Buenas, Pequeña Saltamontes nuevamente :3
¿Qué tal? Me alegra saber que tanto a mi partner, como a mi ex partner, y a mi mejor amiga, les agradó esto. También agradezco los review, y que añadiesen a favoritos esta historia de puro crack.
Ah, sí: por favor, lean también los trabajos de Grellicious x3, la user de España n_n
Ahora... Bueno, ya lo sabrán, pero los pensamientos están en cursiva, sea de quien sea, así como las palabras en otro idioma. Puede que las aclaraciones al final sean más que obvias, pero no me quiero arriesgar a que alguien no las entienda.
Y dicho esto, les dejo con este nuevo capítulo.
Gracias~
CAPÍTULO II
SALTY IRISH
Todo era paz. Por un momento, nadie lo molestaba. El silencio que conscientemente lo desesperaba, inconscientemente lo tranquilizaba. ¿Qué podía arruinar esa atmósfera de paz…? Además, Lovino había recibido una llamada de Antonio, quien volvería recién a la noche siguiente. Eso, en parte, lo molestaba: sabía perfectamente dónde estaría, y conocía cada mentira suya. Pero por otra…
Por otra parte, lo aliviaba sobremanera. Al menos tenía esa casa sólo para él, sin tener que soportar su compañía.
Porque poco a poco, el ibérico lo había ido alejando más, creándole una sensación de repugnancia en términos generales.
Esta calma, sin embargo, fue arruinada al golpear alguien la puerta. ¿Quién sería? No conocía a nadie que golpease de esa forma —el ser tan parcial con sus conocidos había provocado que adquiriese la extraña costumbre de guiarse por los golpes en la madera para reconocer a sus «visitantes»—.
Cuando abrió, sintió que el corazón se le atascaba en la garganta, aunque supo disimularlo.
El hombre frente a él estaba, realmente, último en la lista de los que se esperaba encontrar: cabello pelirrojo algo revuelto —¿es que había estado corriendo?—, ojos verdes glaciales, piel nívea, y expresión algo huraña. Uniforme militar azul marino, y el pequeño detalle de una argolla de plata en una de sus orejas. Tampoco ayudaba a su calma perdida el sentirse algo enano, pues el hombre en cuestión le quitaba, al menos, diez centímetros.
No lo había visto muchas veces, sólo en uno que otro torneo deportivo.
¿Qué demonios quería Escocia, de todos los países y/o personas, con él?
—Oye —un escalofrío le subió por la espalda al escuchar su voz, aunque se mantuvo impertérrito—, pásame la pelota que se te cayó en tu patio.
…
Bien. Eso sí que no se lo esperaba. ¿Es que había caído algo en su patio…? ¿En su enorme patio? Estaba demasiado cómodo en el sillón. ¿Y si decía que vivía en un apartamento…? No, era obvio que era una gran casona.
— ¿Qué demo…? —se detuvo al ser cortada su idea, y, cruzándose de brazos, replicó—: Maledetto scozzese, no voy a buscar tu pelota —chasqueó la lengua—: ¡Con lo grande que es mi casa…!
Y lo había dicho. Ahora, si no terminaba asesinado…
El hombre simplemente enarcó una ceja, y replicó con tono indolente:
—Cálmate, millonario, seguro y tienes un gallinero por casa.
Eso lo molestó. ¿Qué no veía lo imponente de su vivienda? ¡Por favor, no sería muy fuerte, pero al menos su hogar se merecía respeto! Tragó saliva, y buscó las palabras para defenderse.
—Stai zitto… —eso no sonó para nada como una buena defensa—. Che sai tu?
—A dinna knou, adivino —refutó algo más impaciente, aunque sin aparentes ganas de pelear—: pero, oye, se me cayó la pelota en tu casa.
—Maledizione, pues pasa a buscar tu maledetta palla tú, que no voy a mover un dedo por ti —y dicho esto, caminó de vuelta al sofá, dándole paso para que ingresase a la vivienda.
El escocés, por su parte, no prestó atención a sus palabras, simplemente penetrando el umbral, cerrando la puerta tras de sí. Planeaba ir tranquilamente a buscar el balón, cuando escuchó al italiano murmurar algo.
—Todos los ingleses son lo mismo…
Se detuvo ipso facto. ¿Qué…?
¡Qué ignorancia! ¿Qué clase de idiota metía a los escoceses y a los ingleses en el mismo grupo? Eso sí le había irritado, y se lo iba a hacer saber, oh, sí, podía apostarlo.
—Whit did ye say?
El aludido levantó la mirada, observando al británico con fingida indiferencia, sin siquiera atisbar lo mucho que lo había molestado.
—Che cosa? ¿Quieres que lo repita? —lo desafió sin realmente pensar.
—Exactly, A dae want it —su voz tenía un tono todavía más desafiante ante la respuesta del italiano.
Fue entonces que Lovino se percató de que, definitivamente, se estaba metiendo en problemas. Conocía esa mirada: era la misma que ponía Inglaterra cuando las cosas se tornaban serias.
O quizás, era peor.
—Non ho detto nulla… —masculló, evitando hacer contacto visual, suplicando mentalmente porque le perdonasen la vida.
El británico suprimió un suspiro, tranquilizándose poco a poco; tampoco era una bestia a la que le gustase golpear a medio mundo. Las cosas se podían solucionar hablando.
—A tell ye once, A'm Scotland, not Ingland.
—S-sì, signore…
Y sin prestar más atención al menor —si lo hubiese hecho, tal vez habría sido capaz de verlo temblar casi imperceptiblemente—, fue al patio, y encontró lo que buscaba: su balón de rugby.
No jugaba fútbol, lo encontraba de maricas por ser de origen inglés —aunque ciertas cosas de aquella cultura hermana a la suya sí le gustaban—, y era por eso que su pueblo se había conseguido numerosos trofeos en campeonatos de aquel estilo.
Y repentinamente, tuvo una idea. Miró al joven que seguía en su sofá, algo incómodo al parecer por su anterior confrontación. Bueno, era mejor compañía que golpear varias veces un balón contra una pared.
—Hey —le llamó—, ¿no juegas rugby?
Lovino, casi a regañadientes, lo miró. ¿Cómo le preguntaba eso? ¿En qué mundo vivía el idiota?
—Claro que sí. ¿Qué no sabes que siempre estoy en el Torneo de las Seis Naciones? Con tres de tus hermanos, y el bastardo del vino.
Al escocés, en cambio, su respuesta algo altiva le causó gracia.
—Ah, pero no sólo hay que estar, también hay que ganar —le espetó, aunque fue más bien un recordatorio de que hacía mucho que el equipo italiano no ganaba nada, puesto que desde 87 que no pasaban de primera ronda en el Mundial de Rugby—. Sae… want tae play?
Ante esto, el joven se vio ante una encrucijada. Normalmente, hubiese declinado la oferta, mas así como su característico miedo, era su marca registrada ese característico —e inservible— orgullo italiano.
—Che palle! —exclamó, levantándose instantáneamente con nuevos bríos—. ¡Puedo ganarte cualquier día! Andiamo!
Y ahora, era él quien iba en serio, pues se acercó aparentemente sin miedo al pelirrojo, su mirada lanzando chispas. Era propio de su pueblo ser extremadamente competitivo, después de todo. Extremadamente competitivo, y extremadamente idiota, también.
Escocia, en cambio, simplemente esbozó una media sonrisa. ¡Qué cambio tan drástico!
—Weel, eso hay que verlo, lad, las palabras no sirven de nada —argumentó con sencillez, sin sulfurarse como aquel joven, abriendo la puerta, saliendo y señalándole un terreno baldío a unos metros—. Estaba jugando allí.
Lovino se estaba impacientando. Cerró la puerta, la trancó, y caminó con paso pesado al lugar que le indicase el pelirrojo, sabiendo que era seguido por el mismo.
—Bene, sono qui —dijo cuando se vio en el otro extremo del terreno, aunque en aquel momento, para ambos era como una cancha—. Empieza de una vez.
A decir verdad, el castaño se sentía algo nervioso. La última vez que había jugado… ¿Cuándo había sido? Siempre dejaba que fuese su hermano el que participase.
Por eso siempre perdemos, pensó con orgullo, pues era incapaz de considerarse a sí mismo el culpable de dichas derrotas.
Al mismo tiempo, el británico simplemente adoptaba su posición. Como no tenían equipo, claro está, el juego sería únicamente lanzar la pelota lo más lejos posible, debiendo el otro atraparla.
—Bien, atento, si te golpeo, no es mi culpa —le advirtió, retrocediendo varios metros para seguidamente lanzar la pelota.
El italiano observó aquel proyectil surcar limpiamente el aire, y por puro instinto, soltó un chillido al verlo volar hacia él, su característico «¡chigi!». Aun así, hizo lo posible por interceptarlo, extendiendo los brazos. Y sin embargo, al retroceder —por miedo a ser golpeado— con tanta rapidez, tropezó, cayendo de espaldas sobre la hierba, el balón aterrizando en su cara.
—La… la mia faccia… —farfulló, girando sobre el pasto, ambas manos sobre su rostro.
Ante esta vista, su contrincante no pudo hacer más que romper en agudas carcajadas.
— ¡No seas…! —cortó el comentario a causa de las risas que seguían surgiendo de su garganta, acercándose al italiano que (a su parecer) hacía todo un drama por una cosa tan trivial, extendiéndole la mano—. Levántate, anda, ahora trata de lanzarla hacia mí, a ver si te acostumbras…
A Lovino aquellas risas le hicieron hervir la sangre, así que rechazó la ayuda, y se levantó con rapidez, quitándose como pudo las hojas del cabello y la ropa, tomando la bola después.
—Aléjate, ahora voy a lanzarte yo la maledetta palla…
—Pues bien, espero que te salga mejor que atrapar la maldita pelota… —le retrucó, alejándose nuevamente, esperando por el lanzamiento.
El italiano, en cambio, escupió al suelo, ya algo irritado, volviéndose varios metros para luego hacer una breve carrera, arrojando el balón con todas sus fuerzas al llegar al final.
Fue todo un milagro que ésta cayese a los pies del escocés. Pero fue bastante predecible el sonrojo de sus mejillas debido a la vergüenza que le causase lo patético de su intento. Y ante la risotada que le siguió.
—Ay, por Dios, ¡no me digas que tanto sexo te carcome los músculos! —dijo al fin, casi llorando de la risa, recogiendo la esfera. No era un amargado como todos decían (al menos, no tanto), y sabía reírse de aquel tipo de situaciones—. Nada más tienes que relajarte, y luego lo lanzas —y para dar el ejemplo, apuntó, y volvió a lanzar hacia el italiano, esta vez sin tanta fuerza.
Poco y nada le importó la pelota luego de aquel comentario, pues se estaba molestando más y más, su rostro coloreándose, ya no por vergüenza.
—S-stai zitto, ¡no te metas con mi vida sexual, no te incumbe! —protestó, tan concentrando en hacerse oír, que atrapó el balón por puro instinto.
Al británico esto no le pasó desapercibido.
— ¡Solamente supuse algo, y creo que he acertado! —se burló—. ¡Ya, no seas nena y lánzame la pelota, ¿qué no ves que pudiste tomarla?
Lovino frunció el entrecejo.
—Ya desearías tener mi vida sexual, bastardo… —masculló en voz baja, lazándole el balón con rabia.
Esta vez, el tiro fue mejor, uno decente. Aunque aún no lograba ganarle al otro, el escocés se vio complacido con esto, pegando un salto, atrapando la bola, sonriendo, entretenido; se había percatado de que, cuanto más fastidiaba al italiano, más empeño ponía.
—Weel! Creo que le estás agarrando la onda… —y momentos antes de tirar con fuerza la pelota, le gritó—: ¡Ahora atrapa si es que todavía te quedan fuerzas de tanto ya-sabes-qué!
Lovino no tuvo el más mínimo problema en atajar el balón esta vez, pese a tambalearse levemente segundos después, completamente rojo de la furia.
— ¡MUÉRETE, BASTARDO PELIRROJO! —vociferó, igualando ahora el ímpetu del escocés, quien debió correr para recibir la pelota.
No obstante, deseaba seguir jugando de esa guisa.
— ¡CON ESE BRAZO NI PUEDES APOYARTE EN CUATRO, NECESITAS MÁS FUERZA, NO SEAS NENITA!
—CHE COSA?
Cuando el italiano tuvo entre sus manos el balón, no dudó ni un momento en arrojarlo de vuelta al pelirrojo, bramando «¡VETE AL INFIERNO!». El lanzamiento fue hecho con tanta fuerza que se lastimó el brazo, aunque valió la pena: la esfera fue a estrellarse directamente contra la cara del británico.
Éste, sin embargo, simplemente se acarició el rostro, riendo levemente mientras recogía el balón.
—Ok, te lo tomaste en serio, nada más me gusta fastidiar —explicó calmadamente, mirando al cielo al tiempo que llevaba una mano a su nuca—. Suficiente deporte por ahora.
Pero cuando observó al italiano, se sorprendió un poco, notando su rostro pálido, junto con una expresión ausente. Esto se debía a que la furia de éste se había esfumado apenas la bola se estrellase contra su rostro, siendo reemplazada por el miedo típico en él.
— ¿N-no me vas a matar…? —farfulló, acercándose con cautela—. N-no que pudieses —agregó con rapidez, no queriendo ponerse en evidencia como lo que era: un completo cobarde—, pero… ¿no… lo vas a intentar?
Ante esto, Escocia simplemente frunció el ceño. Era extremadamente bruto y grosero, y para colmo, tenía poco tacto. ¿Golpear al italiano por esas sandeces? Había mejores motivos si iba a ensartarse en una pelea con alguien.
—No… —contestó al fin, con un tono afectado—. No te golpearé. ¿Por qué? Estábamos jugando —y luego de recordárselo, añadió, notando la respiración agitada de aquel chico—: ¿No estás cansado?
Sí. Estaba bastante agotado. El Mundial había sido en el 2010, y él se estaba tomando el año sabático en cuanto a deportes, por lo que estaba bastante extenuado. Pero no sólo por eso: aquellos comentarios le habían sacado de quicio en su momento, y nada le cansaba más que enojarse.
Y como se enojaba tanto, vivía cansado.
—No, para nada, hmfp —dijo sin embargo, cruzándose de brazos, y apartando la mirada, queriendo verse «cool», como decían en aquellas películas americanas que había visto.
El británico simplemente lo observó.
—Ye sure? —indagó—. Si no estás cansado, ¿por qué no vamos a una escupidera irlandesa? Hace tiempo que no voy.
Eso, a Lovino, le sonó como de otro mundo.
— ¿Y qué demonios es una escupidera irlandesa? —preguntó, haciendo un rictus.
—Easy, mate, una especie de bar —le sacó de dudas el escocés—. ¿Tan delicado eres que no puedes meterte a un lugar así?
La mirada que el italiano le dirigió no fue nada amable.
—Claro que no —refutó—, andiamo, como si le temiese a un bar con… irlandeses… escupiendo… —una leve mueca desfiguró su rostro. En verdad, no sabía en lo que se metía ahora.
Escocia, simplemente, enarcó una ceja. Encontraba las palabras del joven exageradas, pues el nombre no era nada más que una pésima traducción.
—Weel, madame, vamos, entonces —aceptó, echando a andar, sabiendo que el otro lo seguiría.
—Stai zitto, no seré un pirata, o lo que sea, ma non sono una bambina —protestó, acompañándolo con ambas manos en los bolsillos.
Caminaron uno al lado del otro, el británico guiando al italiano por entre las calles. En una esquina, dejaron el balón —el escocés tenía muchos, después de todo—, cosa que fastidió levemente al castaño —«¿Por qué me molestó antes por su maledetta palla, entonces?»—, prontamente internándose en callejuelas desconocidas para Lovino. En una de ellas, se detuvieron frente a un pequeño edificio que tenía una puerta que daba a un subsuelo.
En la fachada, se leía «Salty Irish».
Al detenerse frente a aquel sospechoso lugar, Lovino se preguntó seriamente si era buena idea entrar. Luego, se dijo que sería bonito vivir. Pero como no iba a formular esto en voz alta…
— ¿Es aquí?
… Optó por formular una pregunta obvia.
—Aye, es aquí, un lugar lindo, creo… para los más arriesgados —rió suavemente el interpelado, abriendo la puerta, invitando a su acompañante a ingresar.
El italiano tragó saliva, y penetró el umbral, observando el local. No había nada que destacar: un bar del bajo, gente apostando jugando a las vencidas o billar. Incluso, peleas a puñetazo limpio.
El escocés notó su turbación, y entrando junto a él, le dijo:
—Here. Salty Irish, ye.
Había momentos en los que recordaba que era católico, aunque fuese sólo de nombre.
ACLARACIONES
"Salty Irish"-"El Irlandés Salado". (A menos que mi partner diga lo contrario).
"Maledetto scozzese"-"Maldito escocés".
"Stai zitto"-"Cállate" (para hombres).
"Che sai tu?"-"¿Qué sabes tú?"
"A dinna knou"-"No sé".
"Maledizione"-"Maldición".
"Maledetta palla"-"Maldita pelota".
"Whit did ye say?"-"¿Qué dijiste?"
"Che cosa?"-"¿Qué?"
"Exactly, A dae want it"-"Exactamente, eso quiero".
"Non ho detto nulla"-"No he dicho nada".
"A tell ye once, A'm Scotland, not Ingland"-"Te lo digo una vez, soy Escocia, no Inglaterra".
"Sì, signore"-"Sí señor".
"Sae, want tae play?"-"Entonces, ¿quieres jugar?"
"Che palle!"-"¡Las pelotas!"
"Andiamo!"-"¡Vamos!"
"Weel"-"Bien".
"Lad"-"Chico".
"Bene, sono qui"-"Bien, aquí estoy".
"La mia faccia"-"Mi cara".
"Ye sure?"-"¿Seguro?"
"Easy, mate"-"Fácil, compañero".
"Ma non sono una bambina"-"Pero no soy una niña".
"Aye"-"Sí".
