Un cargante silencio llena la sala de forma repentina y lo único que Alicia es capaz de escuchar son sus latidos. La sangre corre por sus venas en un escape de adrenalina y enojo. La mirada de Liza sobre la morena no es percibida.
—No hay necesidad de robar —dice intranquilo Chris, detrás de su madre y Alicia, y su mirada salta del arma al rostro de la rubia con nerviosismo—. Pudiste pedirlas. Te las hubiésemos dado.
Elyza exhala con fuerza, una risa sarcástica escapa de sus labios, en lo que apunta a Chris con el cañón de su pistola.
—Con el tiempo —dice, y ladea la cabeza hacia la derecha—, llegas a aprender que las personas son más serviciales cuando tienes un arma apuntándoles a la cabeza.
Liza y Alicia retroceden, cuidadosamente, hasta llegar a la altura de donde Chris se encuentra. Ahora, los tres están en una línea recta, justo en el radar de la boca de fuego de la 9 mm. Elyza mantiene su intimidante sonrisa. Con un movimiento rápido, coloca sus lentes de aviador en el escote de su camiseta.
—Somos tres contra uno —notifica Liza. Parpadea varias veces y Chris puede notar que los nervios la traicionan—. Estás en desventaja.
La expresión en el rostro de Elyza es imperturbable y hace que Alicia sienta náuseas. El estómago le da un vuelco cuando piensa en el momento que tuvieron minutos atrás e, internamente, se da un golpe por su ingenuidad.
—Oh, te equivocas —advierte la ladrona y, acto seguido, da un agudo y estridente silbido. A los pocos segundos, dos muchachas, posiblemente de la misma edad que Elyza, aparecen de entre la oscuridad, entrando por la mampara como si esa fuese su casa. Las dos chicas son morenas e indudablemente atractivas. Ambas exponen las mismas manchas azules que Elyza, Alicia nota. Una de ellas, la más cercana a Elyza, de cabello recogido y ojos marrones, lleva una chaqueta roja y pantalones verdes. Una navaja de caza y una SIG Sauer cuelgan graciosamente del cinturón rodeando su cadera. Y, en sus manos, un rifle de asalto más largo que su propio brazo. La otra, de cabello suelto trenzado en los costados y ojos claros, no va muy distinta: en lugar de una chaqueta roja lleva una negra, y carga consigo una escopeta y machete.
La mandíbula de Chris cae de la impresión.
—Les presento a mis chicas: Lindsey y Marie —introduce Elyza, torciendo una mueca, mientras las señala con la cabeza. Ambas chicas asientes en saludo y continúan apuntándoles—. Les gusta las armas grandes.
Chris, tentado a agitar una de sus manos alzadas en gesto de saludo, traga saliva y tensa los músculos cuando siente la crítica mirada de su madre sobre él.
Unos pasos se escuchan cada vez más cercanos y, de pronto, Nick se encuentra en la escena. El hijo mayor de los Clark tuerce un gesto y se acerca, su vista siendo eclipsada por las cautivadoras extrañas en su hogar, ignorando a los rehenes y las armas apuntándoles.
—¡Woah! ¿Quién invitó a las Chicas Superpoderosas? —dice jocoso. Las tres jóvenes ladronas se miran, complacidamente, entre sí y Elyza saca la pistola del cinturón de la que presentó como Lindsey. La rubia dirige el punto de mirada a la cabeza de Nick y éste pierde la confianza más rápido de lo que había conseguido—. De acuerdo —comienza, levantando las manos con lentitud, y se posiciona al lado de Chris—, no tenemos por qué recurrir a la violencia.
Marie, la de chaqueta negra, suelta un bufido y, con un click, Elyza le quita el seguro a ambas armas en sus manos. Los cuatro, Alicia, Liza, Chris y Nick dan un paso hacia atrás, casi tocando la pared.
—Así me gusta —afirma Elyza. Sus labios forman una línea recta y sus ojos, repentinamente, parecen cansados. Aún así, continúa apuntándoles—. Las cosas —notifica a sus compañeras y éstas se apresuran en obedecer. Los dos morenas comienzan su búsqueda por la casa, sin la intención de perderse ni un solo punto. Alicia las sigue con la mirada; Liza hace lo mismo—. Rápido, no tenemos todo el tiempo.
Alicia recuerda la conversación que habían tenido, cómo ella le había sacado la información del número de habitantes en esa casa, y aprieta la mandíbula, colérica.
—Nos usaste —masculla. La ira invade sus ojos y tiene los puños apretados, conteniendo sus ganas de impactar en el rostro de la rubia.
Elyza ladea su cabeza y hace un puchero, como un niño que acaba de hacer una travesura.
—Lo siento, princesa, pero estamos en el Apocalipsis. No debes confiar tanto en la gente —confiesa con un tono de voz tan aguda que casi parece un reproche. Elyza voltea en dirección a Marie, quien busca con ímpetu en los cajones de la cocina—. Las llaves del auto están en la mesa cerca de la puerta.
Marie asiente y corre hasta el lugar indicado, saca las llaves del cajón y sonríe cuando ve el adorno de Winnie Pooh colgando entre las llaves. Una vez que Lindsey y Marie terminan el saqueo, toman sus cosas y se dirigen a la calle, donde está el auto estacionado.
Liza, Chris, Nick y Alicia continúan con las manos alzadas, aún siendo prisioneros de las armas de fuego frente a ellos, expectantes a cualquier cosa que pueda pasar.
—Fue un gusto conocerlos —expresa Elyza—. A todos. Y, ¿quién sabe? Puede que nos encontremos de nuevo —dice, dirigiéndose sutilmente a Alicia, ganando nada menos que una mirada esquiva de su parte. Elyza sonríe, una última vez, y se comienza a retirar sin prisa.
—¡El, apúrate! —le grita Lindsey desde el auto. Los pasos de la aludida son lentos y ponen a prueba su paciencia.
Entonces, antes de salir por la puerta, el brazo de Elyza cae treinta grados y el cañón se dispara. El estruendoso sonido hace eco en la habitación y, de un momento a otro, Chris cae al suelo en seco. Las manos del moreno se ciñen a su pierna izquierda, donde la bala ha impactado. Liza, Alicia y Nick exclaman, alarmados hasta la médula, y se aproximan a él para observar el daño. El muchacho herido se queja, gime por el dolor y golpea su cabeza contra el suelo. Cuando Alicia voltea, Elyza y su séquito ya han escapado.
Liza pelea con su hijo hasta que éste le permite observar la herida.
—La bala —habla y su cabeza cae. Cuando la levanta, su mirada expresa cansancio—. Es de salva.
Chris solo reacciona para observar su pierna y verla moverse con naturalidad. A lo mucho, le saldría un gran cardenal.
—Maldita zorra —farfulla y golpea el suelo con su puño. Nick deja escapar una risita en lo que ayuda al moreno a ponerse de pie—. Bien hecho, Clark —protesta Chris a Alicia, quien reacciona irritada por tal hosca mención.
—Cállate —responde.
Chris se apoya en su pierna no golpeada y avanza hacia Alicia con una mirada acusadora.
—¡Tú la hiciste entrar a la casa! —exclama de manera gutural, sosteniendo su mirada fervientemente con suya—. ¡Por culpa tuya estamos en este situación!
—¡¿Cómo iba a saber yo que se trataba de una ladrona?! —justifica la joven y sus mejillas se tornan de un rosado caluroso.
—¡Basta los dos! —ladra Liza—. Ahora debemos pensar en lo que le diremos a Travis.
Nick, quien había estado observando la escena entretenido, endereza su cuerpo y emerge de donde está, colocando sus manos en su pecho en son de defensa.
—Soy inocente —dice—. Acabo de llegar. Ustedes están en problemas —señala, apuntando a los rostros de Chris y Alicia con su dedo índice. En su interior, Nick se regocija con el hecho de que, por esta única vez, no fue él quién arruinó la fiesta.
—Tengo más suministros en la habitación —informa Liza. La mujer denota fatiga y angustia. Pasa la mano por su cabello y se rasca las raíces—. Los había estado guardando para Griselda.
Alicia se encoge por la mención de la mujer, la culpa la cubre.
—Mamá y Travis no deben tardan en llegar —avisa Nick, quien nota el cambio en la expresión corporal de su hermana—. Ellos traerán más suministros.
—¿Crees que traigan un auto, también? —pregunta Chris, satírico, con una ceja levantada y los labios en línea.
Alicia lo fulmina con la mirada.
—Esto retrasará nuestro viaje al desierto —dice Liza, y se encamina de vuelta a la habitación donde aguarda Griselda.
Los tres jóvenes se mantienen en su sitio, esquivando sus miradas entre sí. A los pocos segundos, Chris suelta un bufido y se va a acompañar a su madre. Sin necesidad de voltear a ver a Alicia, sabe que ella lo está observando. Alicia es una muchacha orgullosa y le hierve en las venas saber que tiene razón en culparla.
Nick se dirige a su habitación, dejando a su hermana sola, quien no se lamenta. En lugar se eso, se acerca a la puerta de su casa. Abraza su torso, cubriendo sus hombros con las manos, estrechando su cuerpo con desinterés. Se deja recargar sobre un lado del umbral y suspira, luchando por detener los recuerdos de ese día, muy distinto a cómo ella se lo había figurado. Aún incrédula a lo que acababa de suceder, Alicia cierra los ojos y golpea su cabeza con la madera de la puerta, mientras unos magnéticos ojos azules se rehusan a abandonar sus pensamientos.
