Capítulo 2: No te quiero

En la oscuridad de la noche, sus recuerdos se volvían más nítidos. Sentado sobre una cama que alguien probablemente había rescatado de la acera, Remus Lupin, rememoraba una y otra vez los acontecimientos que le habían convertido, si cabe, en una persona aún más triste y solitaria.

Sin el único amigo que le quedaba de su infancia y juventud, la esperanza de un futuro había desaparecido con él. Pensar que un hombre inocente había pasado sus mejores años en la prisión más aterradora del mundo mágico le producía una profunda pena y una rabia que le oprimía el pecho. Lo único que para su mejor amigo podía enmendar aquellos terribles doce años era que la verdad se descubriera, al fin.

Si eso hubiera ocurrido, podría haber vivido el resto de su vida en una pequeña cabaña en el campo, donde únicamente se pudieran ver las estrellas, lejos del mundo que le había tratado tan injustamente. "Vendrás a visitarme", solía decirle. "Y traerás a Tonks contigo". Algo que entonces no creía posible, y ahora, menos.

Nadie lo entendía. Ni siquiera él lo hizo. Sólo quería protegerla de esa maldición que tocaba a todos sus seres queridos. Pero en su corazón sabía que había algo más: sentía un horrible presentimiento. Un día ella se despertaría a su lado y comprendería que había malgastado sus días a su lado. Sí, lo sabía; ella se marcharía y le rompería el corazón, como tantas otras veces, pero esta vez sería la definitiva.

Ella merecía a un hombre sano, joven y con algo de oro en una cámara de Gringott. Se lo dijo una vez, se lo diría miles de veces; las que hicieran falta hasta que entrara en razón. También sabía que si eso ocurriera -y estaba seguro de que ocurriría-, no soportaría que otro hombre acariciase su precioso cabello rosa o besara sus labios. ¿Qué era lo que deseaba entonces?

Un minuto después, tomó una decisión: la más cobarde de todas.

Se levantó de la cama con un crujido de su desgastado colchón y se dirigió al cuarto de baño, frente a su habitación. Allí, abrió el armario de las medicinas y, sin más, se encontró con un bote de pastillas para dormir. Había escuchado que, si tomaba demasiadas de una vez, caería en un profundo sueño del que jamás se despertaría. Ya no sufriría más. Nadie lo haría.

Mirando un puñado de ellas sobre la palma de su mano dispuesto a tomárselas con un trago de agua, alguien llamó a la puerta.

¿Quién demonios llamaría a esas horas?

-¿Dora?- preguntó sorprendido al verla en el umbral de su puerta. No tenía buen aspecto, su pelo lucía negro y liso, con unas marcadas ojeras debajo de unos ojos oscuros y brillantes.

-Hola, Remus. Siento haber venido tan tarde- se disculpó. El licántropo parecía derrotado, con los ojos enrojecidos, la observaba sin dar crédito a lo que veía.

-Pasa, por favor, no te quedes ahí plantada- sugirió. Y cerró la puerta tras de sí.

Tonks entró en un pequeño y abarrotado salón. Había objetos y libros por todas partes, pero no se detuvo en ninguno en concreto. Nada importaba tanto como lo que debía decirle-: Perdona que sea tan directa, pero es que necesito decírtelo- le dijo. Bajó la mirada mientras él seguía escrutándola–. Lamento mucho que Sirius ya no esté. Fue mi culpa, lo sé, yo debí desarmar a Bellatrix, pero no pude… Si lo hubiera hecho él seguiría aquí–. Ante su perplejidad, Tonks agregó – Sólo quería que lo supieras, aunque entiendo que no puedas perdonarme.

No sabía que decir. Sencillamente, no se esperaba algo así. La razón por la que había rehuido su presencia no era esa: nunca la culparía de la muerte de su amigo. Su mente era una maraña de pensamientos, pero de lo único que tenía certeza es que Tonks era inocente.

Ella interpretó su silencio como una afirmación, y mientras sus ojos se iban llenando de lágrimas, se dirigió hacia la salida.

Cuando se dispuso a girar el picaporte de la puerta su voz se lo impidió.

-Por favor, no te vayas-. Por primera vez desde que la conocía, Remus le hizo caso a su corazón. Se acercó a ella, como quien se acerca a un animal asustadizo. Tonks, se volvió hacia él y vio algo en sus ojos que nada tenía que ver con los que vislumbró al abrir esa misma puerta. Sin pensárselo dos veces, acortaron las distancias y ambos se besaron. Se separaron brevemente y, luego, volvieron a juntarse. Su respiración se iba haciendo cada vez más agitada.

-¿Estás segura de esto?- dijo Remus entre jadeos-. Es una locura.

-Ni se te ocurra parar ahora- le susurró ella al oído mientras sus manos buscaban su piel. No se hizo esperar y la tomó entre sus brazos. Lentamente, se dirigieron hacia el dormitorio donde, minutos antes, el licántropo había pensado que todo había acabado para él.


No podía apartar la mirada de la mujer que tenía recostada a su lado, de los débiles rayos de luz que caían sobre su rostro, del perfil de su figura desnuda.

Tampoco deseaba despertarla y, sin embargo, no pudo evitar inclinarse y posar un ligero beso sobre unos mechones, color rosa chicle, colocados al lado de su boca. La sentía cerca, pero él estaba lejos.

¿Quién se había creído que era? Había fantaseado con la fugaz idea de que podría hacerla feliz. Sólo era un imbécil que soñaba que sus padres le aceptarían, que el mundo lo comprendería. Había sido egoísta y, sin embargo, nunca la había visto tan viva. Volvía ser ella y era por él, aunque no lo entendía. Pero tampoco se arrepentía y por eso se maldecía.

Quizá, para ella había sido una manera de escapar a su dolor. Un capricho, algo que uno hace sin pensar demasiado. Sólo sexo, quizá. Pero no para él: eso nunca. Se sentó en la cama, sujetando su cabeza con ambas manos. Así, y todo, no se dio cuenta de que ella había despertado hasta que le abrazó por detrás.

-¿Dónde te crees que vas?- le besó bajo la mandíbula. Él se estremeció.

-Tengo que hablar contigo- anunció Remus, tal vez demasiado rápido.

Tonks le miró sin comprender. Sabía que ambos se habían precipitado después de tantas miradas esquivas y rodeos, pero no había nada de malo en ello. Se querían.

Él intentó sostener su mirada, pero al final volvió a mirar abajo; hacia su arrugada sábana.

-Ha sido un error- susurró.

Sus palabras le cayeron como una jarra de agua helada sobre la cabeza. Aquello no podía estar pasando. Sus ojos miraron a un lado y a otro, intentando asirse a algo.

-Me lo has puesto demasiado fácil- añadió con un nudo en la garganta que ella no podía percibir-. No he podido evitarlo, lo siento-. La voz se le quebró.

-Mírame y dime que no es cierto- dijo entre sollozos-. Remus, te quiero. Sea lo que sea lo que te atormenta ahora lo superaremos.

Su pelo se iba oscureciendo con cada lágrima que derramaba. Se obligó a mirarla. Debía hacerle daño, tanto que no quisiera volver a verle en lo que restara de su vida; tanto que sintiera asco de su presencia y vergüenza de haber gritado su nombre mientras estaba dentro de ella.

-No te quiero – respondió. Ya está. Había perdido para siempre a la única mujer que había amado de verdad-. Cuando te marches, cierra la puerta, por favor.

Le dio la espalda y se vistió tan rápido como pudo. Sin mirar atrás se fue de aquella habitación.

Tonks se quedó paralizada. Sólo fue capaz de cubrirse, repentinamente avergonzada, mientras le veía abandonar la estancia. Ya no le quedaban más lágrimas. De repente, estaba cansada de nadar contra la corriente.


N/A: ¡Hola a todos! Espero que os haya gustado y que me dejéis algún comentario. Muchas gracias de corazón.

Un saludo,

Sisa Lupin