disclaimer: Todo personaje/nombre escrito no me pertenece. Todo a su respectivo creador (Yana Toboso).
2. Sonrisa
La gente suele decir que una sonrisa es demasiado poderosa.
Michaelis se encontraba en uno de los pasillos de la Universidad de Oxford cuando presenció tal cosa. Cuerpo curveado y cara delgada, cabello ondulado y aparentemente sedoso, con unos ojos grandes y violetas, el color bastante inusual junto con el de su cabellera; platinado, casi blanco. El joven pelinegro observó detenidamente a la dama que estaba a unos cuantos pasos suyos. La había visto en una u otra ocasión caminar por el campus, mas nunca se atrevió a dirigirle la mirada.
Era de aquellas que les divertía burlarse de los hombres hormonalmente estúpidos. Para Sebastian, no era la primera vez que veía a la mujer burlarse de uno de sus admiradores; jugando un poco con ellos para después dejarlos queriendo más.
Era una arpía; una víbora.
El ojicarmín se divertía verla en acción, mostrando su verdadero rostro ante los hombre y aún siendo querida por estos. Ladeó la cabeza y rió entre dientes. Jamás comprendería la complejidad de las mujeres, pero aún así le era divertido observar su carácter detenidamente.
La mujer soltaba una risa por sus labios, dulce y burlesca que parecía campana; sus ojos llenos de malas intenciones cuando maltrataba a uno de los jóvenes de su misma facultad. Era otro intento suyo por conseguir favores. Tan astuta, siempre prometiendo lo que ellos querían; en cierto modo, el pelinegro sentía gran admiración por ella, a pesar de nunca acercársele y decirle. Era terreno peligroso, y al joven le interesaba más las mujeres con un gran intelecto en otras áreas.
Aún así no despegó sus ojos de la escena, la arpía despidiéndose de su víctima. Estaba sola nuevamente, y no dudada el muchacho de que otro se le acercaría para que pasara el mismo proceso.
Pero no fue así.
Orbes violetas se encontraron con escarlatas.
La mirada de aquella musa fue demasiado penetrante como para querer despegarle la mirada, cualquier parpadeo arruinaría el momento. Curioso, Sebastian ladeó la cabeza y esperó a que ella hiciera el siguiente movimiento; el acercársele o no. La mujer giró su delgado torso hacia su dirección, los pies bien plantados sobre el suelo. Permanecería quieta.
Después de intercambiar miradas, al fin el pelinegro rompió contacto, sino antes ver una sonrisa formarse en los labios delgados de la dama; una leve e inocente sonrisa superficial con intenciones mezcladas. Se largó del lugar, la imagen aún fresca en su mente. No quería aceptarlo, pero esa sonrisa le había causado escalofríos.
Lo que sea que había pensado ella al mirar al ojicarmín, lo único que podía deducir era que no eran buenas intenciones, la sonrisa que le causó gran impacto; tan eficaz.
