Todo de J. K. Rowling

Los mandaron por dos botellones con agua y terminaron en medio del desierto. ¿Qué pasó? ¿CRACK?

Desierto

Por: Anne Darket

Capítulo I

El calor es mental se dijo por décima vez en el día que a penas había comenzado. Su rostro cubierto por sudor, su ropa empapada en transpiración y los labios secos habían comenzado a hacer estragos en su belleza. Fijó su vista en el espejo retrovisor, allá, a unos cuántos metros, la delgada figura de Potter se agachaba para recoger algunas ramitas que sirviesen para, por lo menos, emanar un poco de calor en la helada noche.

Se bajó del auto dispuesto a ayudarlo en la tarea. El sol quemaba y traspasaba sus ropas, se sentía tan mal que al final desistió y se quedó sentado a un lado de la camioneta, donde se proyectaba una sombra que refrescaba un poco. Escuchó el arrastre de los pasos de su compañero, al instante volteó para verlo.

– ¿Tienes hambre? – su voz monótona llegó como un susurro.

– Es difícil pensar en el hambre cuando sientes que te mueres de sed.

Colocó las ramas en el interior del auto, junto a los botellones de agua que aún seguían cerrados. El traslúcido líquido se antojaba a montones, pero habían acordado no abrirlos hasta que fueran realmente necesarios. Mientras sobrevivían (con sus a penas 2 días) con una botella de agua con la que siempre cargaba Draco.

– Toma agua – fue la escueta respuesta de Harry.

– No sé cómo puedes soportar este calor ¡parece que estamos en un horno! A parte has ido a recoger "madera" y aún así pareces fresco y reluciente.

– Sólo estoy acostumbrado a no tomar agua y en definitiva no parece como si yo estuviera recién bañado – dijo sentándose a un lado del rubio. Un silencio incómodo se instaló entre ambos.

– ¿Por qué no utilizamos la aparición? – soltó Potter al cabo de unos minutos que parecían nunca llegar a su fin.

– Si quieres arriesgarte. – Respondió Draco con cara de fastidio. Era la tercera vez que se lo preguntaba. – Ya te he dicho el por qué no es una buena idea. Creo que hasta te he hecho una enumeración de los posibles desenlaces de tal acto. Y si crees que yo me equivoco, inténtalo y si consigues tu propósito, yo estaré aquí esperándote a que me rescates como la princesa en peligro.

Harry rió brevemente al imaginarse, por segundos, a Draco Malfoy con un vestido rosa pastel.

– Es sólo que no me queda clara tu teoría. Es decir, basta con que nosotros tengamos la magia para aparecernos.

– El problema radica en qué tal si no tienes la suficiente para conseguirlo. Mira estás desesperado y yo también. No te agrado y tú no me agradas, de acuerdo. Estamos aquí, los dos, sin otra salida que la de esperar que alguien venga y nos ayude. Tenemos dos caminos a escoger: esperar o arriesgarnos. En la primera cabe la posibilidad de sobrevivir, en la segunda opción puede que no volvamos a ver este mundo. ¿¡Tanto te molesta estar junto al maldito exmortífago que fui!?

Las gélidas irises grisáceas relampaguearon de molestia. Harry no vio venir el comentario, ¡eso ni siquiera tenía que ver! ¿Por qué demonios sacaba a relucir los fantasmas del pasado? A veces no entendía cómo Draco era tan idiota, cómo volvía a ser el chico inmaduro que conoció a los once años.

– Eres un tonto.

El moreno dio por zanjada la conversación.

-

El ocaso se avecinaba. El cielo se matizaba, una mezcla de rojo, azul y morado lo pintaban. Hacía sólo unos minutos habían comido una galleta y habían bebido unos cuantos tragos de agua.

– ¿Ya me vas a dirigir la palabra?

La intimidante mirada de Draco a veces no funcionaba con Harry, así que tuvo que recurrir a preguntar si ya era digno de que le hablara.

– ¿Ya vas a dejar de ser un jodido chiquillo que pelea por cosas que nada tienen que ver?

– ¿A qué te refie…?

– Mira hay que dejar las cosas claras: no me molesta tu presencia, de lo contrario jamás te habría escogido como compañero auror; no me importa tu pasado, no debería importarte el mío; estamos aquí solos y aunque no seas una persona importante en mi vida, al menos te aprecio un poco y agradezco haberme perdido contigo, antes de haberlo hecho solo. Así que deja de repetir estupideces, que no va contigo Malfoy. Deja de atormentarte y deja de atormentarme a mí. Somos lo suficientemente civilizados y maduros como para entender que lo que fue ya no es y que en estas circunstancias no importa si tú eres un delincuente buscado por la CIA. ¿Te quedó claro?

Draco parpadeó un par de veces, cómo si no se acabara de creer lo que había dicho Harry. No sabía que decir… excepto:

– ¿Qué es la CIA?

Harry rió con ganas.

-

– ¿Encontraste algo? – el pelirrojo se acercó a la menuda mujer que sostenía su varita sobre un mapa del mundo.

– No. Y eso no es posible, las personas no desaparecen así como así sin dejar ningún rastro Ron. Debe haber algo, es imposible que en cuestión de segundos su magia se haya borrado de la faz de la Tierra.

– Sabes que eso puede ocurrir.

– Pero sólo si viajan en el tiempo y ninguno de los dos tenía autorizado un giratiempo. A parte, el hecho de que ni la camioneta sea localizada, indica que el lugar en el que están debe estar rodeado por un campo que no permite transmitir señales de ubicación en espacio.

– Vamos Hermione. Sé que Harry y el bruto de Malfoy están bien. Si pudieron sobrevivir a la locura de Voldy, seguro resistirán a cualquier peligro.

– Lo que me preocupa en realidad es que su varitas están aquí y ellos están tan desprotej… – se le quebró la voz a la chica. Unos brazos enormes y fuertes le rodearon el cuello, ella ocultó su rostro entre sus manos y se dejó consolar, besos furtivos recorrieron su mejilla.

– El Ministerio ya se movilizó, vas a ver que pronto los volveremos a ver y nos reiremos de este suceso.

– Confío en ti, porque nunca me has mentido. – Hermione le besó los labios de su pareja y Ron le limpió las lágrimas.

-

– ¿Qué pasa? – era la cuarta noche que pasaban allí, en medio de la nada, sobreviviendo con a penas un poco de agua. El frío era agobiante, sentían que con cada día que pasaba el sol derretía más y el cielo oscuro congelaba sus cuerpos. La ventisca gélida traspasaba sus ropas, el abrigo negro de Draco era insuficiente y la chamarra de Harry a penas si servía para no sentir que se moría.

– No tengo ganas de dormir. Hace mucho frío, la fogata se apaga y siento que en cualquier momento me quedaré dormido para ya no despertar. Siendo sinceros Potter, cada minuto que pasa, pierdo más las esperanzas de ser rescatado. A veces me preguntó si es un castigo por haber tomado un camino incorrecto.

Algo en el pecho de Harry se oprimió. Jamás había escuchado a Draco hablar de sus sentimientos.

– ¿Tienes miedo de morir aquí? – fue un susurro, más el rubio lo escuchó y una risa inesperada surgió de sus labios rosas, poco a poco y en fracción de segundos, se convirtió en un llanto austero. Un debate interior en Draco le impedía flaquear en ese momento y, aún peor, mostrar esa angustia, sin embargo, no podía acallar esa sensación de nostalgia. Controló las ganas de llorar y finalmente habló, su voz era tan queda que Harry tuvo que acercarse más a él.

– Cuando era chico, mi mamá hizo la misma pregunta. Estábamos en un castillo, era una construcción magnífica, las paredes parecían hechas de mármol. Reconocí que era espléndido el lugar, pero algo allí me incomodaba. Tal vez era la oscuridad, el tétrico paisaje que se cernía sobre mí y sobre mi única familia. Mi madre notó un ligero temblor y con preocupación me dijo que si yo le tenía miedo a la muerte. – Pausó. – ¡Tenía seis años! ¿Quién piensa en eso a esa edad? ¡Y la verdad es que no sé porque hizo esa pregunta! Aunque mi infancia no haya sido precisamente como un cuento de hadas, era un tema que no pensaba, tenía toda una vida por delante. Vi a mi mamá a los ojos y la única respuesta que me vino a la mente es que a la única muerte a la que le tenía miedo era a la suya. Creo que fue la primera vez que la vi perder la compostura por algo tan insignificante.

– No creo que para ella haya sido insignificante.

– Tal vez… Sólo sé que después de eso, ella le dijo a mi padre que lo esperábamos en el Callejón Diagon.

Por primera vez sus irises se encontraron, y las unas se fundieron en las otras. La plata se disolvió en la esmeralda y viceversa. Los ruidos cesaron, la brisa fue más fuerte y las llamas crepitando de pronto se apagaron. Fue entonces que se dieron cuenta de la cercanía. Pronto se alejó uno del otro.

Continuará…

Gracias por leer!

Y mil y un agradecimientos por los que dejaron (y dejarán) comentario para esta historia.