No podría decir con exactitud cuánto duró el viaje porque cuando no estaba atento al menor movimiento de la tripulación estaba durmiendo, pero sí que tardamos unos días en llegar a puerto. Salí igual que entré esperando a que nadie mirara para salir con la maleta a cuestas.
Como necesitaba encontrar un lugar donde refugiarme y saber al menos dónde estaba, la oculté detrás de unos barriles llenos de agua estancada y me paseé por le muelle. Escuché disimuladamente las conversaciones de la gente, pero no logré distinguir el idioma que hablaban. Sin embargo, su aspecto y el clima me hacían pensar que estaba en el este. Paseando por el muelle, me topé con el letrero de una posada que confirmó mi teoría: estaba en Rumanía. Sólo había estudiado latín y francés, pero lo reconocía.
Así que Rumanía sería mi nuevo hogar...
No sabía hablar el idioma, no tenía dinero, ni ropa, ni comida ni podía hablar con nadie. Un hermoso comienzo.
Pero me sentía contento de estar allí, ya que al menos nadie sabía de mi existencia. Probablemente en Inglaterra ya se habría publicado mi historia en los periódicos.
Una vez supe dónde me encontraba, llegó el momento de buscar refugio. En un principio, pensé en colarme en la habitación de una posada cualquiera pero había mucha gente y era muy arriesgado, así que desheché la idea. ¿Y en un establo? Urgh, no.
- ...En Transilvania.
¡Un momento! ¡Alguien hablaba mi idioma! Miré a mi alrededor. Las voces pertenecían a un par de hombres, muy ricos, viendo sus trajes, que acababan de desembarcar de un barco mercante y se dirigían al centro de la ciudad. Eran americanos. Tal vez dejaran caer algo interesante, así que caminé junto a ellos con cuidado de no respirar demasiado fuerte ni de pisar ningún charco.
- Pertenecía a un viejo conde, pero, según tengo entendido, murió y ahora se encuentra abandonado.
- ¿Un castillo del siglo XV sin herederos y el gobierno aún no lo ha expropiado? Estará destrozado, supongo.
- Al contrario, está en perfecto estado. Pero los lugareños creen que está maldito.
- ¿Maldito?
- Sí. Eso dicen.
- Menuda idiotez.
Los dos hombres siguieron caminando mientras que yo me detuve. Un castillo abandonado, en perfectas condiciones, al que los lugareños no se acercaban. ¡Era mi salvación! Allí podría vivir tranquilo aunque sólo fuera por una temporada. En cuanto a las leyendas de antiguas maldiciones...Había estudiado Ciencias desde que era un mocoso, no creía en esas patrañas; pero me podrían beneficiar en cierto modo: sólo tenía que aprovechar mi invisibilidad para alimentar los rumores y así nadie se acercaría a husmear.
Decidido, pues, me encaminé hacia allá. Volví al rincón donde ocultaba mi maleta, la recogí y me dispuse a preparar mi viaje. Como no sabía rumano, no podía enterarme de si un coche iba a Transilvania, pero sí que conseguí colarme en una biblioteca y husmeé un buen rato los mapas para tener alguna idea del rumbo que debía tomar. Después de haber trazado un plan, vino otro problema: me empezaba a encontrar realmente mal. ¿Cómo no, estando desnudo y comiendo poco? No podía seguir ocultándome de esa manera...Tendría que repetir el disfraz que usé en Iping.
Me oculté tras una estantería lejos de las miradas de los lectores y saqué de la maleta lo poco que había conseguido salvar. Un buen montón de vendas, las gafas de sol, camisa, pantalones...Me dejé los zapatos, pero ya improvisaría algo. Después de cerciorarme de que todo el mundo estaba con los ojos fijos en los libros, envolví mi cuerpo entero con las vendas, incluida la cara. Para que no se notaran las cuencas vacías de mis ojos, me puse las gafas. Después, me vestí. Me miré de arriba a abajo. No estaba mal, pero los pies desnudos me delatarían...Rebusqué de nuevo en la maleta, para asegurarme de que realmente me los había dejado en la habitación de la posada y...Sí, así era. Pero encontré un par de calcetines. Eran los que tenía pendientes de lavar, pero en esas circustancias pequeños detalles como esos me importaban un bledo.
Salí de la biblioteca aparentando tranquilidad, aunque en mi interior estaba muerto de miedo. Recordaba los gritos y los tridentes que siguieron a la caída de mis vendas cuando se me acercó la mesonera. Por suerte, la gente estaba a lo suyo y los que se fijaron en mí me miraron con lástima, pensando que habría sufrido un accidente.
Transilvania estaba a un buen trecho de allí y sólo podía desplazarme a pie. Iba a ser largo y duro, pero...Bueno, teniendo en cuenta que mi vida entera se había derrumbado, no tenía nada que perder.
Así que eso hice: caminar, caminar, caminar como un desgraciado. Había una distancia considerable hasta Transilvania, así que no perdí el tiempo.
No fue un viaje demasiado placentero: al no tener zapatos, mis pies sufrían lo indecible; me alimentaba de los frutos de los árboles que me encontraba por el camino; dormía al pie de éstos; más de una vez comenzó a llover y tuve que seguir caminando porque no tenía refugio. Para colmo, había pillado un resfriado tremendo por andar tanto tiempo desnudo. Estornudaba a cada minuto que pasaba y cada estornudo me descolocaba las vendas hasta el punto de que deseé llegar al castillo para deshacerme de ellas.
En un par de días había hecho la mitad del camino, lo cual no estaba nada mal teniendo en cuenta que iba andando a buen ritmo. Sin embargo, para ir un poco más rápido, me desnudaba de nuevo y me sentaba en la parte trasera de los vehículos que pasaban por el camino, bajándome cada vez que empezaban a notar el peso extra.
De esta manera llegué a Transilvania. Lo mejor de todo es que ni siquiera tuve que devanarme los sesos buscando la forma de llegar al castillo: era perfectamente visible desde la frontera con Muntenia.
Era impresionante desde la distancia, pero de cerca lo era aún más. ¿Sabéis estos castillos encantados de piedra ennegrecida con muchos torreones y ventanales que aparecen en las novelas de terror? Bueno, pues algo así. Su aspecto me imponía, no puedo negarlo, pero me dirigí a la valla de todos modos. Aquella oportunidad era demasiado buena para dejarla pasar por tonterías como esas. Cuando me acerqué a la valla me di cuenta de que podía entrar con toda libertad: los cerrojos estaban todos en el suelo y la puerta, semiabierta. Así que lo hice. Me acerqué al portón de madera carcomida y, aunque estaba cerrado, un simple empujón bastó para abrirlo.
El vestíbulo era enorme, nunca en mi vida había visto nada parecido. Los muros de piedra estaban decorados con retratos de aristócratas, candelabros y tapices polvorientos. En realidad, lo que más había allí era polvo; pasé la mano por una mesa de mármol sobre la que descansaba un reloj de bronce y el polvo se me quedó en la mano.
Me paseé por las estancias para comprobar que no hubiera nadie. No, todo estaba desierto. Podía oír mis propios pasos. Además, el polvo no debaja lugar a dudas, hacía tiempo que nadie vivía allí.
Me atreví a soltar un suspiro de alivio. Por fin tenía paz y tranquilidad. Nadie me perseguiría con antorchas ni me llamaría "monstruo".
Una de las puertas del vestíbulo conducía a un pequeño salón de estar que tenía una extensa alfombra roja, montones de estanterías llenas de libros, una chimenea de piedra y una butaca de terciopelo frente a ella. En cuanto lo vi, se convirtió en mi parte favorita de la casa. Me habría encantado tener una casa así. Examiné las estanterías. El conde que vivió allí era muy afortunado, los títulos que vi eran muy buenos y tenían unas ediciones muy cuidadas. Cogí un ejemplar de "Hamlet" encuadernado en cuero. Encendí la chimenea y me senté en la butaca frente a él a leerlo.
¿Cuánto tiempo llevaba sin sentirme tan a gusto? Creo que no había descansado con tanta paz desde que empecé a trabajar en la poción y no había cogido un libro desde mucho antes. Desde luego, me sentó bien. Creo que hasta me quedé dormido a mitad del primer acto. No sé. De lo que sí estoy seguro es de que cuando el reloj del vestíbulo tocó las doce, el fuego se extinguió de repente y me encontré en la más absoluta oscuridad.
Me puse de pie y tanteé los objetos de mi alrededor, buscando algo con lo que iluminar la habitación de nuevo, alarmado.
No hizo falta que lo buscara. La puerta que había dejado cerrada estaba abierta y un hombre que portaba un candelabro entró por ella.
Lo conocía. Había visto su retrato colgado en la pared.
