Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertence, todo es propiedad de J. K. Rowling. Escribo fics sin ánimos de lucro.

Nota: ¡Primer capítulo oficial! Al final no pude actualizar ayer, pero ya estoy en casita así que voy a subir dos capítulos hoy (el siguiente lo subiré por la noche) y mañana los otros dos :) Espero que os guste este primer capítulo. No sé si lo dije antes, pero los capítulos rondaran las dos mil quinietas palabras así que no van a ser excesivamente largos, pero creo que está bastante bien.

¡Victoire! Aún no sé nada de ti, pero confío en que es porque no has leído tu regalo aún y no porque te haya horrorizado (tengo miedooooo).


Este fic participa en el "Reto Especial: Intercambio de Regalos 2014" del foro La Sala de los Menesteres. Está basado en la petición de mi AS, Victoire Black, en la que pedía un fic que explicara por qué Helena Ravenclaw tenía el apellido de su madre y no el de su padre.


Capítulo Uno

Grandes familias de la Magia

Los primeros rayos de la mañana empezaban a filtrarse por las pequeñas ventanas de la torre de Ravenclaw, que permanecía silenciosa y a la espera de que los alumnos comenzasen a llenar sus paredes redondeadas de escándalo y charla. A esas horas tan tempranas, sólo una persona estaba despierta, aunque lo correcto sería decir que permanecía despierta, pues no había llegado a dormirse.

Helena Ravenclaw estaba tumbada en la cama mirando el dosel de color azul real que estaba sobre ella. Escuchaba los sonidos que hacían sus compañeras mientras dormían, tratando de adormecerse sin demasiado éxito. Decidiendo que era mucho más productivo levantarse y leer algo, se deshizo de las suaves sábanas que la envolvían y, tiritando por el aire invernal, bajó a la sala común sigilosamente.

Disfrutando del silencio, se acercó a una de las numerosas estanterías que ocupaba una de las paredes y eligió un libro al azar. Le encantaba tener esa especie de mini biblioteca totalmente a su disposición, un lujo del que sabía que carecían el resto de las Casas. Su madre había sido muy clara al respecto, insistiendo en que a la sabiduría sólo se llegaba mediante el estudio. Helena seguía tal declaración a pies juntillas y dedicaba sus días, y buena parte de sus noches, a estudiar las obras de los mayores sabios de la Historia de la Magia.

Su entrega no había acallado los murmullos de desprecio de sus compañeros, que consideraban que ella estaba ahí por ser hija de quien era, pero después de siete años Helena casi había conseguido no sentirse afectada. Ciertamente era un fastidio. Tenía que medir muy bien lo que decía y debía pensar cada cosa dos veces, asegurándose de no hacer o decir algo incorrecto. Eso les habría encantado a los demás Ravenclaws y se habrían lanzado sobre su error como si fueran leones ansiosos por despellejar un antílope. Helena había patinado más de una vez, era humana al fin y al cabo, y eso sólo los alejaba más.

Ser hija de Rowena Ravenclaw era un asco.

Sintiéndose avergonzada por sus propios pensamientos, Helena desvió su atención hacia el título del libro que había cogido al azar. "Grandes familias de la Magia". No había nombre de autor así que supuso que sería anónimo. Curiosa, abrió el libro por la primera página y leyó la introducción. No era demasiado interesante, sólo una recopilación del linaje de las primeras familias con magia, nombres y fechas que se remontaban a la Grecia de Aristóteles y, Helena pensó, la mayoría parecían inventados. El título del libro cobró más sentido, ya que la finalidad de la obra parecía ser ensalzar la pureza de sangre de las familias recogidas. Era una forma de indicar que no era sólo que tuvieran magia, sino que habían nacido de ella. Un despropósito, si le preguntaban.

Encogiéndose de hombros, y a sabiendas de que faltaba por lo menos una hora hasta que sirvieran el desayuno, se sentó en una de las muchas mesas que estaban desperdigadas por el espacio. El libro no parecía ser demasiado antiguo, quizás unas pocas décadas a juzgar por el desgaste de las hojas y, sobre todo, de la cubierta. Helena lo olió, asegurándose primero de que nadie la veía. No necesitaba añadir más rarezas a la lista que habían confeccionado sus compañeros.

Le encantaba el olor a pergamino, ya fuera nuevo o viejo. Sentir las ondulaciones del papel, sus arrugas y su tacto áspero, la llenaban de un placer que rayaba en lo obsceno. Le encantaban los libros, eso era algo que nunca había tenido que fingir. Porque Helena mentía mucho, constantemente en realidad.

Le había dicho a su madre que amaba la Aritmancia, esa disciplina que acababa de nacer como tal hacía sólo una década, desarrollada (¿cómo no?) por la propia Rowena. También había asegurado que quería desentrañar los misterios del cielo, dedicándose a la Astronomía más noches de las que podía contar. Había jurado a lady Helga que no era molestia ayudarla con las plantaciones ni con el cuidado del Bosque, porque amaba la naturaleza. Millones de mentiras habían salido de sus labios desde que tenía alrededor de once años, pero no importaba. Eso era lo que se esperaba de ella.

Sin embargo, muchas veces era muy difícil mantener a flote sus mentiras. A veces, una vocecita en su cabeza le decía que estaba desperdiciando su vida, que no era justo que tuviese que vivir a la sombra de su madre, que tuviera que mentir para contentarla. Y eso era lo peor, que Rowena nunca estaba satisfecha. La miraba como se mira a una mosca especialmente molesta, como si no fuera quien debía ser. Y la envidia y el resentimiento volvían con fuerza. Pero Helena se apresuraba a enterrar esos sentimientos en un lugar profundo de su mente, porque no valía la pena pensar en ello, y porque sería una desagradecida si lo hiciera. Al fin y al cabo, su madre la había criado sola y se lo había dado todo.

Sacudió la cabeza y se dedicó a hojear el libro, debatiéndose entre la curiosidad y la sensación de que era un estudio inútil. Porque, ¿de qué le iba a servir bucear en los linajes de ciertas familias? Pero tampoco tenía nada mejor que hacer así que no perdía nada. Así, siguió la línea de sangre de aquellos que conocía, como los Gryffindor y los Hufflepuff, que se remontaban a cientos de años atrás. El libro había ido añadiendo nombres por medio de la magia así que estaban los nacidos más recientes, entre ellos los propios fundadores de Hogwarts, como Godric o Salazar.

A Helena le causó gran admiración el trabajo del escriba, que había decorado cada página exquisitamente con líneas intrincadas de diversos colores. Los escudos familiares aparecían en la esquina superior derecha, finamente retratados y llenos de pequeños detalles que debieron dejar ciego a su dibujante. Aunque no fuera de gran utilidad para Helena, nadie podría haber negado que era una obra de arte.

Cuando el sol ya había abandonado su timidez y brillaba lo suficiente como para que sus rayos iluminasen toda la sala, Helena se topó con su propio escudo de armas y apellido. La familia Ravenclaw era más reciente que otras, según el autor. El primer Ravenclaw registrado era un tal Asclepio, griego, aunque Helena no se fiaba demasiado del libro. Su apellido no parecía tener raíces griegas, además de que parecía más un intento por elevar a la familia a la altura de dioses.

Asclepio era el nombre del dios griego de la medicina, pero Helena lo había estudiado en Historia de la Magia y también había leído tratados suyos sobre sanación. No era más que un mago demasiado prepotente para su gusto. Desde luego, los muggles eran bastante inferiores a los magos, eso Helena lo sabía de sobra, pero ella no necesitaba mostrarse ante ellos como una diosa. Eso era un claro indicador de un acusado complejo de inferioridad.

Antepasado o no, el supuesto primer Ravenclaw tuvo diez hijos con su esposa Phylina, que a su vez tuvieron un montón de hijos más, lo que hacía que varías líneas de sangre se entrelazaran y cruzaran las unas con las otras, hasta llegar a su madre, nacida en el año 958. Eso la dejaba en cincuenta y nueve años en la actualidad, relativamente joven para los magos y brujas, y una anciana para los muggles. Pero Helena conocía perfectamente la edad de su madre, así que eso no fue lo que le llamó la atención. Del nombre de su madre nacían dos líneas, una desde abajo, que se unía a su propio nombre, y otra hacia la derecha en donde había un simple espacio en blanco. Eso era raro.

Helena se había preguntado cientos de veces quién podría ser su padre, y había recibido la respuesta de los labios de su madre: un simple comerciante. Según ella, le había conocido en uno de sus mucho viajes durante la construcción de Hogwarts, cuando buscaba los mejores hechizos de protección y la magia más ancestral. Él la había ayudado en su búsqueda e incluso le había regalado algunos de sus hechizos secretos. Helena había nacido del amor, le había dicho su madre una vez, pero él murió a manos de unos ladrones mientras dormía, cuando Rowena, embarazada de siete meses, ya había vuelto a Hogwarts para su inauguración.

Helena nunca había escuchado el nombre de este supuesto comerciante, y su madre alegaba que le dolía recordarlo y no era capaz de nombrarle en voz alta. Entonces, llevaba sus ojos azules hacia la ventana más cercana y se quedaba en silencio, observando el horizonte. La muchacha sabía que ese era el momento de retirarse y no molestarla más, pero con los años se hacía cada vez más difícil. Esa historia de amor trágico le había valido a la edad de doce años, e incluso a la de catorce y quince, pero observando ese libro y ese espacio en blanco, como si nunca hubiese existido tal hombre o alguien se hubiese encargado de borrarle, las dudas crecían.

Con los ojos fijos en ese vacío, en esa línea dorada que unía el nombre de su madre con nada en absoluto, la mente de Helena se hizo otra pregunta. ¿Por qué ella no tenía el nombre de la familia de su padre? Su prima Emma tenía el apellido de su padre, ya que su madre, hermana de Rowena, llevaba el apellido Ravenclaw y al casarse este se perdía. El mismo libro recogía su nombre. Entonces ¿por qué no el de ella? El libro funcionaba con magia, debería haber utilizado el apellido de la familia de su padre, independientemente de que Rowena decidiera omitirlo.

—Esto es tan extraño… —murmuró Helena para sí, notando que sus dudas crecían.

Justo en ese momento escuchó unos pasos en la escalera. Levantó la cabeza e hizo un aspaviento con la varita, comprobando la hora. Eran las siete y media de la mañana, había pasado más de una hora estudiando el libro.

Su estómago emitió un rugido nada digno, recordándole que aún no había desayunado. Un segundo después, Sigrid Toste, su única amiga, se detenía a su lado perfectamente vestida con su túnica de Ravenclaw. Se sonrieron.

—Buenos días, Helena —la saludó, echando un vistazo nada sutil al libro que Helena tenía sobre la mesa, ya cerrado—. "Grandes familias de la Magia" —leyó, arrugando la nariz—. Nunca he entendido tus gustos de lectura, querida.

Helena rió suavemente, levantándose del asiento para devolver el libro a su lugar en la estantería. El volumen encajó perfectamente, como si nunca hubiera sido tocado. La joven se preguntó, distraídamente, cuánto tiempo más tendría que esperar antes de que otro alumno se decidiera a cogerlo.

—No lo estaba leyendo exactamente —se explicó, caminando junto a Sigrid hacia la salida de la Torre, contenta de estar un poco más cerca del desayuno—. Sólo lo ojeaba para matar el tiempo.

Sigrid sonrió, pero no añadió nada más. No se cruzaron con nadie en su camino hacia el Gran Comedor y Helena tampoco lo esperaba. Era sábado, nadie se levantaría hasta cerca de las nueve de la mañana. Mejor, pensó Helena, que disfrutaba con la tranquilidad del castillo prácticamente vacío.

—¿Hoy tienes que ir a los invernaderos con lady Helga? —preguntó Sigrid, una vez que estuvieron sentadas a la mesa—. Si no, podríamos bajar a la aldea, dicen que ha llegado un nuevo cargamento de plumas.

—Me encantaría —respondió Helena, pensando en la pequeña aldea de Hogsmeade. Le encanta el lugar y todos la conocían allí—, pero tengo que discutir algo con mi madre.

—¿De qué se trata?

Helena se detuvo un segundo, insegura sobre si debería compartir sus dudas con su amiga. Lo pensó, llegando a la conclusión de que no pasaba nada por comentárselo.

—Verás —comenzó, dudosa—, es que empiezo a preguntarme si es cierta toda esa historia del comerciante. Ya sabes, la de mi padre.

Sigrid alzó un ceja, dejando el tenedor de nuevo en el plato delicadamente.

—¿Insinúas que te mintió? —inquirió, un poco escandalizada.

Helena sonrió un poco, contenta de encontrar algo tan familiar. Sigrid era así: no entendía ni aprobaba las mentiras, ni tampoco la malicia. Era una persona agradable por naturaleza, buena y servicial. Más de una vez había dudado de que su lugar estuviera en Ravenclaw, pero después salía con un juego de palabras de lo más ingenioso o un nuevo invento que se le había ocurrido durante la noche, como para demostrar que ella merecía su lugar en la Casa de las águilas. También había sido ese carácter abierto lo que la había llevado a juntarse con Helena.

—Yo… Diría que sí, pero no estoy segura.

—Bueno, entonces será mejor que lo hables con ella —concluyó Sigrid—. Miraré esas plumas por ti.

Helena asintió, riendo un poco por el enorme entusiasmo de su amiga, antes de continuar con su apacible desayuno.