Cuando los demonios sienten
Cap. 2
"Su mirada azul, impregnada de ira, se clava en ese mar oscuro, completamente lleno de cadáveres putrefactos. Miles de demonios emergieron del agua, se acercaron hasta lamer su miembro estrujado por esas extremidades sucias y húmedas. Entonces, el dolor aumenta, con el metal sonando sin compasión dentro de su cuerpo. Gime, aguanta las lágrimas, pero la humillación es enorme:
-¡Perdónenme!-grita desesperado, hacia el cielo rojo, esperando que sus padres escuchen su última petición."
-¿Qué…?-fue todo lo que dijo ante esas palabras, y esa mirada cansada pero pacífica.
Dante no supo qué hacer, aquella pregunta lo aturdió a tal punto que no podía reaccionar:
"¿Estás jugando de nuevo?"
Vio a su hermano tratar de incorporarse, pero esa bola de cadenas que aprisionaban sus manos lo impidió. Entonces, su rostro, como un reflejo de él mismo en el espejo, se tornó en desesperación y miedo. Algo que vio el día en que lo tomó por la fuerza:
-¡¿Qué…?!-emitió en medio de su crisis-¡¿Qué es esto?!-gritó atemorizado. Había despertado con la mente en blanco, encontrándose aprisionado y desnudo en esa cama, con un completo extraño frente suyo. Vergil no sabía cómo reaccionar, pero su instinto de guerrero seguía ahí, alertándolo del enorme peligro que corría- ¡¿Quién demonios eres?!-Dante volvió a la realidad de golpe, enfurecido, si su hermano quería jugar con él para escapar, entonces no caería para nada. Se acercó a pasos largos, tirándose sobre él para inmovilizarlo, haciendo que un gemido de dolor escapara de los labios del mayor:
-¡¿A qué demonios estás jugando ahora, Vergil?!-exigió sin ningún reparo, abriendo sus piernas lo más que pudo. Bajo sus manos, el cuerpo de su hermano tembló con fuerza, claramente aterrado. Una actitud que no era normal en él. Dante tuvo que reconocerlo, la única vez que vio a Vergil así fue ese día, la primera noche en que se internó dentro de su ser, y él, a mitad de la extensa noche, uso toda su voluntad para lucir lo más indiferente posible. No entendía nada. ¿Acaso Vergil se había cansado de fingir que no le importaba?
-¡Basta! ¿Quién eres?-el cazador abrió los ojos confundido, parando todos sus movimientos de golpe-¿Quién eres?-
-Vergil…-susurró extrañado, sus ojos azules, del mismo color que los propios, dejaban ver la chispa del miedo puro, de la agonía. Esa que surge cuando la oscuridad más peligrosa, aquella que proviene del alma destrozada, supera cualquier indomable voluntad. El impacto de su descubrimiento le provocó un sobresalto, que lo apartó de su tesoro más grande, y apenas lo podía digerir. Retrocedió, con ese cuadro pecaminoso luciendo ante él, recordando todo lo sucedido.
Vergil se mantenía quieto, sin despegar los ojos de aquel desconocido, esperando cualquier ataque de su parte. La situación completa le hacía pensar mal de ese sujeto. Dante lo analizó, en verdad que su hermano mayor lo veía con rechazo, y sumamente extrañado. Entendió que no estaba jugando ni fingiendo, y la información completa sobrecargó su mente, hasta el punto en que tuvo que retirarse de ahí en silencio, pese a los reclamos del otro por mantenerlo en esa posición tan incómoda.
Lady miraba el anuncio como si fuera uno de los demonios más grandes que hubiese enfrentado en sus primeros años de cazadora, cuando su padre aún estaba vivo. Llegó preocupada por la distancia penetrante y profunda que Dante había puesto desde un par de meses atrás. Ese día lo encontró borracho, más de lo normal, delirando cosas sin sentido que oyó perfectamente, pero quiso ignorar, y aunque trató de hacerlo levantarse o que descansara, el hombre se negó con brusquedad. Con la ira quemándole a través de la piel bronceada, Lady fue arrastra hacia la salida del lugar, con la fría advertencia del mayor. En ese momento, tomó la amenaza muy en serio, y se fue de ahí dispuesta a no volver, creyendo que él llamaría después para disculparse. Más no fue así.
En medio de todos esos recuerdos, a la chica le tomó su tiempo notar que la puerta se estaba abriendo, y por un susto momentáneo, saltó hacia el techo para que no la vieran como si fuera alguna especie de criminal. Vio con interés a Dante, y se extrañó mucho, ya que no llevaba su típica sonrisa ni ese aire despreocupado tan común en él. Iba decaído y muy callado.
Decidió seguirlo. Tras unos minutos a pie, el hombre llegó a una farmacia vieja, cuyo aspecto daba la falsa idea de que había sido abandonada hace mucho. Se asomó por una de las sucias ventanas, con cuidado de que él no la viera, y logró distinguir lo que estaba pidiendo: vendas, alcohol, medicinas y toallas. Para un demonio como él, que sanaba bastante rápido, aquellos artículos eran innecesarios. Así que, Lady optó por no cruzarse con él para averiguar el motivo de adquirir tales cosas. Se escondió de nuevo para perseguirlo de vuelta, hasta que cerró la puerta del local. Ella miró la madera, luchando por tomar una alternativa. Entrar para descubrir por qué andaba tan raro, o esperar a que él fuera por su ayuda. No escogió ninguna opción, y se retiró irritada. Dejando que el tiempo, el destino o el orgullo de macho ignorante que tenía Dante decidieran por ella.
La llave estaba tan cerca de la cerradura, pero él aún no tenía las agallas para entrar. Como su sangre de demonio no cumplía con su trabajo, Dante salió a comprar lo necesario para curar a Vergil. En el camino pensó sobre el asunto. ¿Desde qué instante perdió la memoria? ¿Cuánto había olvidado? Y más importante aún, ¿Debía creerle? Seguía pensando en una posible treta para regresarle el favor, asique tenía que andar con cuidado.
Finalmente, dejó de sentirse patético y entró a la habitación. Sus manos se volvieron gelatina ante lo que vio, dejando caer todo al suelo, y salió disparado hacia su hermano. Vergil convulsionaba sin parar, su cuerpo tembló con tanta fuerza que las patas de la cama, ya debilitadas por los encuentros anteriores, cedieron. Se mantenía boca abajo, probablemente sin desearlo, mientras la sábana manchada con sangre se cundía con vómito. Dante sostuvo su espada, destrozando las cadenas con un solo movimiento, ya la arrojó lejos. Se aproximó a toda velocidad, hasta sostener con todo el cuidado del mundo el cuerpo de su hermano mayor. Entre sus brazos podía sentirlo vibrar, con los ojos en blanco, y su boca exhalando el líquido vital:
-¡Vergil!- lo llamó, dándole palmadas en el rostro para hacerlo reaccionar, pero no funcionó. Lo agitó pero tampoco conseguía que se detuviera. Se desesperó tanto por verlo así, que lo apretó con fuerza para que el cuerpo débil se calmara. Lloró histérico, porque sabía que todo eso era su culpa, ¡¿Por qué carajos no se contuvo a tiempo?! Tenía miedo de perderlo de nuevo. La sola idea le daba ganas de pegarse un tiro directo a los sesos.
"Ríos de sangre paseándose alrededor de su cuerpo herido. Sus piernas flexionadas, con cortes y mordidas. El amuleto azul manchado con rojo y blanco, mientras el cielo resplandecía ante sus ojos en una oscuridad contagiosa. El dolor fue demasiado. No supo en qué momento gritó, lloró o se desplomó, pero eso era todo. Quería volver con su familia, necesitaba que él aliviara su alma rota. Quería estar con Dante"
Sus ojos se abrieron de golpe en un intento por desaparecer aquella tétrica visión. Sentía los brazos y las piernas pesadas, la boca llena de un sabor desagradable y el pecho oprimido. Respiró con fuerza, desesperado por aliviar ese nudo en su garganta, y cuando se calmó, lo vio. Aquel sujeto extraño lo sostenía con calidez en sus brazos, llorando con una sonrisa ancha en su cara. Se sintió asustado, pero esa expresión no era de maldad, sino de alivio. Susurro algo que no entendió bien y sintió sus lágrimas bañando su cuello, abrazándolo con tal necesidad que le dio pena. Tras un buen rato así, el tipo se sacó la gabardina roja, cubriendo su cuerpo con ella, y lo levantó con cuidado. Recorrieron un largo trayecto, con escaleras y pasillos, hasta que se detuvieron frente a una puerta de madera. Pensó que iba a ponerlo en otra aparente prisión, más no fue así. El cuarto era bonito, iluminado y limpio, a diferencia del otro. Lo dejaron en la suave cama y el tipo se retiró un poco indeciso. Aunque no fue por mucho tiempo. Al regresar, traía en sus manos muchas vendas, algunos líquidos y toallas. Supo que deseaba curarlo.
Sus dedos sintieron los escalofríos recorriendo la piel tersa de su hermano. Frotó su espalda para calmarlo un poco, y lo limpió con prudencia. Vendó su torso magullado, los brazos y la pierna derecha. Cuando terminó, lo recostó de nuevo, cubriendo su cuerpo con la sábana, mirando hacia cualquier otro punto del lugar para no sentirse excitado. Se levantó con miedo de que, al regresar, encontrara la misma escena, y se fue con toda la rapidez que poseía hacia la cocina. Por suerte, tenía pizza guardada de la noche anterior. La calentó, y la llevó hacia su cuarto. Abrió la puerta de golpe por si necesitaba entrar rápido, pero lo encontró tranquilo:
-Eh… Traje comida-su hermano lo miró en silencio, e intentó sentarse de nuevo, pero Dante corrió a ayudarle. Sonrió al verlo comer con ansias, enamorándose cada vez más. Como si lo hubieran dopado, el joven Sparda no vio cuando su mano se posó en su mentón, levantando la mirada del otro. Esos ojos azules, hermosos como joyas, los mismos que él tenía. Dante se hundía en ellos, perdiéndose con gusto en ese oasis que era su propia sangre. Se acercó, anhelando sus labios dulces, pero Vergil no lo permitió y se echó para atrás intimidado. Dante lo vio con sorpresa, lo había asustado:
-Disculpa, Ver-dijo alejándose lo más que pudo- Discúlpame por todo-
-¿Por qué me llamas así?-el menor lo miró sorprendido, su seriedad le indicaba que esa pregunta era en serio:
-¿No recuerdas tu nombre?-cuestionó de golpe, provocando que él hiciera una mueca de fastidio, las que siempre le habían gustado:
-No…-susurró con su voz grave, esperando que no volviera a preguntarle nada. Dante se acercó de nuevo, con velocidad. Tocó su pecho mientras tomaba su mano derecha y la colocaba en su torso desnudo. Los latidos de ambos se conectaron, como lo hacían desde el vientre de su madre:
-Vergil…-dijo acariciando su mejilla con delicadeza-Ese es tu nombre-el mayor parpadeó confundido, repasando esa palabra en su mente, pero simplemente, no la sentía nada especial o importante. Se supone que un nombre debe darte algún sentimiento, ¿no? Aun así, la boca de ese sujeto lo descolocó a engullir sus labios. Los brazos fuertes se cerraron en su cintura, dándole profundidad a ese beso tan ansiado. Vergil, molesto por la intromisión a su espacio personal, golpeó su pecho hasta que lo alejó de un empujón:
-¡¿Qué crees que haces?!-gritó sumamente furioso ante aquella repulsiva acción. Asco, odio. Ese sujeto parecía ser experto en transmitir aquello. En medio de ese silencio incómodo que precedió a la metida de pata que Dante pegó, el cazador alzó las manos en señal de paz, para que el otro viera que ya no pretendía nada. Sin embargo, la sola idea le dio tanta risa, más aun, al recordar los momentos en que, de pequeños, le hacía bromas pesadas a su hermano mayor y este le obligaba a mostrarle sus manos para no acusarlo con su madre. Vergil lo miró como si el tipo hubiera enloquecido por completo, y se preguntó si sería arriesgado tratar de escapar en su condición actual-De… ¿De qué te ríes?-
-De nada…-respondió mientras se limpiaba las lágrimas, pero apenas y podía aguantar la risa:
-Tsk… Insensato-murmuró el mayor fastidiado, tratando de ignorar ese semblante lleno de felicidad que hacía ver a su anfitrión como un completo tarado-Aún no me has dicho tu nombre- el cazador se quedó estático. ¿Le afectaría si le dice su nombre? ¿Qué pasará si lo termina recordando? ¿Tendrá que volver a atarlo y poseerlo sin su permiso? ¿Viviendo el resto de sus vidas en ese círculo vicioso lleno de odio, pecado y destrucción?
-Ammm…-exclamó inseguro. Si tenía que hacerlo, que fuera de una buena vez. Más le valía armarse de valor para cargar con las consecuencias de pensar con sus bolas y no con la cabeza. Así que, con una mirada extremadamente seria, murmuró la palabra-Dante…-
"Dante…Dante… Dante es el culpable…Dante debe morir…Dante debe arder en las llamas de la crueldad y la desesperación…Dante…Debo salvarte, Dante…"
Vergil lo miró, asimilando la palabra, pero su cerebro parecía reaccionar igual que con su nombre, o sea, indiferente. Su cabeza estaba en blanco. Miró hacia otro punto perdido de la habitación, la angustia de no saber quién era o qué hacía ahí empezaban a aturdirlo y no quería mostrarse así ante el otro. ¿Por qué? No tenía ni idea:
-Qué nombre tan tonto…-su respuesta fue un calmante poderoso. Dante pudo darse el lujo de sacar el aire tenso de su cuerpo y respirar tranquilo. Se llevó las manos a la cabeza, estirando su espalda, mientras pensaba en cómo podía actuar de ahora en adelante. Primero tenía que llevarlo con algún doctor, curandero, lo que sea. Con su cuerpo maltrecho y sus poderes nulos, no sabía cuánto tiempo tardaría en sanar, ni qué tanto podía durar esa amnesia tan profunda. Días, semanas, años, ¿toda la vida? Si ese era el caso, entonces, ¿podría cumplir su sueño más anhelado? Vivir el resto de su existencia a su lado, despertar cada mañana con él en la misma cama, ver envejecer a los humanos que conocía mientras tomaba su mano para siempre.
Entonces, ese último pensamiento lo preocupó. Sin sus poderes, no era seguro que Vergil pudiera vivir tanto tiempo. Probablemente, su lapso de vida había sido reducido al de un humano normal. Se aterró. No podía permitir eso, no deseaba ver que el mundo lo marchitara por completo. Debía hacer algo. Además, y lo más importante, tarde o temprano Vergil vería su rostro, y entendería que ambos tenían más en común que el carácter. Se levantó de golpe, sorprendiendo un poco al otro, quien no podía evitar estar alerta a esa figura llena de energía.
Se quedaron así por un largo rato, hasta que lo sintió. Arcadas impetuosas azotaron su garganta, Dante pudo verlo con claridad y lo ayudó a levantarse, guiándolo al baño lo más rápido posible. Al llegar, Vergil se lanzó al lavabo para devolver lo ingerido junto con un líquido amarillento, recibiendo palmadas suaves por parte del menor. En medio de toda se esa faena, Vergil se vio al espejo. Su rostro se contrajo en una mezcla de absoluta sorpresa, y giró violentamente hacia Dante. Sus rostros, sus ojos, el cabello, eran exactamente iguales. ¿Por qué? ¿Por qué ese tipo tan estúpido tenía su cara?
"Dante…Dante…Dante… Perdóname…"Su cabeza recibió unas punzadas horribles, como si alguien estuviera taladrando su cerebro con clavos de 20 centímetros de largo. Las náuseas se intensificaron y el lugar entero lo mareaba:
-Dan…Dante…-lo llamó sujetando su gabardina con furia. El menor supo qué había pasado, sus sospechas terminaron cumpliéndose, ahora iba a enfrentar la rabia tan poderosa del mayor. Sin embargo, en vez de golpearlo o iniciar una pelea, el cuerpo debilitado del Sparda mayor colapsó, haciéndolo caer. De no ser que Dante fue más rápido y logró atraparlo en sus brazos antes, Vergil se hubiera llevado un golpe tremendo contra el piso:
-¡Vergil! ¡Vergil!-lo llamó desesperado, sumamente preocupado por ver que no abría los ojos. Y se percató de ese gesto lleno de tristeza que inundaba en rostro de su hermano, tristeza combinada con dolor. No entendía nada. Movió la cabeza, despejando las dudas de su mente, y se incorporó. Sólo había una persona en quien podía confiar, aunque fuera más demonio que él mismo, pero no tenía más opción. Buscó ropa, lo vistió rápido y salió disparado hacia aquel sitio, ignorando esa voz del mal que le advertía lo frío que estaba el cuerpo de su hermano. Frío de muerte.
"Mundus lo quiere", soltó una voz femenina en la lejanía:
"Pero no lo tendrá", afirmó su amo, haciendo que ella se inclinara:
"Por supuesto que no, mi señor. Yo me encargaré…", el sujeto sonrió con malicia. Tanto su objetivo como la preciosa carga que llevaba en su cuerpo le interesaban. Al fin y al cabo, necesitaba un heredero, y a un consorte:
"Más te vale no fallar""No, mi señor. El otro no se ha dado cuenta ¡Es tan tonto! Así será más fácil conseguirlo", se levantó, mostrando sus manos suaves y delgadas, repletas de garras afiladas y dedos deformes, "Mi especialidad es domar a aquellos que han quedado preñados. Él es fuerte y podrá soportar esa tarea, pero no lo lastimaré, sólo se lo traeré al nuevo rey del inframundo".
La risa estrepitosa de aquel horrendo ser cubrió el oscuro lugar, alentando a las flamas a danzar por la futura victoria de su señor, mientras ella sonreía con crueldad, mirando a Dante tan concentrado que no se percató de aquella chispa de energía pura que destellaba en el cuerpo de Vergil.
Continuará…