Más problemas añadidos
Roma era una ciudad grande, el lugar perfecto para encontrar información en cualquier sitio. Los Heraldos eran una buena fuente para escuchar lo que sucedía por la ciudad, pero lo único de lo que se hablaba últimamente era de una fiebre porcina que sitiaba la ciudad. Ninguna información sobre nuevos cadáveres ni carteles de se busca repartidas por todos los edificios.
Nada.
Ezio se fue sentando en distintos bancos para escuchar si entre los civiles obtenía algo. Estuvo en el Panteón, en el mercado de Trajano, en el foro romano y hasta en el Coliseo. Pero la información que recibía no le servía de ninguna utilidad.
Se aseguró de que ninguno de sus hermanos fuera asesinado de nuevo y los mandó a hacer diferentes misiones por todo el Mediterráneo. Estaría solo, pero así ninguno de ellos sería asesinado…hasta que volviesen.
En los barracones, Bartolomeo puso en alerta a sus hombres. Todas las puertas de acceso estaban cerradas y había soldados que vigilaban a toda costa los movimientos de fuera. Por seguridad, Ezio no obligó a abrirle las puertas, sino que se aseguró de que hasta nuevas situaciones no abriera las puertas a nadie. A Bartolomeo no le hacía falta que se lo dijeran dos veces.
Marchó hacia la Rosa en Flor. Claudia sabía lo que hacer; no era necesario repetirle nada. Su madre, puesta al corriente, advirtió a las cortesanas de lo que pasaba y les aconsejó llevar puñales cuando abandonasen el local. Nunca se sabía si el enemigo podía ser hasta uno de los clientes habituales.
Ezio ni se molestó en ir a ver lo que tramaba el Zorro para defenderse. Supo que sus hombres estaban movilizados por toda Roma, en busca de lo que él también estaba investigando. De forma discreta, aunque él los viera sin ninguna dificultad.
La noche llegó. Las luces empezaron a ser la única fuente de iluminación. En todo el día no había descubierto ni una sola pista de su enemigo y eso le frustraba. ¿Tan difícil era encontrar una sola pista? Po el momento ni el Zorro había averiguado algo. Sólo lo que aquel ladrón les dijo la noche anterior. Aparte de eso, no hubo nada más.
Inconscientemente, tras deambular ya sin objetivos en la oscura noche, se encontró en el barrio viejo, cerca de la puerta este para abandonar la ciudad. Tocó sus bolsillos y miró en su interior. Le quedaban muy pocos frascos con los que rellenar la hoja oculta de veneno y algunas medicinas. Comprobó su bolsa de florines y la agitó para escuchar que tenía suficientes. Una vez comprobado, fue a ver al médico a comprar lo que necesitaba. Y, ya que le pillaba de pasó, reparó la armadura en el herrero.
Con todo eso, los florines que le quedaron el su bolsa descendieron drásticamente, aunque eso no era problema, en el banco tenía más que suficientes y lo que ganaba con los ingresos no se quedaría sin nada.
Contemplando las columnas, los arcos y la gran caída al agua que había en esa especie de pozo, la gente pasaba como si fuese un marginado, cosa que, en cierto modo, era mejor así. Alzó la cabeza y sus ojos observaron un banco con dos telas rojas. Rodeó el pozo y se acercó más al banco. En la madera había grabado el símbolo de una mano señalando el hueco vacío del objeto. Se le pasó la cabeza quién había marcado eso. Está aquí, pensó. Decidió sentarse en el banco y esperar a que él llegase.
Tardó unos diez minutos, pero al final alguien se sentó a su lado. Con sólo levantar la cabeza vería el rostro de su amigo, a quien llevaba semanas sin verle el rostro.
-Leonardo, viejo amigo –dijo Ezio.
-Me alegra ver que has regresado de España sano y salvo –se sintió contento Leonardo-. ¿Cómo fue todo?
-César ya no nos molestará. Dejé que el destino le diera su muerte.
Leonardo lo miró curioso. No entendió lo que su amigo acababa de decir.
-Ya te lo contaré otro día –se abstuvo Ezio-. Pero dime, Leonardo: los Borgia han caído, Lucrecia se ha ido de Roma, ¿cómo es que tú sigues marcando los lugares para reunirnos?
-Lo siento, Ezio. Pero los templarios me siguen teniendo en su poder.
-¿Quién?
-Marco Talevi. Un nuevo líder para los templarios. Tiene las mismas características que César, salvo que él es astuto y no tan directo como el hijo de Rodrigo, aunque sus propósitos son algo distinto por lo que deduzco.
-¿Siguen queriendo recuperar el fruto del Edén? –preguntó Ezio.
-Me temo que sí –aclaró Leonardo.
-Fantástico. Los problemas van en aumento.
-¿Puedo preguntarte qué sucede? ¿Por qué estás así?
-Últimamente Maquiavelo y los demás me han informado de unos constantes asesinatos durante mi ausencia y durante el día de ayer –explicó Ezio-. Ya ha matado a bastantes mercenarios, ladrones y a un Asesino. Por ahora, no ha matado a cortesanas, pero no descarto que no sea capaz. Y encima sabemos que también mata templarios y desconocemos el bando al que pertenece. Sabe camuflarse; no hemos averiguado nada sobre él o ella. Sólo cómo vestía, anda más.
Leonardo se quedó en silencio uno segundos antes de decir:
-Pensaba que los asesinatos a los templarios los habíais hecho vosotros –dijo desconcertado Leonardo.
-No he sacada la hoja oculta desde que he vuelto –se defendió Ezio.
-Entonces, si no fuiste tú, ¿Quién fue?
-Eso es lo que estamos intentando averiguar. Y no estamos teniendo éxito para nada.
-Bueno. Veré si puedo ayudarte –se ofreció Leonardo-. De vez en cuando ven aquí y veré si puedo darte algo de información que se transmita entre los guardias.
-Gracias, Leonardo. Eres la mejor ayuda que he tenido desde que mi madre nos presentó.
Y ambos se dieron un abrazo rápido.
Acto seguido, Leonardo desapareció en la noche. Ezio ya sabía que tenía que hacer de vez en cuando a partir de entonces. Leonardo era una fuente de información de lo más fiable, aunque eso lo arriesgaba a exponerse al enemigo y ser descubierto como un traidor. Si descubría que lo habían ejecutado por su culpa, no se perdonaría su muerte. Era como un miembro más de la familia, de la Hermandad.
Con el trabajo cumplido por aquel día. Decidió regresar a la Rosa en Flor, donde pasaría la noche junto a su familia.
Pero al entrar en el local, se le presentó un ambiente que no esperaba.
Las cortesanas, todas ellas, estaban sentadas en los cómodos sofás, llorando con pañuelos. Ezio intentó consolarlas, pero Claudia entró en la escena y se lo llevó al despacho.
-¿Qué ha ocurrido?
-Nos han informado las compañeras que han encontrado a Carola muerta en la calle –explicó Claudia-. Era de las mejores cortesanas que teníamos.
-¿Saben quién era el culpable? ¿le vieron en la escena del crimen?
-Había mucha gente, pero ellas sólo vieron a alguien armado lo suficiente como para matarla. Y adivina qué llevaba.
-¿Capucha y la cara cubierta?
-Exactamente. Es posible que ni fuera ése el asesino, pero después de la información que nos dio el ladrón sobre la muerte de Lucio… hay que estar atentos. Cada vez más.
Ya estaba. La última pieza. Una cortesana. Ese alguien iba a por todos, ya daba igual si fueran mercenarios, templarios, ladrones, cortesanas o Asesinos. Todos se convertían en su objetivo. Pero, ¿Por qué? Esa era la pregunta que Ezio quería descifrar para así acabar con esa locura.
Y aparte de todo eso, los templarios, al mando de Marco Talevi, querían recuperar el Fruto. Por eso no había de qué preocuparse; él era el único que sabía dónde lo había ocultado. Por lo que sólo él era la única vía de acceso al Fruto.
En todo caso, aquel asesino seguía rondando tan campante por las calles de Roma, matando a sus hermanos.
Había que acabar con aquella masacre cuanto antes.
Fin del cap.2, no mucho más que decir, sólo que pronto empezarán a haber más acción y más texto sobre todo xDD.
Agradeceré las críticas o comentarios que me pongáis. Gracias.
SpainDragonWriter.
