Madge en los ojos de Gale
No recuerdo cuando fue la primera vez que vi a Madge Undersee. Probablemente en la escuela o en la plaza donde anuncian los nuevos tributos de cada año. Sin embargo, nunca voy a olvidar la primera vez que nuestros ojos se encontraron. Mi padre había muerto en las minas pocos días atrás y yo estaba, junto con otros familiares de las víctimas, en el Edificio de Justicia para recibir una estúpida medalla al valor. El alcalde, su padre, era el encargado de acercarse a cada uno de los dolientes y de repetir unas cuantas palabras de aliento. En ese momento Madge era tan solo una niña que observaba todo desde un extremo de la sala. Su pesar parecía genuino, pero no pude más que sentir resentimiento. «¿Qué sabe ella de pérdida, de dolor, de pobreza?», me pregunté mientras le lanzaba una mirada llena de odio. Han pasado algunos años y aún no puedo responder aquellas interrogantes, pero si sé un poco más sobre ella. Sé que no comparte mucho en la escuela, que últimamente se ha hecho amiga de Catnip, que para eventos importantes viste vestidos elegantes y que le gustan mucho las fresas. También sé que fue ella la que trajo una caja con calmantes esa noche que fui azotado. La vi entre el público mientras era brutalmente golpeado y note la misma mirada de dolor en su rostro que me entregó seis años atrás. Desee que no estuviera mirando y estuve a punto de gritarle que desapareciera, pero no fue necesario ya que al poco tiempo era yo quien perdía el conocimiento.
Supongo que me ha ayudado por ser amiga de Katniss; sin embargo, no debió haberlo hecho. Ya tengo suficientes problemas como para ahora agregar estar en deuda con la hija del alcalde. ¿Acaso no es suficiente ya tener que enterrarme vivo todos los días para alimentar cuatro bocas hambrientas y ver como Katniss pone nuevamente en riesgo su vida en los juegos? No sé cómo diablos financiaré pagar las medicinas del Capitolio que Madge llevó aquella horrible noche. Lo peor de todo es que ni siquiera he sido capaz de darle las gracias. Nunca la he odiado en realidad, pero no pierdo la oportunidad de hacerla sentir mal cada vez que puedo. Soy un idiota, lo sé, pero molestarla se ha vuelto un juego divertido, y en el Distrito 12 no tenemos mucha diversión que digamos.
Hace semanas que no voy a su casa a vender fresas, aunque no quiere decir que le haya perdido el rastro. La he visto caminar junto a su padre en las mañanas mientras yo voy hacia la mina, también la he visto salir de la botica y los sábados la he divisado correr hacia la casa de Katniss. Muchas veces he querido retenerla para agradecerle, pero al instante me arrepiento. Sé que no voy a poder evadirla para siempre; es sólo que simplemente no encuentro ni el lugar ni las palabras adecuadas para dirigirme a ella. En realidad, nunca le digo cosas muy adecuadas; sin embargo, la próxima vez que este frente a Madge debo ser correcto.
…
Es un domingo excepcionalmente brillante y estoy frente a la puerta trasera de la casa de la familia Undersee. He tocado dos veces como de costumbre y ahora espero deseando que esté de suerte para que no sea Madge quien atienda. Es una estupidez, de todas formas, porque siempre es Madge quien espera las fresas. Escucho sus pasos por el pasillo y de un momento a otro ya está en el umbral de la puerta.
—Parece que ya estás mucho mejor—dice en lugar de saludo.
Lleva una blusa sin mangas color celeste y pantalones claros que llegan a la altura de la rodilla. El cabello rubio cae desordenadamente por sus hombros. Sus mejillas están levemente sonrojadas; no obstante, sus ojos me dirigen una mirada que no puedo descifrar.
—Las medicinas del Capitolio hacen milagros— contesto con una voz más áspera de lo que quería.
—No todo lo del Capitolio podría ser malo— responde escogiéndose de hombros.
Obviamente tiene razón, pero no se lo digo. Es más, me molesta su observación porque en estos momentos en que Katniss está jugándose la vida, todo lo que venga del Capitolio me repugna.
—Toma— digo mientras le extiendo la bolsa con fresas. Ella la recoge y antes que pueda sacar las monedas de su bolsillo añado —Son gratis.
Madge vuelve a posar su mirada sobre mí. Esta vez logro ver un dejo de sorpresa en sus ojos verdes. Está claro que entiende que cuando digo «gratis» vale a decir «mis hermanos no cenarán esta noche».
—Nunca pensé en pedirte que me pagaras por los medicamentos— señala muy seria.
—¡Nunca te pedí que me salvaras la vida tampoco!
Le hablo más alto y con más rabia de lo necesario, pero por fin digo en voz alta lo que me morí por gritar cuando supe que Madge había hecho un gesto por mí que nunca podré devolver. Ella cierra la puerta tras de sí. Es probable que su padre esté cerca por lo que no sería conveniente para ninguno de los dos que escuchara mis gritos. No aparta sus ojos de mí y yo trato de hacer lo mismo, pero no lo consigo por mucho tiempo y termino por fijarme en la bolsa con fresas como si fuera la cosa más interesante del mundo.
— Yo no te salvé la vida, Gale, fue Katniss quien llegó a tiempo antes que murieras desangrado.
— Pero si no fuera por ti, podría haber muerto de dolor— contesto con toda franqueza.
—¿Debo tomar eso como un «gracias»?— me pregunta alzando una ceja. Si la situación no fuera tan complicada le hubiera lanzado un comentario desagradable, como siempre, sólo porque no soporto ver su rostro tan infantil. Sin embargo, la situación amerita que me comporte; además, antes de que llegue incluso a pensar qué responder, una especie de sonrisa se dibuja en mis labios.
—Mira— empiezo a decir tratando de suavizar mi tono de voz, pero aún con la vista fija en la bolsa— No debiste ir esa noche. Fue un acto estúpido y peligroso.
—Pero no me sucedió nada y tú estás bien, eso es lo único que me importa.
Estoy sorprendido. Levanto rápidamente la vista y noto que el calor en sus mejillas ha aumentado. Es ella quien está rehusando mi mirada esta vez. Vacila unos segundos hasta que mete una mano a su bolsillo derecho.
—Ten, lo necesitas— me dice extendiéndome las monedas que valen las fresas.
—Ya te dije que son gratis. Si quieres, tómalo como un regalo.
Inesperadamente me toma una mano, deposita las monedas en ella y me cierra el puño con fuerza. Sus dos suaves y delgadas manos están cruzadas sobre la mía. Lo único que siento es una ola de calor que sube poco a poco por mi brazo y que logra extenderse por mi cuerpo.
—Tu familia lo necesita— repite lentamente pero con voz firme mientras rompe la conexión de nuestras manos. —Además, preferiría que me regalaras cualquier otra cosa.
—¿Sí? ¿Qué cosa? — pregunto sin pensar y me arrepiento en el acto porque sé que no podría comprarle nunca un regalo a su altura. Generalmente para el cumpleaños de Katniss cazo el doble de animales o cambio carne por una buena hogaza de pan. Para su último cumpleaños pensaba conseguir un modesto pastel, pero los Juegos del Hambre frustraron todos mis planes. A simple vista, no es comida lo que dejaría contenta a Madge.
—Un beso— susurra por toda respuesta antes que pueda añadir algo.
«Un beso», retumba en todo mi cerebro. Inspecciono su mirada tratando de averiguar si me toma el pelo o si está siendo sincera conmigo. ¡Este es el problema con Madge! Nunca puedo predecir lo que me contestará. Siempre me desconcierta. Sus mejillas emanan calor ahora y sus grandes ojos verdes están brillantes y expectantes. ¿Es posible que hable en serio?
No es que nunca me haya fijado en Madge, de hecho, me fijo en todas las chicas. La mayoría de ellas rompen en molestas sonrisitas cuando paso a su lado. Las más atrevidas me han cerrado un ojo para invitarme luego a pasear «por ahí». La minoría, entre ellas Katniss y Madge, logran cruzar palabra conmigo sin volverse estúpidas. En más de una ocasión me he pillado pensando en que si Madge hubiera sido una hija más de la Veta sería mi amiga. Es reservada, lista y no es en lo absoluto desagradable a la vista. Es más, creo que es una de las chicas más lindas del Distrito 12. Obviamente, nunca jamás lo confesaré. ¿Si alguna vez he creído que tengo alguna oportunidad con ella? Nunca. Está totalmente fuera de mi alcance, es por eso que su propuesta me resulta tan irreal.
Al parecer estoy mucho rato paralizado, tanto que he aburrido a Madge porque de pronto se despide con un débil «adiós», me da la espalda y trata de escabullirse hacia el interior de la casa. Es en ese momento cuando una fuerza invisible me empuja hacia adelante y pongo el pie para impedir que Madge cierre la puerta. Por un segundo se me pasa por la mente que estoy cometiendo una locura. Si me descubre el alcalde pensará que soy un ladrón y sería azotado nuevamente en la plaza. Pero olvido todo el peligro que corro al instante siguiente, cuando Madge sale una vez más. Vuelve a juntar la puerta tras de sí y quedamos separados por apenas un par de centímetros porque yo no he retrocedido mis pasos. Noto que sus pupilas se dilatan y que el color de sus ojos no es totalmente verde sino que tiene pequeñas pintas de tono miel. También me fijo en un lunar pequeño en su sien derecha y en sus labios finos que no llevan maquillaje. No sé por qué pero de pronto me cuesta respirar con normalidad. Madge tiembla, lo que me recuerda mucho a un animal herido, y mi acto reflejo es rodear su cintura con mis manos para atraerla hacia mí. Aquello no hace que deje de temblar, pero sí provoca que bote la bolsa con fresas al suelo y que sus manos se aferren a mi camisa a la altura de mi pecho.
Nuestros labios se rozan y siento otra vez una ola de calor placentera avanzando por todo mi cuerpo. Sus manos cálidas suben en dirección hacia mi cuello y yo me arriesgo a profundizar el beso. A diferencia de las otras chicas que he besado, exceptuando a Catnip, todas estaban tan nerviosas o ansiosas que echaban a perder el momento. Madge, por el contrario, lo hace excelente. Lleva el ritmo, hace las pausas debidas y masajea mi nuca con una electrizante suavidad. No parece una primeriza para nada. De pronto me salta la duda si soy el primer hombre que la ha besado. Nunca he visto a Madge rodeada de chicos, pero eso no quiere decir nada. Tampoco soy su íntimo amigo; no tengo por qué saber sobre su vida sentimental. Sin embargo, la sola idea de que haya besado a otros chicos de la misma forma que me está besando ahora me molesta… y mucho. Entonces intensifico el beso casi con rabia para que quede bien claro que no soy como el resto.
No sé por cuanto tiempo estamos abrazados, besándonos, acariciándonos. Perdí la noción del tiempo porque me siento bien, quizás demasiado bien. Pienso que perfectamente podría pasar todo lo que resta de la tarde saboreando sus delicados labios, acariciando su espalda, embriagándome con el dulce perfume de su cuello. ¡Quién lo hubiera imaginado! La silenciosa Madge resultó ser una caja llena de sorpresas. Me pregunto que otros misterios me oculta, y no me inquieta la idea de querer descubrirlos todos.
Me es difícil apartar mis brazos de su cintura, pero no tengo otra alternativa cuando desde lejos la voz de su padre llamándola nos vuelve de golpe a la realidad. Retrocedo y quedamos frente a frente ahora a una distancia prudente. Madge rompe nuestro contacto visual cuando decide recoger la bolsa con fresas. Me gustaría decir algo; quiero decir algo, pero ninguna palabra sale de mi boca. Rechaza mi mirada por lo que no puedo ni siquiera adivinar que diablos está pasando por su mente. Sólo veo que abre la bolsa y mira las fresas como si las estuviera contando. Alcanzo a distinguir algo parecido a una sonrisa en la comisura de sus labios.
—Creo que deberías pensar tú en un regalo mejor— pronuncia con un dejo de amargura en su voz y por un segundo nuestros ojos se encuentran. Los suyos siguen muy brillantes.
No entiendo qué quiere decir. No sé qué es lo que está pasando por su cabeza. No tengo idea si lo del beso era una broma o de verdad lo quería. ¿O no le gustó? ¿Esperaba algo mejor? Lo único que tengo más que claro es que Madge Undersee nunca deja de sorprenderme.
Madge gira sobre sus talones y en seguida desaparece al entrar a su casa. Esta vez no alcanzo a detenerla. Me quedo estático un buen rato frente a la puerta esperando un milagro. Sin embargo, Madge nunca regresa y no tengo más remedio que dar media vuelta y ponerme en marcha hacia un rumbo desconocido sin ser capaz de poner en orden ni lo que pienso ni mucho menos lo que siento.
