*Spoiler* ¿Ven? La mamá de Uryü sí era Katagiri. Creo que eso era bastante obvio. *Spoiler* Disculpen ustedes la tardanza en actualizar, estaba en exámenes finales. Creo que muchos no están familiarizados con las partes de los instrumentos de cuerdas, así que aquí les pego unos links para que las vean y sepan de qué hablo (por si les interesa). Link 1: [ http: .blogspot _RHjHYy6Rd28/SVD4X3ef0kI/ AAAAAAAAAp4/N45ontZyh2s /s400/partes+del+cello+2. Bmp] Link 2: [ www. demusica. es/media/partes%20del%20Cello. jpg]
Los links están entre llaves, tienen que juntar los espacios.
Ah, y por si alguien no sabe: un lutier es alguien que arregla y hace instrumentos.
2. Especulaciones
Pasaron muchos días para que Kunae pudiera hacerse un espacio grande. Esa vez, en cuanto los Ishida abandonaron la casa, ella se cambió su uniforme por un vestido de algodón teñido de diferentes tonos de azul, se sujetó el cabello en una coleta baja y partió con su chelo rumbo a la tienda de los Akutagawa. Cuando llegó, la vio muy cambiada; era más grande y la decoración era más moderna. Le dio gusto saber que les iba bien después de haber vivido en un barrio no tan bonito.
Dio pocos pasos hacia adentro y ya la estaban recibiendo.
— ¡Kunae-chan! — Yoshio exclamó y fue adonde ella para saludarla. — No puedo creerlo, de verdad viniste.
Ella rió de forma franca y jovial.
— Tuve mucho trabajo.
— Espera a que mi padre te vea. Seguro se pondrá muy contento. Deja tu chelo por ahí, ven conmigo. — la tomó de la muñeca y la guió hasta una oficina pequeña y sencilla. Ahí estaba sentado el señor Akutagawa. Lo veía un poco más regordete y arrugado, su cabello ya era blanco. Kunae sonrió con melancolía.
— Cuánto tiempo sin vernos, Kunae-chan. — ella hizo una reverencia.
— Casi nueve años.
— Veo que seguiste con tu chelo. Yo te dije que entraras a un conservatorio. ¿Me hiciste caso?
Ella negó con una sonrisa.
— Me habría encantado, pero tengo otros deberes.
— ¡Ja! ¡Deberes! ¿Acaso tienes hijos?
— No.
— ¿Estás casada?
— No.
— ¿Entonces? — ella volvió a reír.
— Esperaba que pudiera arreglar mi chelo.
El hombre torció la boca.
— ¿Pasa algo?
Jun suspiró.
— Querida, tengo artritis. Para esto se necesita mucha precisión, ¿me entiendes? — Kunae enseguida mostró desilusión y miedo en su rostro.
— Oh, señor. ¿En serio está muy mal? Es que yo... Es que... — no quería insistir, no debía ahora que sabía que quien le había regalado su primer sueño estaba enfermo. Tampoco conocía a alguien más que pudiera repararlo. Tragó grueso y reprimió las lágrimas. En verdad no tenía para un chelo nuevo ahora, tendría que esperar varios meses para poder comprárselo de su sueldo.
Yoshio notó la aflicción de su amiga y la tomó de los hombros. El contacto hizo que enseguida Kunae rompiera en llanto.
— Mi chelo...
— Tranquilízate, hey... — Yoshio la sostuvo con más firmeza y miró a su padre buscando una respuesta. — No llores, por favor. Seguro hay una solución a esto.
— Sí, sí la hay. — el laudero caminó hacia ella, ahora tranquila por lo que había dicho.
— ¿La hay? — se limpió las lágrimas.
— Ya no reparo nada porque mis manos de han vuelto torpes con la enfermedad, pero apuesto a que las tuyas servirán bien. — Kunae abrió más los ojos. — Según recuerdo aprendiste mejor que Yoshio. Te iré guiando, ¿te parece?
Yoshio rió.
— Hazle caso. Yo nunca tuve talento para esto.
— Pero ya tiene muchos años que no... — se interrumpió ella misma. — ¿Cuánto me cobraría?
El hombre se echó a reír.
— ¡Cobrarte a ti! ¡Me ofendes! Yo sólo seré tu guía y te prestaré la herramienta, pero lo harás tú.
La Quincy bajó la mirada y sonrió. No tenía otra alternativa, y si tenía que buscarse horas libres todos los días o salir de la mansión Ishida ya tarde lo haría.
— Está bien. Vamos a hacerlo.
Jun examinaba el chelo sobre la mesa. Carraspeó un poco ante una pelinegra expectante.
—Ah, se zafó. No es mucho. — sonrió. — Ve por la herramienta, Yoshio.
Y la tregua empezó. Kunae creía no recordar nada de lo que había aprendido, y al principio tocaba las cosas y maniobraba con inseguridad; le parecía que todo era de arena y que si tocaba con firmeza se desmoronaría. Fue trabajo de mucho del cual tiempo gran parte se desperdició en afianzar sus manos, los minutos se drenaban uno tras otro, la frente perlada indicaba su tensión. Tenía que salir bien, procuraba estar concentrada todo el tiempo.
Recordó cuando dejó de vivir en el mismo barrio donde la familia Akutagawa. Ella no sabía qué esperar de su nuevo hogar, le habían dicho que serviría al joven amo de la casa Ishida, después de todo, su clan siempre les había servido y debía su lealtad a ellos. Para entonces Kunae ya tenía tres años tocando y, conforme fue acercándose la fecha de su mudanza, tuvo que intercambiar el arco de su chelo por el arco de flechas.
—Ajústale la clavija, de paso. — escuchó que le dijo Akutagawa cuando sacó el instrumento del hueco. Kunae sonrió.
—Ya es algo tarde. Mejor vengo otro día a hacerlo. ¿Le molesta? — comenzó a guardar todo. Yoshio entró, regresaba de comprar comida.
— ¡En absoluto! Ven cuando quieras, siempre eres bienvenida.
— ¿No te quedas a la cena? He traído suficiente para todos. — Yoshio agitó ligeramente la bolsa de papel. Kunae llevó el perfil de su índice a sus labios, indecisa. Hoy era martes, y Ryüken solía tener los martes libres y descansar leyendo o entreteniéndose con cualquier otra cosa. No la necesitaría, podía alcanzar los libros solo.
— ¿Están seguros? — preguntó. Yoshio sacudió la cabeza, sonriendo.
—Eres más tímida de lo que recordaba. Anda, ayúdanos a cerrar, ya es hora de ir a casa.
Eran casi las nueve cuando Kunae se dio cuenta de la hora. ¡Qué tarde era! Se levantó y pidió disculpas, se despidió, dio las gracias por todo. Yoshio la acompañó a la puerta. Ni siquiera había avisado, los amos seguramente ya estarían en casa y se preguntarían a dónde se había largado la criada. O al menos el joven amo lo haría, de eso estaba casi segura. Sintió algo cálido en el pecho, a pesar de que a una persona normalmente esperaba ser recibida por su familia siempre, ella se había desprendido de cualquier deseo parecido. Hasta ese momento se dio cuenta de que, a pesar de que no consideraba la casa Ishida como su hogar, consideraba al joven amo como su familia. Yoshio pudo apreciar que la sonrisa de su amiga era producto de algo en su mente.
— Oye, Kunae-chan. — Ella le puso atención al fin — Te acompañaré hasta tu casa. Estas no son horas de que andes sola en la calle. Sólo para asegurarme de que vayas directo ahí y no te distraigas en el camino, ¿bien? — le dijo, guiñándole el ojo amistosamente. La criada rió. Le respondió casi sin pensar, de la forma más natural posible:
—No seas bobo. Claro que me iré a casa, tendré mucho que hacer para cuando llegue.
El canto de las cigarras crecía hasta invadir todo de una masa sonora permanente. La luminaria alumbraba la acera y los cabellos negros y lacios de Kunae que caían sobre sus hombros desnudos. Ya tenía mucho tiempo que no se daba el lujo de salir vestida de otra cosa que no fuera su uniforme de criada o de Quincy, le venía bien ahora con el calor y la humedad de la lluvia reciente. Ambos caminaban en silencio, con tenue sonrisa. Las cigarras acompañaban la reconexión que ellos consentían, por eso no era necesario hablar, porque caminar juntos sobre la acera decía más sobre ellos que lo que ellos mismos pudieran haber dicho sobre sus vidas.
El ruido que en algún momento fue casi ensordecedor, fue disminuyendo hasta casi ser un murmullo y, finalmente, hasta apagarse. Ya estaban entrando a la zona residencial donde estaba la mansión Ishida. Kunae paró en cualquier lugar de la acera, frente a ninguna puerta.
—Aquí. Es aquí. — Yoshio paró también, algo desconcertado.
— ¿Aquí? — preguntó, mostrando su desconcierto. ¿Sería que no quería que la vieran entrar con él? No le preguntó nada más para no incomodarla, tampoco quería darle problemas con sus patrones. Sólo sabía que trabajaba en la casa de una familia acomodada, pero no sabía exactamente de qué. — Ya veo. Fue un gusto verte, Kunae-chan. Espero puedas venir más seguido a ver a mi padre, últimamente anda triste por lo de… bueno, su artritis. Tú sabes, amaba reparar instrumentos, sobre todo almas rotas, como la de tu chelo.
Kunae se llevó las manos a su regazo y amplió un poco más la sonrisa. Ella recordaba que casi podía sentir la pasión con la que Jun Akutagawa maquinaba en los instrumentos. Las manos de ese hombre eran la sanación, y seguramente le habían traído alivio a muchos dueños.
—Así que aquí estabas. — escuchó la voz pesada que la atravesó de cabeza a pies como una flecha que dejaran caer sobre ella. Se volvió, con miedo, para ver al joven amo. Su brazo sangraba, y enseguida alarmó a la mujer.
— ¡Joven amo! — no sabía si correr hacia él y atenderlo sería lo apropiado, o quedarse ahí. De cualquier modo, el miedo no la dejó moverse. Ryüken la miró a ella y después a Yoshio de manera más despectiva.
Ryüken no quería hacer una escena frente a un desconocido. Jamás humillaría a Katagiri.
— Vamos a casa. — le ordenó, tratando de controlar su ira. Reparó entonces en el atuendo de su sirvienta, era ligero y la hacía ver más joven y más natural. Vio que sus piernas blancas temblaban y su pecho se mermó por dentro. Por nada en el mundo quería hacerla sentir mal en su presencia, mucho menos temerosa. Se sintió una basura.
— Kunae-chan, ¿estás bien? — Yoshio la tocó de los hombros como cuando, más temprano, la niña iba a ponerse a llorar. Sin embargo, esta vez no rompió en llanto, sino que tocó suavemente sus dedos y los deslizó para quitarlos. Automáticamente estaba recompuesta, no supo cómo.
— Sí, gracias. Y gracias por todo de nuevo, regresa seguro a casa.
Hizo una reverencia y se volvió para caminar hacia Ryüken.
— Hay que tratar esa herida. — Yoshio entonces supo que no estaba del todo recompuesta como aparentaba al escuchar un quiebro en su voz, sino que trataba de parecerlo para evitarle incomodidades. Los vio alejarse, aquél joven de cabello blanco ni siquiera se molestó en dedicarle una última mirada o un saludo, pero pasó por alto su descortesía. Le preocupaba Kunae. ¿Cómo la tratarían en esa casa? No podía permitir que ella siguiera ahí si la hacían sufrir. Sabía que su amiga solía guardarse sus problemas para ella misma, así que tenía que averiguar qué era lo que pasaba en esa casa.
Kunae curaba en silencio la herida de Ryüken.
— ¿Dónde estabas? — claro, tenía que preguntarle. Era el precio por faltar y él hacerle una gran coartada con su madre quien, obviamente, pedía explicaciones sobre su ausencia. Aunque jamás le pedía nada a cambio, esta vez sentía que merecía saber quién era ese tal Yoshio y por qué se había desaparecido toda la tarde con él.
Kunae cerró los ojos un momento y continuó con el vendaje. Ryüken tomó violentamente su muñeca.
— Te hice una pregunta. — de nuevo la mirada que no quería provocar en ella apareció. Se dio cuenta de que comenzaba a tener las maneras que odiaba de su madre. La soltó enseguida y sacudió la cabeza. — Disculpa mi rudeza, Katagiri. Es sólo que... — calló, podía oír su respiración baja — ¿Quién es él?
Vio extrañeza en la cara de su sirvienta, después miedo.
— No, joven amo. Él no tuvo la culpa de que me ausentara toda la tarde, yo decidí quedarme a cenar a su casa y... — paró en cuanto vio que Ryüken enarcó una ceja. Ese Yoshio había aparecido de la nada y Katagiri había ido a cenar a su casa. Claro que estaba confundido y... ¿molesto? Trató de controlarse, no podía pensar y mantener una conversación al mismo tiempo estando así de alterado.
— ¿Quién es él? — insistió.
— Era mi vecino antes de que me mudara a servirle a usted. — no dijo nada más, aunque pudo, aunque el chelo que cargó desde la calle hasta su casa decía a gritos que había más cosas por aclarar. Sin embargo, pareció ser suficiente para el joven amo.
— Ya veo. — murmuró. Se aseguró de que Kunae lo estuviera viendo cuando dirigió su mirada al chelo en su estuche recargado en la pared. No le dijo nada pero le dio a entender que sabía que no era todo lo que había por decir. Con eso esperaba que la muchacha, de sólo vergüenza, terminara diciéndole todo. Sin embargo, nada pasó; ella guardó todo lo que ocupó en una caja con naturalidad, pero no le dijo nada. Ryüken supo entonces que estaba tratando de manipularla. ¿Qué diablos pasaba con él?
— Con su permiso, joven amo. Nos veremos mañana. — hizo una reverencia, tomó su chelo y salió de la sala.
Ryüken se puso la camisa y se la abrochó, después se recostó en el sofá. Katagiri no había dado ningún indicio de sonrojo ni hecho algún gesto de asombro cuando se quitó la camisa para que ella pudiera curar su brazo. ¿Por qué?
No pasó más de una hora intentando leer bajo la luz de la lámpara cuando se dio cuenta de que sentía celos de aquél hombre que la llamaba por su primer nombre y, encima, le decía -chan. Habría preferido mil veces que le dijera que era su primo lejano. Le dijo que habían sido vecinos cuando niños, pero ¿qué eran ahora? ¿Por qué Kunae (como "ése" la llamaba) no le había contado todo cuando él se lo había pedido? ¿Por qué enseguida buscó protegerlo de cualquier juicio?
Frotó su ceja con las yemas de los dedos, como dibujándola. Tenía unas ganas inmensas de averiguar quién era ese muchacho y qué significaba para Katagiri. Pero después... Eso sería después. Mañana, cuando pudiera pensar mejor las cosas.
¿Qué les pareció? Yo no toco el chelo, sino el violín, pero son parecidos en muchos aspectos, al menos en la estructura. Será importante una parte de la estructura interna más adelante, pero en el capítulo correspondiente les explicaré para que no se confundan.
Gracias a todos por leer.
