La habitación de los ecos sin sentido. Así había denominado Harry a la sala de espera en la que estaba sentado en St. Mungo, recordando. Parecía que el tiempo era un reloj de cemento endurecido y estrujaba sus manos hasta volver sus nudillos de un tono blanquecino. ¿Qué pasaba en ese cuarto de ácido y ferroso aroma? ¿Por qué no le daban noticias? ¿Qué estaba pasando tras esas puertas que aleteaban en cada carrera a través de ellas? Alzó la mirada una vez más y el número de visitantes se había incrementado. Halló rostros conocidos pero no quiso reconocer ninguno. Estaba agotado, agobiado y por sobre todo, espantado. ¿Cómo pudo permitir que algo así pasara? Debió estar más atento, más despierto… todo era culpa suya.
¿Quieres algo de comer, Harry?- le había preguntado Luna con sus ojos inocentes. El aludido negó con la cabeza incapaz de hablar. La joven se inclinó frente a él tratando de mirarlo a los ojos- No has comido nada en todo el día. Por favor, Harry.
No puedo.
Inténtalo…- pero volvió a negarse.
Sólo quiero verla a ella…
II. Marzo (Siete meses antes) – Rompiendo límites
Ron se había marchado a Luxemburgo por motivos del campeonato de Quidditch y Harry no quiso mencionarlo durante la cena. Hermione estaba mejorando su humor y no quería arruinar el buen pavo que ella había cocinado con malos ratos innecesarios. Luego de esa noche en la que durmieron abrazados, la relación entre ellos se estrechó todavía más. La castaña le agradecía su consuelo, durmiendo por primera vez sin sueños ni sobresaltos que la desvelaran a mitad de la noche. Por otro lado, Harry sólo cerró sus ojos cuando pudo asegurarse de que su mejor amiga dormía placidamente en su compañía. Su respiración acompasada lo regocijó.
La plática en la mesa se había encendido gracias a las noticias que el ojiverde le dio con respecto al trabajo. Habían apresado a un joven mago que, a pesar de las advertencias y del conocimiento general, intentó asaltar Gringotts sin tener éxito como era lógico. Todo el mundo sabía que era algo imposible. Su nombre era Ian McAlister, un chico de no más de dieciocho años de edad. Era, para mayor asombro de Hermione, un hijo de muggles. Este ladrón poseía más bríos que destreza siendo descubierto con intenciones de allanar una cámara en el interior del banco de los magos. No fue muy difícil descubrirlo pero sí atraparlo. Aún sin tener tanto manejo con los hechizos, resultaba muy ágil con los movimientos de su cuerpo. Aquel muchacho era, de hecho, su nuevo cliente y la castaña no sabía nada de él. Al enterarse, dejó su tenedor suspendido en el aire a medio camino, sorprendida. Desde que se había sumergido en la pena luego de su rompimiento y mudanza, no había dedicado tiempo a ningún nuevo caso en su portafolio. Había abandonado su trabajo comprendiendo que estaba a la deriva en miles de temas importantes. Se recriminó su descuido, se recriminó su falta de profesionalismo, ella nunca hubiese dejado de lado su carrera por un problema personal.
-Eso no podías saberlo, Hermione- le dijo el moreno ante su semblante decepcionado- Estás en un proceso de cambios, es comprensible que…
-No es propio en mí, Harry… - lo interrumpió ella apartando su plato a medio terminar- No puedo abandonar mi puesto por llantos de quinceañera.
-No seas tan dura contigo misma. Además, sé que te gustan los desafíos y puedes ganarle con facilidad- esa afirmación misteriosa detonó la curiosidad inmediata en la castaña.
-¿Ganarle? ¿A quién?- preguntó. Harry carraspeó llevándose un trago de vino para enjuagar la garganta. Sabía que la cena igualmente se iría al carajo.
-A Mafalda- al oír ese nombre, algo en el interior de su amiga rugió como el motor de un cohete.
Mafalda, la presuntuosa prima Weasley. Esa chica se había convertido en una piedra en el zapato. Igual que Hermione, ella había escalado rápido dentro del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica debido a su inteligencia y persuasión, generándose así una reñida competencia entre ambas. Sus capacidades muchas veces coincidían, ese era un detalle que fastidiaba verdaderamente a la joven. Se enfrentaron un par de veces en el tribunal, sostuvieron fervientes argumentos frente a los miembros honorables de la Asamblea, pero en esas ocasiones fue el mismo Jefe del Departamento quien logró llegar a un acuerdo, porque era imposible que ellas dieran su brazo a torcer. Y en aquella oportunidad, era a la castaña a quien le tocaba defender a un acusado y según lo informado por Harry, sería nuevamente contra esa molesta colega y más encima prima de su ex novio. Dejó a un lado su comida de forma definitiva, tenía un nudo de impotencia en el estómago. El moreno lamentó al instante haberlo mencionado queriendo disipar un poco la desagradable tensión.
-Sigues siendo la mejor del Departamento, eso no puedes dudarlo, y sobre Mafalda…- Hermione lo miró con los ojos ausentes.
-¿Ron lo sabe?- otra vez el nombre del pelirrojo. Tanto le había costado a Harry sacar ese sustantivo de la mansión que volvió con bombos y platillos a causa de la plática. Negó con la cabeza en silencio.
-Está fuera de Inglaterra…
-… por el Mundial de Quidditch… sí, lo había olvidado- completó la chica llevándose la copa de vino a sus labios. Qué desagradable era no tener idea de la vida de alguien quien había sido parte significativa de la suya. De pronto, como si hubiese recibido una descarga eléctrica, se puso de pie impetuosamente dejando la servilleta sobre la mesa.
-¿Adónde vas?
-A investigar el caso… no puedo perder terreno- dijo tajante. Harry le hizo ver que no era motivo para exagerar al respecto, sólo debía organizarse y estudiarlo con paciencia. Sin embargo, la castaña era testaruda por lo que no le obedeció. Se acercó a él depositándole un beso en la frente y se retiró a su cuarto para extraer esos documentos olvidados en su carpeta de trabajo.
Tal como imaginó Harry, la joven estaría hasta altas horas de la noche leyendo el expediente de Ian McAlister y la información sobre el intento de asalto a Gringotts. Quedó perpleja. Cuánto valor había en ese muchacho. Miraba su fotografía descubriendo un ceño infantil y vulnerable que en pocos podía reconocer. Sintió gran simpatía por él, no podía verlo como un culpable sino sólo como un chico desafiante, un chico imprudente. No podía permitir que lo sentenciaran a Azkaban por algo así.
Desde la puerta entreabierta de la habitación, el ojiverde la observaba sin desear interrumpirla. Sonreía ligeramente al verla tan enfrascada en la lectura como cuando era una niña en la Sala común. Por lo menos, ya no estaba pensando en la difícil etapa por la que estaba pasando de olvidar a su pelirrojo amigo. Se preguntaba si estaba feliz de alojarse en la mansión con él, después de todo estaba cumpliendo con su papel de apoyarla en lo que pudiese, no quería cometer ningún error que le produjera más tristeza. Miró a su alrededor un instante tratando de recordar cómo era vivir sin ella en casa y se asombró al no recordarlo. No supo cómo Ron pudo dejarla ir. Hermione era una mujer desconcertante, estimulante e innegablemente hermosa… pero como bien decían algunas personas, Dios le daba pan al que no tenía dientes.
El picoteo de una lechuza gris en una de las ventanas lo sacó de su sutil espionaje. Una carta que parecía ironía del destino fue entregada en sus manos y luego el ave marchó tal como había llegado. El moreno reconoció la letra desarreglada de su mejor amigo en el remitente. Suspiró sonoramente y comenzó a leer asegurándose de no haber importunado a Hermione:
"Amigo,
Te escribo para contarte que todo va viento en popa.
Inglaterra va en buen lugar y estamos a un sólo partido de pasar a segunda fase.
Hay algunos cazatalentos escondidos entre las gradas y eso pone a todo el equipo ansioso.
Espero que todo esté bien por allá, cuídate y cuida mucho de Hermione.
Sabes que a pesar de todo lo que pasó la sigo queriendo y extrañando siempre.
Un abrazo y nos vemos en mayo.
Ron."
No supo por qué, pero no pensaba decirle a la castaña sobre esa carta. La guardó en el celo de su bolsillo y fue hasta su cuarto para poder dormir aunque sabía que no lo lograría. Se daba vueltas en su cama con un insomnio inexplicable. Su corazón estaba insólitamente intranquilo y miró el techo sobre él. No sabía por qué las palabras de Ron quedaron rondando su mente como un irritante carrusel: Cuida mucho de Hermione… la sigo queriendo y extrañando siempre… eso lo sabía muy bien, no tenía por qué repetirlo cada vez que podía… ¿Acaso estaba celoso y dudaba de su fraternal convivencia? ¿A qué venía todo eso? Sin embargo, no pudo seguir cuestionándose. Un gemido de angustia interrumpió sus pensamientos. El moreno se sentó en la cama agudizando su oído y reconoció los sonidos de la muchacha al otro lado del pasillo. Sin pensarlo dos veces, Harry se levantó e ingresó a la alcoba de Hermione, quien se había quedado dormida entre papeles, viéndola debatir contra lo que parecía ser una horrible pesadilla...
Sangre, sangre en sus manos, sangre en el piso, sangre que sentía salir a borbotones de ella pero no lograba saber por qué ni por dónde. Con un dolor insoportable que la hacía doblarse en dos, no lograba enfocar la mirada viéndolo todo como informes figuras descoloridas. Tenía miedo, miedo de algo que no podía saber con exactitud. Trataba de gritar, pero el dolor estrangulante le quitaba la voz en su garganta intercambiándola por gruñidos desesperados. El terror y la mirada despectiva de alguien sobre ella, consiguieron robarle lágrimas calientes que por intensas se convirtieron en reales absorbidas por la almohada…
-Hermione… despierta… - la voz apaciguante del ojiverde la sacó de cuajo desde ese universo paralelo que muchas veces se confundía con el auténtico. Despertó de un brinco inhalando todo el aire que pudieron acaparar sus pulmones. Estaba sudando y mojada hasta el cuello de su propio llanto inconsciente. Miró a su alrededor ubicándose en el mundo durante unos segundos. Harry esperó a que regresara desde donde estuviese para poder hablar de nuevo- ¿Estás bien?- pero la muchacha no pudo responderle. La urgencia por abrazarla lo obligó a tomar asiento en la cama torpemente y estrecharla contra su pecho.
Los dedos finos de Hermione, se crispaban en su espalda aferrándose con mucha fuerza. Harry ni siquiera quiso respirar hondamente para no distraerla de su desahogo y lamentó no saber Legeremancia… aunque con ella no era necesario. Se quedó quieto, acariciando su cabello húmedo, meciéndola despacio. Por otro lado, la mente de la joven estaba repleta de imágenes confusas y su pecho pletórico de emociones indescriptibles, tenía una angustia horrible, un terror paralizante pero ni siquiera sabía por qué. Temía perder algo pero esa sensación no tenía justificación alguna… ¿Era alguna premonición? ¿Trelawney tenía razón y aquellas cosas enigmáticas podían suceder? Su miedo se alimentó con esa pregunta y cerró sus ojos. La presencia de Harry siempre conseguía calmarla. Con toda la delicadeza del mundo, el muchacho la recostó de lado arropándola despacio, ordenando las carpetas desparramadas. No obstante, cuando se dispuso a ponerse de pie para retirarse, Hermione lo tomó de la mano pidiéndole en silencio que se quedase. Él asintió sabiendo perfectamente que no deseaba estar sola. Tomó lugar detrás de ella tal como habían dormido la otra noche, abrazados… protegidos de todos.
La castaña se sentía muy bien encerrada entre los brazos de su moreno amigo. Calzaban a la perfección. Respiraba a su ritmo, se arrimaba contra él sintiendo el calor de su cuerpo como un abrigo necesario. Era exquisito compartir ese tipo de cercanía e intimidad. Nunca antes lo habían experimentado. Vivir juntos los estaba malacostumbrando pero ninguno quiso decir nada al respecto porque lo estaban disfrutando. Harry secó sus lágrimas guiado sólo por el tacto. Ninguno volvió a moverse, recuperando el sueño extraviado en alguna parte, durmiendo nuevamente de forma simétrica hasta que despuntó el alba cálida entre las cortinas.
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Cuando Hermione se reunió por primera vez con su cliente, el joven Ian McAlister, quedó absorta por lo pálido y desnutrido que se veía. Sentada en una de las salas de visita de Azbakan, en donde lo mantenían mientras no comenzaba su juicio, la muchacha se sentía incómoda al estar en ese sombrío lugar aún sin tener la presencia de los Dementores gracias al Ministro Shacklebolt. Era increíble cómo aquella Fortaleza seguía manteniendo la frialdad de hielo por cada uno de sus rincones. Por esto mismo, la castaña exigió que no lo mantuvieran allí por motivos de salud y gravedad mínima del caso, después de todo no había matado a nadie. Afortunadamente, su fuerte carácter logró buenos resultados. Esa sería la última noche del chico en ese recinto, después sería puesto en custodia en otro lugar.
El muchacho, con el ceño desprovisto de emoción alguna, no dijo nada cuando tomó asiento frente a Hermione. Tenía la mirada fija en la mesa que los separaba como si sobre ella hubiese alguna imagen interesante qué observar. La abogada lo miró con sus ojos inquisidores tratando de jugar un papel de sicóloga y cómplice. Nunca había defendido a un acusado; pero algo le decía que con ese muchacho no le sería una tarea difícil. Se presentó ante él sin conseguir respuesta. Insistió pero el silencio fue implacable.
-¿No piensas hablarme, Ian?- el aludido ni siquiera la miró a los ojos. Agraviada, Hermione suspiró- Mira, sé que es delicado por todo lo que estás pasando pero necesito que colabores para poder conseguir una baja condena. Ya conoces lo estrictos que son en la comunidad con respecto a la seguridad de Gringotts- tras esas palabras, la frialdad del joven fue superior. No gesticuló ni interrumpió el ritmo de su respiración. La castaña desplegó frente a él unos documentos y fotografías de la cámara que intentó saquear. Unió las puntas de sus dedos a la altura de su boca buscando alguna señal de comunicación con su cliente. Ian miró las imágenes y apretó la mandíbula. Hermione volvió a hablar- Estuve estudiando el incidente y creo que puedo negociar una condena de prisión preventiva de seis meses en una cárcel de baja vigilancia- aquel comentario hizo que el acusado levantara la vista para mirar a la profesional directo a los ojos. Esa acción intimidó a Hermione, removiéndose en su asiento. La miraba como si lo hubiese ofendido de alguna manera.
-Creo que debería investigar mejor, señorita Granger- dijo con voz tenue y pasiva, como si hablara con una niña pequeña- Puede ser que esa carpeta esté llena de detalles sobre lo que pasó, pero no revela uno que puede interesarle más.
-¿Cuál?- Ian se apoyó en la mesa para acercarse un poco más a ella.
-La cámara en la que me encontraron es mía… por lo tanto, soy inocente- Hermione no supo qué decir. La saliva se había estancado en medio de su garganta y cuando pudo despegar los labios, una pareja de Aurores entró para buscarlo. La visita había terminado.
Una vez fuera de Azkaban, la castaña se dirigió hasta su oficina en el Ministerio para archivar algunos papeles. Tenía la mente ocupada sólo por esas palabras. Al parecer se había tropezado con algo mucho más serio que un simple niño travieso que desafió uno de los lugares más seguros que existían, y sólo dimensionarlo la hizo estremecerse… "¿Todo esto se trata de una trampa?, ¿Por qué querrían incriminarlo?", pensó al tiempo que salía del despacho para viajar a casa. Comprendió que se estaba haciendo tarde y de seguro Harry la esperaba a cenar como todas las noches. Apuró el paso. No obstante, cuando se dirigía hacia una de las chimeneas para utilizar la Red Flú, una sedosa cabellera pelirroja se atravesó en su camino sin haberla notado. Los ojos penetrantes de Ginny Weasley la interceptaron. Hacía casi dos meses que no la veía y seguía igual de atractiva. Desde que Hermione había terminado con Ron, esta muchacha había jugado su papel de hermana protectora y le exigió respuestas a su centenar de preguntas. Era lógico. La castaña logró evadirlas todas con mucha educación, pero ya su paciencia rozaba el límite de la tolerancia. Sin embargo, para su sorpresa, Ginny no tocó ese desagradable tema. La saludó cordialmente mostrándose muy accesible a mantener una plática amena entre ambas.
-¿Y qué te trae por el Ministerio hoy?- preguntó Hermione, tratando de seguir la línea amable de la conversación.
-Estuve entrevistando al encargado del Cuartel General de la Liga de Quidditch para la sección deportiva de El Profeta- dijo la muchacha, enseñando una libreta llena de apuntes en sus manos. Se notaba que le entusiasmaba mucho su nuevo empleo en el periódico mágico. La castaña le sonrió- ¿Cómo está Harry?
-Bien, ahora mismo debe estar cocinando, tengo que apresurarme- Ginny, al oírla, alzó sus cejas revelando un movimiento ansioso en su mirada. Aquello intrigó un poco a Hermione. Por su comportamiento repentino, parecía ser que quería pedirle algo. No pasarían más de dos segundos para confirmar su sospecha.
-¿Puedes decirle de mi parte que me escriba? Me gustaría cenar con él algún día… ya sabes, recordar viejos tiempos- no esperaba que esa petición le pesara sutilmente en medio del estómago. No pudo mantener la sonrisa que sostenía volviéndose seria. No comprendió su propia reacción. La molestia ante sus palabras le invadía la sangre sintiéndose con el derecho de decirle que no lo aceptaba, que por ningún motivo lo permitiría. Tuvo una suave sacudida de celos que prefirió ignorar con esfuerzo.
-Está bien- respondió secamente y se despidió de ella para caminar hacia las diversas chimeneas que se alineaban impasibles a lo largo de las murallas…
El aroma de la cena recién horneada deleitó el olfato de Hermione apenas entró en la cocina hallando a su mejor amigo poniendo la mesa. Aquella armonía hogareña entre ambos les gustaba, realmente los reconfortaba después de un largo día de trabajo. Era el instante del día que esperaban ansiosos. La joven observó la larga mesa, fascinada por la dedicación de Harry en cada detalle: servilletas bien dobladas, cubiertos en protocolar orden y platos relucientes. La fuente de ensaladas le produjo un dolor cerca de las mandíbulas y su boca se hizo agua. No había notado el hambre que tenía hasta que llegó a la mansión impregnada de fragancias deliciosas. Harry la saludó al verla de pie en el umbral de la puerta y le sirvió una copa de vino blanco. La castaña le sonrió con los ojos en el momento en que bebía del licor sintiéndose tan bien que deseó que su convivencia jamás terminara. Se sentían acompañados en un mundo de soledades persistentes, como si Grimmauld Place se convirtiera nuevamente en una guarida para ellos. Tomaron asiento en la mesa bien arreglada y degustaron el salmón dorado que el ojiverde había preparado con tanto esmero. La cena transcurrió con total normalidad. La muchacha le contó sobre la visita a su cliente, sobre su gélida forma de actuar ante ella y su única declaración que había espesado el ambiente dentro de la Fortaleza.
-¿Puedes creerlo, Harry? Inocente- contaba Hermione, enfatizando sus palabras con las manos- Lo dijo con tal convicción e intriga que le creí inmediatamente.
-¿Por qué querrían incriminarlo?- preguntó el moreno sin saber que esa fue la misma pregunta que su amiga se había hecho hacía pocos momentos atrás.
-No lo sé, necesito hablar más con ese chico e indagar qué sucedió.
Harry sabía que lo haría. Cuando algo le olía mal a esa mujer, era capaz de no detenerse hasta llegar al fondo del truculento asunto. Ese Ian McAlister tenía mucha suerte de habérsele asignado a Hermione como su defensa. No podría tener un mejor profesional ante una Asamblea despiadada a la hora de realizar deliberaciones.
Mientras seguían comiendo, comentando el caso y las breves palabras del acusado, la chica recordó el recado de Ginny Weasley. No entendía por qué no quería dárselo al ojiverde. Trataba de excusarse a sí misma con insípidas razones sin conseguirlo. Ella no era la madre ni la novia de Harry, sólo su amiga… amiga que vivía con él por casi dos meses, nada más… ¿Por qué esa nueva y repentina sensación de propiedad? Optó por dejarse de tonterías y ser responsable, ser confiable. Por lo tanto, adoptó una postura relajada, casi indiferente, dejó su tenedor suspendido sobre su plato y carraspeó para aclarar su garganta luego de la pausa.
-Hoy me topé con Ginny en el Ministerio- comentó como si hablara del frío clima londinense- Estaba haciendo unas entrevistas allá para su sección de deportes en El Profeta y me pidió que te dijera que le escribieses un día de éstos… quiere salir contigo o algo así- al terminar de hablar, supo que lo último había sonado hastiado. Harry no se mostró sorprendido ni fastidiado. Aquello molestó un poco a Hermione. El moreno bebió de su copa y le agradeció que le hubiese dado el mensaje. Cuando el silencio gobernó el aura reinante, la joven quiso cambiar de tema radicalmente- El salmón te ha quedado delicioso, Harry. Has mejorado bastante.
-¿Mejorado? Si hay alguien que debe mejorar en la cocina, ése no soy yo- esa acotación sugerente enrojeció a Hermione y su personalidad competitiva emergió como un submarino ruso en plena batalla. Al ver que ella preparaba una sarta de respuestas en su mente, el ojiverde comenzó a reír.
-¿Cómo puedes…? Mañana en la noche, te preparé un plato tan espectacular que deberás tragarte lo que has dicho- contestó fingiendo ofensa en su entonación.
-De acuerdo, me parece excelente. Es una cita entonces- dijo, notando que luego de sus palabras no pudo evitar mirar más profundamente a su mejor amiga sonrosada.
Otra vez Harry no pudo dormir. De espaldas en su cama, la cabeza le daba vueltas y no supo si era por el vino blanco o las típicas preocupaciones del trabajo. Sin embargo, sabía que ninguna de ellas era la razón de su insomnio. Después de varios minutos, cerró sus ojos sumiéndose en un sueño tímido, volátil. Un sueño que se espantaría con el simple sonido de un suspiro. No obstante, ese leve estado de inconsciencia, desplegó imágenes en su mente demasiado reales para su gusto. Imágenes de lo que parecía ser St. Mungo, un pabellón iluminado por luces blancas y lleno de sanadores que lo sacaban a empujones del interior. Harry deseaba entrar, deseaba apartar esas malditas puertas claras de su camino y no sabía el por qué. Algo dentro de ese cuarto lo angustiaba, lo preocupaba, lo sumía a un dolor indescriptible desgarrando su garganta dejándola herida en cada sollozo… ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué ese momento tan asfixiante, tan real? Se sentía deshecho, con un peso en su caja torácica que lo despertó jadeando y destapado por los ciegos manotazos perpetuados. Le costó trabajo volver a la realidad.
Observó su habitación sin olvidar ningún recodo e inhaló profundamente una vez comprendido que había sido una horrible pesadilla. Tuvo la necesidad vital de cerciorarse que Hermione se encontraba bien, generalmente era ella quien sufría de luchas subconscientes, por lo tanto, se levantó de su cama y cruzó el pasillo hasta el otro cuarto. Abrió despacio la desvencijada puerta reparando que su mejor amiga dormía de lado mirando hacia la entrada. El moreno se apoyó en el marco sin desear invadir la alcoba y despertarla. Era la primera vez que se veía tan plácidamente dormida, incluso suspirando de vez en cuando. Imaginó con cierta gracia que ella le había transmitido su intranquilidad nocturna a causa de las noches que compartieron descansando juntos. Sonrió. Se sorprendió a sí mismo pensando: "No me importaría soportar por ti las pesadillas eternas con tal de que duermas bien siempre", sus propias palabras le estrecharon el cuello impidiéndole respirar con libertad. Se retiró despacio cerrando la puerta y tratando de ignorar lo que acababa de decirse…
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Gracias a Dios era viernes y como todo grandioso día bajo ese nombre, Hermione salió temprano de su trabajo, se dirigió al Callejón Diagon y con todo su buen humor encima, realizó las compras para la cena. Como bien habían planeado la noche anterior, la castaña debía demostrarle a Harry sus aptitudes culinarias con un plato que se llevara aplausos. Al fin y al cabo, el ojiverde se había convertido en una competencia reñida y ella no era de las que se quedaban rezagadas, claro que no… ella luchaba siempre por ser la mejor en todo.
Las innumerables tiendas estaban llenas de gente. Era una tarde agradable para salir de paseo y a la joven no le molestó lo atestado que estaba, todo lo contrario, disfrutó haciendo las compras para ese Magret de Pato con salsa de champiñones que tenía en mente. Había conocido esa receta gracias a su madre cuando volvía a casa desde Hogwarts en vacaciones de verano y le ayudaba en la cocina. Aquellos tiempos la hicieron vibrar de añoranza.
Luego de adquirir los ingredientes necesarios, Hermione fue en dirección a la mansión Apareciendo frente a la puerta en cuestión de segundos. Allanó la cocina con la misma decisión de un invasor en combate y comenzó con las gestiones domesticas correspondientes. El calor del fogón se expandió por todo el inmueble vigorizando los ánimos. La joven tarareaba alguna canción aprendida por ahí mientras espolvoreaba los magrets con sal y pimienta, mezclaba el puré de champiñones con patatas y cebolla para darle el toque extra y finalmente, hundió el pato en el horno para dorarlo unos minutos. Todo estaba listo e indudablemente delicioso. Hermione puso la mesa, decorándola lo mejor que su esfuerzo físico y mágico pudieron ofrecer. Reparó que faltaba muy poco para que Harry apareciera en la chimenea desde el Cuartel General de Aurores y se sentó con confianza a esperarlo. Ingenuamente, se sintió como si fuera su esposa, esperándolo para cenar después de un arduo día de trabajo, típico escenario de una película hollywoodense de los cincuenta. Rió de manera irónica quitándose el delantal de la cintura para arrojarlo sobre una silla. Sin embargo, los minutos comenzaron a correr velozmente. La chica sintió que los nervios empezaban a incomodarla y se puso de pie para lavar algunas cosas utilizadas para así distraerse. La chimenea seguía sin escupir a su amigo y ella ya estrujaba sus manos de la impaciencia. Era la primera vez que Harry tardaba más de lo usual sin avisarle antes. Imaginó que tuvo un contratiempo, algún problema en la oficina pero que debía aparecer en cualquier momento en la mansión. Él sabía que tenían un compromiso. Peso a ello, su arribo se extendió hasta que el pato se enfrió en el horno, el puré se solidificó y las velas se consumieron hasta más allá de la mitad de su cuerpo. Hermione apretó sus labios sintiendo ganas de tomar la comida y arrojarla a los perros callejeros. Ya era casi medianoche. Definitivamente su mejor amigo la había plantado.
De pronto, el sonido de la puerta principal la distrajo de sus lamentos y maldiciones. Los pasos de Harry en la sala la hicieron ponerse de pie de un brinco agradeciendo el no tener su varita a mano, porque lo habría recibido con un hechizo Furnunculus que le deformaría la cara gracias a las ampollas. Al verlo colgar su abrigo en el perchero y voltear, Hermione se puso las manos en la cintura como quien exige explicaciones sin antes pedirlas.
-¿Qué haces despierta a esta hora?
-Esperándote.
-¿Por qué?- ella no le respondió, dejó que su memoria fuese en su rescate antes de lanzarle a la cara su falta de educación. Harry se dio en cuenta al percibir cierto aroma a comida en el ambiente. Suspiró abatido- Lo siento, Hermione…
-Lo olvidaste- derrotado, no pudo más que asentir. La castaña resopló- ¿Qué sucedió?
-Bueno, Ginny y yo…
-¿Ginny y tú?- esa pregunta brotó venenosa desde lo más profundo de su ser, el sarcasmo utilizado fue tal que Harry al oírla frunció el ceño mostrando asombro.
-Sí… Fuimos a cenar por ahí. Luego de tu recado, decidí escribirle durante el día y salimos- contestó descuidadamente caminando hacia las escaleras- Creo que se nos pasó el tiempo volando. Disculpa, olvidé avisarte que no llegaría a la hora- Hermione no estaba dispuesta a ceder su semblante endurecido. Lo miraba con sus dulces ojos encendidos de la rabia. No sabía con precisión si aquello era por el hecho de verlo tan displicente o sólo imaginarlo platicando con la chica pelirroja en algún maldito restaurante. Se sentía inmensamente ofendida.
-Gracias por arruinar la velada- comentó mordiendo las palabras. Harry se detuvo sintiendo la amargura de su tono como una ola de desconcierto.
-¿Por qué reaccionas así? Podemos cenar mañana u otro día… siempre lo hacemos.
-¡Habíamos acordado algo!- explotó la joven elevando la voz- ¡Si vas a comprometerte en algo, cúmplelo!
-¿Qué mierda te sucede? ¡Ya te pedí disculpas!- se defendió el moreno causando que Hermione rechinara los dientes reteniendo su furia con esfuerzo. Sus miradas colisionaban como dos vientos ascendentes capaz de provocar truenos dentro de la mansión. La muchacha, con movimientos erráticos, se abrazó a sí misma sin querer responderle. Mordió sus labios tratando de serenarse y escondió sus lágrimas de impotencia mirando hacia otro lado. Nunca le gustó discutir con Harry.
Ambos sabían que la relación estaba tornándose demasiado ambigua. La convivencia los estaba confundiendo pero ninguno decía nada al respecto. Se sentían bien, se sentían cómodos uno con el otro. Ahora, de pie en el rellano de las escaleras, los jóvenes peleaban al igual que una pareja de casados con problemas cotidianos. El ojiverde la observaba atentamente buscando respuestas en sus gestos, respuestas a preguntas que sonaban cada vez más fuerte en su interior. Su pecho se ablandó completamente. No pudo ignorar que frente a él había una hermosa mujer pidiendo explicaciones y su estómago se contrajo al pensarlo. De repente, unas palabras lo desconcentraron de aquel instante resonando como molestas sirenas, una y otra vez: Cuida mucho de Hermione… la sigo queriendo y extrañando siempre… ¿Por qué esa frase de Ron volvió a su memoria? ¿Qué estaba advirtiéndole su subconsciente?
Por otro lado, Hermione sentía que por su garganta pasaban trozos de decepción y cólera residiendo en cada fibra de su cuerpo. Saberlo despreocupado le hería la convicción creyéndose una idiota por reaccionar tan exageradamente, después de todo sólo era una estúpida cena perdida, comida que había preparado y que en esos momentos yacía sin pena ni gloria en la mesa de la cocina. Respiró hondo empujando con esa bocanada de aire las replicas que quería decirle. Prefirió no seguir el tema y caminó hacia las escaleras pasando por su lado sin mirarlo. Subió rápidamente para después cerrar la puerta de su alcoba de un cortante azote. Ese sonido fue como una bofetada limpia para el moreno…
La madrugada comenzó pésima. Harry no conseguía dormir. No podía sacarse de la cabeza la mirada resentida de su mejor amiga, el reproche de sus palabras, el temblor de su mentón al mirar hacia otro lado. Era la primera vez que una discusión con Hermione le escocía tanto el corazón. Se daba vueltas entre las sábanas intentando una posición en la que doliera menos lo recién ocurrido. Ni siquiera sabía por qué había olvidado el plan con ella antes de salir con Ginny. La pelirroja ya no le atraía como antes, ya no le despertaba esa seducción que pudo hipnotizarlo alguna vez cuando tenía dieciséis años… no entendía entonces por qué ese descuido… ¿Había sido la carta de Ron? ¿Pretendía alejarse de la castaña poco a poco?... Harry se levantó de la cama con la sensación del colchón ahuecado en su espalda negando en silencio. Aquellas ideas eran absurdas.
Un sollozo ahogado provinente de la otra habitación lo alertó. Era un llanto aplacado, no cabía duda. El muchacho se armó de valor y caminó hasta allá descalzo. Pegó su oreja contra la puerta confirmando su suposición. Era Hermione y estaba llorando. Se había jurado no entristecerla luego de todo lo que había pasado con su mudanza y el rompimiento con Ron el pasado mes, pero había fallado rotundamente. Se odió por imbécil al tiempo que giraba el pómulo para poder entrar. La joven le daba la espalda acostada hacia la ventana. Los espasmos constantes que removían su cuerpo revelaban que tal vez no lo había escuchado y seguía sumergida en sus lágrimas. Harry no quiso ser irrespetuoso con ella, debía decir algo. Se acercó a la cama despacio, buscando la forma de poder hablar sin espantarla.
-No es necesario que me digas nada…- fue la voz de Hermione la que se oyó de súbito y el moreno casi se cae de la sorpresa. Contestó.
-Claro que sí… lamento haberte hablado de esa forma- La muchacha volteó secando sus mejillas con el dorso de su mano. El chico se atrevió a sentarse a su lado y le ayudó en esa labor sintiendo la humedad de su llanto. Hermione sonrió gradualmente sin responderle. Se miraron largos segundos como si hubiesen olvidado que la voz existía en los seres humanos. Ella se acomodó en la cama como hacían cuando dormían juntos espantando las pesadillas y Harry la siguió sabiendo cómo ajustarse a ella. La abrazó por la espalda con timidez. Las disculpas sobraban- No podía dormir sin antes decirte buenas noches…- le susurró cerca del oído. La joven asintió.
-Tampoco yo.
De pronto, las palabras de Ron que tanta ronda hacían por la mente del ojiverde, brillaron por su ausencia. Los roces de ambos se intensificaron en esa cama. La espalda de Hermione estaba adherida al pecho de Harry mientras que el ritmo de la respiración aumentaba notoriamente en cada uno. La joven podía sentir los latidos de su mejor amigo contra ella, martillando, golpeando, y se apretó más contra su cuerpo sin poder evitar que la excitación la embargara despacio. Los labios de Harry rozaron el hueco de su cuello aspirando su perfume a todo pulmón. Se movían acompasadamente sugiriendo lo que podría pasar desnudos siguiendo una melodía privada. Los dedos del moreno acariciaron la curva de su cintura aprendiéndose sus medidas al tacto. Subió un poco su pijama de seda para tantear la suavidad diferente de esa piel candente y ella se estremeció. Ninguno quería abrir sus ojos, era como si ese juego prohibido entre ellos estuviese ocurriendo sin permiso. Entonces, Hermione se atrevió a enfrentarlo y rodó sobre sí misma para besarlo famélica. Fue un beso tan intenso que la electricidad la recorrió brutalmente teniendo que soltar su boca por no poder soportarlo. Gimió agotada de tantas emociones. Harry no dejó que la tregua llegara aún.
Su sangre efervecía como nunca había sentido en su vida. La desvistió explorando sus rincones desconocidos con las manos mientras ella le ayudó a quitarse sus prendas descubriendo un nuevo hombre. Sus pieles se unieron en un beso expandido, generalizado. Bastó con que el muchacho separara esas piernas de porcelana para entrar en ella y ver todo de una forma distinta. La castaña lo recibió arañando su espalda sin consciencia de ello. El ardor de las embestidas generó que descargara un jadeo contra el hombro de Harry y retumbara también contra las paredes. El ojiverde estaba extasiado de tanta perfección. Sentía que el único lugar para él estaba allí, en ese cuerpo maravilloso. Tantas noches a sólo metros de distancia sin tener idea que realmente estaba a pasos de la gloria. Comprendió que no había otro momento más increíble que dormir con su mejor amiga entre sus brazos, ahuyentando las malas imágenes, los malos sueños.
La constancia de sus movimientos contra ella fue en aumento, se hundía con fuerza viendo que el sudor que decoraba el rostro de Hermione reemplazaba las nefastas lágrimas que le había ocasionado. Le encerró la boca otra vez con la suya para capturar sus gemidos sin perder ninguno. El calor de sus vientres atrajo el cosquilleo enloquecedor que impulsó a Harry a volverse exquisitamente más brusco. La mordió, encerró sus senos con las palmas y lamió la línea de su torso hasta dibujar sus clavículas. Arremetió en la castaña deseando no terminar con ese delicioso momento, Hermione arqueó su espalda y contrajo sus músculos cuando llegaron a ese clímax tan anhelado. El temblor los sacudió a los dos removiéndolo todo en esa cama. La joven rasgó su garganta con un último gemido y él se rindió sobre su pecho explotando en su interior…
