Uhm, bueno, prometo que ahora lo dejo, ya que no me condeno al publicar esto(?).

Comenzó como una idea random y de pronto le agarré gusto a escribirlo y bueno, esto... es el prólogo de la historia, que irá en secuencias de flashbacks varios. No tiene mayor ciencia que esa; relatar procesos simples.

Lo de siempre, Digimon no me pertenece, es obra de Akiyoshi Hongo y propiedad de Toei y Bandai.


Lo recuerdo como si tan solo ayer te hubiera visto por primera vez… ¿Cuántos años ya? De seguro, muchos, muchos más de los que puedo contar. Y aún así…ah, Miya.

El mundo, paulatinamente, volvía a su relativa paz, todo en su sitio y las cosas se daban perezosamente, como suelen ser los felices días de las últimas etapas de la infancia; que los amigos, las interminables horas de juegos, los primeros cambios, esos que te marcan a fuego para el resto de tus días, esos momentos que ya de adulto deseas revivir con todo tu ser, pero esos días no vuelven más, están allí para que los recuerdes con cariño, para que te sonrías cada vez que uno de ellos hace eco en tu cabeza, así está bien, está más que bien.

Tras un largo de convencer a sus padres, accedieron a que terminara la primaria en la escuela pública de Odaiba, no tenía el mismo nivel de Yamachi, pero al menos ya no estaba solo, tenía amigos y era popular entre las chicas por sus habilidades deportivas, ¡cosas de los once años! Siempre quedaba después de la escuela para hablar con sus amigos, que ir a comer helado o simplemente quedarse hasta el atardecer jugando soccer o alguna cosa así, además que ella iba en lo que su nueva vida de estudiante de secundaria le permitía.

Sin duda Ichijouji Ken recuerda aquella etapa como una de las más dulces, sin más preocupaciones que las de un niño típico de su edad, disfrutando la vida con parsimonia, viendo con tranquilidad como cada día despedía a otro y así, sucesivamente.

Un panorama ligeramente diferente era el de Miyako; primer año de secundaria y las responsabilidades eran mucho mayores, ya teniendo que vestir un dichoso uniforme que, siendo honesta, no mucho le favorecía con esa costumbre de llevar la falda más larga que sus compañeras… se veía demasiado delgaducha en aquel traje verde, pero era un tema más de la edad, no era algo para morir ni mucho menos. Además que así aún se sentía a la altura de sus amigos, aunque la voz de su conciencia repiqueteara por aquel deber acumulado.

Ella estaba en otra edad, esa transición de la infancia a la pubertad, esa que a unas las favorecía y a otras… bueno, a otras no más les llegaba de una manera no muy amable, o sea, ni tiempo de agarrarse del asiento daba y ya las cosas cambiaban ligeramente, un giro de noventa grados (admitámoslo, los cambios radicales son aterradores)… edad del pavo le llamaban otros, así que los últimos meses, entre que los otros pasaban a secundaria, Miyako pasaba mañana, tarde y noche más allá que acá, quizás la temida edad esa llegó antes y… bueno, ya se sabe el resto.

De a poco se fue dando cuenta que Ken era más que un gusto pasajero, más que una atracción infantil o un crush de momento… ¿a ese sentimiento tan raro de tener un enjambre de abejas en el estómago lo llamaban estar enamorada? Por todos los dioses, no es que fuera desagradable, pero tener la imagen en su cabeza de un chico un año menor todo el día, la idea de estar cerca de él y acelerarse… ¡era confuso y vergonzoso! Pero no era precisamente desagradable.


No sólo los niños son inocentes… ¿no crees?

Y así, ahora más rápido, pasaron otros tres años, las preocupaciones pasaban a otros niveles y como que ya nadie estaba para los juegos infantiles, salvo Iori, pero era una cuestión meramente etárea, al afortunado aún le quedaba una pizca de inocencia, solía repetir Miyako, agobiada por estar rindiendo para la preparatoria inminente y tener que decidir prontamente por su futuro, por lo que haría de allí en adelante y el enfrentar sus sentimientos con honestidad. Pero las cosas no salen fáciles cuando eres una adolescente más parte de hormonas que de raciocinio. No, definitivamente no.

Miyako lo sabía muy bien, ya eran años sintiendo lo mismo y sin embargo, poco podía hacer… o la lenta era ella o Ken era demasiado despistado, demasiado bueno o simplemente inocente, pero ya no quería callarse al respecto, era su último San Valentín en la secundaria de Odaiba y era su oportunidad de sincerarse y decirle todo, pero primero debería lidiar con las fans de Ken, se había hecho muy popular dentro de esa secundaria y, realmente, ese montón de chicas resultaba cansino de tratar, se las arreglaría cómo.

O la lenta es ella o el tonto soy yo.

Dejó salir un profundo suspiro, era trece de febrero y las chicas acosaban su casillero desde ya, lo observaban más de lo que solían hacer y no lo dejaban en paz ni para ir al baño; era la misma cantaleta de todos los años, él de milagro solía zafarse del grupo de fanáticas locas. Pero desde hace un tiempo quería recibir sólo un chocolate, que el año anterior le fue dado como el clásico de obligación, el giri chocoreto* pero quería que ella le diera ese chocolate, el preparado caseramente, ese especial. Pero, siendo sincero, era mucho pedir, ¿cómo ella, Inoue Miyako, le daría aquello? Lo sabía, estaba llegando a esa edad en donde toda patito feo pasa a convertirse en cisne, o al menos era lo que Daisuke le repetía seguido. ¿Ella, fea? No le parecía fea, nunca le pareció tal. Quizás de más joven se veía demasiado delgada y aquellos anteojos no favorecían en nada, pero no podía evitar reparar en detalles mínimos, como su mirada tan transparente, su risa fácil, sus manos suaves y delgadas… para él Miyako era un libro abierto, un libro en otro idioma, claro, era una chica muy evidente, pero así y todo él no la entendía bien. O se hacía el desentendido, solía ser impredecible a veces.

Volvió a suspirar, quería dejarle chocolate blanco para el catorce de marzo, claro si es que ella le daba el suyo, pero volvió a negar, eso era imposible. Ya otros comenzaban a mirarla más, casi todos de la misma clase de ella, superiores, quizás ella a uno de esos le daría el mentado chocolate, ya que con algunos se llevaba tan bien, se sentía tonto espiándola sin poder hacer más.

Mejor se iba a casa a estudiar, ¡hasta podía faltar a la escuela! ¡Podía alegar un dolor de cabeza o de estómago! Y así se zafaría de las fans y de verla a ella entregando su chocolate a alguien más, ¡sí! Era una excelente idea, ¿cómo no haberlo pensado antes, Ichijouji? Aunque la idea de mentir no era del todo aceptable, no para él al menos, pero pensó que si se lo planteaba a su madre quizás ella comprendería, después de todo, en los últimos años, había depositado un fuerte grado de confianza en aquella mujer que le dio la vida.

– Ya estás en esa edad… vaya. – Comentó su madre, acariciándole la cabeza con suavidad. Claro que conocía a "Miya-chan", como la apodaban con cariño, aunque fuera algo alocada, le gustaba como posible novia para su hijo, ella lograba sacarlo de su carácter taciturno. – Muy bien, por esta vez te cubro, será nuestro secreto… ¡pero! No quiero que tus calificaciones bajen de 90, ¿de acuerdo, Ken?

– ¡Gracias, madre! ¡Eres un cielo! – Tras besarla en las mejillas se fue a su habitación, a estudiar un poco y ya simularía luego los "terribles dolores de estómago".

Para Kazuhiko no era novedad, su hijo estaba creciendo ya, el único que le quedaba a decir verdad, ¿Osamu se hubiera comportado así ante el descubrimiento del amor? Se encogió de hombros, otra pregunta sin respuesta, debería conformarse con eso. Ken era Ken y estaba feliz, agradecida, que su hijo se estuviera desenvolviendo de manera normal. Sólo suspiró y volvió a preparar la cena, la cual, estratégicamente, Ken no probaría ni por si acaso, para darle "realismo" a su dolor de estómago, pero luego Kazuhiko le llevaría algo de comer, a escondidas.

Y así, a la mañana siguiente, madre e hijo llevarían a cabo toda la escaramuza digna al caso; él supuestamente enfermo y ella preocupada porque tanto él como su esposo deberían trabajar, dejando a Ken solo en casa. Tras que sus padres salieran de la casa, bajó de la cama, fue a darse una ducha y se enfocó en estudiar algo de biología, la asignatura que no llevaba muy bien que se diga. Luego fue a buscarse algo de comer a la cocina y luego volvió a los libros y apuntes, mirando la hora en su móvil, para encontrarse con un mensaje de texto, de un número que se sabía de memoria, Miyako.

«Ken-kun, hoy no te he visto y nadie sabe de ti, ¿estás bien? 3

Si estás enfermo, puedo irte a cuidar…

Hoy particularmente deseaba verte. ¡Sólo dime si no soy inoportuna!

Miyako.»

Sonrió con ternura, ella preguntaba por él, por lo que, ni corto ni perezoso, se dispuso a responderle el mensaje, aunque estuvo en eso de redactar y borrar como cuatro veces, no quería verse urgido por verla ni tampoco sonar demasiado borde, al final reuniendo valor pudo al fin poner algo más o menos acorde a la situación, revisando muy bien antes de enviar.

«Miyako-san, ¡agradezco tu preocupación!

No ha sido nada grave, ya me siento mejor… no es necesario que te molestes ˆ/ˆ

Pero si vienes, eres más que bienvenida. ¡Muchas gracias, de nuevo!

Ken.»

Tras eso, pulsó "enviar", yendo a recostarse a la cama y desempeñando lo mejor posible el papel de "enfermo", apretando la cara contra la almohada, ¡diablos! Estaba que se lo comían los nervios, estaría a solas con ella, ¡aunque fuera un bendito rato! De cierto modo, era agradable sentirse nervioso y feliz a la vez, ¡eso era un avance, ella se preocupaba de él! Sonrió con suavidad ante la idea, dándose una vuelta y agarrando entre sus manos su almohada, pensando en si acaso estaba bien vestido o no, ¡ni que fuera chica para pensarlo tanto! Se quedó largo rato con la almohada contra el pecho, como si ésta pudiera callar los latidos de su desaforado corazón. Pero como no había pasado en mucho, se sentía feliz.


Por su parte, Miyako miraba fijamente el mensaje en su móvil, sin saber reaccionar, ¡al fin le había sacado una respuesta más que cortés, una respuesta amable! Quiso chillar en lo que seguía metida en el cubículo del baño, pero al recordarse rodeada de las fans de Ken, lo mejor era guardar la compostura y esperar pacientemente que dieran las cuatro, horario de salida de clases. Iría sola, desde luego, los demás tenían prácticas en clubes o salidas por ese día, Hikari la enviaba con los apuntes del día (eran compañeros de la misma clase) y ya con eso, más el chocolate preparado la tarde anterior, podía emprender el viaje hasta Yamachi.

El viaje se dio sin problemas, ¡hasta estudiar pudo un poco! Pese a los nervios, lejos de sentirse desconcentrada, se sentía suave, ligera, ¡hasta mimosa! Tenía fe en que Ken le tendría más de una sorpresa. Suspiró pesadamente cuando llegó a su puerta, sujetando su bolso fuertemente contra su pecho; estaba frente a su puerta y era incapaz de siquiera tocar el timbre, ¡qué bobería! Tras inhalar fuertemente, tocó una vez, esperando con suma paciencia, enfundada en su abrigo azul oscuro y una larga bufanda blanca para hacerle frente al frío. ¡Hasta se había puesto un poco de brillo labial! ¡Nada podía salirle mal!

– ¡Miyako-san! – La recibió el menor, sonriendo aliviado de verla sola, mientras se hacía a un lado y le ofrecía un par de zapatillas de casa. – Mi madre me dejó algo de cocoa instantánea por si me sentía mejor, ¿quieres probar? ¡Tiene trocitos de avellana!

– Uhm, pensé que me hallaría a un Ken casi muerto por un dolor de estómago, pensé que era más grave… – Comentó ella, quitándose el abrigo y yendo adentro con él.

– Supongo que es estrés, Miyako-san… – Repuso el chico, con suavidad. – Sí, estrés… ¡Ponte cómoda, por favor!

Así lo hizo, mientras tomaba asiento y sacaba los apuntes y el chocolate, dispuesto en una cajita roja con moño verde de líneas púrpura. Esperó aún, moviendo las piernas nerviosamente en lo que el ojiazul llegaba con dos tazones de cocoa, sonriéndole amablemente, esa sonrisa ocasional que la dejaba completamente embobada…

– ¿Eso qué es, Miya-san? – Preguntó el muchacho, tomando la cajita con cuidado entre sus manos.

Al formular él esa pregunta, tuvo la impresión de que el corazón se le saldría por la boca por un momento, tuvo que soltar hasta una risa torpe para ocultar el enorme nerviosismo, era la primera vez que daba ese chocolate a un chico. Le miró bastante seria y extendió también una carta en sobre color amarillo claro, poniéndose de pie, depositabdo el sobre gentilmente en su mano y tras tomar aire, le sonrió con suavidad.

– Quiero que mis sentimientos llegue a ti, Ken, a través de ese chocolate que hice con mucho cariño y dedicación… ¡No es necesario que me respondas ahora! Incluso, puede que mañana te encuentres con muchos otros y… – Fue interrumpida, las cálidas manos del joven peliazul sostenían las suyas, sus labios dibujaban una suave sonrisa.

– No quiero otro si no es el de Miya. Ya lo decidí, no quiero otro si no es el tuyo. Es lo más cliché del mundo declararse en días como estos, pero… puede que Miya-san, no, Miyako, me guste. Y que me guste mucho. Puede que ame todo de ella, desde su risa, sus gestos hasta su carácter. – Tomó la caja, apegándola contra su pecho un momento. – El mes que viene, yo te debo chocolates blancos, espero salgan bien.

Entre el shock y el alivio, la pelivioleta sólo pudo sonreírle, sus ojos ámbar brillaban como nunca y realmente se hubiera puesto a chillar y dar saltos si él no estuviera al frente. El joven, por su parte, sólo la abrazó despacio por la cintura, besando la comisura de sus labios primero, luego sus labios, de manera corta y casta; al menos había dado su primer beso a la chica que realmente quería, ¿no? Luego la miró con una sonrisa tenue, ordenándole los lacios cabellos.

– Deberías decirme ya dónde quieres que vayamos en marzo, Miyako… – Volvió a sentarse, obligándola a ella también. – Si quieres ir a ver una película o algo por el estilo, ir al parque de diversiones o así, ¡tú decides! ¡Tú eres la princesa de ese día!


– ¡No puedo creer que hayas comenzado con un apodo tan cursi, Ken! ¿Princesa? ¿En qué pensabas, hombre? – Ahora, mientras tendían la cama, la mujer reía divertida, mirándole con una ceja arqueada.

– ¡Tú no te quejabas! – Argumentó él, negando con la cabeza. – ¡Pero! Jamás había comido un chocolate tan delicioso como aquel, en serio, se notaba que habías puesto tu corazón en él, no me explico de otra forma su sabor tan dulce, Miya…

Se miraron otra vez, dejando la cama a medio tender y volviendo a estirarse allí, al menos ahora andaban vestidos, ella con unos tejanos viejos y una sudadera de él, él con buzo, seguían tendidos en cama, riendo de todo aquello, de cómo había partido su relación, con sus cosas buenas y sus cosas malas, ¡al fin y al cabo siempre se habían querido así!

Más que un domingo, era un domingo para recordar.

Recordar como se volvieron fuertes, fuertes gracias al amable amor, lleno de pureza que siempre se profesaron. Si llevaban la cuenta, desde ese día, juntos hacían algo más de siete años y uno de comprometidos, sabían que pese a todo, no habría otras personas en sus vidas, siquiera por "probar"; no, seguirían así.

Porque sólo esa pequeña mano bastaba para volverlo el hombre más fuerte del mundo.

Porque sólo una sonrisa bastaba para hacerla la más aguerrida mujer que haya pisado la faz de la tierra.

Dios en su cielo y todo en el mundo está bien.


N/A: ¡Deberían darme un bitchslap o algo! ¡Pero no pude contenerme, les juro que no pude! Una voz malvada me gritaba "¡Olvida que tienes que trabajar y escriiiibe!" y bueno, de milagro tenemos el primer capítulo hecho en... ¿tres horas? Bueno, subo esto en lo que me voy a trabajar ;; llegaré a dormir, ¡les juro! El siguiente narrará más en profundidad su relación, los problemas y todo eso c:

Francamente no sé, escribí esto bajo los efectos del no dormir bien, preocupada por el trabajo, pero ¡ruego a Yggdrasil que no la haya cagado!

Ya lo saben, sus reviews son mi sustento... digo, son mi fuente de mejoras ^^Uu sí, eso. (?)

¡Gracias por leer!

HikariCaelum: Agradezco tu review, los comentarios y todo, ¡qué bien que pude transmitir lo que deseaba! ¡Espero no defraudarte~!


* Giri chocoreto: Chocolate que las chicas suelen regalar por "cortesía" u "obligación" a sus amigos varones durante San Valentín. Este chocolate suele ser comprado.