II. Animals in the zoo
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-Estuviste increíble, chico – le animó Mathias cuando ya habían llegado a casa de los Jones.-Seguro que no quieres que entre y le inventemos algo a tu madre-
-No... no importa, de todos modos no me va a creer – dijo el norteamericano mirando cobardemente hacia dentro.
-Bueno... a mi tampoco me creen ahora, ¡pero la primera vez se lo tragaron todo!... ya sabes, te caiste de la moto y...-
-Si les digo eso me la van a quitar, ya veré que hago... igual gracias, fue divertido – admitió Alfred palmeando el hombro de su amigo.
-Oye, después tenemos que discutir lo de Stokes Bay... tenemos que desquitarnos de esos Mods-
Alfred lo dudó un momento. Él odiaba pelear, odiaba tener que andar armando escándalos y ganarse esa fama de violento que crecía en rededor de él, pero mucho más había odiado la sonrisa suficiente de Kirkland al alejarse con sus ojos espantosamente verdes en su motocicleta ilesa, con todos esos espejitos reflejando las luces de la ciudad como si quisiera imitar un arbol de navidad. Había odiado ese aire de dominancia del británico con su pandilla de dandys... no lo pensó mucho antes de decir
-Claro... no puedo esperar por ello-
No se arrepintió de su decisión en ese momento, ni cuando iba con la moto ronroneando entre sus piernas camino a casa. Ya había oscurecido, y ante el sonido del motor su madre abrió la puerta y le esperó ahí parada. El joven estadounidense supo que estaba en problemas así que intentó parecer lo más dócil posible mientras se dirigía hacia dentro de la casa. Su madre le observó pasar por el lado de ella y musitar un tímido "Buenas noches", la mujer negó con la cabeza como si no le quedara ya la fuerza para indignarse y le dice:
-¡Hasta que te dignas a llegar! - grita Dominique Jones hecha una furia- ¿Sabes que hora es jovencito?, son casi las nueve, prometiste llegar a cenar y mira nada más cómo vienes...-
-Lo siento – dijo él, sin tener idea de qué otra cosa decir para aplacar su rabia. No alcanzó ni siquiera a verla venir cuando Madeleine se había lanzado a abrazarle para – acto seguido – gritarle "¡Imbécil!", darle un puñetazo debilucho en el pecho y salir corriendo escalera arriba.
-Qué diab...-
-¡Tú hermana casi se muere de la preocupación! Insistía en ir a preguntar al cuartel de policía, estaba llorando... pero yo sé que no eres tan idiota como para ponerte en peligro ¿verdad?... ¿Dónde estabas?-
-Con mis amigos por ahí, tomamos unas bebidas... jugamos-
-Ya...-
-Te lo dije, mujer, no había nada de qué preocuparse – agregó Jack Jones desde el sofá, distraídamente.
-¿Qué le ha pasado a tu labio?- pregunta la señora Jones de pronto reparando de pronto en la hinchazón y la partidura aún abierta en el rostro de su hijo.
-Nada... solo un golpe, con el balón-
Jack dejó el periódico de lado y se volvió hacia su hijo interrogando con curiosidad.
-¿El balón?-
-Sí, sí... estábamos jugando football... soccer, ya sabes... eso que juegan acá-
Jack arrugó el ceño aún más extrañado y preguntó.
-Desde cuándo juegas soccer-
-Desde que llegué... ya sabes lo que dicen, cuando estás en Roma has como los romanos... o algo así-
El padre de familia puso un gesto extrañamente satisfecho y asintió, volviendo la atención sobre su lectura.
-Ahora sube a tu cuarto... y te duermes, nada de escuchar esa música estridente hasta tarde-
-Si má- contestó el muchacho con falsa docilidad, subiendo las escaleras y dirigiéndose al cuarto de su hermana.
-Hey... Maddie... ¿estás bien?- completo silencio le siguió. El muchacho se recargó en la puerta a escuchar y unos suspiritos le llegaron desde el otro lado - ¿estás enojada?...¿estás llorando?... ¿Qué te ha pasado?, ¿Maddie?-
La puerta se abrió bruscamente y Alfred se encontró con el rostro colorado de su hermana que parecía absorto en una imposible mezcla entre la pena, la rabia y la preocupación. La muchacha asestó nuevos golpes en el amplio pecho de su hermano al tiempo que gritaba "Idiota, irresponsable, te vi con esos vándalos...", lo que alarmó inmediatamente al muchacho. Alfred empujó a su hermana hacia dentro del cuarto y cerró la puerta con pestillo mientras le rogaba que se callase.
-Por favor, Maddie... cállate-
-Te vi – susurró ella aún agitada.-Nunca imaginé que llegarías a eso... pensé que eras diferente, le voy a tener que decir a mamá, puedes acabar en la cárcel o peor... ¡puedes conseguir que te maten!-
-No, no es para tanto... hey, mírame... lo siento ¿ok?, eres una chica , por eso lo ves así, pero no fue peligroso-
-¡Sí que lo fue!, debí huir por la calle de atrás... yo estaba dentro ¿sabes?, pudiste haberme hecho daño-
-Lo siento, nena, no sabía que ibas a ese lugar, tendré cuidado, te lo prometo, ¿vale?-
-No me basta con eso , debes parar...nos vinimos acá para que estuvieses a salvo de la guerra y lo primero que haces es ponerte en peligro así, parece que disfrutas preocupar a mamá, eres un irresponsable, te detesto-
-Eso no es cierto, Maddie... perdóname, eres mi hermana, eres como mi otra parte, no todos tienen la suerte de saber cómo hubiesen sido si hubiesen sido una chica; yo te veo y sé que habría sido bonita y dulce...-
-Claro... y yo hubiese sido un decerebrado rebelde sin causa-
-¡Vamos, Maddie!, no piensas eso de mí realmente ¿verdad?-
La muchacha se sentó en la cama abrazándose las rodillas.
-Me preocupas... allá eran las carreras y aquí las peleas... vas a matarme de la preocupación un día de estos-
Alfred se sentó a su lado y la envolvió en un abrazo protector, que más se vio como un chiquillo abrazándose a las faldas de su madre. Ella levantó su rostro para verle a los ojos, casi idénticos a los suyos, pero con un fuego irracional que los llenaban de vida; era como si las virtudes y defectos se hubiesen repartido en oposición durante la gestación: él temerario, ella temerosa; él irracional, ella reflexiva; él un eterno niño y ella tan madura.
-Prométeme que no vas a dejar que te hagan daño y con eso me quedo tranquila-
-Te lo prometo – dijo él. Deseando realmente ser capaz de cumplirle.
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Acomodó su cabello rubio cobrizo y luego el sombrero más por ocio que por otra cosa. La sombra que le daba sobre su rostro, más el abrigo largo y el manto nocturno servían para hacerle pasar desapercibido. Dejó su Vespa en el callejón contiguo a la farmacia. Sus ojos rojos podrían fácilmente confundirse con los de un gato, así en medio de la oscuridad. Estuvo atento a los ruidos dentro del local y vio salir a Roderich, el hijo del dueño de la farmacia, que ocasionalmente iba a revisar el libro de cuentas. Vladimir se sonrío, perversamente, mientras veía la espalda del jóven Eldenstein alejarse por la avenida hacia el sector norte de la ciudad, donde estaba su casa grande, con su piano y su pasaje de ida a Londres y al mundo.
Espero dos minutos apenas para golpear la puerta de la bodega; no recibió respuesta, así que comenzó a silvar y luego a repiquetear con insistencia, imitando el ritmo de una canción, la puerta se abrió de golpe mostrando a la dependienta con una cara de estar muy cabreada.
-Ya, ya, te he oído-
-Pensé que te habías desmayado de la emoción por ver al señorito... tenía que asegurarme – contestó él pasando por el lado de la castaña y agarrando, solo por molestar, uno de sus abundantes bucles.
-Solo era que no quería abrirte, sabía que eras tú, sentía tu aire de rata inmunda desde adentro-
-Ah... ya veo, por eso tanta agitación, me estabas esperando-
-Eso quisieras-
El joven se sentó sobre uno de los muebles de la bodega observando cómo ella cerraba el portón y se volvía a él con el rostro furibundo.
-No he recibido azules, tendrás que venir otro día... y el precio ha subido, hoy Roderich casi descubre los arreglos que hice en el inventario para encubrir lo que te pasé la semana pasada.
-Bueno, no hay pastillas – se lamentó dramáticamente Vladimir bajándose del mueble y caminando hacia ella- pero algo habrá que hacer para hacer que la visita valga la pena – y sin mucha delicadeza pasó sus dedos por el cuello de la mujer, subiendo hacia su mejilla y luego intentando bajar hacia donde comenzaba su escote. Ella le respondió con un brusco manotón y escupió.
-Ni lo pienses, vete por donde llegaste-
Él esbozó una mueca cretina, negó con la cabeza y apenas ella le dio la espalda, la agarró por la cintura para acercarla a él.
-Déjame adivinar... lo has visto y te has quedado como pasmada con su caballerosidad y ahora crees que estar conmigo es traicionarlo; pero no temas, querida, no lo estás engañando porque el principito y tú no tienen nada y nunca tendrán nada porque él nunca se fijará en una marimacha como tú- Elizabeta se removió en el agarre y el acercó sus labios al oído de la muchacha para susurrar – de hecho, dudo que otro aparte de mí se fije en tí, deberías estar agradecida de mi atención- la mujer se mordió el labio para no soltar un gemido de aflicción y, como muestra de una fortaleza que no tenía, le propinó un codazo y tironéo hasta ser soltada.
-Ahora sí no conseguirás nada de mí... ¡Fuera de aquí Vlad! Y vuelve la próxima semana a ver si hay pastillas-
El joven se alejó de ella, molesto y antes de salir disparó.
-¿Sabes?, no deberías mostrarte tan sensible ante la gente, sabrían que en el fondo eres una chica y podrían aprovecharse de tí-
-¡Fuera!-
Lo último que escuchó la vendedora fue el estruendo del portón de la bodega al cerrarse, seguido del motor de la Vespa alejándose. Se dejó caer sobre el suelo amaderado y viejo de la bodega recordando las pocas veces en que Vladimir había tenido la condescendencia de ser un caballero con ella y llevarla a casa en su moto. Ella se había agarrado de su cintura cerrando los ojos y se había intentado imaginar que era Roderich, aunque él nunca se subiría a un vehículo tan vulgar ni mucho menos con una mujer como ella. Elizabeta en principio había pensado que era su tono al hablar más ronco que el de las otras chicas, o su estatura – más alta que el resto- o el hecho de que tuviese estas necesidades bajas que le llevaban a querer revolcarse con gente como Vlad y, aunque nadie lo supiese, su deshonra era legible como si la tuviese escrita en la frente. Finalmente descubrió que no era nada de eso, sino que tenía que ver con que a la mayoría de los chicos, a Roderich, no le gustaban las mujeres como ella. Las que eran más fuertes, las que tomaban lo que querían sin preguntarle a nadie, las que buscaban su bienestar y su placer antes que complacer al resto.
Vladimir muchas veces se había mostrado asombrado por su osadía y por las cosas que ella estaba dispuesta a hacer por lograr lo que quería. Al principio el había sido cauteloso como podría serlo cualquier chico con cualquier chica, pero luego había descubierto su médula y había dejado las sutilezas de lado. Por eso eslla se sintió tan extrañada de que él hubiese aceptado así sin más una negativa. Las otras veces que ella lo había intentado despachar, él simplemente había metido las manos debajo de su falda y la había acorralado con insistencia, buscando sus labios, mordiendo su cuello y ella había cedido por que él sabía como convencerla.
Tal vez incluso él se estaba cansando de ella.
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-No habían pastillas así que hay que controlarse – anunció Vladimir dejándose caer sobre una silla del pub.
-¡Qué!, ¡pero qué vamos a hacer ahora! - Arthur se envaró, nervioso y furibundo - faltan apenas diez días para Stokes Bay, necesitamos al menos un ciento para poder estar bien nosotros y vender para recuperar la ganancia.-
-Además las va a subir de precio- continuó el otro enlistando las desgracias – pero me dijo que la otra semana llegarían así que no te preocupes, de última si no funciona puedo irme dos días antes y conseguirme allá... van a haber tantos mods ¿cómo nadie va a vender azules?-
-Pues ojalá sea así, sino este viaje será un desastre y los chicos nos van a echar la culpa a nosotros – se quejó el joven Kirkland mirando a su alrededor, buscó con quien bailar y se acercó a una muchacha que parecía perdida y apenas lo vio cerca, se colgó de su cuello. Lukas se sentó más cerca de Vladimir con una expresión de aquellas que ponía cuando quería intimidar y preguntó.
-¿Esta escasez se la debemos a una pelea que hayas tenido con Elizabeta? ¿o de verdad no hay nada?-
-No hay, de verdad... apenas llegué me lo dijo -
-Pero han peleado ¿verdad?-
Vladimir no contestó siendo incapaz de mentirle. Miró hacia donde estaba Arthur con la cariñosa desconocida pensando que Elizabeta tenía una forma mucho más digna de conseguir la atención masculina, aunque no obtuviera mucha.
-Pero no fue por eso que no conseguí pastillas – ratificó Vladimir. Lukas miró hacia el techo en un gesto de exasperación.
-Se puso como loca por haber visto al señorito- agregó Vladimir.
-Ah... y luego tú te pusiste celoso -
-Eso jamás... ¿de dónde sacas esas cosas?-
-Me las invento porque soy ocioso y me gusta molestar -ironizó Lukas poniéndose de pie – voy a buscar una soda, cuando vuelva espero que te sigas creyendo lo que me has dicho tan bien como ahora- y diciendo esto se internó en medio de los bailarines dejando a su amigo solo en la mesa.
Tal vez había sido un poco rudo... un poco desconsiderado con ella. Después de todo ella era algo así como su carta segura; sin ella tenía que darse el trabajo de galantear a otras y siempre un cuerpo ajeno era mejor compañía que su propia mano. Intentó convencerse de eso mientras Arthur se acercaba y tomaba asiento a su lado; lucía inquieto, seguro se había mandado una pastilla.
-Deberías cuidarlas, no sé en qué día de la próxima semana conseguiré más – le advirtió Vladimir.
-No te preocupes... esta me la acaban de dar, me he administrado bien, podría consumir hasta cuatro al día si quisiera... - Vladimir le miró con reprobación – pero solo tomo dos, porque... bueno, no es necesario más... ¡Oye!, mañana nos entregan los trajes, ¿A qué hora pasamos por ellos?-
-Lo había olvidado –
-Me parece lamentable que olvides algo así; para una ocasión tan especial hay que lucir como un caballero-
-Además de serlo-
-Yo SOY un caballero- aseguró Arthur. Vladimir soltó una risa juguetona y exagerada ganándose un codazo.
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-¡Ya lo tengo!- Exclamó Mathias de pronto obteniéndo la atención del resto de los estudiantes que se encontraban en la biblioteca. Alfred le observó extrañado y puso una cara interrogante. -Le dijiste a tu mamá que jugabas football con nosotros ¿no?... ¡pues eso!, le dirás que vamos a jugar un partido el día sábado a Gosport y que nos quedaremos hasta el domingo y que vuelves en la noche... y con eso tienes coartada, no le estarías mintiendo del todo.-
-Tienes un genio aterrador para el mal – le reprendió Alfred dudoso- pero creo que no me queda de otra... ¿puedes venir y apoyar la coartada?-
-Hermano... yo te cubro-
-y tienes un acento extrañísimo cuando dices "hermano"... eres muy europeo, no te sale-
-Señor Køhler, señor Jones... - saludó el profesor Eliot de literatura, que pasaba junto a ellos devolviendo uno tomos a sus estanterías.
-Buenos días, señor – saludaron ambos robóticamente.
-¿Trabajando?-
-Sí señor – contestó Mathias con el tono más serio posible.
-¿Y usted señor Jones? ¿se adapta?-
-De a poco... - contestó el norteamericano haciéndose el bueno. Eliot asintió, escéptico, antes de seguir su camino.
-Nos vemos en la tarde en tu casa, que nos vean estudiando- declaró el europeo. El americano lo observó con un gesto extrañado, a lo que Mathias agregó – o que crean que estudiamos, así hacemos méritos y a la hora de la cena le soltamos la noticia a tu madre, humildemente, como los chicos buenos que somos -
-¡ja!
-Y entonces te va a suplicar que nos acompañes.-
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Arthur se acomodó las colleras brillantes en la manga de su saco y acomodó su sombrero marrón, a juego con el color de su traje y la corbata verde musgo. El conjunto de colores tierra, con el color trigo de su cabello y el verde de sus ojos armaba un cuadro sobrio y elegante; al menos a su juicio. Vladimir llevaba un traje marrón caoba que acentuaba su palidez y un abrigo negro encima a juego con el sombrero de fieltro negro sobre su cabeza. Lukas, por su parte, una vez en su traje azul marino, se comenzó a arreglar el cabello con el peine, meticulosamente.
-Pasemos lista- anunció Arthur – ¿la caja de herramientas? -
-En el bolsillo de mi moto – contestó Lukas. -
-¿Las azules?-
Ante la pregunta, Vladimir abrió su abrigo indicando un bolsillo interno.
-Bien.. ¿señoritas? - instigó Arthur abriendo la puerta de la habitación, salió bajando la escalera de la pensión, seguido por Lukas y finalmente Vladimir, quien cerró la puerta con llave para luego avisar a la casera que se ausentaría durante el fin de semana. Tal vez debió decirle también a Elizabeta, no es como si se debieran explicaciones, mucho menos después de lo que había pasado las dos últimas veces que se vieron en que ella lo había mirado como si fuese algo que se puede aplastar con el zapato.
El viaje a Gosport transcurrió en una hora y media de paradas bromas y momentos en que se creyeron los reyes del mundo al correr a toda velocidad. No tenían idea de donde pasarían la noche pero eso no fue mayor problema, apenas llegaron a la ciudad buscaron un club y – con una segunda pastilla en el cuerpo- comenzó la lucha por ver quien era el rey de la noche. Arthur se encontró fascinado con la forma en que sus colleras y reloj reflejaban las luces de colores, para él en ese momento no existía nadie excepto él, su traje, sus pastillas, su Vespa coronándose como una de las más vistosas y todos los demás, sus amigos y los otros mods que lo rodeaban solo contribuían a construir el escenario de su identidad.
A las seís de la mañana salieron rumbo a la playa donde se echaron a dormir despreocupadamente arrimados unos a otros. Su pandilla no era la única. Habían llegado mods de todos lados, de Liverpool, Essex, incluso de Londres, todos arrimados en sus propias manadas, todos intentando llamar más la atención. Habían chicas pero no eran las suficientes, Vladimir llamó la atención de varias con su acento exótico y la promesa de tener pastillas para divertirse toda la semana. Se metieron a comer a una fuente de soda y fue allí donde se enteraron: los mods no fueron los únicos que decidieron reunirse por el fin de semana. Se habló de que a un chico de Southapon un grupo de Rockers le había destrozado los focos de su Vespa y pinchado los neumáticos. Se dijo que eran al menos cien y que estaban armados. Ante la mención, Arthur solo soltó una risa arrogante y aludió que los primates no saben agarrar bien un cubierto, mucho menos una navaja. No pudo seguir con su exposición porque el sonido de una tonada yankee lo distrajo casi como si profanase sus oídos.
-"Deep down in Louisiana close the New Orleans Way back up in the woods among the evergreens..."-
La mesa completa de jóvenes en trajes de sastre se volteó a mirar el wurtlizer en donde un muchacho alto y rubio de lentes oscuros de aviador, chaqueta de piel y vaqueros, pasaba su peine con parsimonia por su tupé al tiempo que con sus pies marcaba el ritmo de la canción.
Cerca de él, una mesa llena de rockers que encima habían cometido la insolencia de poner sus monstruosas motos al lado de las Vespas.
Lukas quiso detener a su amigo, decirle que no valía la pena, que mejor se iban a buscar al resto a la playa, pero Arthur ya estaba camino al tipejo ese y se le vio abrir la boca. El rocker ni se dignó a mirarle, guardó su peine en el bolsillo y le dio la espalda. Arthur le agarró bruscamente del codo y entonces el muchacho le tomó el brazo y – con mucha gracia – le dio un giro propio del baile al tiempo que cantaba con una chulería detestable: - "Go, go, go Johnny go gogo Johnny go gogo Johnny go go...". Arthur se fue contra una de las mesas pero inmediatamente recuperó la dignidad y le dio un empujón al muchacho que – ahora visiblemente molesto – se sacó los anteojos mostrando sus insolentes y chispeantes ojos azules.
El resto de los mods se puso de pie, lo mismo los rockers, entonces los pocos clientes que no formaban parte de sus bandas se estremecieron y el dueño del local debió mostrar un arma – que bien pudo ser falsa – y amenazar a los alborotadores para echarlos del recinto. Los jóvenes se aventaron a la calle en una loca carrera, algunos agarraron sus motocicletas y en un estruendo de motores, en que parecía que se iban a intentar atropellar unos a otros, llegaron cerca del muelle donde una enorme cantidad de mods y rockers comenzaban a afilar sus dientes.
El muchacho de la moto más grande y quien había iniciado la provocación en el local, comenzó a instigar a los otros con el acento más yankee que Arthur había oído jamás. Era insultante, todo en ese muchachito era un insulto a sus ojos y oídos.
Bastó el crujido de un vidrio al quebrarse para iniciar la batalla propiamente tal; montados o a pie, rockers y mods se abalanzaron unos sobre otros. Puñetazos, patadas, sillas de playa, palos e incluso cadenazos se vieron ir y venir. Las sirenas se sentían cada vez más cerca y la policía montada pronto hizo entrada para arrearlos hacia zonas menos transitadas donde acorralarles. El ruido de vitrinas y espejos romperse se unió al griterío, algunos mods se fueron contra un carro policial y los empujaron todos al mismo tiempo hasta lograr voltearlo, otro de los autos de la policía se abrió paso entre los jóvenes. Arthur y Alfred más allá se encontraban frente a frente, montados en sus vehículos y con la intención de arrollarse, cuando por detrás del británico, el estadounidense vio venir el carro y obedeciendo a un instinto protector apartó al inglés del camino, botándolo de su Vespa y presenciando como esta era arrollada por el auto. Arthur gritó y Alfred, sin hacerle caso se lo llevó arrastrando a uno de los callejones.
Luego de cerrar un portón de madera que cubría el escondrijo, Alfred dejó su moto apagada y se volvió hacia donde el británico que le empujó.
-Déjame salir sucio rocker-
-Oye, basta, te he salvado – vociferó el americano, empujando de vuelta.
-Por tu culpa han destrozado mi moto-
-¡Y si sales nos destrozarán a ambos! Fuck!... dónde mierda está Mathias...-
Se escucharon unos disparos, unos gritos, motores alejándose, policías gritando y – poco a poco – se fue instalando el silencio. Luego de haber ignorado los insultos del inglés de la mejor manera posible, Alfred abrió el portón del callejón y, al hacerlo, una mano impidió que la volviese a cerrar y escuchó.
-¡Aquí hay dos más!-
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Al principio, cuando las celdas estaban llenas, parecían enormes. Pero a medida que los prisioneros fueron siendo liberados, la privacidad se hacía más imposible hasta que ya no quedaba nadie, hasta que los únicos abandonados a su suerte eran ellos dos. Arthur y Alfred. Y de pronto el cuarto, las bancas, el catre, todo se hacía era demasiado pequeño para ellos dos.
Alfred comenzó a llenar el espacio tocando batería en una de las bancas, por supuesto, el mod se sintió inmediatamente ofendido por el golpeteo infernal y le lanzó un bollo de papel que estaba en el suelo.
-Hasnos un favor a ambos y cállate.
-No estaba hablando.
-Me molesta tu ruido.
-Me molesta tu existencia, pero no me ves quejándome.
El inglés rodó los ojos desesperado.
-Solo intenta no hacer notar que estás aquí, ¿te parece?
Y compartieron el mismo aire de plomo por unos minutos. La ansiedad crecía en el inglés y aumentaba junto a la frustración de ver hechos trizas sus planes del fin de semana. Impotente, golpeó el catre donde estaba sentado produciendo un sobresalto en su compañero.
-Tal vez deberías consumir esa porquería que te echas en el cuerpo para no estar tan angustiado.- le molestó el rocker. El mod se volvió hacia él queriendo asesinarle.
-¿De qué estás hablando, sucio greaser?
-De eso que se toman ustedes los mods para poder soportar sus patéticas vidas.
-Hablas sin tener idea de nada.
-No necesito tener idea.
-Eres un el típico yankee que dice que las drogas son malas porque su mamá se lo enseñó, pero luego te montas en tu moto y te crees un chico grande y malo.
-Cállate.
-Pruébame lo contrario- le provocó el mod sacando su saquito de género donde estaban sus últimas 3 azules. Sacó una para él y ofreció la otra al enemigo.- Vamos, si eres tan duro. - El muchacho lo miró con desconfianza, pero finalmente estiró su mano y alcanzó la pastilla.
-Lo hago solo por curiosidad.
-Por supuesto, -asintió burlonamente el mod y se lanzó a la boca su euforia encapsulada. El rocker le imitó y se quedó unos minutos mirando hacia el suelo esperando que algo sorprendente sucediese. Pero no fue instantáneo. Pasó al menos media hora antes de sentir esas ganas, esas frenéticas ansias de correr, de saltar, de gritar, de mover todo su cuerpo, de botar ese exceso de energía y calor que se arremolinaba en su sangre. Arthur, sentado, se mecía de un lado a otro con sus pupilas dilatadas, De pronto, el desesperante silencio se rompió,
"I don't want to spoil the party so I'll go..." (1) comenzó el yankee a cantar golpeteando su pie con el piso. Su compañero de celda se quedó impávido unos segundos, pero finalmente decidió seguirle "There's nothing for me here so I will disappear...". Subieron las voces, intoxicados de su propia rebeldía y juventud, se pisieron de pie y saltaron por la celda en un zapateo frenético y risueño. Y en ese momento no había guerrilla, no habían Harleys o Vespas; no habían continentes, ni historia, ni bloques, ni muros sino solo los Beatles y un deseo insondable de libertad.
-¡Cállense! - gritó el uno de los guardias golpeando la pared con un palo. Los chicos se miraron y rompieron en risotadas- ¡No estoy para bromas, sucios punks!, ¡Cállense o los callo a golpes!- El norteamericano soltó un silbido de impresión y Arthur debió taparle la boca, se dejaron caer sentados sobre el catre y el muchachito, poco acostumbrado al efecto de la droga, incapaz de quedarse quieto, siguió susurrando la canción. Arthur lo acompañó en su sigiloso acto de rebeldía, acercándose, acuartelando en esa mínima distancia ese sucio secreto que era compartir la admiración por los Beatles. Al terminar lo único que quedaba era el silencio, el aire caliente, la euforia de las pastillas azules en cada sentido. Todos los sentidos alerta.
El primero en perder el control fue el rocker. Sopló sobre la cara del mod, en parte para molestarle. Arthur cerró los ojos y abrió un poco la boca, tragando un poco de ese soplido. El aliento caliente de otra persona siempre se sentía doblemente estimulante bajo el efecto de una pastilla azul. Quiso hacérselo saber al chico tocando sus dedos, Alfred nunca había tenido tanta conciencia de su piel, de la sensibilidad de ella, del calor que comenzaba a arrollarle desde dentro hacia fuera. Jadeó, inconsciente y acercó su rostro para rozar su nariz con la ajena, el pelo desordenado del mod chocando contra su tupé engominado. Luego la humedad de la saliva, los dientes, la lengua todo eso rodeando su lengua, sus dientes, su saliva. Sus manos de rocker tomaron la camisa sedosa, limpia, planchada del mod. Las manos del mod, se fueron a la camiseta debajo de la chaqueta de piel del rocker; su figura trajeada sobre el chico de jeans; entre sus jeans. El pantalón de sastre fregándose contra la dura mezclilla que los golpeaba donde todo era sensible. No se miraban a los ojos porque cuando no se estaban besando se profanaban mutuamente el cuello, No querían verse, no querían saber nada que no fuera lo que sucedía en sus poros y ansias.
De pronto nada era suficiente y una mano se metió bajo una cremallera invitando a la otra a hacer lo mismo, y tocaron, tocaron, moviéndose de arriba a abajo hasta que la pastilla azul, el calor, el rugido de sus motores, el llamado animal y todo lo frenético de ese mundo explotó pegajosamente mezclándose.
Despertaron repatingados en el catre. Fuera el guardia anunció que los habían venido a sacar de la celda. Afuera una señora rubia, con expresión cansada y llorosa, pegó una cachetada al muchacho antes de subirlo a una camioneta donde estaba amarrada la motocicleta. Arthur, por un segundo lamentó la suerte del pobre greaser, pero pronto deseó estar en su lugar, al ver a la fiera pelirroja afuera de la comisaría mirándole como si quisiera arrancarle la cabeza.
(1) Una canción de los Beattles lanzada en 1964, llegó al número 1 por semanas en el Reino Unido
