Todos los personajes pertenecen a MAPPA y sus creadoras (Yamamoto-sensei y Kubo-sensei), la historia sí es mía C:

Advertencias: este fanfiction tendrá muchas menciones sobre la religión católica y su organización, así que si no deseas terminar en el infierno conmigo y deseas proteger tu alma, tal vez deberías retírarte. Nada de esto se realiza con la intención de ofender.


CAPÍTULO I

Desperté con el sonido de pasos en el pasillo, eran suaves sobre una alfombra y ligeros. Conocidos.

Antes de que tocaran a la puerta de la habitación, ya había cruzado los pocos pasos que me separaban de ella y la había abierto. No deseaba miradas indiscretas a mi pequeño espacio. Una vida llena de cosas –criaturas- inmiscuyéndose a mí alrededor terminaron convirtiéndome en alguien demasiado celoso de mi espacio y privacidad.

Phichit se encontraba del otro lado, su mano a medio levantar –preparada para tocar- y una mirada sorprendida en los ojos. Sonrió.

-¡buenos días!, nunca logro sorprenderte, ¿eh?- todo lo dijo con esa sonrisa sincera y alegre que le caracterizaba, toda dientes blancos y honestidad pura; destacándose en su piel morena –Supongo que algún día lo lograré.

Sí, le deseaba suerte con eso. Era realmente difícil que algo o alguien pudiesen sorprenderme a estas alturas; especialmente cuando percibía cosas que nadie más podía. Ante ese pensamiento metí la mano en el bolsillo del pantalón –que no me había quitado para dormir y que debía cambiar, pronto- y aferré con fuerza las cuentas del rosario que siempre me acompañaba.

-hola, Phichit- contesté al saludo y la sonrisa, era complicado no hacerlo cuando la del otro era tan contagiosa. Sólo abrí un poco más la puerta, lo suficiente para salir al pasillo y me coloqué frente a ella.

Mi cuerpo estaba cubriendo el pequeño espacio que había dejado a la espalda, demasiado consciente de lo que había dentro y, por supuesto, de la curiosidad que se había despertado en los ojos de mi amigo.

-¿pasa algo?- me preguntó, enarcando una de sus cejas y mirando sobre mi hombro.

Era horrible mintiendo y ocultando cosas, así que comprendía el porqué de sus preguntas; no me pasó desapercibido cómo se me tensaron los hombros y mi voz se hizo ligeramente aguda, como parecía que tampoco lo hizo para él.

-no, para nada, yo…- interrumpí lo que fuera iba a decir, cuando un escalofrío recorrió mi espalda y sentí unos brazos delgados posarse sobre mis hombros, rodeándome y estrechándome contra su pecho.

Me envaré por completo, aunque sabía Phichit no podría verlo, era evidente que le percibía; lo vi estremecerse y pasar las manos sobre sus brazos para combatir el frío que había aparecido de pronto. Mientras yo miraba sobre mi hombro su rostro.

Ojos azules clavados en mí, observándome mientras caminaba por la habitación. Hielo, caribe, marino. Asechándome.

El demonio sonreía, su cuerpo medio sólido para mí, y no por primera vez, me pregunté qué era lo que hacía ahí, conmigo. Lo había encontrado en mi habitación de hotel la noche anterior cuando había vuelto de la casa de los Ivanko y había permanecido apareciendo y desvaneciéndose a mí alrededor desde entonces.

-puedes llamarme Víktor, es lo suficientemente cercano en alguno de sus idiomas humanos…

No se fue cuando llamé para informar sobre lo ocurrido –omitiendo, como siempre los hechos más sobresalientes- a mi superior, el Cardenal Cialdini. Tampoco lo hizo cuando pretendí dormir, así que me había metido a la cama con las prendas que había tenido puestas a lo largo del día.

-¿estás bien?- pregunté y, al mismo tiempo, escuché la risa del demonio en mi oído y me perdí la respuesta de mi amigo.

Era una risa profunda, baja y, por muy manifiestas razones, decadente. No pude detener la reacción de mi cuerpo ante ello, un estremecimiento ligero, un sonrojo leve y parpadeé por el lugar, antes de lograr atraer la atención de Phichit.

Víktor soltó otra risita entre dientes, apretándome un poco más.

-oh, Yuuri- murmuró, divertido –dile que se vaya. Durmamos juntos.

Estaba seguro de que no había forma en la tierra en la que mi cuerpo pudiera tensarse más de lo que estaba ahora, todo tirante como la cuerda de un arco listo para dejar una flecha. Suspiré, pasando los dedos sobre las cuentas del rosario que continuaba manipulando en mi bolsillo.

-… entonces, ¿crees que puedas hacerlo?

Volví mi atención a Phichit, ¿qué era lo que había dicho?

-el chico preguntó si podrías ir a Astaná- el demonio estaba hablando prácticamente en mi oreja y, aunque molesto, me estaba salvando de hacer el ridículo por completo; si bien era su culpa.

-¿qué ocurre en Astaná?

Phichit miró incomodo a lo largo del pasillo, el resto de las puertas cerradas y, más allá, los elevadores y el movimiento ordinario de un hotel en el centro de San Petersburgo.

-¿podríamos hablarlo dentro?

Suspiré, no me gustaba ni un poco, pero entendía que había cosas que no podían hablarse ahí. Un presentimiento me dijo que habría más demonios o espectros involucrados. Como las últimas veces, ¿sería que no descansaban en lo absoluto?

Lo dejé pasar y me acomodé en una de las dos sillas con las que contaba el cuarto, Phichit se acomodó en otra y Víktor nos observó curioso desde la cama, estaba sentado en algo parecido a la posición del loto, medio flotando sobre las sábanas desordenadas.

-¿entonces?

-el Camarlengo Karpisek me llamó con relación a extraños sucesos que le han estado ocurriendo a un joven en la ciudad- Phichit se veía inquieto, pero no estaba seguro si era por lo que ocurría en Astaná o por la presencia del demonio ahí -; hablan de objetos moviéndose solos, voces y presencias en los lugares en los que se encuentra. Él ha tenido que ir al médico debido a que su salud parece estarse deteriorando cada vez más, pero ningún doctor ha logrado darle un diagnostico… Están preocupados, ha comenzado a despertar en lugares desconocidos sin saber cómo llegó ahí o qué hizo en horas enteras…

Víktor parpadeó desde su lugar y se removió, acercándose flotando hasta mi lado.

-suena a demonio- dijo, cruzándose de brazos y mirándome con una ceja arqueada, su dedo índice sobre sus labios, medio cubriendo una sonrisa -, ¿vas a ir e intentar desaparecerlo como querías hacer conmigo?

-es mi trabajo- susurré, esperando Phichit no se diera cuenta del intercambio.

Él pareció divertido con la respuesta y se tomó su tiempo mirándome desde los zapatos hasta la punta del despeinado cabello, deteniéndose por demasiado en el crucifijo colgando de mi cuello.

-lo veo.

Phichit se levantó y me tendió un sobre que no había notado que traía en las manos; al ver su contenido encontré toda la información sobre el joven –un varón de 19 años- y los reportes que habían hecho tanto los médicos como los sacerdotes que habían enviado el caso a El Vaticano.

-¿irás?- cuestioné, agradeciendo internamente que mi maleta estaba prácticamente sin deshacer; sólo debía cambiarme y podría salir en el siguiente vuelo.

-no, me han pedido que vaya a otro sitio para comprobar algunas cosas- se encogió de hombros, como disculpándose -; supongo que si me llaman debe ser importante.

Sonreí, eso era cierto. Desde que, todavía estando en el Seminario, se habían percatado de que era bueno para percibir ciertas cosas, saber si eran reales o sólo querían llamar la atención pública –nunca mencioné lo que podía ver-, mi educación tomó un giro que no había imaginado; a la par de los estudios que el resto tenía, me habían hecho tomar clases en la Universidad, mismas que debían ser un apoyo en las investigaciones que debía llevar a cabo -ahí fue donde conocí a Phichit, fue también curioso que él decidiera trabajar como consultor de la Iglesia-.

Aunque en las películas y libros parecía que los exorcismos eran una cosa de llegar y hacer, la verdad era que antes de que uno de nosotros fuese llamado, debía llevarse a cabo una investigación detallada -¿el cuerpo de alguien se torcía en formas imposibles? Bueno, se debía rechazar cada científico motivo para ello; ¿se escuchaban voces en idiomas extraños? Debía probarse que no hubiese otra cosa alrededor ocasionándolo-. Éramos, básicamente, la última opción.

Debía tenerse mucho cuidado en llamar a un exorcista a la escena, ya existían demasiados juicios contra sacerdotes que no podían probar que lo que habían hecho era lo correcto –y algunos no lo habían hecho-, como para seguir alimentando esa pira.

-supongo que iré entonces- volví a ver dentro del sobre, un boleto de avión para la madrugada -. Me hubiese gustado tenerte de compañía.

Phichit sonrió, caminando hasta mí. Me dio un breve abrazo antes de despedirse y salió del lugar.

Me giré hacia Víctor, tenía una mirada extraña cruzando su rostro; se levantó y camino –de verdad, no eso que solía hacer, como medio flotar por ahí en forma espectral- hasta posarse frente a la ventana y desvanecer medianamente su figura –me desconcertaba enormemente esa manera de estar y no estar, de ser más parecido al humo que a un cuerpo sólido, de fluir en lugar de simplemente moverse-.

-¿es un buen amigo tuyo?

Estaba a punto de comenzar a ordenar las cosas en mi maleta, tenía una camisa en la mano. La miré, completamente fuera de lugar por la pregunta.

-no es de tu incumbencia- dije, negando con la cabeza y metiendo la prenda sin mucho cuidado.

Desde que había aparecido la noche anterior, las preguntas de Víctor se tornaban más personales -¿quién eres?, ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes?, ¿cuál es tu comida favorita?, ¿has tenido algún amante?... lo cual me había desconcertado demasiado, ya que él me había visto con mi ropa de trabajo -lo que incluía un alzacuello blanco sobre ropa negra que era difícil de confundir con cualquier cosa- y más complicadas de evadir.

-eso quiere decir que sí- me sonrió sobre su hombro, dejando ver sólo su rostro y un vago reflejo de sus cuernos.

Me senté sobre la cama, agotado por el viaje –sólo llevaba un par de días en Rusia y ahora debía moverme de nuevo-, por el trabajo y por él; dejé la maleta a un lado y suspiré mirándolo. Era evidente que le estaba dando más información con lo que callaba que con lo que le decía.

Sin embargo, todavía no comprendía qué quería de mí.

-¿qué haces aún aquí?- solté, porque ya no podía mucho más y porque, estaba seguro, parecía tener intenciones de seguirme todo el camino hasta Astaná.

-miro la ciudad- me regaló una mirada de brillante azul turquesa, acompañada por una sonrisa divertida.

-sabes a lo que me refiero… ¿por qué estás aquí?- abarqué toda la habitación con un movimiento de manos, aunque obviamente me refería a toda la situación, no sólo a la situación geográfica -¿qué esperas hacer conmigo?, ¿pretendes poseerme como a la chica de ayer?

Víktor soltó una risa baja, profunda –y que Dios me ayudara, me hizo estremecer por completo-, dándose vuelta para encararme también; me permitió ver su cuerpo entero, vestido con lo que parecían pantalones vaqueros negros y una camisola blanca por encima. Todo él figura estilizada, músculos agiles y sonrisa maléfica.

Ante todo ello me di cuenta del doble sentido que podían tomar mis palabras y me sentí enrojecer hasta la punta del cabello.

-¡no pienses en esas cosas sucias!

Él se limitó a agrandar la sonrisa –pero sí ha sido Yuuri quien lo ha dicho…

-no me refería a eso.

-sólo quiero estar con Yuuri- aunque guiñó uno de sus ojos, pude notar que eso no era todo; pero no parecía proclive a darme más información.

-no puedo tener un demonio a rastras… ¿pretendes seguirme a Astaná?

-puede ser…- con una última sonrisa llena de colmillos, se desvaneció en el aire.

Miré sorprendido por toda la habitación, esperando encontrarlo en algún rincón; cuando eso no sucedió, creí que finalmente se había aburrido y había vuelto a su sitio en el infierno. Me metí a bañar, preparé todo, comí y dormí por las horas que no lo había logrado mientras la presencia de Víktor me intranquilizaba.

Dormí profundamente ese día –lo que en mi profesión era difícil-. En sueños, escuché voces reconfortantes y familiares; me sentí cálido y tranquilo, arropado por la sensación de estar protegido y en el sitio correcto. Fue como si una parte de mí, hubiese dicho "al fin aquí", al fin aquí después de todo este tiempo.

Cuando el despertador sonó, eran poco más de las dos de la madrugada y tenía un vuelo que tomar. Tomé mis cosas, entregué la llave en la recepción y salí rumbo al aeropuerto. Durante el trayecto repasé mentalmente lo que debería hacer al llegar a la ciudad y lo que se esperaba que hiciera estando allá.

Miré mi equipaje y, no por primera vez, me cuestioné si estaba haciendo lo correcto.

Durante toda mi vida, había sido asechado desde las sombras por entes que no eran de este plano –fantasmas, espectros, demonios-; gran parte de ella me había cuestionado por qué se me había dado esa carga y, gracias a ello, terminé un día dentro de una iglesia, escuchando a un sacerdote hablar sobre los caminos de Dios y los retos que ponía a cada uno.

Me impactó demasiado ya que después de esa ocasión continué refugiándome ahí, en sus palabras y la forma en que veía y mostraba la religión. Escuché el llamado no mucho tiempo después de eso, internándome en el seminario para convertirme en sacerdote y, en todo ese camino, encontré un refugio donde reposar cuando mi -¿don?, ¿habilidad?- peculiaridad me extenuaba.

Sin embargo, estaba comenzando a dudar. Era por el agotamiento estaba seguro. Llevaba meses fuera de casa, viajando de un sitio inhóspito a otro, de un extremo al otro del continente, del planeta. No había tenido tiempo para descansar.

Quizá debería plantearme pedir un breve descanso después de terminar el trabajo en Astaná. Decirles que necesitaba de estar en meditación y volver a conectarme con Él.

Para cuando abordé el avión eran las cuatro de la mañana y tenía un par de horas por delante en un vuelo en clase turista; me ocupé de intentar dormir, aunque había un bebé lamentándose en algún lugar del avión que lo hacía prácticamente imposible.

Eran las ocho de la mañana cuando pise por primera vez el suelo de Astaná, estaba a punto de subir a un taxi cuando sentí unos brazos familiares –sólo medianamente sólidos- cerrarse sobre mi cintura y una barbilla posarse sobre mi hombro.

-hola, Yuuri.

-Víktor- rezongué, hundiéndome un poco por dentro. Sí yo estuviese realmente poseído, ya habría hecho un exorcismo completo en mí; no obstante, este demonio simplemente desaparecía cuando iniciaba algo parecido. Lo había intentado en el hotel varias veces infructuosamente.

Me rendí por el momento, no quería atraer la atención sobre mí, en medio de la calle. Subí al taxi y le di la dirección del hotel en el que me hospedaría.

Tendría el resto del día para descansar un poco y recuperar energías para la noche, puesto que el chico trabajaba en un club nocturno. Pretendía ver primero cómo se desenvolvía en su trabajo e iría al día siguiente a entrevistarme con él en su casa. Sólo esperaba que no tuviera inconvenientes para ingresar –había sitios con opiniones bastante fuertes sobre hombres de Dios entrando a lugares como esos-. Lo haría de una forma u otra. No estaba seguro de cómo, puesto que sería el primer DJ que tratara, pero hallaría la manera.

Víktor permaneció a mi lado, medio recostado contra mí, lo que me hizo preguntarme qué representaría eso para mi trabajo. Tener un demonio colgado a mi costado, ¿sería algo bueno o malo?

Suspiré profundamente. Bueno, ya lo vería.


Bueno, dejo aquí el primer capítulo, espero sea de su agrado... es un poco lento, pero se debían explicar varias cosas antes de poder centrarnos en la trama de lleno; si buscan en google seguro tendrán una idea de a quién irá a ayudar Yuuri.

Aún estoy desempolvando mis viejas habilidades escritoras, así que espero haya salido algo medianamente decente. Agradezco millones los reviews, los follows, favs y a los lectores silenciosos que sólo pasaron a perder un tiempo con el prólogo.

~Clarisse (Silvia)