Dos hermanos—

El tacto del catre era frío, pero eso a él no le afectaba. No había gelidez alguna en los Nueve Reinos capaz de hacerle daño. Después de todo, él era el hijo de un Gigante de Hielo.

Loki se encontraba tendido sobre la lisa y dura superficie del negro catre de obsidiana, dentro de una celda sin ventanas ni barrotes, sólo formada por cuatro gruesas paredes de piedra pulida, donde una estrecha puerta reforzada de acero apenas resaltaba sobre la intensa oscuridad de los muros. Las penumbras de la celda tenían un tinte azulado, circunstancia que irritaba al joven príncipe de Asgard, por lo que éste mantenía los ojos cerrados.

No llevaba grilletes, y el bocado que le impidiera pronunciar palabra había desaparecido. No había, pues, nada que lo retuviese salvo aquellas ridículas e inútiles paredes. Sus carceleros confiaban, ufanos, que ni el mejor de los hechiceros del Reino podría escapar de allí. Aquellos ilusos no tenían ni idea de lo que Loki era capaz de hacer, de los dones que había ido adquiriendo con el paso de los años, de las arcanas artes que sus aliados le habían enseñado en el exilio. Loki podía evadirse de su prisión con sólo pronunciar el hechizo de teleportación. Empero, no deseaba hacerlo; no por ahora.

De repente, chasqueó la llave al girar con precisión en la cerradura. El sonido llegó con claridad hasta los oídos del cautivo, que ni siquiera se inmutó. Permaneció tumbado, como si durmiera, mientras la puerta se abría rechinando. La escasa luz del exterior se coló en la celda, matizando casi imperceptiblemente la atmósfera azulada a través de sus párpados cerrados. El sonido de unas pesadas botas retumbó contra el pétreo suelo; unos pasos lentos, cautelosos. Loki los reconoció sin dificultad.

—Al fin has venido, hermano —susurró quedamente el más joven de los hijos del gran dios Odín, Padre de Todo—. Ya pensaba que se habían olvidado de mí.

—Es la hora.

La potente voz de Thor vibró dentro del recinto. Sin embargo, no pareció transmitir emoción alguna. Loki abrió escuetamente sus ojos transformándolos en un par de rendijas, pero aparte de eso no movió un solo músculo.

—Acompáñame, hermano —insistió Thor sin alterarse. Parecía una fría estatua de mármol. Llevaba su vestimenta de gala con los colores rojo y plata en armoniosa combinación pintando su armadura y su larga capa. Lucía su yelmo con las alas de halcón en la cabeza de rubios y largos cabellos, y su gruesa y fuerte mano empuñaba el martillo Mjolnir, aquél que sólo Thor era digno de portar, imposible de sostener por cualquier otro individuo, fuera dios o mortal.

Loki se incorporó pausadamente hasta quedarse sentado de frente al Dios del Trueno. Una sonrisa afectada se había posado en su boca, y sus grandes ojos coronaban su enjuto rostro aportándole una cínica expresión. Thor mantuvo su puño crispado en torno a la estriada empuñadura de Mjolnir, sin desviar la atención de cada ínfimo movimiento de su hermanastro. Loki rió entre dientes al percibir su tensión.

—¡Por favor, Thor, relájate! ¿De veras crees que intentaría atacarte? ¿Qué posibilidades tendría? Estoy desarmado.

—Tu pico de oro, hermano, es más peligroso que un ejército de Gigantes de Hielo.

—¡Qué inoportuno comentario! —chasqueó Loki la lengua—. ¿Por qué los asgardianos tienen que sacar a relucir Jotunheim en todas sus conversaciones?

—¿Precisamente tú lo preguntas? ¿Tú que intestaste aniquilar su raza? ¿Tú que eres…?

Thor no terminó la frase. Se mordió el labio inferior y se removió en su sitio con inquietud. Loki concluyó con voz gélida:

—¿Soy qué? ¿Un monstruo como ellos? Eso es lo que crees, ¿verdad? Tú y todos en Asgard.

Thor mantuvo silencio.

—¡Me da igual! —prosiguió Loki en tono despectivo—. ¿Qué me importa lo que opinen de mí? Podéis juzgarme y condenarme si queréis. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Si pudiera retroceder en el tiempo mis actos serían los mismos. Sucediera lo que sucediese, nada ni nadie podría evitar que nos encontrásemos tú y yo, aquí y ahora, en esta celda.

—Loki —susurró Thor, compungido—, recapacita, por favor, todavía estás a tiempo de redimirte. Te lo suplico, arrepiéntete ante nuestro padre y él se apiadará de ti.

—¿Arrepentimiento? —gritó Loki poniéndose de pie de un ágil salto. Thor retrocedió un paso con los músculos tensionados—. ¿Redención? ¿Piedad? ¡No necesito la piedad de Odín! ¿Nuestro padre, dices? ¿El mismo que te desterró a Midgard, ese reino bárbaro, desprovisto de todos tus poderes y de Mjolnir? ¿El mismo que me engañó durante años haciéndome creer que me quería como a un hijo, y que impasiblemente me dejó caer en el abismo condenándome al exilio? ¡Créeme, Thor, en cada una de las "atrocidades" de las que se me acusan fue la voluntad de Odín la que guió mi mano! ¡La que me empujó con sus mentiras, su cobardía y su demencia! No necesito la piedad del Padre de Todo… ¡no la quiero! ¡Él no es mi padre y tú no eres mi hermano! ¡Asgard no es mi hogar ni lo ha sido nunca!

Thor apretó los dientes antes de replicar con severidad:

—¿Y qué hay de Madre? ¿También renegarás de ella? ¿Sabes lo que ha sufrido por ti? ¿Lo que sigue sufriendo? Loki, para ella la ceremonia que ha de presenciar hoy es una tortura. La incertidumbre y el miedo que siente por tu futuro la están amargando profundamente. Ella te quiere…

—Deja de hablar —lo interrumpió Loki con sus ojos verdes destellando de ira—. No deseo oír nada más. Condúceme ante el Padre de Todo y acabemos con esto de una vez.

El Dios del Trueno suspiró con abatimiento. El aire escapó de su boca igual que el soplido de una tormenta. Meneó la cabeza con pesar y se hizo a un lado.

—¡Guardias! —llamó abruptamente.

Al cabo de un instante, dos guardias uniformados de ocre y oro accedieron a la celda entre titubeos. Llevaban yelmos y lanzas, y uno de ellos traía consigo unas gruesas cadenas cuyos fuertes y brillantes eslabones repiqueteaban al entrechocarse unos con otros.

Loki aguardó, impertérrito, a que le ciñesen los fríos grilletes. Su semblante era una máscara carente de sentimientos. Su cuerpo, que parecía no pertenecerle, estaba rígido, inmóvil. Su corazón palpitaba a duras penas, como si una capa de hielo hubiese comenzado a rodearlo en un amnésico abrazo que iba anquilosándolo por momentos.

Los dos hermanos cruzaron sus miradas una última vez antes de abandonar la celda. Entonces Thor supo que no había redención posible.