Gimió cuando su espalda chocó con fuerza contra la puerta y sintió como unos feroces labios callaban su queja en seguida. Sentía unas manos sedientas pasearse por su cuerpo como si fuese un manantial de aguas puras. Un oasis en mitad del desierto más árido. Con fuerza, la obligó a girar su cuerpo, poniéndola de frente a la pared. Apartó el pelo arreglado a conciencia de aquel impoluto cuello y se dio el gusto de besarlo con sensualidad después de una velada entera deseándolo.

Draco Malfoy nunca se imaginó aquella mañana al despertar, que terminaría en aquella apasionada situación con precisamente la mujer que más odios despertó durante su adolescencia. Aquellos eran otros tiempos, donde la sombra de su padre era demasiado alargada para llenarla siquiera, donde se sentía el rey, siendo el más estúpido de los vasallos, siervo de sus ideas que se sostenían en la cuerda más floja que jamás se vio. La guerra había hecho mella en él, los años pasados habían ayudado, y la pérdida de la que se convirtió poco a poco en su mejor amiga había terminado de darle el mazazo emocional que le hizo darse cuenta que la vida es efímera y que hay que vivirla tal y como nosotros deseamos, tal y como nos apetezca.

Así pues, se encontró en un ascensor atascado pidiéndole una cita a la mujer que ahora mismo tenía entre su cuerpo y una puerta. La puerta de su casa en el Callejón Diagon.

Tras la guerra, los juicios a los que fue sometida su familia, terminaron por dejarles sin buena parte del patrimonio del que tanto se vanagloriaban. Narcissa Malfoy decidió quedarse en Malfoy Manor pero Draco fue otra historia. Se negaba a permanecer en una casa que había visto tantos horrores, una casa que hacía mucho tiempo dejó de sentirse un hogar. Se compró una pequeña casa, donde terminó viviendo con su fallecida esposa, Astoria Greengrass, en el Callejón Diagon, lo más apartado posible de aquella estatua del salvador del mundo mágico que le recordaba diariamente a su paso por allí, los múltiples errores que había cometido a lo largo de su vida y allí había visto pasar los años hasta el momento que vivía en aquel preciso instante.

Abrió aquella puerta con dificultad, con su cuerpo pegado por completo a la retaguardia de su compañera. Hermione no pudo más que admirar el buen gusto y la belleza que rebosaba aquel lugar.

El salón era amplio, con un gran sofá y dos butacas frente a él de color gris marengo. Una alfombra persa, tal vez de un tono más oscuro de gris, se acomodaba en el suelo entre los sillones y una elegante mesa baja de café hecha puramente de cristal terminaba el conjunto. Al fondo, había una imponente chimenea. El suelo de baldosa blanca le daba más amplitud a la estancia y el gran ventanal dejaba entrar las luces de aquella bulliciosa calle de una forma que a Hermione le pareció mágica.

Se quedó mirando hacia fuera y Draco enseguida notó que ella no estaba correspondiendo a sus atenciones. Se apartó levemente de ella y la observó. Aquella noche, Hermione le sorprendió pues, aunque hacía tiempo que ella había cambiado sus costumbres a la hora de vestir, a él no le era algo común y tuvo que contenerse la mandíbula cuando Hermione apareció y esta quiso caer hasta el suelo.

Había alisado por completo la melena que Draco recordaba, enmarañada, se había puesto un sencillo pero elegante vestido negro que tenía un escote asimétrico, siendo un lado con escote corazón, profundizando entre sus pechos, y el otro formándose como único tirante del vestido. Era ceñido hasta casi las rodillas y nunca una mujer le había parecido tan sensual como ella esa noche. Llevaba unos stilettos rojos, bastante altos, que hacían juego con el color natural de sus labios pues, como averiguó un rato después, no llevaba ningún tipo de maquillaje en la boca que le otorgase aquel tono. Se maravilló con el detalle de que ella solo llevase un poco de máscara de pestañas, porque con tan poco, lo había deslumbrado por completo.

Sin pretenderlo, su mano se alzó y suavemente acarició la mejilla de Hermione. Ella giró su rostro en su dirección y en sus ojos, un brillo especial se formó. El corazón de Draco se encogió cuando Hermione le sonrió. Había visto miles de veces su sonrisa dedicada a otros, una sonrisa llena de calidez, de cariño… Una sonrisa que era hogar. Y esta vez, esa sonrisa era solo para él.

La acercó a su cuerpo, tomándola con ambas manos por la cintura. La besó una vez más, lamiendo aquellos labios llenos que lo estaban volviendo loco. Introdujo su lengua en su boca, reconociendo aquella cavidad, y se encontró rápidamente con la lengua de ella, que le instaba a una batalla demencial. Hermione pasó sus manos por su cuello e hizo presión para acercarse aún más en aquel beso.

Draco bajó sus manos por su espalda hasta llegar a su trasero, tiró poco a poco de la tela del vestido, enrollándose en las caderas femeninas. La tomó en el aire, pasando sus manos por debajo de su culo y ella enlazó sus piernas alrededor de él. Sin dejar de besarse se dirigieron hasta el dormitorio.

Al llegar, Draco la dejó suavemente sobre la cama y ella se sentó en el borde, con sus piernas abiertas, teniéndolo entre ellas de pie, mirándola de una forma que sintió que su cuerpo era de cera y la mirada de Draco un incendio derritiendo todo a su paso. Él se quitó la americana negra que llevaba para aquella ocasión y Hermione le empezó a desabrochar los botones de la camisa de igual color, pero sus dedos temblorosos le estaban sacando de quicio y Draco terminó por arrancársela directamente, dejando un torso pálido y libre de pecas, lunares o manchas que le dio la bienvenida.

Ella pasó sus labios por sus pectorales, bajando por el abdomen y enviándole descargas por todo el cuerpo a Draco con aquellos inocentes movimientos.

Lo estaba consumiendo.

La puso de pie y le terminó de quitar aquel maravilloso vestido con cuidado de no romperlo en el proceso. En futuras ocasiones, le gustaría volverla a ver con él puesto.

Le sorprendió gratamente encontrarse con que Hermione se había guardado toda la coquetería debajo del vestido, llevando un sujetador corsé de encaje rojo y un pequeño culotte a conjunto. La miró con esa sonrisa ladeada que siempre fue su sello de identidad y ella se sonrojó hasta el punto de equiparar al color de las prendas. Se separó unos pasos de ella, sin soltarla de la mano, y la admiró. Hermione se empezó a reír y se mordió los labios.

-Así que… Solo tenías pensado venir a cenar conmigo ¿no? – Le dijo él, sonriendo ampliamente, con un hambre de lobo dibujada en toda su expresión. Hermione soltó una carcajada y lo acercó a ella de un tirón. Él no se opuso y llevó sus manos hasta el trasero poco cubierto de su acompañante.

-Una nunca sabe lo que puede pasar cuando vas a cenar con Draco Malfoy…- Le contestó Hermione antes de besarlo intensamente, mordiéndole los labios en el camino. Draco gruñó y la apegó más a su cuerpo, sin apartar las manos de su culo.

-¿Qué insinúa, señorita Granger? – Le preguntó entre besos.

-No insinúo, señor Malfoy, aseguro que es usted un pervertido picaflor.

-Desconocía que esa fama me precediese. – Contestó inocentemente, la volvió a besar. – Sepa usted, señorita Granger, que no es tal. Solo he traído a esta casa a dos mujeres, y usted es la segunda. – Terminó su diálogo empujándola suavemente hacia la gran cama con doseles.

Hermione se acomodó en ella y le dejó quitarle los zapatos que jamás confesaría, le estaban matando los pies. Desde su cómoda posición observó cómo Draco desabrochaba el cinturón y se quitaba zapatos y pantalón quedándose simplemente en bóxers negros. Se subió a la cama, quedando sobre ella tras dar un paseo con su boca sobre el cuerpo de Hermione, dejando un reguero de besos, mordiscos y lametones que le habían subido la temperatura aún más si aquello era posible.

Hermione Granger nunca imaginó que habría algo que le gustase igual o más que los libros. Cuando se casó con Ron, a pesar de que aquel amor fuese simple amistad, la atracción entre ellos era palpable y el sexo era simplemente magnifico. Ambos disfrutaban muchísimo de sus sesiones en la cama y cualquier pensamiento que Ron Weasley pudo tener sobre Hermione y la mojigatería quedaron en el pasado.

Había descubierto que le encantaba sentir. Que la ferocidad con la que hacía un examen se extendía también a la que poseía en la cama. Era, y nunca mejor dicho, una leona.

Draco lo descubrió esa noche unas cuantas veces, enredándose entre las piernas de ella, entregándole toda su pasión. La besó en cada hueco de su piel, la mordió hasta que la ronquera no la dejó chillar más y la hizo suya hasta que el cansancio pudo con ellos.

Hermione se entregaba a él como nunca nadie lo había hecho, lo que lo enardecía aún más. Ella era pequeña y estrecha y en un principio se pensó dos veces las consecuencias de hacerle el amor pero una sola mirada de ella le sirvió para disipar todas las dudas. Hermione solo le pedía más y él se vio en la obligación de dárselo todo. No le daba tregua, no podía parar. Le encantaba.

Hermione perdió la cuenta de las veces que su orgasmo la envolvió por y para él. Draco casi se muere de placer.

Amaneció y ambos seguían tirados en aquella cama que había sido testigo de la mayor pasión conocida. Draco la miraba aún con la vista turbia y ella descansaba de lado, girada hacia él, tapada con las sábanas de seda.

-¡Vaya con los Gryffindor!… ¡Y vaya si Weasley es estúpido! – Exclamó Draco después de lanzar una carcajada. Hermione frunció el ceño.

-No es estúpido… No lo insultes por favor… - Le pidió ella.

Draco la miró y la acercó hacia él, aún dentro de la cama. Le acarició el pelo y le dio un tierno beso en la frente que a Hermione la dejó fuera de sitio. Lo miró.

-Es estúpido porque te dejó escapar… Pero ¡eh! Que se lo agradezco… Si no se hubiera rendido, nosotros no estaríamos aquí y ha sido una grata sorpresa. – Explicó. – Y no lo digo solo por el magnífico sexo que hemos tenido. – Le dijo, dedicándole una mirada picara, Hermione sonrió tímidamente y agachó la mirada. Draco rió.- Me encanta ver sus dos facetas, señorita Granger. Es como si fuera usted una bibliotecaria stripper.

Ambos rieron ante la ocurrencia y Hermione poco a poco sentía más comodidad a su lado, más complicidad.

-Usted sólo tiene una señor Malfoy. La de descarado.

-Aún así, siendo un descarado, te encanto.

-Ya le dije esta mañana que debería andarse con ojo, que son las serpientes las que terminan siendo encantadas en cualquier cuento.

-Pues encántame entonces.

Y la envolvió en sus brazos para hacerla suya una vez más y tal vez, para siempre.

Nota de la autora:

No tenía pensada una continuación para esta historia; el momento en el ascensor años después era algo que llevaba rondando en mi mente muchísimo tiempo y que un día decidí darle forma pero nunca pensé nada más allá de eso. Por complacer a quien lo pidió en los reviews ( ¡muchísimas gracias a todos por comentar!) decidí ponerme y terminar lo que empecé pero dejé que vuestra imaginación terminase y ahora he vuelto a terminarlo yo, por lo que podréis decirme si os he satisfecho o si he cumplido vuestras expectativas con este final de cita. No he querido meterme en cenas románticas llenas de conversación porque sentía que os debía algo más carnal y aquí está, lo primero subidito de tono que escribo y por supuesto, publico. Y... ¿quién sabe? Tal vez este no sea el final.

¡Espero que os guste! ¡Besitos!

PD: El Rating M se debe a que no sé si la historia continuará o quedará hasta aquí. De continuar, posiblemente sea necesario ese Rating.