Este fic ha sido creado para el "Amigo Invisible 2014"
del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black".
Disclamer: Los personajes, lugares y situaciones relacionadas con el Potterverso son de autoría de J.K Rowling. La trama con la que se desenvuelve esta historia es mía.
Para: Nalnyatrix Black
Capítulo 2: Bajo custodia
—Amo Alexander, que alegría tenerlo tan pronto aquí —se apresuró a recibirlo una delgada elfina de apariencia mayor— Bonnie ya preparó lo que el amo ordenó. Bonnie está a su servicio amo—dijo la elfina con una pronunciada reverencia.
El hombre alto y corpulento ignoró magistralmente el parloteo de la elfina, y observó con ojo inquisitivo cada rincón de la sala.
—Bienvenidos de nuevo a la antigua casa de la familia —dijo cordial el hombre— sé que es algo... no sé cómo expresarlo... quizá, modesto. Sin embargo, doy garantía de que es la propiedad más segura en todo Europa continental —se regodeó orgulloso, con su mentón barbado apuntando al techo.
—Es un hermoso lugar, Alexander. Te agradezco todo lo que estás haciendo por nosotros, estamos en deuda contigo —dijo la mujer mientras entraba en la estancia con su característico porte aristocrático.
—Por favor, Marisell. Entre nuestras familias no existen las deudas, recuérdalo. Además es lo mínimo que puedo hacer por ustedes y por mi amistad con Frederic. En realidad lamento mucho no haber podido hacer nada para evitar perderlo, sin embargo sé estaría muy complacido de saberlos a salvo. Y de eso me encargare yo.
La mujer asintió débilmente con la cabeza, y excusándose salió de la sala junto con su elfina Cloe. Alexander pudo persuadir a Marshall para que diera a su madre un tiempo a solas y lo invitó a tomar té en una pequeña biblioteca adjunta a la sala.
—Sé que esta situación ha sido muy complicada, Marshall —dijo Alexander rompiendo el silencio que reinaba hace ya varios minutos— tu padre confió y debo decir, acertó en dejarte a cargo de la familia.
—No he hecho nada por la familia. Solo he huido como una vil rata —murmuró asqueado el muchacho.
—No subestimes a las ratas, hijo. Ellas saben cuándo es el momento de retirarse para preservar algo más importante que el orgullo.
Marshall resopló con cinismo.
—Las ratas son ratas, Sr. Alexander. No quiera dotarlas de la astucia que no tienen, pues si huyen es por instinto y no por inteligencia.
—En eso te equivocas, Marshall. El instinto es la astucia del tiempo, generaciones de experiencia camufladas en súbitas corazonadas. Y tu hijo, tienes cientos de años de experiencia ocultos en tu sangre. Los Prince nunca han sido unos cobardes, y tú no eres la excepción. Abre los ojos de una vez.
El joven de oscuro cabello negro guardó silencio. El Sr. Malfoy lo contempló por un instante, y luego se levantó rumbo a una de las estanterías repletas de viejos tomos de libros. Tomó de la más alta algo semejante a una caja. Luego retornó a su lugar frente a un afligido Marshall Prince que elevó la mirada al sentirlo volver al asiento.
—Tómala, es para ti —El hombre extendió la caja hacia el muchacho, y este la aceptó trémulo.
En la distancia, la silueta de dos mujeres se confundía con las flores y las enredaderas que cubrían la totalidad del invernadero. Allí, como cada mañana, ambas se encontraron para desayunar, ajenas a la vida que continuaba afuera de la modesta mansión.
Era una mañana particular, con un nostálgico sol de alborada tibiando el ambiente y una brisa fresca filtrándose a través de las faldas de sus finas ropas. La amalgama de calidez y frescura daba a sus cuerpos la escurridiza sensación de plenitud, esa sensación que por tanto tiempo había escapado de sus vidas.
Quizá por eso, esa mañana y no otra, sucedió por primera vez entre las dos mujeres lo que naturalmente sucede entre dos personas que comparten el tiempo juntas, pero que por alguna inexplicable razón, luego de meses de convivencia, nunca había superado el breve formalismo con el que se reconocieron cuando aquella lejana mañana de enero Agatha Burke llegó a la mansión Malfoy. Solo fue un corto saludo. Pero después de eso, comenzaron a desayunar juntas cada día, como si se tratara de un acuerdo tácito que solo las damas de alta cuna logran pactar sin palabras.
Comenzó por una mirada fugitiva que Agatha dirigió hacia las afueras del invernadero, donde las aguas de un pequeño estanque con algunos patos nadando, se mecían al son de la brisa. Allí, sentado en el césped, un joven alto, de intensos cabellos negros, parecía contemplar absorto la escena.
Agatha creía que la Sra. Prince estaba demasiado ocupada con sus pensamientos, como para notar algo más allá del delicioso olor del desayuno recién hecho, o del sutil aroma de las flores que habitaban el ambiente. Pero cuando escuchó algo parecido a una risita, dio un respingo y desvió la mirada velozmente del objeto de su contemplación. La risilla apenas audible entonces, se transformó en una elegante carcajada que la descolocó. Frunció el ceño y miró fugazmente a la dueña de esa exasperante risilla, Agatha notó que esta la miraba con gesto divertido, agachó la cabeza evitando que el rojo escandaloso que poblaba sus pálidas mejillas fuera acreedor de otra de las descaradas burlas de la mujer.
Y pareció funcionar, la risa de la mujer cesó y la joven elevó su rostro con recelo, preguntándose si quizá Marisell había decidido marcharse y ahorrarle más vergüenzas. Pero no, la Sra. Prince seguía allí, degustando su jugo de arándanos como si nada realmente importara más que descubrir el misterio tras el agridulce sabor del fruto. Agatha la miró extrañada, pero por su bien decidió emular esa misma indiferencia y continuó desayunando, intentando ignorar la mirada que ahora sentía con mayor intensidad sobre ella.
Agatha se atrevió a mirar a su acompañante a los ojos, luego de unos minutos que se le antojaron como horas. Y se sorprendió al topárselos de lleno, fijos e inquisitivos sobre ella. El rojo en sus mejillas de nuevo la invadió, pero no bajo la mirada, pues pudo ver como nunca antes los ojos miel de la mujer. Pocas veces habían cruzado más que una rápida mirada, y de vez en cuando una que otra sonrisa cortés. Así que se dio la oportunidad de detallarlos por primera vez, eran unos ojos vivarachos, casi translúcidos, surcados por filamentos marrones y algunos otros indecisos entre el verde y el azul. Eran realmente bellos y en esencia tal distintos al insondable negro de los ojos de su...
—¿Sabes? No es la primera vez que noto que se te escapa una mirada hacía él —rio suavemente y Agatha se removió incómoda en su asiento— no te culpo, linda, no te avergüences. Admito que puede llegar a ser algo testarudo en ocasiones. Pero sin embargo, es inevitable verlo como ahora, tan profundo, tan calmo, sencillamente bello. Llama la atención.
La joven miró impresionada a la mujer, era acaso posible alguien con tan poca modestia. No era que estuviera diciendo alguna mentira, claro que no, ni mucho menos exagerando, pero acaso esa mujer no conocía la modestia, aunque fuese mera cortesía.
Marisell pareció leer ese pensamiento en los ojos de la joven, y sonrió para sus adentros, Agatha era sin duda una muchacha aguda y perspicaz.
—Sí, tiene razón —le concedió Agatha en un murmullo desviando la mirada.
Un largo silencio se asentó entre las dos mujeres que miraban el estanque meditabundas. De pronto Marisell se levantó y comenzó a caminar en dirección a la laguna. Agatha la siguió con la mirada hasta que vio como la mujer tomaba asiento junto a su hijo. La joven recogió su abrigo y se marchó a la mansión, pues lo supo, su presencia allí ya no era pertinente.
—¡Mamá! ¡Mamá! Mira esto, te lo dije, faltaba poco, lo sabía ¡¿Mamá?!
—Estoy aquí en la sala, hijo.
El muchacho corrió eufórico hacia donde estaba su madre. Los últimos meses habían sido para los Prince una lenta agonía. Encerrados en ese lugar cada día. Confinados como delincuentes a las mismas cuatro paredes, y todo por ese hombre. Por ese monstruo que había acabado con todo su mundo, con su vida. Pero tal parecía que las cosas comenzaban a cambiar.
—¡Mamá, mira, el ministerio de Austria ha sido… —las palabras que Marshall Prince había estado esperando decir, murieron a causa de la sorpresa de encontrar en la sala junto a su madre a una joven. Durante el tiempo que habían permanecido en la vieja casa de los Malfoy, jamás había ido alguien más aparte de Alexander y Septimus, que cada semana acudían a visitarlos. Por esto no pudo disimular su impresión al ver a la delgada chica allí en medio de la sala.
—Agatha, este es mi hijo Marshall —aclaró la Sra. Prince con un tono solemne— Querido, ella es la Srta. Agatha Burke, Alexander la ha invitado a vivir con nosotros.
Marshall titubeó un poco y luego se acercó a la muchacha—. Es un placer, Srta. Burke, bienvenida —la saludó extendiendo formalmente la mano. Agatha la estrechó suavemente.
Un pesado silencio siguió el saludo, hasta que Marisell Prince tomó el periódico que su hijo tenía en la mano. Marshall lo recordó y se giró expectante hacia la mujer.
—¿E… Esto es cierto, Marshall? —preguntó la mujer con voz quebrada. Súbitamente se vio envuelta por los brazos de su hijo quien sonreía radiante.
—Yo te lo dije, mamá, te lo dije. A ese hombre le quedaba poco tiempo —dijo el chico con voz ahogada aún sin soltar a su mamá.
Unos pasos veloces se escucharon y los Prince rompieron el abrazo que los envolvía. Lograron ver fugazmente como Agatha Burke desaparecía por el recodo del pasillo. Madre e hijo compartieron una mirada de desconcierto. Y una intensa sospecha se anidó en el pecho de Marshall, algo en la nueva inquilina no le encajaba del todo.
Unos débiles golpecitos se escucharon contra la puerta del dormitorio. Marshall sabía que era Cloe, otra vez. Cada día, la elfina tocaba a su puerta con el mismo objetivo. El muchacho soltó un suspiro cansino y con un "adelante" indicó a la pequeña Cloe seguir.
—Cloe, no te preocupes, más tarde yo mismo recojo todo esto. De todos modos gracias, puedes retirarte, quizá mi madre o la Srta. Burke requieran de tus servicios —dijo el muchacho mecánicamente sin levantar la mirada del pergamino en el que escribía.
—No… No soy Cloe —susurró una trémula voz desde la puerta—. Discúlpame por interrumpirte, sé que es una indecencia de mi parte estar aquí, pero ha llegado el Sr. Malfoy y tu madre me ha pedido el favor de llamarte, pues precisan hablar contigo a solas —recitó formalmente la muchacha, como si hubiese practicado el mismo discurso cientos de veces antes de atreverse a ir a cumplir la petición de la mujer.
El joven levantó la mirada de súbito y se encontró con la delgada figura de la chica que lo miraba dubitativa. Marshall nunca la había visto como en ese instante, tan frágil, tan indefensa, tan temerosa, y sintió como en lo más profundo de su ser una molesta incomodidad nacía a causa de saberse culpable de su malestar. Curiosamente, en simultáneo, un gusto de poder se asentaba en su pecho y reconoció la agradable sensación del que es consciente de su efecto sobre el equilibrio de otro. Sonrió imperceptiblemente.
—No me incomodas, Agatha. Por el contrario, debo estar agradecido contigo por tomarte la molestia de ponerme al tanto sobre la visita del —dijo Marshall. Agatha no se atrevió a interpretar su actitud, prefería obviar la intimidad y la delicadeza con que su voz pronuncio cada palabra, y también decidió ignorar la mención de su nombre, Marshall jamás se había referido a ella como Agatha, el formal Srta. Burke no se había roto hasta ese momento—. Gracias —concluyó el muchacho con una sonrisa cómplice y salió de la habitación.
Agatha se quedó inmóvil, contemplando el vacío mientras un placentero escalofrió recorría su cuerpo. Una débil sonrisa apareció en sus labios, pero la eliminó tan pronto notó su existencia. No tenía motivo lógico para estar allí, de pie, completamente sola y sonriendo como una adolescente ante su primer amor. Sí, puede que no tuviera más que unos escasos diecisiete años, pero, a su corta edad, la vida ya le había enseñado suficiente como para que una simple sonrisa, y unas palabras bien dichas por parte de un niñato guapo, movilizaran un ejército en su interior. No, eso no era para ella.
Giró maquinalmente sobre sus talones dispuesta a salir de la habitación, pero entonces, una inédita lucidez golpeó su cabeza, y fue consciente del lugar en el que estaba, nunca antes había estado allí. Era, sin lugar a dudas un sitio prohibido y misterioso del cual jamás había tenido otro vistazo más que el que algunas de sus cavilaciones le ofrecían. Sus ojos se bañaron de ansias y miró en derredor lo que aquella oculta habitación albergaba tan celosamente.
Una amplia cama vestida con mantos claros ocupaba el centro del lugar, el cual, estaba ocupado en su totalidad por montones incalculables de pergaminos, montañas de libros y otras tantas más de periódicos viejos eran todo el mobiliario, además de un insignificante escritorio enterrado bajo un aglomerado ridículo de ropa y más pergaminos. Agatha se sintió sobrecogida por la escena y su cuerpo se congeló temeroso de mover algo entre todo aquel caos que se apoderaba de la luminosa habitación. Giró dispuesta salir de nuevo, cuando vio una delicada mesita al costado de la cama, coronada por una caja de madera añeja y desteñida.
Era, allí, en esa mesita, el único lugar donde no parecía existir el caos, y por esto supuso que aquella cajita era algo más que un simple estuche de plumas o un antiguo cofre inutilizado. Sintió la imperante necesidad de acercarse, de espiar el contenido de tan preciado tesoro, pero las dudas impedían que tomara el impulso necesario para abandonar de tajo la puerta y correr hacia la respuesta a sus preguntas. Ese muchacho, taciturno e indiferente, tenía en su opinión un componente enigmático que hasta ese momento se había prometido descifrar, pero que ahí, con la oportunidad plausible entre sus manos, comenzaba a temer descubrir.
Tomó el pomo de la puerta y la cerro sigilosamente. Caminó de puntillas percatándose de no mover nada demasiado y se acercó a la mesita. Su cuerpo bullía de anticipación, y con pulso tembloroso tomo la tapa que cubría el interior de la caja levantándola ceremoniosamente, y lo vio, era él, una fotografía del responsable de todo el infortunio de su sangre, de la desgracia en la que había caído su familia, del motivo por el que se encontraba ahora allí privada de su libertad, temerosa por su vida. Era él, era Gavrilo Princip.
— Srta. Burke, ¿Está ahí?
Nota: Nalny querida AI, espero te esté gustando tu regalo. Sé que es un poco confuso todo, pero te garantizó pronto adquirirá un poco más de sentido. Este capítulo era mucho más largo pero decidí cortarlo, tanto por facilidad al leer, como por un poco de suspenso en la historia.
Espero que para ser mi primer "long-fic", no sea un completo desastre.
Gracias por leer :D tanto a mi AI, como a cualquiera que se haya sentido atraído por la historia nunca contada de los Prince (según mi visión, claro está) Un review no hace pobre a nadie, pero si da mucha felicidad a una esmerada escritora. No importa si es algo negativo, lo sabré afrontar.
Éxitos.
