. ¿Era porque no me llevaba inmediatamente? ¿Tan desagradable le resultaba tenerme cerca? Fruncí el ceño, dolida y enfadada. ¿Acaso pensaba que esto no era duro para mí? ¿Qué no había cualquier otro lugar en el que preferiría estar? Maldito vampiro de los…
—Adelante —La voz dulce de Esme interrumpió mis violentos pensamientos. Ahora se mantenía a una distancia prudencial de mí, pero había tanto amor en sus ojos que era difícil mantenerle la mirada—. Bienvenida.
Por dentro la casa cambiaba mucho. La decoración era moderna, funcional y dejaba grandes espacios abiertos. La cocina, el salón y el comedor estaban totalmente conectados sin paredes que separaran los espacios. El precioso y enorme piano de cola de Edward reposaba sobre un entarimado en la esquina. Mis ojos se apartaron rápidamente de él mientras una nueva herida se abría en mi pecho. No pude evitar preguntarme si mi nana también había sido sólo una distracción, una pieza más, minúscula y sin ninguna importancia, en la eterna existencia de Edward. ¿A eso se reducía todo? ¿A eso me veía yo misma reducida?
—Creo que deberías darte un baño caliente y cambiarte. Te prestaré algo de ropa —me dijo Esme mientras dirigía mis pasos hacia el piso de arriba.
La segunda planta era igual de espaciosa que la inferior. Había una sala de estar que se fundía con una de juegos. Un enorme televisor de última generación presidía la pared de color verde pistacho y por lo menos cinco consolas diferentes estaban enchufadas a ella. También había un billar y un futbolín, así como decenas de pufs esparcidos por la habitación además de los convencionales sofás y sillones frente al televisor. Había una puerta en la parte frontal derecha con un cartel que rezaba Sala de cine, con letras doradas y cursivas. Había otra puerta más , que estaba entreabierta dejando ver un aseo.
Subimos un piso más.
El tercero era un pasillo con puertas a los lados. Las habitaciones. En cada puerta había un nombre escrito. Caminamos hacia la ventana francesa del fondo y Esme me dejó junto a una puerta sin nombre. Supuse que era el baño.
—Espérame aquí. Te traeré unas toallas y la ropa.
Se marchó a paso humano, quizás intentando no asustarme. Sonreí para mí misma. Pocas cosas me podían asustar a esas alturas de mi vida. Me apoyé contra el marco de la ventana observando el paisaje nevado mientras me preguntaba qué haría a continuación. Una parte de mí deseaba pedirles que me dejaran quedarme por un tiempo. Sólo un poco. Pero la que tenía voz y voto era aquella que se moría por droga, cualquiera que fuera el tipo, y que me instaba a escapar en cuanto pudiera. Distraídamente, intenté calcular qué distancia había hasta el suelo. No era buena con esas cosas, pero cualquiera habría llegado a la conclusión de que estaba demasiado alto para salir bien parada de la caída. Y aunque consiguiera salir corriendo, ¿cuánto tiempo les llevaría atraparme? ¿Diez segundos? Ya había quedado claro que mi cuerpo no daba para mucho más, pero, ¿podía fiarme de Carlisle? En el pasado había demostrado ser de fiar, pero también era médico. ¿Cualquier médico se daría cuenta de que estaba pasando por la fase del mono o había algún tipo de especialidad al respecto? Carlisle tenía cientos de años, ¿y si además de cirujano tenía algún tipo de título en psiquiatría o en "tipos entrenados para detectar a personas adictas"? Igual se sentía obligado como médico a retenerme contra mi voluntad, a "sanarme".
—Aquí tienes —Di un bote cuando la voz de Esme cortó mis maquinaciones—. Lo siento, no pretendía asustarte.
Asentí, todavía nerviosa e incapaz de mirarla a los ojos. Acepté lo que me tendía sin siquiera mirarlo y entré. El baño era luminoso y funcional, con muebles de caoba y mármol. La bañera estaba a rebosar de agua caliente y desprendía un olor a rosas que consiguió calmar los latidos acelerados de mi corazón. Decidí que podía posponer mis planes a fin de volver a sentirme como una persona. Me desnudé rápidamente y entré en el agua.
Media hora después, el agua se había enfriado y yo despertaba de un sueño agitado. Esme me llamaba al otro lado de la puerta cerrada.
—¿Bella? Bella, ¿te encuentras bien?
—Sí —Me apresuré a contestar porque no quería tenerla muy pendiente de mí. Necesitaba trazar un plan y el primer paso era parecer normal—. Me he quedado dormida, pero estoy bien. Enseguida salgo.
Me sequé y me vestí casi a ciegas. El cuerpo seguía temblándome en una mezcla de frío, nerviosismo y necesidad. Llevaba alrededor de tres días sin consumir y un persistente anhelo empezaba a asentarse en mi cabeza y mi estómago. Sentía que moriría si no conseguía algo con lo que colocarme.
La ropa que Esme me había dado consistía en unos pantalones de deporte ajustados que dejaban al descubierto lo mucho que había adelgazado, así como una camiseta también deportiva demasiado holgada. Mis labios hicieron un puchero infantil al darme cuenta de que me faltaban un par de tallas de pecho para rellenar el espacio.
Cuando salí del baño, mis infantiles preocupaciones se extinguieron. En lugar de Esme, el que estaba frente a mí era Edward. Sus ojos oscuros, indicativo de que no se había alimentado en un tiempo, intentaron atrapar los míos. Los evité estratégicamente. Entonces, cuando creía que no aguantaría más la tensión, mis tripas gruñeron y un estúpido sonrojo se extendió por mis mejillas.
—Hora de desayunar para los humanos.
Un puñal se clavó en mi corazón. Alcé la mirada y clavé mis ojos en los suyos. ¿Cómo podía haber dicho eso? ¿Cómo era siguiera capaz de recordarme aquellos días? ¿Es que no veía lo mucho que me dolía? Él debió darse cuenta de su error, porque dio un paso atrás y levantó las manos como si me considerara peligrosa. En ese momento, me sentía capaz de rebanarle el cuello.
—Yo…
—Vamos, Edward —Ambos dirigimos la mirada hacia el otro lado del pasillo. Jasper se erguía en el rellano de las escaleras fingiendo indiferencia, pero incluso en su ola de calma pude captar algo de nerviosismo—. Todos estamos esperando abajo.
No miré a ninguno de los dos vampiros mientras me dirigía a las escaleras y comenzaba a bajar. Mientras una lágrima se deslizaba por mi mejilla, decidí que tenía que escapar cuanto antes.
¡Hola! Bueno, siento que hayan pasado tantos días entre el prólogo y el primer capítulo, pero el sábado por la noche me calé enterita volviendo a casa y he estado enferma desde entonces. En cualquier caso, aquí tenéis el primer capítulo oficial :) Intento por todos los medios mantener los personajes IC, pero debéis recordar que Bella ha pasado por ciertas experiencias que la han cambiado y, aunque algunas cosas permanecen, sus respuestas a ciertas cosas podrían no coincidir con lo que haría la Bella que conocemos.
El título del capítulo es una referencia al primer capítulo de "Crepúsculo", titulado "Primer encuentro". Este, por definición, sería el segundo :)
Muchas gracias por todos los comentarios que me han animado a seguir con el fic. Os valoro y os quiero mucho a todos. You rock!
¡Hasta la próxima! :D
