"Ella se ríe otra vez. ¿qué he hecho yo ahora para evocar en ella una fantasía graciosa? Pero bueno, mal por ella, a mí no me preocupan las secuelas. No sé qué parte de mi ser consumido en lepra es para ella un espectáculo tan fantástico, ¿pero que estoy diciendo?, lo lamento, es mi culpa. Es de locos exponerse de manera inútil" pensaba Dipper al oír a su hermana reír de manera torpe. Mabel en ningún caso pensaba en él o en las muecas que conscientemente hacía. Ella no estaba en ese instante dentro de ese autobús a su lado, estaba afuera en la faz nocturna, maravillándose de la belleza del camino bajo la luz de la luna. ¡Que exhibición más bella era la que daba la naturaleza esa noche! La luna estaba en cenit, llena y luminosa; el camino oscuro permitía apreciar su estela en plenitud.

Los arboles bañados en esa luz blanca y etérea y el viento que movía sus hojas invitaban a todos los que observaran el espectáculo a ser parte de él. Mabel, quien nunca fue reacia a la fantasía, pronto se vio a ella misma convertida en fuego fatuo volando a través del bosque, esquivando con rapidez los troncos de los árboles, embriaga por esa Ambrosía que eran los rayos refulgente de la luna. Dipper, por su parte, no era tan bueno yéndose como su hermana. Le costaba jugar ese juego, juego en el que Mabel era perita y maestra; ahí mismo le estaba dando una cátedra magistral, Dipper se preguntaba "Estará jugando el juego?" Bien sabia él la respuesta, sin embargo, prefería no asumirlo. El hecho de que su hermana le superara en algo le humillaba; él era el mejor de ambos, debía serlo. Él era inconscientemente un machista, no podía evitarlo, más aun si se trataba de su hermana

"Esa pequeña boba" decía para sí "no puede ir más allá de eso; lo que sea que haga debe ser igual de bobo que ella, ¿por qué debería yo interesarme en ello? Tengo mejores cosas en que pensar" Y a pesar de esto, a pesar de todos sus razonamientos, no podía sustraerse de esa escena, de esa maravillosa escena, de esa visión apabullante que es ver a un ser querido irse más allá de lo que nosotros podremos ir nunca y Dipper bien lo sabía, más, se preguntaba otra vez "¿Estará jugando el juego?".

La fantasía y pensamientos de ambos se vieron turbados al pasar el bus sobre un bache en el camino. El remesón devolvió a Mabel a la tierra. Miró entonces por la ventana, para percatarse de que la luna, su querida luna, se movía a su lado, como si cabalgara en su búsqueda, como si ella la quisiera de nuevo en su reino fantasmal, que revelación más asombrosa. Movió lento su rostro hacia el de su hermano y para no despertar al resto de los pasajeros que les acompañaban, le susurró dulcemente en el oído

—Mira por la ventana Dipper, nos persigue la luna.

Dipper, por supuesto, no se inmutó. Sabía él perfectamente que no era más que una ilusión, que no era la luna que se movía, eran ellos nada más. Dipper puso tono severo y respondió a su hermana

—No me cabe en la cabeza que creas ese tipo de sandeces. A tu edad ya deberías saber que no es la luna la que se mueve, eres tú.

Mabel también estaba consciente de esto, pues era obvio. Más ahí estaba la diferencia clave entre ambos: uno se aferraba a toda costa a la realidad, mientras la otra prefería abandonarla cuando más le pareciera. Mabel volvió a su sitio, se arregló el cabello y respondió entonces a su hermano

—Buscas siempre la explicación aburrida a las cosas, quizás si no intentaras hacer calzar todo en tu cabeza tan cuadrada, podrías disfrutar un poco de la belleza de lo cotidiano. Puede que tu veas a la luna inmóvil, más yo la veo como un cazador furtivo, como un amante que discretamente persigue a la amada que ha perdido y que a pesar de su constancia y de su ahínco jamás lograra alcanzarla"

—Piensa lo que tú quieras —respondió en tono soberbio Dipper—. Pues yo solo digo la verdad, allá tú si la consideras aburrida.

Mabel prestó poca atención a esto último. Habia pasado de arreglar a jugar con su cabello, sus dedos se habían enredado entre las copiosas fibras de pelo que tenía su cabeza, la pose estrambótica que esta situación dio como resultado fue suficiente como para hacer que Dipper soltara una carcajada. En ese mismo instante una señora de arrugada semblante emergió por encima del respaldo del asiento que estaba delante de Dipper. Si ya el tono de la conversación de ambos hartaba a la octogenaria, esta risoteaba había colmado su corta paciencia. Con el ceño bien fruncido exigió al par de jovencitos que cerraran el pico. Dipper obedeció sin chistar, pero Mabel prosiguió con su contienda contra su enredada cabellera, sin hacer mucho caso a las exigencias de la vieja. Una vez liberados sus dedos intento reabrir la conversación.

—Piensa, Dipper, vamos a un pueblo en mitad de la nada. Si no eres capaz de entretenerte con lo que sea, acabaras pudriéndote en tu aburrimiento.

—Ya es tarde Mabel, dejemos esto para mañana, quiero dormir — Dipper respondió rápido y en voz baja. Extraño le pareció a ella esta petición, pues a Dipper siempre tomó por noctambulo. No habrían sido más de las diez de la noche, y Dipper acostumbraba incluso a no dormir.

"¿Que le habrá pasado?" dijo para sí Mabel. Pronto saco ella misma sus propias conclusiones y de manera condescendiente declaró:

—Muy bien Dipper, vete a donde sea que puedas soñar, pues yo puedo hacerlo aquí mismo.

Dipper no hizo caso. Mabel volvió su visión a la ventana y nuevamente, como habia hecho antes salió del plano común de los mortales. Dipper pronto se quedó dormido.