Un día, cuando estaban sentados bajo la sombra de un árbol en el patio, Kadota dijo:

-Ya no puedo seguir con esto.

Lo dijo al aire. A la nada, como si no sintiera que sus palabras tuvieran algún peso relevante.

Estaban escondidos bajo la sombra de aquel árbol viejo, escondiéndose de Shinra que últimamente estaba bastante irritante. Como siempre, estaban lado a lado. Demasiado cerca el uno del otro. Pero era por tú te habías acercado.

Al escuchar esas palabras te tensaste; te sentiste perdido cuando de repente la mano cálida de Dotachin dejó la tuya. El aire quedó atrapado en tus pulmones. Algo en tu pecho pinchó hondo en tu ser.

Sonreíste.

-Puedes hacer lo que quieras, Dotachin ~ – respondiste entre risas. – No es como si yo fuera tu madre o algo así, ¿No?

Respondiste con burla, tus palabras estaban llenas de veneno.

Eso había dolido.

Hoy el día estaba seco. Hacía calor, los rayos de sol golpeaban directo a las hojas de aquel árbol, se sentía como si estuviera sacándole la vida. No había brisa. El aire caliente atrapado a su alrededor se sentía sofocante.

Sofocante. Repetiste.

-Supongo que no. – respondió Kadota a tu lado, con esa voz suave que él poseía; esa melodía maestra. Algo dentro de ti hizo presión.

Su voz tranquila… él estaba tranquilo. Relajado. Decía eso con tranquilidad, como si no fuera nada de relevancia.

Ira.

¿Por qué?

¿Por qué Dotachin sí podía estar tranquilo?

Un rayo de sol golpeó justo en tu cabeza al moverse las hojas del árbol por una leve brisa perdida. Brisa de aire caliente, muerto, sofocante. Apretaste con fuerza el celular que tenías en tus manos, aun cuando tu rostro imperturbable sonreía.

-Entonces me voy. – dijo.

La pérdida del cuerpo a tu lado se sintió. Una sensación extraña te llegó al tiempo de que las hojas secas debajo de los pies de Dotachin crujían. Sacudiendo el polvo de su uniforme, tú solamente mantuviste la mirada fija en tu móvil.

Kadota se alejó.

¿Cómo podrías describir esta sensación…?

Kadota desapareció.

Ah, sí.

Sofoco.

Te sentías sofocado. El aire no salía ni entraba. Tenías el corazón en la garganta. Desolación, soledad, tristeza. Palabras entretenidas, que usabas muy a menudo con otros. Jamás las usaste en ti.

Sonreíste.

Sólo. Soledad.

La sombra de ese árbol sin Dotachin. Tu mano sin el calor de la de Dotachin.

Sonreíste.

Ahí, en esa tarde de calor intenso y sofocante, quisiste creer que la lluvia estaba cayendo realmente fuerte sobre tu rostro. Pero seguiste sonriendo.